29/05/2020 BARCELONA

Estados Unidos: ‘colgados’ de éxito

En sólo dos días se cumplirán seis años desde que Sadam Hussein cumplió condena por violar las normas del derecho internacional humanitario: la pena de muerte. Un éxito de los Estados Unidos en su lucha por la democracia … ¿o quizá sería buen momento para reflexionar del camino trazado ahora que se acerca fin de año?

Minutos después de la ejecución del dictador Sadam Hussein, -acusado a pena de muerte por violar las normas del derecho internacional que tienen como objetivo principal la protección de las personas que, en el contexto de un conflicto armado, no participan en hostilidades– el Primer Ministro Iraquí, Nouri Al-Maliki, hacia un claro llamamiento: “Insto a los simpatizantes del antiguo régimen a revisar su postura, ya que la puerta sigue abierta para todos aquellos cuyas manos no estén manchadas con sangre inocente, para que ayuden a reconstruir un Irak para todos los iraquíes“. Era el triunfo de la democracia en Iraq. George W. Bush había conseguido su propósito: “ayudar al pueblo iraquí a establecer un país pacífico y democrático en el corazón del Medio Oriente.

El (sin)fin del mundo

¿Pero es Iraq hoy una democracia? Pues la verdad sea dicha, y aunque la situación política haya avanzado bastante hacia la democracia ideal del controvertido demócrata, aún queda un largo camino por recorrer para que Iraq sea hoy en día lo que en Europa entendemos en democracia. Los principales criterios para la calificación de un régimen como democrático siguen sin cumplirse en el Iraq post-Sadam: violencia electoral, falta de transparencia en los mecanismos de autorización de las candidaturas y una excesiva concentración de poder en manos del presidente son sólo algunas de las muchas tareas pendientes en la agenda de la democratización de Iraq. El triunfo de la democracia en Iraq resulta no haber sido mal, y quizás este sea sólo el síntoma de una enfermedad mucho mayor: los delirios del fin del mundo

Tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial el sistema internacional se caracterizó por una dinámica muy clara: la Guerra Fría. En este guerra sin guerra dos grandes superpotencias se enfrentaban en el campo de las ideas la una con la otra. Por un lado, Estados Unidos, los héroes de la democracia y el capitalismo. Por el otro, la Unión Soviética, abanderados del comunismo y de la economía de planificación centralizada, camino al modelo socialista inspirado en los principios de la igualdad y la comunidad. El año 1989 fue el principio del fin: las reformas políticas adoptadas por la elite soviética a finales de los ochenta acabaron en el desmoronamiento de la Unión, y los Estados Unidos salieron victoriosos de un conflicto que había durdo más de cuarenta años.

Los teóricos de las relaciones internacionales no tardaron en reflexionar sobre el nuevo escenario que se presentaba ante ellos. De entre las tesis más conocidas destaca la de ‘El Fin de la Historia’, de Francis Fukuyama. Para este, el fin de la guerra fría no respondía tanto a el fracaso del proyecto político socialista, como el éxito histórico de la democracia. Los ideólogos de la política exterior norteamericana no tardaron en darse cuenta de las posibilidades de tal teoría y de ahí la idea los discursos sobre la necesidad de exportar la democracia. “Los estadounidenses son un pueblo libre, que sabe que la libertad es el derecho de cada persona y el futuro de todas las naciones. El premio de la libertad no es un regalo de Estados Unidos al mundo, es el regalo de Dios a la humanidad”, decía el entones presidente George W Bush. Pero hay razones para pensar que no todo se reduce a un descabellado plan de este ex-presidente de los Estados Unidos.

De derrota a derrota… ¿pero a quién le toca?

Al fin y al cabo son muchas las constantes en la política exterior norte-americana que se legitiman en el supuesto triunfo de los Estados Unidos y e su agenda ideológica de 1991. Pero de la teoría a la práctica hay un largo camino. Y por ello, en la posición de polo único del sistema internacional que vienen ocupando desde la década de los noventa, los Estados Unidos han avanzado de fracaso en fracaso. Desde la intervención humanitaria en Somalia hasta la más reciente intervención militar en Libia, ningún caso nos sirve para justificar una intervención de los Estados Unidos más allá de sus fronteras.

Y es que, ya se trate por expandir la democracia a cualquier rincón de la tierra, como por una supuesta responsabilidad que trasciende al Estado en el respeto a los derechos de los ciudadanos –lo que viene llamándose ‘Responsabilidad de Proteger’-, toda decisión de los políticos estadounidenses de alterar o no el normal desarrollo de la política de un Estado resultará de una decisión tomada en el contexto de una legitimidad universal autoatribuida tras su triunfo en 1991. Pero quizás, lo que deberían hacer los Estados Unidos es revisar su agenda a la vista de los obstáculos de conseguir el consenso internacional necesario para avanzar en su proyecto para la solución de la crisis en Siria.

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Adrià Rodríguez-Pérez

(de Barcelona, a el Mundo) Licenciado en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra (Premio Extraordinario de Fin de Estudios) y Máster en Relaciones Internacionales por el Institut Barcelona d'Estudis Internacionals. Actualmente escribo desde Estrasburgo, donde trabajo para la Dirección General para la Democracia del Consejo de Europa. Mis intereses se centran en las dinámicas internacionales de la posguerra fría y en su interacción en el marco de la globalización: integración territorial y gobernanza transnacional. En este nuevo escenario, ¿cómo debemos entender la democracia? ¿Qué rol jugamos las personas?


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