
En el escenario actual, el espacio exterior vuelve a presentarse como un ámbito de disputa entre grandes potencias. La rivalidad ya no se organiza solamente alrededor del poder nuclear, sino también en torno a la autonomía tecnológica, el control de recursos estratégicos, la infraestructura satelital, las comunicaciones y la capacidad de definir las reglas del futuro orden espacial.
El propósito del siguiente artículo es analizar la llamada “segunda carrera espacial” entre Estados Unidos y China desde la perspectiva teórica de Robert Gilpin. En este sentido, la pregunta central ya no es simplemente quién llegará primero, sino qué significa llegar primero.
Breve Comparativa
Antes de adentrarnos en la carrera espacial en sí, es necesario hacer una breve introducción de la historia de ambos programas espaciales, iniciando por el programa del gigante asiático.
El programa espacial chino, históricamente controlado por el Ejército Popular de Liberación (EPL), actualmente engloba a los sectores militar, político, industrial civil y de defensa, en donde la cara visible es la Administración Espacial Nacional China (CNSA, por sus siglas en inglés). En sus orígenes, este programa espacial, en virtud de su control centralizado, tuvo tres fases diferenciadas: la primera, de 1970 al 2000, tenía como finalidad impulsar el desarrollo junto con el lanzamiento y operación de satélites, periodo durante el cual China colocó en órbita terrestre el primer satélite de comunicaciones; la segunda fase, de fomento de vuelos tripulados, del 2000 al 2010, tuvo como hito el lanzamiento de la primera misión tripulada china, denominada Shenzhou 5. La tercera fase, del año 2010 en adelante, ha buscado estimular la industria espacial china.
En 2006 el padre del programa espacial chino, Ouyang Ziyuan, declaró que “la exploración lunar es un reflejo del poder nacional integral de un país. Es importante para elevar nuestro prestigio internacional y aumentar la cohesión de nuestra gente”. Para 2019, China se convirtió en la primera potencia en alunizar en el lado oculto de nuestro satélite natural y en 2020 extrajo muestras para su estudio.

En 2021, como parte de la tercera fase del programa espacial chino, entró en operación en la órbita terrestre la estación espacial multimodular Tiangong, ensamblada en el espacio entre 2021 y 2022, luego de 11 misiones. De este modo, su sistema de planificación centralizada, sumado a su situación económica, política y cultural, asi como también la ruptura sino-soviética que estaba atravesando la potencia al momento de la creación de su programa espacial, nos lleva a comprender que la meta de sentar bases en la luna para el año 2036 no se encuentra, en su totalidad y desde la cosmovisión china, enmarcada en un carrera espacial con Estados Unidos.
Del otro lado del cuadrilátero tenemos a Estados Unidos, cuyo programa espacial, como previamente se mencionó en este artículo, tuvo su piedra angular en el marco de la Guerra Fría como respuesta a los avances soviéticos. El programa espacial estadounidense quedó, desde ese entonces, conformado por dos entidades centrales, 1) la NASA, encargada del programa espacial en cuanto a lo civil, científico y exploratorio y 2) el Departamento de Defensa, que concentraba las aplicaciones militares del programa. En este contexto, a las cinco ramas de las fuerzas estadounidenses se les sumó en 2019 la “space force”, destinada a proteger al país y su libertad de operar en el espacio, manteniéndolo seguro, estable y accesible para el poderío militar espacial y las nuevas oleadas de innovación.

A continuación haremos un breve repaso por los principales hitos evolutivos del programa espacial estadounidense que le han permitido llegar a la misión más reciente: Artemis II. Previo al lanzamiento del Apollo 11, la NASA navegó por dos programas previos, el Mercury (que le permitió colocar seres humanos en órbita) y el Gemini (obró de puente técnico entre Mercury y Apollo para ensayar maniobras orbitales, acoplamiento, caminatas y otros procedimientos necesarios para el viaje a la luna). La última instancia fue el programa Apollo, cuya misión 11 logró “un gran paso para la humanidad” al poder alunizar.
El éxito de esta última misión le confirió a los norteamericanos la victoria en la Guerra Fría, haciendo innecesaria otra misión de esas características hasta 2017, año en el que se crearía el nuevo programa “Artemis”, cuyo objetivo final es establecer para 2030 una base permanente como punto estratégico para futuras misiones a Marte.
La relevancia de este proyecto es tal que, en 2020, Estados Unidos impulsó, a través de la NASA y el Departamento de Defensa, los Acuerdos Artemis: un conjunto de principios no vinculantes diseñados para guiar la exploración y el uso civil del espacio en el siglo XXI, en línea con el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre. Entre sus 61 Estados signatarios se encuentran países con amplia trayectoria en investigación espacial, como India, Israel, Japón, México, Brasil, Argentina y gran parte de la Unión Europea.
Segunda Carrera Espacial
Si previamente hablamos de una “primera carrera espacial”, eso quiere decir que ¿hay una segunda? ¿Por qué hablamos de China? Por supuesto que hay una segunda carrera espacial, sobre ella versa este artículo (y sí, Rusia salió del juego), que está contextualizada en la guerra comercial entre EE.UU y China.
Esta guerra inicia en 2018, luego de que el Gobierno estadounidense acusara al gobierno chino del robo de propiedad intelectual, manipulación cambiaria y otorgamiento de subsidios injustos a empresas chinas. El conflicto se intensificó cuando ambos países impusieron aranceles mutuos sobre sus productos por valores de cientos de miles de millones de dólares. Esto último generó inestabilidad en las cadenas de suministro globales, volatilidad en los mercados y tensiones tecnológicas, especialmente en el sector de semiconductores e inteligencia artificial, impulsando a ambas potencias a desarrollar tecnologías propias y seguras.
Para una mejor comprensión, dentro del marco teórico de las relaciones internacionales, podríamos decir que Robert Gilpin nos ofrece una explicación bastante acertada. El autor sostiene que un Estado, no satisfecho con el status quo, intentará cambiar el sistema internacional a través de una expansión territorial, política o económica, hasta que los costos marginales del cambio adicional se vuelvan iguales o excedan los beneficios marginales. Esos cambios en el sistema internacional, de acuerdo con el autor, pueden ser de tres tipos: ya sea en el sistema mismo, en sus elementos constitutivos o en proceso interactivo entre ellos. Con esto en mente, ¿Es posible que nos encontremos atestiguando un cambio no sólo en la distribución del poder dentro del sistema, donde China reemplazará a Estados Unidos como hegemón dominante, sino también un cambio en la naturaleza del sistema como ser el ascenso de los estados espaciales en detrimento de los nucleares?
Ahora bien, China no se autopercibe en carrera, pero ambos estados entienden que es de suma importancia el famoso y popular “quién llega primero”. Quien llegue primero, podrá tener una ventaja estratégica en cuanto al dominio del espacio ultraterrestre, esto representa por un lado, una inagotable mina de todo tipo de minerales útiles para múltiples propósitos, desde combustibles hasta comunicaciones y por el otro una posición central en términos de Halford Mackinder.
En cuanto al espacio ultraterrestre como fuente de recursos, el foco de la actual carrera está puesto en el polo sur de la luna, en el cual se ha comprobado la presencia de agua en estado sólido, la cual no sólo resulta útil para consumo humano, sino que resulta relevante ya que sus moléculas se pueden dividir mediante electrólisis para obtener gas hidrógeno y gas oxígeno, logrando de este modo combustible para cohetes y oxígeno respirable, respectivamente. Otro recurso que se ha comprobado que existe en abundancia en el polvo lunar aunque, no así en la tierra, es el Helio-3, un isótopo ligero y no radiactivo del helio, considerado un gran candidato para la fusión nuclear debido a su capacidad de generar cantidades exorbitantes de energía, con relativamente poco reactivo en función a la cantidad necesaria de petróleo (1 tonelada de helio-3 equivale a 50 millones de barriles de crudo) y con residuos radiactivos de corta duración en relación a otros procesos como la fisión con uranio.
Esto sin considerar otros cuerpos que se encuentran en el espacio ultraterrestre, como los asteroides que constituyen cuerpos celestes rocosos o metálicos, que pueden o no contener en su composición metales preciosos o no, que puedan ser útiles para el desarrollo de diversas tecnologías.
En lo que respecta a la posición central en términos de Halford Mackinder, se debe considerar al espacio ultraterrestre no sólo como espacio geopolítico, sino que puede observarse desde un paralelismo con los mares en la época de oro del Imperio Británico, de este modo, se busca controlar cuellos de botella, vías, accesos y posiciones en el espacio ultraterrestre para obtener ventajas comparativas con relación a las potencias que vengan después, haciendo uso de los vacíos legales que existen. De este modo, Everett Dolman afirma, parafraseando a Mackinder, que “quien controla la órbita baja terrestre, controla el espacio cercano a la Tierra. Quien controla el espacio cercano a la Tierra, domina la Tierra. Quien domina la Tierra, determina el destino de la humanidad”.

Robert Gilpin sugiere que la propensión de los estados a buscar extender su dominación es proporcional a su poder y que, en algún momento, el proceso alcanza un punto donde el costo de expansión de los beneficios, limita la capacidad de control y expansión. Sin embargo, mientras crece, intenta extender su control territorial y aumentar su influencia, generalmente a expensas de la potencia dominante pero en decadencia. La potencia en decadencia tiene entonces cuatro opciones: aumentar las capacidades para equipararse a la unidad en surgimiento; reducir los compromisos y así acceder, a las circunstancias alteradas; entrar en alianzas u otros acuerdos con otras potencias, o hacer concesiones a la potencia en surgimiento.
En ese contexto, para comprender mejor la posición de ambas potencias, podemos recurrir a Wolfers y sus objetivos, tanto los de posesión: en este caso los recursos y ubicaciones estratégicas en el espacio, perseguidos por ambas potencias; y los objetivos de entorno: como ser los Acuerdos Artemis, que buscan sentar reglas de juego beneficiosas o al menos alineadas con los valores de occidente en el espacio ultraterrestre. Esto nos lleva a pensar que tal vez, en función de su planificación central, China llegue primero a sentar una base lunar, pero que en términos de objetivos de entorno, Estados Unidos llegó primero tanto a sentar las bases del juego con los acuerdos Artemis, como a realizar alianzas.
En definitiva, la meta de la segunda carrera espacial se encuentra en asegurar posiciones en un escenario internacional donde el poder se define en términos de tecnología, recursos, alianzas y capacidad de establecer reglas de juego. Desde la perspectiva de Gilpin, esta dinámica puede leerse como parte de un proceso de cambio en la distribución del poder internacional. China, al incrementar sus capacidades económicas, industriales y espaciales, desafía áreas históricamente dominadas por Estados Unidos; mientras que este último procura conservar su posición privilegiada, no sólo mediante superioridad tecnológica, sino también a través de la creación de marcos normativos, alianzas y principios de gobernanza espacial.
Por eso, aunque China no se autopercibe necesariamente en una carrera, el sistema empuja a ambas potencias a actuar como si lo estuvieran y quedar segundo puede significar quedar condicionado. Tal vez China llegue antes a establecer una base lunar; tal vez Estados Unidos ya haya llegado primero al terreno normativo y alianzas. Pero lo relevante es que la carrera ya no se corre solamente hacia la Luna: se corre hacia la definición del próximo orden internacional.
Referencias
Acuerdos de Artemisa. (2020, 10 13). Departamento de Estado de Estados Unidos. Retrieved 2026, from https://www.state.gov/bureau-of-oceans-and-international-environmental-and-scientific-affairs/artemis-accords
Agence France Presse. (2024, 10 30). Tiangong, la estación espacial china | AFP. Youtube. Retrieved 2026, from https://youtu.be/mM6L97VDuYo?si=hiYiSfMgm-nUG_3t
Bobadilla, A. (2016). LA CARRERA ESPACIAL CHINA EN BUSCA DE LA HEGEMONÍA MUNDIAL. Ministerio de Defensa de España. Retrieved 2026, from https://armada.defensa.gob.es/archivo/rgm/2021/12/rgmdic2021cap02.pdf
Space Force. (2022, December 8). Our Mission – About the U.S. Space Force. Retrieved April 18, 2026, from https://www.spaceforce.com/about?
Weller, M. (2025). Guerra comercial entre Estados Unidos y China en 2018:. FOREX.com. Retrieved April 18, 2026, from https://www.forex.com/es/news-and-analysis/us-china-trade-war-2018/
Dolman, E. C. (2002). Astropolitik: Classical geopolitics in the space age. Frank Cass. https://www.routledge.com/Astropolitik-Classical-Geopolitics-in-the-Space-Age/Dolman/p/book/9780714681979
Dougherty, J. E., & Pfaltzgraff, R. L., Jr. (1993). Teorías en pugna en las relaciones internacionales (C. Piña, Trad.). Grupo Editor Latinoamericano.
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One comment
Bruno Breggia
12/05/2026 at
Muy interesante!