20/02/2020 BARCELONA

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El pasado 28 de septiembre Guinea celebró sus primeras elecciones democráticas parlamentarias desde que el país obtuvo la independencia de Francia en 1958. La elección tuvo lugar con dos años de retraso, y vino a culminar la transición demorada hacia un gobierno verdaderamente civil tras el golpe militar de 2008, coronando como partido ganador al partido del Presidente en el poder.

En efecto, estaba previsto que el voto se celebrara dentro de los seis meses siguientes a la toma de posesión del presidente Alpha Condé en 2010, pero fue retrasado varias veces. La principal razón de esos retrasos estribaba en desacuerdos entre los principales actores políticos del país sobre la forma de organizar las elecciones (uno de los puntos fundamentales de desencuentro entre los dos bandos giraba en torno al censo electoral, ya que la oposición sospechaba que éste había sido artificialmente “inflado” en áreas consideradas como pro-establishment, y asimismo reducido en territorios vistos por todos como bastiones de la oposición). Durante estos dos años, el papel del Parlamento quedó en manos de un Consejo Nacional de Transición no electo. Lo que fueron en principio refriegas políticas se han ido convirtiendo en tensiones mortales que han dejado tras de sí más de 50 muertes en los últimos meses. Mientras tanto, Guinea ha permanecido paralizada a causa del estancamiento político, de rivalidades étnicas y de rumores recurrentes sobre un nuevo golpe de estado. De hecho, y a pesar de las intenciones de las autoridades y de un acuerdo mediado por la ONU en el último minuto que permitió que los comicios siguieran adelante y calmó los temores de la oposición, las elecciones tuvieron lugar en medio de una intensa violencia étnica y política.

Los antecedentes

La violencia ha ido de la mano del país durante décadas. Después de que éste se independizara de Francia en la década de los 50, Guinea se vio sumida en la inestabilidad política y, al igual que prácticamente todos los países al sur del Sahara,fue gobernada por una sucesión de líderes de tendencia autoritaria. Tras la muerte del presidente Lansana Conte, quien había tomado el poder en un golpe de estado 24 años antes, un nuevo golpe encabezado por el actual Jefe de Estado tuvo lugar en diciembre de 2008. Pero, debido principalmente a una enorme presión internacional y a una acuciante necesidad de estabilidad, una suerte de gobierno civil fue instaurada en 2010, tras un tumultuoso período de transición y fueron celebradas unas elecciones presidenciales también marcadas por la violencia y las demoras excesivas. En esta ocasión, la fecha prevista para los comicios tristemente coincidía con el cuarto aniversario de la masacre de cerca de 150 manifestantes pro-democracia en la capital, Conakry, tras el alzamiento de éstos en contra de la junta militar entonces en el poder.

A pesar de ser un país rico en recursos y con una población relativamente moderada en un territorio del tamaño de las islas británicas, Guinea es uno de los países más pobres de la región. Muchos anhelaban que un proceso fácil pudiera ayudar al Estado en su misión capital de atraer inversores, muchos de los cuales han ido durante años alejándose del sector minero del país, debido tanto a la inestabilidad política como al colapso de los precios de los metales durante la crisis financiera. “Estas elecciones nos van a permitir salir de una transición caótica que ya ha durado cinco años”, dijo el Presidente en uno de los días anteriores a la votación. En efecto, si las elecciones transcurrían sin obstáculos mayores, la Unión Europea se comprometió a liberar 140 millones de euros en ayudas. Un dinero que quizás nunca llegue a las arcas del estado africano.

Los comicios: sus claves

Más de 1.700 candidatos compitieron por 114 escaños en la Asamblea Nacional de Guinea. A pesar de la multitud de candidatos, la elección se reducía esencialmente a un enfrentamiento entre dos coaliciones organizadas en torno a, por una parte, la Agrupación del Pueblo de Guinea, del presidente Condé y, por la otra, la Unión de Fuerzas Democráticas de Guinea. Alpha Condé desciende de la etnia mandinga, que se cree que es la segunda mayor de Guinea. Condé lidera la Agrupación del Pueblo, un partido que se dice de inspiración socialista y que ha sido varias veces acusado de adoptar tendencias autoritarias. El principal rival de Conde era Cellou Dalein Diallo, que a su vez desciende del grupo Fullani (el grupo representa aproximadamente el 40% de la población) y que se posicionaba al frente de la Unión de las Fuerzas Democráticas de Guinea, auto-proclamada liberal y centrista. Es de destacar que Cellou Dalein Diallo sirvió bajo el régimen del general Conte entre 1984 y 2008, así como que otro destacado líder de la oposición, Sidya Touré (de la etnia susu), ocupó el puesto de Primer Ministro en anteriores legislaturas. Ya decía Juan de Mariana que “el poder de los príncipes es débil cuando dejan de respetarlo sus vasallos”.

En principio, se esperaba que ninguna de las partes obtuviera una mayoría aplastante, y la mayoría de los expertos calculaba que serían necesarias negociaciones para crear una coalición después de la votación. Y esa es precisamente una de las razones en las que la oposición se ha apoyado para acusar tanto al regimen de Condé como a la Comisión Electoral Nacional Independiente (otra área clave de desacuerdo entre el poder y la oposición) de haber amañado el voto. La mayoría de los cargos apuntan a la existencia de una serie de irregularidades, tales como voto múltiple, intimidación de votantes y voto de menores. Sin embargo, el Presidente ha desestimado en numerosas ocasiones las acusaciones de fraude electoral y el gobierno continúa vetando las protestas contra los resultados de las elecciones. Ya desde un primer momento, diplomáticos y representantes de la ONU en el país expresaron su preocupación ante ciertas “irregularidades”, y advirtieron que algunos de los resultados podrían  haber sido amañados.

A pesar de las acusaciones de fraude electoral, el partido de Condé, que ya había proclamado a los cuatro vientos que era capaz de obtener una mayoría en la Asamblea Nacional, ganó las elecciones, aunque con un ligero margen. Los resultados provisionales ya arrojaban que el partido de Alpha Condé había obtenido 53 escaños, mientras que sus socios de menor tamaño habrían conseguido 7 escaños. El principal partido de la oposición, liderado por Dalein Diallo, obtendría 37 escaños, mientras que la agrupación de Sidya de Touré se aseguraría 10 escaños.

¿Un gobierno democrático para Guinea?

Las tensiones se vieron avivadas durante semanas, como consecuencia en particular de la preocupante lentitud con la que la Comisión Electoral anunció los resultados, de lo cual también se culpó a Condé, que en todo momento había defendido la necesidad de un recuento manual de votos. Los llamamientos de la oposición para la anulación de las elecciones se vieron enormemente vigorizados por las declaraciones de los observadores internacionales – que incluían al representante especial de la ONU Said Djinnit, así como a representantes de la Unión Europea, la CEDEAO, Estados Unidos y Francia, que corroboraron que las elecciones en Guinea podrían haber sido amañadas, ante la existencia de numerosas irregularidades. Muchos de ellos han afirmado que las fallas fueron lo suficientemente graves como para afectar a la credibilidad misma de los comicios. Al parecer, los ocho distritos afectados por las presuntas irregularidades eran bastiones naturales de la Unión de Fuerzas Republicanas. El 30 de septiembre, los líderes de la oposición anunciaron que no aceptarían ningún otro resultado. El 3 de octubre anunciaron la retirada de sus representantes de la comisión nacional de recuento. Al día siguiente pidieron la anulación de las elecciones, y añadieron que todos los medios legales de protesta estaban aún sobre la mesa. No obstante, y ante la creciente inestabilidad, la oposición hizo público el pasado 30 de octubre un comunicado según el cual las marchas serían suspendidas y se optaría exclusivamente por la vía de los tribunales.

Lo que está en juego no es ya la mera credibilidad del proceso electoral, sino sobre todo la paz y la estabilidad en Guinea. Incidentes menores se han ido sucediendo sin tregua alguna, la seguridad se ve reforzada cada día en las principales ciudades, donde la gente se provee de un número mayor de armas para defenderse en caso de violencia. Temores, quizás no tan infundados, de golpe de Estado han llevado al régimen a detener, a veces de forma arbitraria, a civiles, militares y extranjeros. En Guinea, donde la etnicidad es un factor importante que influye más que nada en los electores, se impone un riesgo real de violencia. Teniendo en cuenta que el principal problema sigue siendo que estos comicios han sido llevados a cabo sin que se hubiere llegado antes a un acuerdo significativo sobre las reglas del juego, restaurar la confianza en el sistema electoral se erige como paso clave para aliviar las tensiones. En las elecciones presidenciales de 2010, el procedimiento y los resultados fueron empañados por decisiones de último minuto más que discutibles. Éstas no serán aceptadas de nuevo por el pueblo de Guinea, al que deberían presentarse respuestas justificadas a largo plazo antes de la elección presidencial de 2015.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

 


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