
La segunda vuelta presidencial en Colombia puede leerse como una competencia entre derecha e izquierda —lo que no sería incorrecto—, pero existen otras aristas que, si se analizan comparativamente en el marco internacional, podrá verse que estas elecciones se encuadran dentro de un patrón de comportamiento político compartido por distintas naciones, y no solo por el resurgimiento de la derecha.
El choque ideológico en la segunda vuelta colombiana
La disputa entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda es la representación de un choque ideológico de una Nación cuya mitad de la población —en términos aproximados— piensa que sus problemas deben resolverse a través del Estado y el aumento de su presencia como rector del comportamiento —tanto en sectores públicos como privados— para asegurar el bienestar, y otra mitad que piensa que su Patria debería comenzar a tener mano dura, priorizando el orden y la seguridad para promover el progreso nacional.
En resumidas cuentas, se enfrentan dos formas de pensar qué debería ser y hacer el Estado. Por un lado, quienes lo ven como garante de derechos y defensor de la igualdad. Por otro, los que creen que este debería ser una autoridad que redireccione al país para poder salir adelante.
El fenómeno del «outsider» y sus ejemplos globales
Este debate sobre cómo resolver las crisis se puede ver a lo largo y ancho del mundo, y la nueva tendencia en las democracias presidencialistas dicta que la derecha está ganando. Sin embargo, algo que se está enfrentando en muchas naciones, más allá de lo ideológico, es la representación política en términos de quién confía el pueblo, es decir, si le dan su voto de fe a una persona que tiene trayectoria política, o si prefieren dárselo a un «outsider».
Un outsider es un candidato que no tiene carrera política previa. Es decir, nunca se ha dedicado al mundo de los partidos, pero, ante su disconformidad con la situación actual, comienza a pronunciarse públicamente con un discurso «anti políticos» que lo lleva a tomar protagonismo social. Los ejemplos más conocidos de esto son Donald Trump (empresario) y Volodímir Zelenski (ex actor y comediante), pero también existen casos cercanos como el del actual presidente argentino Javier Milei o también Daniel Noboa, presidente de Ecuador.
Estos nombres podrían denotar que los outsiders siempre son empresarios y economistas de derecha o nacionalistas, pero la realidad es que esta característica no pertenece a uno de los lados del abanico ideológico, ya que el anterior presidente peruano, Pedro Castillo, era un maestro rural que, sin haber ocupado cargos, capitalizó su lucha sindicalista para direccionarse hacia la presidencia.
Por ende, sería acertado decir que las personas votan a candidatos ajenos al mundo propiamente político por motivos de hartazgo hacia los fallos de los partidos clásicos, y no solo porque se identifiquen con el progresismo o liberalismo.
El personalismo político y el debilitamiento de los partidos
De hecho, las elecciones ejecutivas de estos últimos años —y varios ejemplos históricos— han demostrado que los presidencialismos son cada vez más personalistas. Es decir, la gente ya no vota un partido por fe y convicción hacia él, sino por la esperanza que ven en la figura del candidato, como si su programa de gobierno y su gabinete fueran aspectos secundarios.
Este fenómeno fue paulatinamente dejando en evidencia el debilitamiento de los partidos como intermediarios entre el pueblo y el Estado, ya que, durante buena parte del siglo XX, los partidos eran los que representaban las identidades sociales, organizaban una militancia coherente y procesaban las demandas de sus afiliados, pero con los años eso fue desvaneciéndose. Incluso, el historiador Peter Mair analizó este hecho y lo llamó «vaciamiento de la democracia partidaria», para así describir un fenómeno en el que los ciudadanos se alejan de los partidos por no sentirse representados y, al mismo tiempo, los partidos se vuelven más dependientes del Estado que de la sociedad. Así que, cuando esa distancia pueblo-partido crece, dan espacio a que aparezcan candidatos que dicen hablar en nombre de las necesidades populares sin que ningún movimiento tenga que intervenir.
Los efectos de la llegada de un outsider
Esta forma paralela de hacer política permite que el pueblo obtenga lo que busca, pero la llegada de un outsider a la presidencia tiene más efectos. Por un lado, rompe con la forma tradicional de hacer política de forma «profesional», obligando a los políticos de carrera a aggiornarse en cuanto a su forma de comunicarse y de receptar las necesidades sociales. Por otro lado, fomenta el populismo ya que muchos de estos outsiders suelen pronunciarse en términos de «ellos contra nosotros». Esa postura les sirve para justificar su lógica narrativa en la que, si los políticos actuales son «malos», entonces el hecho de no ser político se convierte en su mayor virtud.
Sin embargo, no debe entenderse lo «populista» de manera peyorativa, asociándolo con la demagogia o con la manipulación emocional del pueblo (usando su ira, miedo o esperanza para que los voten), sino desde su mera definición como, por ejemplo, la que usó el filósofo político argentino Ernesto Laclau, quien lo describió como «una lógica política y discursiva que une demandas insatisfechas para construir un ‘pueblo’ enfrentado a la ‘élite’, prometiendo soluciones simples a problemas complejos».
Por ello, el populismo, en un contexto de elecciones legítimas, puede ser saludable para una democracia presidencialista, dándole voz a sectores no escuchados y obligando al Estado a prestar atención a demandas sociales que los políticos tradicionales han ignorado durante años. Este tipo de candidaturas son las que reavivan el interés por la política, casi como si la exhumara.
El caso colombiano: Abelardo de la Espriella
De hecho, esto es lo que ocurre actualmente en Colombia con la aparición de Abelardo de la Espriella, quien era un conocido y mediático abogado que nada tenía que ver con el mundo político, hasta que comenzó a construir su nueva carrera tras la victoria de Gustavo Petro en 2022. Este triunfo fue interpretado por Espriella como una «tiranía» que terminaría destruyendo la economía de su país, por lo que comenzó a presentarse como el «defensor de la Patria», pronunciando discursos radicales con la estrategia de decir lo que otros callan, lo que lo convirtió rápidamente en un canalizador del descontento social colombiano.
Este candidato que, según las encuestas actuales, podría consagrarse como el nuevo presidente del país, es el reflejo más puro de esta nueva tendencia desarrollada previamente, ya que aprovechó el debilitamiento de los partidos históricos de derecha (Liberal, Conservador, La U), que no contaban con candidatos propios competitivos, para presentarse como una alternativa que sí representaba los intereses del electorado.
También, puede definírsele como un innegable populista, y no solo porque pronuncie discursos como «Los de nunca contra los de siempre» (una referencia entre quienes nunca han «vivido del Estado» o robado dinero público y los «politiqueros» clásicos), sino también porque el propio nombre de su partido lo indica, ya que Defensores de la Patria alude a que hay alguien que la está atacando —el otro, el enemigo— y ellos son la salvación.
Seguridad y orden: claves del atractivo outsider
Resulta necesario mencionar que su historial no-político no es lo único que lo llevó a un balotaje, sino también sus propuestas de orden y priorización de la seguridad por sobre aspectos que su contrincante, Cepeda, ha profundizado.
Es sabido que el tema de la seguridad es algo que atraviesa a gran parte de los colombianos, ya que su historia tuvo momentos de mucha tensión por conflictos armados, grupos beligerantes y economías ilícitas que promovían la inseguridad en zonas populares. El crimen organizado es una de las mayores problemáticas que enfrenta el país, por lo que un oferente político que promete mano firme resulta algo atractivo no solo por temas ideológicos, sino por las necesidades que podría cubrir de forma rápida, sobre todo frente a políticos tradicionales que suelen asociarse con burocracia y promesas incumplidas.
Conclusión: un patrón occidental en transformación
De igual manera, nada asegura que De la Espriella vaya a alcanzar todos los objetivos propuestos, pero lo que sí puede afirmarse es que su crecimiento, en tan poco tiempo, es la evidencia del patrón occidental que está ocurriendo, y es que la política clásica está siendo percibida como incapaz de resolver problemas concretos, por lo que la respuesta parecería venir de una persona ajena al mundo de los partidos tradicionales.
Este hecho, más que el nombre del candidato, es lo que vuelve al caso colombiano parte de una transformación política más amplia.
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