12/08/2020 BARCELONA

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Eduardo Galeano dijo una vez: “En Argentina las locas de la Plaza de Mayo serán un día un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria". Hoy, México vive una grave crisis humanitaria en materia de desapariciones forzadas. Una crisis que afecta principalmente a las mujeres que, además, son las que se han puesto al frente para combatir el fenómeno. Con esto se ha empezado una batalla social y legal que, desde el plano nacional e internacional, señala al gobierno mexicano.


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"Convirtiendo a los rohingya en “los otros” y en “terroristas”, el ejército ha captado el apoyo incondicional del pueblo", dice Stella Hnaw, analista política birmana. En este artículo, te contamos #desdeMyanmar la situación que se vive en el país asiático, unido contra la etnia rohingya en lo que ya es la crisis de refugiados más rápida del mundo, con episodios de limpieza étnica y crímenes contra la humanidad.


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La frontera con Venezuela y los retos actuales

La victoria del “no” ha representado una sacudida para una Colombia que ya se había creído el fin de la guerra. La negativa a refrendar los Acuerdos de Paz, resultado de las negociaciones de La Habana que se iniciaron hace cuatro años por el gobierno de Juan Manuel Santos, deja al país en un limbo político, jurídico y social en el que la desazón se combina con una profunda incerteza sobre qué pasará a partir de ahora. A pesar del elevado abstencionismo, que explica en gran medida el resultado del plebiscito – el “no” ganó con apenas un 15% de los votantes –, la mayor parte de la población daba por hecho que el “si” representaba la única salida a un conflicto que lacra el país desde la década de los 60. Este espaldarazo al gobierno actual, constituye una nueva etapa política en la que el único modo de evitar una nueva espiral de violencia, pasa por la reestructuración de la estrategia llevada a cabo hasta ahora.

Manifestantes celebrando la victoria del “no” tras el plebiscito celebrado el pasado 3 de octubre en Colombia [Foto: AP Photo/Ariana Cubillos vía Flickr].

A Colombia le urge reaccionar y además de llevar a cabo prospecciones de futuro, analizar con detenimiento los resultados en aras de identificar dinámicas que, por otro lado, no son ajenas al conflicto. La distribución territorial del voto pone de manifiesto la profunda brecha centro-periferia que divide a Colombia y sus implicaciones en cuanto al trato diferencial que reciben las diferentes zonas geográficas del país: la mayoría de regiones que obtuvieron un “sí” rotundo son aquellas que concentran los datos más elevados de pobreza, desigualdad y que, en la mayoría de los casos, su condición periférica se combina con la de zona transfronteriza.

Por este motivo, llevar la atención a la situación actual de los territorios fronterizos de Colombia es fundamental para poder dar pasos sólidos en el camino hacia la paz.

 ¿Qué ocurre en la frontera? La cuestión de la delincuencia

En la frontera entre Colombia y Venezuela, sin institucionalización, sin diálogo, sin confianza y con un flujo incansable de personas que alejadas de acuerdos, votaciones y procesos políticos pretenden mejorar su situación, las cosas se complican. Cúcuta, capital del departamento de Norte de Santander, es uno de los puntos calientes de esta frontera. Sin embargo, no es ni mucho menos en único de los problemas de la frontera entre Colombia y Venezuela. De los cinco países con los que hace frontera Colombia, “la raya” colombo venezolana no es sólo la más extensa, sino en la que se produce la mayor interacción. Esta zona geográfica, que concentra dos de los temas más substantivos para el proceso de paz como lo son la cuestión de las tierras y el narcotráfico, ha sido también testigo de algunos de los mayores escenarios de conflictos de la guerrilla. Además, en caso de que se mantenga lo acordado respecto a la desmovilización de las FARC, muchas de estas regiones albergarán muchos de los campamentos que se instalarán de manera provisional.

Puente que atraviesa el río Orinoco entre Colombia y Venezuela, uno de los pasos legales que atraviesan la frontera [Foto vía Flickr].

Se trata de territorios en los que el incremento de los niveles de delincuencia y personal armado se juntan con unas cada vez más complicadas posibilidades de sobrevivir para los venezolanos. Se da por lo tanto la situación idónea para que emerjan grupos criminales para los que el uso de las armas, ligado a la extorsión u otras actividades ilícitas se convierte en prácticamente el único modo de subsistencia. Este entorno desde luego será lo que menos le convenga a los jóvenes desmovilizados que no conocen otra alternativa a la de la guerra y el crimen, por lo que existe un riesgo elevado de que, en caso de fracasar las estrategias de integración en la sociedad colombiana, encuentren su lugar en las filas de estos grupos criminales. Podría darse así un traslado del conflicto guerrillero a las bandas armadas que predominan en la mayoría de países del continente. Estas escaladas de violencia tienen una solución complicada y, si bien el acuerdo abría la posibilidad de aminorar la tensión en la parte colombiana, la venezolana continúa siendo no sólo un riesgo sino una grave amenaza de cara al futuro.

Todos estos elementos encuentran su arraigo en la debilidad de los organismos públicos a ambos lados de la frontera. La corruptela que se lucra a costa de la necesidad de los venezolanos por acceder a bienes y servicios convierte a las zonas fronterizas en un territorio donde el empleo informal asciende al 80%. Estas actividades corruptas en la frontera alcanzan su mayor punto de peligrosidad en 217 puntos de “la raya”. Las llamadas trochas, son una “tierra de nadie” y la única esperanza de muchos ciudadanos que han visto imposibilitado el acceso a Colombia por los puentes legales debido a los frecuentes cierres de las fronteras. Además, se trata de una alternativa para colombianos retornados con cédulas ilegales o vencidas para pasar desapercibidos por los oficiales que vigilan la frontera. Estos son los mismos que actúan en connivencia con los guajiros, los “coyotes” que realizan los traslados a través de zonas ilegales a cambio de elevadas cantidades de dinero del que los venezolanos a penas disponen.

Los problemas migratorio y ambiental

Del mismo modo que Venezuela acogió un elevado número de colombianos desplazados del conflicto y migrantes económicos debido a la situación favorable de su economía en períodos anteriores, hay ahora mismo muchos venezolanos, colombo-venezolanos y colombianos retornados o deportados que representan un reto migratorio en la situación actual del país. Recientemente se ha observado una tendencia al aumento de comentarios discriminatorios hacia los migrantes venezolanos a los que se les acusa de aceptar trabajar a pesar de su sobrecualificación debido a la gratuidad del sistema educativo de Venezuela.

La comunidad de los wayú, la más grande en ambos países, es originaria de la Amazonía [Foto vía Flickr].

También desde el punto de vista ambiental, las desavenencias a nivel político están provocando graves problemas que, en caso de no ser abordados, se pueden convertir en irreversibles. La línea trazada para dividir los territorios colombo-venezolano atraviesa parques naturales como el Parque Nacional Natural (PNN) de Catatumbo Barí y Tamá – en lo referente a la parte colombiana. Lo mismo ocurre con algunas comunidades indígenas que viven de manera transfronteriza como es el caso de los wayu, localizados entre los departamentos del La Guajira, en Colombia y el estado de Zulia en Venezuela. Desde la academia, y otros asesores estratégicos se produce un constante hacia las autoridades para que dejen atrás una actitud de reproches para comenzar a construir proyectos conjuntos basados en la colaboración ya que las pérdidas de ecosistemas o la violación de derechos indígenas se pueden convertir en problemas de alcance inimaginable para ambos países.

¿Cuáles son las alternativas?

De acuerdo con la especialista Socorro Ramírez, el primer cambio pasa por modificar la perspectiva con la que se abordan los problemas fronterizos. Aumentar la participación local es fundamental para reducir la brecha centro-periferia, al menos en el lado colombiano ya que las dinámicas que se generan en estos territorios nada tienen que ver con las realidades de Bogotá o Caracas. Tanto es así, que atendiendo a las percepciones locales, se da la siguiente paradoja: los habitantes de los territorios fronterizos tienen una mayor sensación de integración, consecuencia de sus propias dinámicas. Sin embargo, identifican que la intervención estatal destartala esta relativa estabilidad ya que entienden las fronteras como un “todo” sin tener en cuenta sus propias dinámicas diferenciadas.

Además, son necesarias colaboraciones binacionales en forma de proyectos de integración transfronterizos que permitan abordar las cuestiones relativas a la frontera de manera conjunta por ambos países. Muestra de ello son las exitosos Zonas de Integración Fronteriza (ZIF) en la frontera con Ecuador, donde la creación de comités territoriales permitió la gestión de cuestiones hasta el momento litigiosas. La alternativa de la excesiva militarización y la configuración de los conflictos fronterizos de manera unilateral, no significa más que la repetición de los errores del pasado. Concretamente, en casos como la frontera con Venezuela, el apoyo de organizaciones regionales como la UNASUR probablemente fuera necesario para hacer un seguimiento de las estrategias de resolución de conflictos debido a que trata, en muchos casos de situaciones que podrían ser tildadas de crisis humanitarias que, por su condición de región fronteriza se combinan con otras dinámicas de carácter transnacional como lo es el narcotráfico, la trata de blancas o el crimen transnacional organizado.

Sin duda, la situación actual de polarización no hace más que agravar las cosas, sobre todo ligado a la articulación de las alianzas entre la oposición venezolana en alianza y los uribistas y partidarios del “no” a los acuerdos. Esto ha sido utilizado por Maduro para bloquear cualquier tipo de colaboración, y como vaya a ser gestionado a partir de ahora representa un riesgo elevado. Sería una enorme imprudencia para Colombia subestimar el potencial riesgo que existe en su frontera con Venezuela ya que, entre otros motivos, podrían debilitar mucho las garantías que ofrece el estado, en un momento en el que fortalecer su institucionalidad será clave para asegurar el éxito del proceso de paz.

 Esta es una explicación sin ánimo de lucro.


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El pasado 25 de marzo se cumplió un año del inicio del conflicto armado en Yemen. Sin embargo, para entender lo que ha ocurrido durante este tiempo, no es suficiente con relatar los hechos a partir del mismo día en el que dio comienzo la guerra en sí. En ese orden de ideas, conviene empezar por decir que la actual Yemen se conformó en 1990, cuando la República Árabe de Yemen, en el norte, y la República Democrática de Yemen, en el sur, se unificaron.

En principio, la unión de las dos naciones suponía la pacificación del país, pero lo cierto es que nos encontramos con una nación dividida, no solo por el accidente geográfico —montañas y llanuras dividen el país— sino, además, por la confrontación entre el estilo de vida tribal y el modelo occidental de estado tradicional o entre el chiísmo hutí y el sunismo shafita.

De hecho, esta división tribal marca la diferencia entre la Yemen de ayer y de hoy. Los hutíes son musulmanes chiítas cuyo centro de poder ha sido el norte del país y que, además, históricamente han sido más pobres —en términos socioeconómicos— al encontrarse en la región montañosa, más tradicional y con menos contacto con el mundo. Por el contrario, al sunismo shafita —al que pertenece la mayoría de la población— le ha correspondido históricamente la región con mayor desarrollo socioeconómico, en parte gracias al importante puerto de Adén y, por ende, a la región costera del país.

Ataque aéreo en Sana [Foto: ibrahem Qasim vía Flickr]

Esta contradicción es una característica transversal de la actual Yemen, es parte de su ADN. De hecho, en 1990 cuando se unifica Yemen (del norte y del sur) en una sola república, el presidente que llega al poder es Ali Abdullah Saleh, quien anteriormente había sido por doce años el presidente de Yemen del Norte y quien será hasta 2011 el más alto mandatario del país. Saleh sufrirá, solo tres años más tarde de su toma de poder, la renuncia del vicepresidente Ali Salem Al Beidh, originario del sur del país. Las tensiones entre norte y sur comenzaron entonces, pero no fue hasta el 2009, durante el sexto conflicto armado, el momento en el que que Arabia Saudí decidió participar abierta y activamente por primera vez lanzando ataques aéreos contra los hutíes (chiítas). Dos años después, durante protestas que se llevaron a cabo en todo el país, el presidente Saleh dimite y llega al poder Abd Rabbu Mansour Hadi. A pesar de este cambio de gobierno, los choques no cesan.

Es 2014 el año que marcará el punto de no retorno para Yemen en la guerra civil actual: los hutíes convocan una serie de protestas después de que hubiera un recorte gubernamental a la subvención de los combustibles. En este momento, avanzan hacia el sur de la capital Saná y, una vez tomada, disuelven el parlamento y proclaman un gobierno de transición. Tras la intensificación del conflicto entre hutíes y sus detractores, el presidente Hadi pide la intervención militar de los estados árabes y del Golfo para acabar con la oposición y, supuestamente, poner fin a la guerra civil. Esto explica la intervención de la coalición militar dirigida por Arabia Saudí que en vez de solucionar la situación consigue que el conflicto armado se extienda por la totalidad del país.

De esta manera, el pasado marzo se cumplía un año desde que se empezó a hablar del más reciente conflicto interno yemení. Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que es una disputa que lleva muchos más años activa y, como en toda guerra, los civiles son los que tienen las de perder. Varias ONG, incluyendo Amnistía Internacional, han denunciado que las violaciones de derechos humanos son sistemáticas por parte de todos los actores del conflicto. Además, el derecho internacional humanitario se está incumpliendo de manera reiterada por medio de ataques armados indiscriminados contra poblaciones civiles enteras. De hecho, según la ONU, cerca del ochenta por ciento de la población necesita algún tipo de ayuda de carácter humanitario.

Campo de refugiados en el norte de Yemen [Foto: IRIN Photos vía Flickr]

En síntesis, el conflicto yemení, tiene que ver con una división geopolítica pero también religiosa, que involucra a otros países y que se ha desencadenado en un conflicto armado interno muy sangriento y que, como tal, afecta principalmente a la población civil de ambos lados.

De hecho, los ataques de Arabia Saudí y las constantes declaraciones a favor de la población chií en Yemen del Ayatollah Ali Khamenei, dan cuenta del conflicto geopolítico entre dos visiones del islam, el sunismo y el chiísmo, representados en la disputa por el liderazgo regional de Irán y Arabia Saudí. Por lo tanto, podemos decir que la historia conflictiva yemení ha estado ligada siempre al conflicto entre la parte de la población minoritaria chií y la mayoritaria suní. La diferencia en el conflicto actual ha sido la exacerbación del conflicto armado por parte de la coalición saudí, quienes al ver el avance de los rebeldes chiítas, simplemente entraron a apoyar al gobierno sunita del presidente Hadi.

Algunas cifras humanitarias

Tal y como se planteaba anteriormente, la población civil ha sido la más afectada por el conflicto armado. De hecho, Amnistía Internacional calcula que son más de tres mil los muertos durante el conflicto armado, que vale la pena recordar, solo lleva un año activo, es decir, está siendo un conflicto especialmente violento.

Dentro de esta cifra, lo más triste es que son más o menos setecientos los niños muertos. Así como 2,4 millones los desplazados internos. Esto se traduce en que el 83% de la población necesita algún tipo de ayuda humanitaria, ya sea por falta de agua, comida, refugio, combustible o saneamiento.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.


Olinta Lopez01/06/2016
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Hace más de un año que Daesh y los representantes de Al-Qaeda en el Levante, Al-Nusra, entraron en el campo de refugiados de Yarmuk. Esto ocurrió el 1 de abril de 2015, al día siguiente los rebeldes sirios y palestinos los expulsaron. Sin embargo, esta resistencia no duró mucho: ISIS volvió a atacar Yarmuk, esta vez para tomar el control del 90% de la ciudad.

El círculo más profundo del infierno“, así denominó el secretario general de las Naciones Unidas, Ban-Ki Moon, a lo ocurrido en el campo de refugiados palestinos en Siria. Suena duro pero la entrada del grupo terrorista en la ciudad sitiada de Yarmuk solo supuso un factor adicional para los palestinos que seguía viviendo allí cuatro años después de que empezara el terror en Siria. Bajo asedio durante meses, el campo fue privado de ayuda externa durante largos períodos. Sin medicinas, sin agua y sin comida, sus habitantes fueron abandonados a su suerte, en manos tanto de francotiradores como del hambre.

Mapa de Damasco y Yarmuk [Foto: BlueHypercane761 vía WikimediaCommons]

Con una superficie de 2,11 Km2, un poco más grande que Mónaco, Yarmuk es un distrito situado al sur de la ciudad siria de Damasco. Se estableció para acoger cientos de miles de refugiados palestinos después de la guerra árabe-israelí de 1948. A nivel administrativo Yarmuk es una ciudad con hospitales y varios centros de enseñanza secundaria gestionados por el gobierno sirio. La UNRWA opera escuelas y patrocina dos de los centros de programas para la mujer, al igual que varios centros de atención médica.

Los refugiados palestinos atrapados por la guerra siria, condenados a muerte

Antes del estallido de la guerra civil en 2011, el campo de refugiados de Yarmuk era el hogar de 160.000 residentes, según estimaciones de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados (UNRWA). Ahora, solo alrededor de 18.000 personas permanecen en su interiorLa guerra civil llegó a Yarmuk en diciembre de 2012, cuando las fuerzas rebeldes entraron en el campo tratando de consolidar sus posiciones al este y al sur de Damasco y, así, realizar una ofensiva hacia el centro de la capital. Fuerzas gubernamentales sirias respondieron con bombardeos aéreos obligando a miles de personas a huir en busca de refugio en otras partes de Siria y el Líbano. Fuerzas leales a al-Assad lograron acorralar el campo y ganaron control a su acceso en febrero de 2013.

La situación de los habitantes de este territorio solo ha empeorado desde entonces. Según Amnistía Internacional, desde diciembre de 2012 hasta febrero 2013, las fuerzas del gobierno sirio en los puestos de control de Yarmuk fueron restringiendo, poco a poco, la entrada de alimentos, medicinas y otros suministros hasta que, en julio de 2013, llegó al bloqueo total. De esta manera, los habitantes que seguían en la zona fueron —y aún siguen estando— sometidos a incalculables dificultades, penurias y riesgos. Desde que el área fue sellada, los que aún quedan en Yarmuk luchan a diario para sobrevivir.

Como es de esperar en una situación así, la inanición es la principal causa de muerte en Yarmuk: más de doscientas personas han muerto de hambre. El impacto del asedio se ha ido afianzando y los ciudadanos del campo han tenido que recurrir a medidas cada vez más desesperadas, como ya sucedió en octubre de 2013 cuando el imán de la mezquita más grande de Yarmuk emitió una fatwa que permitía a la gente comer gatos, perros y burros para poder seguir resistiendo.

ISIS toma Yarmouk

Aprovechando el caos en la región, Daesh entró en Siria en septiembre de 2013, haciéndose con la ciudad de Azaz y avivando el conflicto: este se convirtió en una «guerra dentro de la guerra». De esta manera el terror de ISIS se extendió por una Siria ya devastada para luchar contra el ejército de los muyahidines, el Ejército Libre de Siria y el Frente Islámico. El grupo terrorista llegó a Yarmuk en abril de 2015 y con él vinieron los demás, convirtiendo el campo en una trampa mortal para los refugiados palestinos que allí vivían. Con varios frentes abiertos, Isis se topó con la resistencia de los rebeldes sirios, los yihadistas del frente al-Nusra, las fuerzas kurdas y las gubernamentales de al-Asad.

Yarmuk sitiado [Foto: Jordi Bernabeu Farrús vía Flickr]

En el preciso momento en que Daesh tomó el campo Ban Ki-Moon reconoció que «simplemente no podemos esperar y ver cómo se despliega la masacre». Un año después siguen sin tomarse medidas al respecto y el pronóstico del secretario general de la ONU de que «el campo de refugiados está empezando a parecerse a un campo de la muerte» se está cumpliendo.

La presencia de Daesh solo ha empeorado el acceso de ayuda humanitaria a Yarmuk. Según fuentes de la ONU, en junio de 2015 el gobierno sirio cerró todos los accesos a este tipo de ayuda al campo y sus alrededores y, por ello, las Naciones Unidas han dejado de trabajar en su interior, dejándolo a manos de pequeñas organizaciones locales —con financiamiento exterior— como Jafra Foundation. Como resultado, los residentes en el campo sufren desnutrición crónica, deshidratación y deficiencias graves de vitaminas y proteínas.

Una crisis sanitaria en medio de bombas de racimo, francotiradores y ejecuciones

Los residentes del campo de refugiados palestino carecen, como extensión de la situación, de acceso a agua corriente. Esto les obliga a extraerla de pozos improvisados, con todos los peligros sanitarios que ello acarrea. La falta de atención médica adecuada empeora aún más el panorama: el principal hospital de Yarmuk, el Hospital de Palestina, fue dañado por los bombardeos y carece del equipo quirúrgico, el personal médico, los medicamentos o la electricidad necesarios para operar, por lo que se encuentra operativo pero bajo mínimos. Por si esto fuera poco, los únicos que ejercen con el fin de mitigar el dolor de los enfermos no tienen la formación adecuada.

Debido a la escasez de higiene, a la falta de agua potable, al agravante de la malnutrición y a la falta de acceso a los medicamentos, la fiebre tifoidea y la hepatitis se han extendido entre la población. El doctor Hani Fares, un médico con larga experiencia trabajando con varias organizaciones internacionales, nos aclara que ambos brotes son enfermedades transmitidas por el agua en mal estado, lo que conlleva una crisis de salud en un sentido más amplio, poniendo en peligro a la población más vulnerable: enfermos, ancianos, niños pequeños y mujeres.

Yarmuk hoy

La situación humanitaria en el interior de Yarmuk se ha deteriorado gravemente después del choque violento entre ISIS y el grupo Jabhat al-Nusra. Los enfrentamientos van acompañados de un intenso bombardeo por parte de las fuerzas del régimen sirio y los grupos palestinos aliados a ellos. Estos enfrentamientos han dado lugar a la división del campo, con Daesh controlando el mayor porcentaje.

Es casi innecesario decir que las consecuencias son desastrosas: desde el inicio de este nuevo enfrentamiento, que estalló el 7 de abril, más de cincuenta combatientes de ISIS y otra docena de al-Nusra han muerto, así como cuatro civiles, dos de los cuales fueron decapitados por Daesh. Este grupo también prendió fuego al Hospital de Basilea y a una veintena de edificios, consiguiendo que Yarmuk se asemeje aún más al infierno que hace ya más de un año el Secretario General de las Naciones Unidas definía.

Sin lugar a dudas, Yarmuk está, al igual que otros campos de refugiados palestinos, dejado en manos de una guerra ajena, dentro de un complejo contexto regional. ¿Cuántos otros campos deben ser destruidos antes de encontrar una solución?

Migración a Europa, ¿una realidad?

La situación, ya de por si insostenible, ha forzado a muchos de los refugiados palestinos en Siria, igual que muchos de sus homólogos sirios, a emprender el camino hacia Europa. Lo hacen pagando exorbitantes precios a las mafias de contrabandistas y poniéndose en riesgo al cruzar el mar en búsqueda de un futuro mejor. Los palestinos que huyen de Siria, en su condiciendo de dos veces refugiados, se cuentan entre los más vulnerables debido a su estado jurídico. Nos encontramos ante un grupo poblacional sin los mismos derechos que el resto de refugiados. Este estado jurídico, así como la aplicabilidad de la cláusula de exclusión, ha creado en muchos casos una oportunidad para la discriminación en países como Líbano, Jordania y Egipto.

Existe una necesidad de que los estados árabes y Turquía dejen de utilizar el derecho de retorno como una excusa para negar a los refugiados palestinos provenientes de Siria sus derechos fundamentales. Recordemos que la Resolución 194 de la ONU (incumplida por Israel) reconoce el derecho de los palestinos a regresar a su patria pero, con una Europa reticente a facilitar el reasentamiento en terceros países y la falta de una actuación más efectiva de la Organización de Liberación de Palestina, es difícil imaginar qué otra solución podría garantizar los derechos a los refugiados palestinos que huyen de una guerra que no es la suya.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.


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Hablar de República Centroafricana (RCA) se ha convertido en un sinónimo de caos y desesperación, los mismos que empezaban a crecer de manera paulatina desde su independencia oficial de Francia en 1960. Desde entonces, diversos golpes de Estado, democracias corruptas y crisis humanitarias han sido el pan de cada día de un país, en el que ahora, es la sombra del genocidio la que planea sobre sus civiles.



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