29/10/2020 BARCELONA

Current reflections: Violencia sexual en México

El 44 por ciento de las mujeres en México han sufrido algún tipo de ataque sexual, desde tocamientos indeseados hasta violación. Aún así, los ataques sexuales son delitos poco denunciados y juzgados debido al estigma que recae sobre sus víctimas. Este reportaje presenta el testimonio de 4 mujeres que han decidido contar su historia para contribuir a acabar con esta situación.

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Fotografía: Jamie Forde / Texto: Rocío Sánchez

En 2011, Naciones Unidas situó a México en el primer lugar del ranking mundial de violencia sexual. Según sus cálculos, el 44 por ciento de las mujeres han sufrido algún ataque, desde tocamientos indeseados hasta violación. Se estima, sin embargo, que debido al estigma que recae sobre la víctima, solamente se denuncian entre el 15 y el 20 por ciento de los delitos sexuales contra las mujeres. Y de ellos, sólo el 5 por ciento llegan a ser juzgados.

En México, como en muchos otros lugares, las mujeres viven en un contexto de violencia sexual. En la calle, en el transporte público, en el trabajo, en la escuela o en la propia casa. Según datos de la Secretaría de Salud, se cometen alrededor de 120.000 violaciones cada año. Es decir, una cada cuatro minutos. Gran parte de ellas tienen lugar en la área metropolitana de la Ciudad de México, que alberga a unos 20 millones de habitantes.

A continuación se presentan algunos casos concretos de mujeres sobrevivientes a la violencia sexual. Son excepciones a la regla: ellas han decidido compartir su historia, mirar hacia delante y dejar atrás los momentos en que todo el entorno, incluidas sus familias, estuvieron  en su contra. Su fortaleza es individual, pero al hacerlo, comparten un mismo objetivo: que deje de suceder que cada cuatro minutos se de un caso de violencia sexual contra mujeres en México.

En 2008, el Sistema de Transporte Público de la Ciudad de México instauró el programa “Viajemos Seguras” con el objetivo de reducir el abuso sexual contra mujeres. Su principal medida es la separación física de hombres y mujeres en el Metro y el Metrobús durante la horas de mayor saturación. De acuerdo con el Instituto de las Mujeres del Distrito Federal, después de tres años de funcionamiento el programa había logrado disminuir la incidencia de casos de abuso sexual de cinco a uno al día.

Mariana

Mariana tiene 22 años. Hace un año, en un bar un chico le invitó a algunos tragos. Cuando ella quiso irse le pidió que la acompañara donde pudiera tomar un taxi. Después de subir a su coche, él la llevó a una calle solitaria para violarla. “No logro recordar su cara. Sólo recuerdo cómo fue y fue horrible”. La fotografía muestra el reflejo de Mariana desde el exterior de ese bar.

Mariana vive a sólo unos metros del trabajo porque no soporta viajar en metro. Cada día experimenta acoso sexual callejero: obreros que se colocan a su alrededor cuando pasa o choferes estacionados cerca de su oficina que asoman la cabeza por la ventanilla para verla caminar. “Es humillante”, afirma.

En México, el cuerpo femenino se concibe como un objeto, “algo a lo que un hombre puede tener acceso incluso contra la voluntad de la otra persona”, dice Laura Martínez, directora de la Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas. Esa cosificación se encuentra en las mismas calles. Aunque la Secretaría de Gobernación exige que las revistas pornográficas se vendan sólo a mayores de 18 años, éstas se exhiben abiertamente y son fácilmente accesibles tanto a niños como adultos.

Alejandra

Periodista, productora y escritora, Alejandra sufrió un intento de violación. Una noche regresaba a casa del trabajo cuando la mano de un hombre la tomó por la garganta y le anunció lo que le haría. Sabiendo que su fuerza física no podría competir contra la de él, lo atacó con preguntas: “¿Por qué? ¿Te cogieron cuando eras niño? ¿Quién fue? ¿Tu papá, un tío?”. Así logró desconcertarlo y escapar.

El hombre que atacó a Alejandra aquella noche era un violador en serie. Ella fue la única de cinco víctimas que pudo llegar al final del proceso judicial para que lo sentenciaran. Para ella, su forma definitiva de sanación fue impartir un curso de literatura a niños del municipio de Valle de Chalco, donde más de la mitad de la población vive en pobreza. Su atacante fue, un día, uno de esos niños y ella sintió que llevando las letras hasta estos pequeños contribuía a que su historia no se repitiera.

La separación por sexos en el transporte público surgió como una medida temporal, aunque ya lleva cinco años en funcionamiento. Algunos activistas señalan que la medida no tendrá un impacto a largo plazo si no se acompaña de una campaña de información en contra de la violencia sexual. Incluso en lo inmediato la medida se queda corta, pues sólo la tercera parte de cada tren se destina a mujeres a pesar de que representan el 52% de la población de la Ciudad de México.

Elizabeth

Elizabeth, de 41 años, ha vivido la violencia sexual dentro de su propia familia. El suyo es  uno de los rostros de ese 70 por ciento de mujeres que sufrieron abusos en su entorno familiar o social. Su padre fue quien la agredió y, después de él, uno de sus hermanastros y varios de los empleados del negocio familiar. Era tan pequeña que no puede recordar con exactitud cuándo comenzó todo, tendría tres o cuatro años de edad.

Hace cuatro años, el padre de Elizabeth fue arrestado por abusar sexualmente de tres adolescentes. Lo condenaron a siete años de cárcel, pero se conmutó la pena por prisión domiciliaria debido a su avanzada edad. Elizabeth lo llevó a vivir con ella y, por primera vez, le reprochó por los abusos que cometió. “Él no lo soportó. Se fue de mi casa diciendo que lo estaba regañando”. Hoy, Elizabeth recompone sus sentimientos: lo quiere porque es su padre, pero no quiere tener ningún contacto con él.

Según la psicóloga Laura Martínez, la violencia sexual es el uso de un poder en contra de alguien que no puede detener esa violencia, y ese poder se encuentra legitimado por la propia sociedad. A su vez, el sistema judicial no se escapa de este fenómeno, pues las personas que ahí trabajan “siguen teniendo mitos y tabúes en sus cabezas” y continúan culpando a las mujeres de propiciar los ataques sexuales, ya sea con su forma de vestir o de comportarse.

Sandra

Sandra es el motor de este proyecto. Durante su estancia en la Ciudad de México asistió a una fiesta donde bebió y se quedó dormida. Su violador, un joven mexicano que se tomó su tiempo de ponerse un condón, la penetró mientras dormía. Sandra quiso denunciar los hechos pero apenas lo logró. Las mismas autoridades le recomendaron que se olvidara del asunto y regresara a su país, Alemania. Sandra es fuerte. Ya antes, a los trece años había sido violada. Y sobrevivió. Seguramente, se repondrá también esta vez.

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Jamie Forde

Originalmente de Dublín (Irlanda), Jamie dejó la escuela a una edad temprana para ser cocinero, una profesión que le abrió las puertas al mundo. Convertido en un ávido viajero, de pronto se dio cuenta de que tener una cámara era parte necesaria de la experiencia. Después de vivir en Irlanda, Londres y Nueva York trabajando como cocinero, la fotografía gradualmente empezó a ser más importante para él, convencido de la capacidad de este medio para crear un cambio en el mundo, poniendo en relieve la realidad de las comunidades desfavorecidas y olvidadas. Recientemente se ha trasladado a América Latina para seguir su carrera en fotoperiodismo. Actualmente vive en Ciudad de México, donde está desarrollando varios proyectos de periodismo gráfico sobre las comunidades desfavorecidas.


2 comments

  • Laura Rojas

    30/12/2013 at

    Gracias por compartir estas historias. Un reflejo más de lo que algunos no quieren ver, pero que sucede día con día.

    Reply

  • wirkkala

    27/01/2014 at

    Como bien se menciona, es importante una campaña para informar, la medida del uso del metro sin duda ha ayudado a los números, pero la sociedad sigue siendo la misma. Hay que educar, es la única forma de ver cambios que se sostengan a largo plazo. Gran trabajo de parte de ambos.

    Reply

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