
Ver niños heridos y ciudades destruidas conmueve al mundo, pero también es movido por intereses. Gaza lleva casi dos décadas en crisis, desde el ascenso de Hamas al poder en 2007. Sin embargo, este año su sufrimiento se transformó en una poderosa arma blanda: la empatía colectiva como capital política, capaz de modificar la narrativa de un conflicto decenal.
Las aberraciones que ha sufrido el pueblo de Gaza desde 2023 no pueden negarse. Sin embargo, poco se habla de desde cuándo están atravesando esta crisis humanitaria, porque la realidad es que no se originó con la guerra contra Israel. Si bien el conflicto la agravó, los gazatíes conviven con el malestar desde hace años.
Lo interesante es analizar por qué ahora comenzaron a viralizarse las imágenes del sufrimiento palestino y no antes. ¿Es acaso una estrategia del gobierno para intentar generar empatía y simpatía en el mundo? O incluso, ¿por qué las naciones que recientemente se han embanderado con esta causa no alzaron su voz antes? Las explicaciones pueden ser muchas, pero hay una verdad objetiva: las decisiones políticas y diplomáticas nunca son inocentes.
El 7 de octubre de 2023 marcó un antes y un después en la relación entre Israel y Palestina. Los hechos lamentables que se difundieron en redes sociales —secuestros, ejecuciones públicas y violencia sexual— reflejaron la brutalidad con la que el grupo Hamas actuaba.

En ese entonces, resultó fácil para las miradas occidentales posicionarse en contra de los llamados “terroristas”, pues su accionar se transformó en empatía hacia quienes fueron considerados, en un primer momento, las víctimas de esta historia: el pueblo israelí.
Sin embargo, como puede observarse en el último tiempo, la empatía global viró y se colocó del lado palestino. Así como al inicio fue esa percepción de mártires la que apuntó contra los considerados “los malos de la historia”, hoy la hiperconectividad lleva al mundo a posicionarse a favor de ellos, rechazando las acciones de Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, ya que las imágenes de una Gaza destruida, con niños muriendo por desnutrición y familias devastadas por sus constantes pérdidas, provocaron un reposicionamiento narrativo global: ahora el mundo quiere resguardar a Palestina.
La realidad es que ver esas violentas imágenes revuelve toda conciencia, y, acompañadas de titulares colmados de palabras como “genocidio”, “culpa”, “dolor” y “despiadado”, generanon un pensamiento colectivo: la crisis humanitaria que vive la Franja de Gaza es culpa de Israel. No obstante, [basta con mirar un poco hacia atrás en el tiempo para saber que esta zona ya era crítica incluso antes de 2022; la diferencia es que, hasta ese momento, el sufrimiento palestino no había sido rentable narrativamente.
¿Por qué fue así? La respuesta está en su historia reciente. En 2006, el grupo Hamas ganó las elecciones parlamentarias (lo cual fue fuertemente rechazado por Israel debido a sus tendencias extremistas) y, en 2007, consolidó su control de facto sobre la Franja de Gaza. A partir de ese momento, se desencadenaron grandes crisis económicas que, al poco tiempo, derivaron en el inicio de la crisis humanitaria. Desde junio de ese año, diversos organismos de la ONU —como la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), el Programa Mundial de Alimentos, UNICEF e incluso la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA)— comenzaron a emitir informes y declaraciones que confirmaban la gravedad de la situación.
A esto se sumó el hecho de que Palestina comenzó a atravesar conflictos internos: la victoria de Hamas generó una creciente tensión con Fatah (organización política elegida en Cisjordania, de carácter más diplomático y secular que Hamas). Los gazatíes se enfrentaron, así, un panorama complejo en cuanto a sus relaciones comerciales, ya que su vecino Egipto tampoco los apoyó tras la elección del nuevo gobierno.
Entonces, si la crisis comenzó en 2007, ¿por qué recién ahora empezaron a viralizarse las imágenes? Una posible respuesta es el avance de la tecnología; otra, que la situación llegó a su punto cúlmine este año. Pero también puede pensarse, [si se analiza el contexto recién mencionado, que al grupo Hamas no le convenía viralizar una crisis que ellos mismos estaban fomentando]. Si bien culpaban los constantes bloqueos de Israel, la realidad es que no presentó ninguna denuncia oficial en el ámbito internacional.

Ahora bien, así como los gobernantes de la Franja de Gaza no solicitaron asistencia internacional, los gobiernos extranjeros que hoy se muestran conmovidos por la “causa palestina” tampoco se embanderaron en aquel momento para defender la lucha por sus derechos humanos.
La crisis siempre existió, pero recién cuando pudo transformarse en capital político y moral comenzó a circular por el mundo con tanta fuerza.
Por eso se acusa de “tendenciosos” a presidentes como Pedro Sánchez, Emmanuel Macron o incluso al primer ministro británico, ya que, en lo que va de 2025, sus discursos sobre temáticas internacionales han estado cargados de indignación moral, apelando a la “dignidad humana”, la “defensa de los inocentes” o el “alto al fuego humanitario”, mientras simultáneamente buscan reforzar su imagen y responder a la presión de una ciudadanía movilizada por la compasión. Sin embargo, la paradoja es evidente: cuanto más crece la emoción, más se alcanza la acción.
Los comunicados se multiplican, pero las soluciones concretas quedan relegadas, ya que el reconocimiento como Estado independiente que se le ha otorgado a Palestina en la Asamblea General de la ONU ha quedado en eso: un mero acto diplomático. No hay planes de construir embajadas en Ramala ni de redactar tratados de cooperación con el pueblo palestino.
Lo que vemos es la empatía colectiva convertida en arma blanda: una herramienta emocional capaz de modificar agendas diplomáticas, redefinir alianzas y, sobre todo, inclinar la opinión pública. El dolor de los gazatíes se transformó en una forma de poder. No solo en manos de Hamas, que comprendió el valor de la victimización como escudo político, sino también en las de líderes occidentales que supieron usar esa emoción para reposicionarse ante sus propios electores.

La realidad que afronta Gaza es cierta e innegable, ya que los ataques que ha sufrido son tangibles, pero no nuevos. Lo que sí es nuevo es el uso de la empatía, que dejó de ser una virtud para convertirse en una herramienta política. Conmoverse ante el dolor ajeno es humano, utilizar ese dolor para obtener legitimidad es estratégica.
Hamas lo hizo, pero no fue el único. Los gobiernos que hoy reconocen al Estado palestino también lo hacen, movidos por intereses nacionales, electorales o geopolíticos.
El drama humanitario se transformó en un lenguaje útil, una moneda de cambio emocional en la diplomacia contemporánea, caracterizada por movilizaciones sociales constantes ante la viralización de las injusticias.
Y ahí surge el dilema: ¿Cuánto de la solidaridad global hacia Gaza es genuina y cuánto responde a una lógica de conveniencia? La empatía se moviliza, sí, pero no siempre transforma. Cuando la emoción se agota en los discursos y no se traduce en políticas, se convierte en un espectáculo superficial. La brecha entre sentir y actuar se ensancha, y el sufrimiento real termina siendo el telón de fondo de una historia que el mundo observa, comenta, comparte, pero rara vez cambia.
