
Jerusalén concentra siglos de historia, fé y poder. Ciudad sagrada y eje de tensiones,
plantea interrogantes que siguen abiertos: ¿son tensiones religiosas, de intereses en juego
o ambos? Y, en medio de ello, ¿quién sale perdiendo?
Artículo escrito en co-autoría por Malena Giampieri y Paula Cortizo Rey.
La ciudad de Jerusalén es uno de los centros urbanos con mayor riqueza histórica y religiosa del mundo. Desde hace siglos ha sido un punto focal de devoción espiritual, disputas políticas e intercambio cultural. Con una trayectoria de más de tres milenios, la urbe representa un verdadero tapiz de culturas y fes, profundamente entrelazada con las identidades del judaísmo, el cristianismo y el islam (Canepa, 2018; Hovhannisyan, 2025).
En los últimos siglos, especialmente en el marco del conflicto israelí-palestino, la disputa territorial y la inestabilidad han aumentado, derivando en una confrontación en la que el papel religioso e histórico de la ciudad resulta clave para comprender las reivindicaciones y tensiones políticas. El conflicto actual enfrenta al Estado israelí y a la Autoridad Palestina, la cual aún no ha sido reconocida como Estado con plenos derechos (Abu-Amr, 2005; Canepa, 2018; Hovhannisyan, 2025).
Esta confrontación se intensificó especialmente tras la Guerra de los Seis Días, en 1967, cuando Israel ocupó y anexó unilateralmente la zona oriental de Jerusalén —conocida como Jerusalén Este—, expandiendo de forma significativa los límites municipales de la ciudad sobre territorio palestino (Ben-Hillel, 2013), así como tras la ofensiva del 7 de octubre de 2023 (Real Instituto Elcano, 2023).

El peso de lo sagrado/religioso
Jerusalén, foco de devoción y epicentro de culto, es el sitio sagrado por excelencia para las tres religiones del Libro —el judaísmo, el cristianismo y el islam, que comparten las Escrituras de la tradición abrahámica—. La importancia que se le asigna desde el punto de vista religioso es fundamental, ya que los principales textos sagrados sitúan en ella acontecimientos que le otorgan un carácter de santidad incomparable (Canepa, 2018).
Las reivindicaciones religiosas se superponen: para los judíos, el Muro de las Lamentaciones (vestigio del Templo) es símbolo de cumplimiento espiritual y renovación nacional desde hace más de tres mil años (Hovhannisyan, 2025); para los musulmanes, Jerusalén es la tercera ciudad santa, identificada con el “Lugar Remoto” y la ascensión de Mahoma (Abu-Amr, 2005); y, para los cristianos, es el sitio de la crucifixión y resurrección de Jesús. Estas dimensiones, junto con las rivalidades políticas e históricas, alimentan los debates sobre la gobernanza y la soberanía de la ciudad. En consecuencia, el estatus contestado de Jerusalén se mantiene como un punto central en la política internacional (Canepa, 2018).
El Monte del Templo, o Haram al-Sharif, constituye uno de los lugares más sensibles y complejos del conflicto, actuando simultáneamente como símbolo de unión y fuente de división (Hovhannisyan, 2025). Aunque Israel considera a Jerusalén una ciudad indivisible y ejerce soberanía sobre toda ella, se acordó que la administración de los sitios religiosos islámicos en el Monte del Templo no fuese ejercida directamente por el gobierno israelí (BBC News Mundo, 2023).
En esta línea, el papel de las peregrinaciones ha incrementado la relevancia de Jerusalén como centro global del turismo religioso, aumentando su influencia económica y política. A la vez, esto la convierte en un punto de fricción y en una herramienta de control para las autoridades (Hovhannisyan, 2025). Por su parte, los líderes cristianos suelen abogar por una solución pacífica que proteja el patrimonio cristiano y garantice el acceso a los lugares santos para todos, enfatizando la necesidad de preservar el carácter multicultural y multirreligioso de la ciudad (Consejo Mundial de Iglesias, 2018).

Uso político del simbolismo religioso
El uso de la religión como discurso legitimador no es algo nuevo ni exclusivo de este caso. Jerusalén constituye un ejemplo vivo de cómo diferentes narrativas de base religiosa se utilizan para justificar posiciones políticas y, en ocasiones, para promover enfrentamientos y atentados (The Conversation, 2025).
Desde la retórica sionista, Israel recurre a su profunda conexión religiosa e histórica para justificar e impulsar estrategias políticas concretas, como la consolidación de su control territorial y la modificación del equilibrio demográfico en Jerusalén Este (BBC News Mundo, 2022).
Su narrativa se articula en torno a la idea de que Jerusalén es el corazón histórico e indivisible del pueblo judío. En ella se concentran los principales órganos de gobierno de Israel (Poder Ejecutivo, Poder Judicial y Knesset) (Hovhannisyan, 2025), además de una presencia judía histórica significativa. En la práctica, esta visión se traduce en la instrumentalización del marco legal —aplicando su derecho interno, considerado incompatible con el derecho internacional— (Ben-Hillel, 2013; Canepa, 2018), así como en un proceso de judaización mediante la arquitectura y la planificación política de la ciudad (Yacobi & Pullan, 2014). También ha condicionado los derechos civiles de la población palestina de Jerusalén Este, promulgando la lealtad obligatoria al Estado de Israel y una ley de inmigración que no concede ciudadanía plena a los palestinos, sino un estatus de “residente permanente”, que puede ser revocado con facilidad (Ben-Hillel, 2013).
Desde las fuerzas y autoridades palestinas, la disputa gira en torno a la soberanía del Monte del Templo/Haram al-Sharif, una de las principales causas del fracaso de la Cumbre de Camp David en 2000 (Canepa, 2018; Hovhannisyan, 2025). En este contexto, destaca también el papel de Irán como agente articulador de la legitimidad del islam, expresada en la lucha por el territorio (The Conversation, 2025).
La línea discursiva palestina acusa a Israel de intentar destruir la Mezquita de Al-Aqsa, argumento utilizado de forma recurrente para incitar a la violencia y los disturbios. Los líderes palestinos han recurrido a esta narrativa, conocida como el “libelo de Al-Aqsa”, para movilizar apoyo (Hovhannisyan, 2025) y justificar la lucha como un deber sagrado (yihad). Además, se ha documentado que manifestantes palestinos han usado Al-Aqsa como arsenal, almacenando piedras y dispositivos incendiarios con el fin de provocar una respuesta israelí.
En este sentido, la disputa por la soberanía pasa a un plano de narrativas enfrentadas, donde el derecho divino se presenta como fuente última de legitimidad, sustituyendo o superponiéndose al derecho. Como apuntó el filósofo italiano Agamben: “El espacio sagrado es el lugar donde la ley se suspende para dar paso al juicio último” (The Conversation, 2025).
Su ubicación en el tablero internacional
Su ubicación en el corazón de Medio Oriente, junto con su valor simbólico y su peso en la identidad nacional tanto israelí como palestina, convierten a Jerusalén en un punto estratégico donde convergen los intereses de las potencias y las tensiones entre lo político, lo religioso y lo geopolítico.
En 2017, durante la administración de Donald Trump, Estados Unidos reconoció a Jerusalén como capital de Israel y reubicó su embajada desde Tel Aviv a esa ciudad. La decisión fue interpretada de distintas maneras: para algunos analistas, representó un intento de reafirmar la influencia estadounidense en Medio Oriente y consolidar su alianza estratégica con Israel; sin embargo, para otros supuso un quiebre con el consenso diplomático sostenido desde la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1947), que establecía la partición de Palestina en dos Estados independientes —uno judío y otro árabe— y disponía que el área de Jerusalén y Belén fuera un cuerpo separado bajo un Régimen Internacional (United Nations General Assembly, 2022).
Diversos organismos internacionales y Estados expresaron su preocupación, al considerar que el cambio de postura podría afectar el equilibrio internacional y poner en riesgo las perspectivas del proceso de paz entre Israel y Palestina en Medio Oriente (Amnistía Internacional, 2017).
Como respuesta, Mahmoud Abbas, líder de la Autoridad Palestina, expresó su descontento y declaró que Estados Unidos ya no debía ser reconocido como mediador del proceso de paz, evidenciando la pérdida de confianza en su imparcialidad (BBC Mundo, 2017).
“El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, anunció este miércoles que considera que ya no están en vigor los Acuerdos de Oslo, ni cualquier otro tratado firmado desde entonces con Israel, como consecuencia de la decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, de reconocer a Jerusalén como capital de Israel”.
(Clarín Mundo, 2017)
En la actualidad, en el marco del conflicto en Gaza, tanto la República Popular China como la Federación Rusa han reiterado su postura diplomática respecto al estatus de Jerusalén, abogando por el respeto a las resoluciones de la ONU y por el fin de acciones unilaterales que puedan alterar su carácter internacional (Newsroom Infobae, 2025). Esta postura se alinea con el respaldo de la Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que rechazó el reconocimiento unilateral de Jerusalén como capital de Israel por parte de Estados Unidos (United Nations General Assembly, 2017), reafirmando su apoyo a una solución de dos Estados y al mantenimiento del estatus internacional de la ciudad (Gallego, 2025). Dicha resolución establecía que los cambios realizados sobre Jerusalén:
“no tienen efecto jurídico alguno, son nulos y sin valor, y deben revocarse en cumplimiento de las resoluciones pertinentes del Consejo de Seguridad”.
(United Nations General Assembly, 2017)
Jerusalén en la narrativa mediática
Por un lado, se encuentra la narrativa mediática occidental, que suele centrar su cobertura en los conflictos, las tensiones y los riesgos para la estabilidad regional, presentando a Jerusalén con expresiones como “territorio disputado” o “zona de conflicto” para subrayar su dimensión política, muchas veces adoptando una posición indirecta sobre la situación en Medio Oriente (Heller, 2025).
“El ser considerada como una ciudad sagrada por los fieles de las
tres grandes religiones monoteístas (judíos, cristianos y musulmanes) paradójicamente convirtió a Jerusalén en objeto de numerosas disputas que, a lo largo de siglos, derivaron en reiteradas conquistas y reconquistas”. (BBC News Mundo, 2017)
En contraste, los medios árabes suelen resaltar el valor simbólico y cultural de Jerusalén, presentándola como “ciudad santa” o “símbolo de resistencia”, términos que enfatizan su centralidad en la identidad palestina y su importancia religiosa para musulmanes y cristianos. La cobertura mediática no solo informa sobre los hechos, sino que también construye un relato que conecta historia, religión y memoria colectiva, transformando a Jerusalén en un referente de identidad y de lucha política en el plano internacional.
“Despojados de sus derechos, el último muro de la resistencia
palestina es la cultura, dice el propietario de una librería de
Jerusalén”. (Sarkar & Al Jazeera, 2016)

El lenguaje utilizado por los medios y los actores políticos tiene un papel central en la construcción de legitimidad sobre Jerusalén. Términos como “ciudad santa” o “territorio disputado” no son neutrales: cada palabra contribuye a definir la narrativa y a posicionar a los distintos actores, mostrando que el significado de la ciudad se construye discursivamente y cada parte busca imponer su propia interpretación.
¿Qué nos deja Jerusalén?
Jerusalén es mucho más que un punto en el mapa: es el espejo donde el mundo proyecta su historia, su fe y su poder. Su desafío actual no radica solo en quién la gobierna, sino en cómo separar lo sagrado de lo estratégico, lo espiritual de lo político. En ella, cada piedra guarda memoria, pero también controversia. Mientras las potencias buscan influencia y los pueblos reclaman pertenencia, Jerusalén permanece como el símbolo más visible de una pregunta sin respuesta: ¿quién sale perdiendo cuando la fe se convierte en instrumento de poder?

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