29/10/2020 BARCELONA

Moscow Calling: ¿el alba de una nueva Rusia?

Con el 64% de los votos y muchas polémicas, Vladímir Putin logró ganar las elecciones presidenciales rusas del pasado 4 de marzo. Sin embargo, las protestas causadas por los supuestos casos de fraude electoral en estas y en las pasadas elecciones parlamentarias, se han combinado con el cansancio por la corrupción endémica que aflige a las instituciones y el deseo de mayor activismo político. El movimiento de protesta, aunque fragmentado, significa el renacimiento de la sociedad civil rusa.

Las elecciones presidenciales que se celebraron el pasado 4 de marzo convierten a Vladimir Putin en Presidente de la Federación Rusa por tercera vez. Los resultados oficiales, es decir el número de votos escrutados con los casos de posibles fraudes investigados y resueltos, serán publicados por el Comisión Electoral Central de Rusia en unos días, pero todo apunta a que éstos confirmarán los resultados provisionales, según los cuales Putin habría obtenido casi el 64% de las preferencias. A pesar de que la mayoría obtenida sea menos brillante de la que Putin y su delfín Dmitri Medvédev lograron en los comicios electorales de 2004 y 2008, sí es suficiente para evitarle una segunda vuelta, que él probablemente habría ganado con facilidad, pero que habría hecho su vuelta al Kremlin mucho menos triunfal. Sin embargo, puede que esa mayoría no sea suficiente para que el nuevo presidente tenga el amplio margen de maniobra política del que gozaba en sus anteriores mandatos. Esto es porque, como subrayan muchos analistas, el país que Putin gobernará en los próximos seis años ya no es el mismo de antes.

Revuelta del salchichón o primavera rusa: ¿para qué lucha la oposición?

Las protestas a las que asistimos a lo largo de estos últimos 3 meses se configuran como un fenómeno bastante novedoso en Rusia. Grigori Yavlinski, el político liberal que a principios de febrero fue eliminado de la carrera presidencial, declaró en una entrevista que los mítines actuales se diferencian de los de la perestroika a finales de los años ochenta y principios de los noventa porque “antes estábamos ante la revolución del salchichón y ahora la libertad es más importante. El salchichón simboliza las necesidades materiales. Pero en el siglo XXI sin libertad no se puede hacer nada en economía ni en política. De la misma manera que sin salchichón uno no tiene fuerzas para ir por la calle, en el siglo XXI no se puede vivir sin libertad.” Pero libertad es un término muy amplio, así como amplio y muy diverso es el espectro de los protagonistas y de las ideas que caracterizan al movimiento. Este oscila entre nostálgicos del bolchevismo y ultraliberales, entre nacionalistas y pro-europeos, entre activistas que quieren salvar un bosque amenazado por una autopista y otros que luchan contra el abuso de sirenas de los coches oficiales.

God Save Navalni

Dos cosas parecen unir a la mayoría de los integrantes del movimiento además de la oposición a Putin: la procedencia de los grandes centros urbanos y la exasperación por la corrupción endémica que atañe a prácticamente la totalidad de las instituciones rusas. Este último factor ha sido probablemente el catalizador del fenómeno-Alexei Navalni. Este joven abogado y bloguero es un personaje muy controvertido por sus convicciones nacionalistas y su retórica violenta, pero su lucha contra la corrupción le ha transformado en uno de los pocos líderes de un movimiento que en realidad es muy horizontal. A pesar de su antigua militancia en el partido liberal Yábloko, Navalni es percibido como un profesional independiente y extraño al sucio juego de la política. Lo mismo no se puede decir de Mijaíl Prójorov: el magnate, que si bien ha despertado mucho interés en calidad de actor nuevo en una carrera presidencial personificada por veteranos de la política rusa, tiene demasiados intereses comerciales en juego para oponerse de verdad al establishment de Putin. Un equipo de economistas, politólogos y periodistas trabajan con Navalni para convertirlo en un futuro líder. Sin embargo, el presente tiene todavía demasiadas incógnitas sobre una alternativa viable y creíble a Putin.

El llamado “consenso de Putin” tiene una doble vertiente: en primer lugar el político ha logrado, por primera vez en la historia rusa, un consenso nacional que no se basa en ideologías utópicas o represión, sino en una mayoría institucional estable. En segundo lugar, durante su mandato Rusia ha conocido un crecimiento económico que por un lado ha fomentado el nacimiento de una clase media, y por el otro la implantación de políticas sociales asistencialistas. El catedrático Vyacheslav Glazychev asegura que el miedo al vacío es probablemente la razón subyacente que explica la fe en Putin.

Así que…Putin otra vez

Los resultados no han cogido a nadie por sorpresa. Las encuestas electorales, incluso las de Levada, un centro de investigación independiente y a menudo considerado como “de oposición”, atribuían al entonces primer ministro a finales de febrero un 66% de las preferencias de voto. Y el así llamado “consenso de Putin” ejerce todavía muchísima fuerza en la Rusia rural,  las ciudades menores y en Siberia, región que todavía depende ampliamente de las subvenciones gubernamentales.

En definitiva, todos los analistas coincidían en que las protestas que brotaron después del presunto fraude electoral de las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de 2011 constituían un evento extraordinario para la sociedad rusa, pero pocos se aventuraron a predecir que éstas producirían un cambio real en los resultados de las sucesivas elecciones presidenciales. Lo que sí han producido es un cambio en el escenario político general. El mundo ha asistido a lo que se ha llamado el renacimiento de la sociedad civil rusa, y el fenómeno no parece fácilmente reversible. La gran pregunta ahora es: ¿cómo se canalizará toda la energía del movimiento? La visión pesimista de los que piensan que la gente volverá a la apatía política está corroborada por el hecho de que en el último mitin que se convocó el pasado sábado 10 de marzo no se logró reunir a los 50.000 participantes para que los organizadores habían solicitado permiso. Finalmente sólo la mitad acudió al mitin, pero aun así esta cifra no es despreciable. Y además de las plazas, otras arenas empiezan a albergar la lucha política: alrededor de 200 jóvenes moscovitas, por ejemplo, decidieron presentarse en las elecciones municipales, y unos 70, por su sorpresa, ganaron. Si este número no parece gran cosa frente a la totalidad de los escaños disponibles (1500), el mero hecho de que jóvenes inexpertos y fuera de los circuitos políticos hayan ganado, inyecta una nueva energía en la vida política de la capital, y es explicativo de los cambios sufridos por Rusia en los últimos tiempos.

Es verdad que Moscú no es Rusia, pero la idea de que la sociedad civil rusa en su conjunto se haya vuelto más activa ha calado en los análisis de periodistas y observadores. En la opinión de Mark Adomanis, el activismo de calle decrecerá y se convertirá en cinismo, en un marco de “paz fría” donde no habrá revolución, pero en el que la sociedad será más desconfiada hacia el Kremlin y el Kremlin escuchará más a la opinión pública. En realidad la evolución de la situación está todavía por definir, y si bien es cierto que la atmósfera de festiva participación que caracterizaba las primeras protestas parece haber desminuido, estas han marcado y seguirán marcando el comienzo de una nueva Rusia.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

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Eleonora Tafuro

Lecce, Italy. I come from a small town in the very south of Italy, but I've been living abroad for 7 years. I graduated in European Studies and I have a MA in International Relations from IBEI (Barcelona). I'm currently working as a junior researcher at FRIDE in Brussels. Couldn't live without music, movies and travelling. [email protected] / Twitter: @eleonoratafuro


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