26/08/2019 BARCELONA

“Antes la meta de muchos jóvenes era irse a la guerrilla, hoy en día ya no saben qué son las FARC”

Este especial sobre el proceso de paz en Colombia muestra las historias de vida de distintas comunidades rurales situadas en el corazón del oriente colombiano, una región que acogió, tras la firma del Acuerdo de Paz en noviembre de 2016, una de las 26 Zonas Veredales de Transición y Normalización (ZVTN), donde se llevó a cabo la primera fase de la reincorporación a la vida civil de los excombatientes de las FARC.


Como parte del proyecto documental Voces de Vereda, hemos hablado con algunas personas de estas comunidades, protagonistas directas del proceso de paz actual y también de las más de cinco décadas de conflicto armado, a través de su día a día, recuerdos, anécdotas, sueños y planes de futuro.

“Yo vengo de un departamento que se llama Boyacá, zona esmeraldera de Colombia. Llegué aquí al Meta por esos azares de la vida. Mi esposo es de acá, fue por allá y me trajo. Llegué hace como 21 años, y me quedé. Ya mis hijos se criaron aquí, y estudiaron en esta escuelita, donde trabajo como profesora. Aunque estudié en la ciudad, siempre he vivido en el campo; la ciudad no es que me trasnoche. Me gustan mis mangos, mis pájaros, ir al río en verano; pescar me fascina, y eso no lo ve uno en una ciudad”.

¿Qué sintió la primera vez que se cruzó con la guerrilla?

La palabra guerrilla para mí era terrible. En mi territorio no existe la guerrilla. Cuando yo llegué a Piñalito, el corazón se me salía. Mi esposo me dijo: “Tú no hables, quédate callada. No digas de dónde vienes”. Y a los niños lo mismo, les dijimos que calladitos. Sin embargo, mi niño pequeñito empezó a ver los guerrilleros y decía: “Mira, mamá, policía”. Y yo: “No, cállate, cállate”. El susto era que nos escucharan. Pero, poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que las cosas no eran como la gente las dice afuera, porque uno en las ciudades escucha cosas terribles de la guerrilla. Pero realmente cuando yo llegué aquí vi cosas muy diferentes, no es como dicen afuera. Yo no me mezclé mucho con ellos, pero ya los miraba sin darme miedo. Ya no existía ese temor.


¿Cómo era la vida en la vereda cuando llegó?

Yo llegué acá cuando Pastrana (1998-2002). En la época de distensión (durante los Acuerdos de paz del Caguán, en los que el Gobierno de Pastrana y las FARC-EP acordaron una zona de “distensión” donde se aseguraba que la fuerza pública no atacaría a la guerrilla) esto era muy bueno. No había vías. Todo era por el río, tocaba llegar en canoa. En esa época se veía mucha plata, mucha gente, mucho niño. Esta escuela contó con 80 estudiantes.

Era la época del auge cocalero. ¿Había visto la coca alguna vez?

No, yo no conocía la coca. Y pues mis hijos menos. A ellos les pareció tan gracioso de ver los cultivos, tan bonitos, verdes y las hojitas… Se pusieron a jugar una tarde, jugaron y jugaron entre las matas de coca, y luego: “Mamá, me pica, mamá, me pica”. Los bañamos, los acostamos y al otro día inflamados y todos picados. Nos tocó coger de las tres cocas —en la época había dulce, amarga y la peruana— y preparar un baño; bañarlos y darles a tomar un trago. Fue el primer contacto que tuvimos con la coca.

¿Cuándo empezó a cambiar la situación?

Cuando llegó la erradicación todo cambió. Uno, porque erradicaban; otra, porque cuando entró la Móvil 4 del ejército de Colombia, lo hizo arrasando, matando a todo el mundo. Para ellos todos éramos guerrilleros, independientemente de quiénes éramos. Todos éramos auxiliadores (colaboradores de la guerrilla), a todos nos miraban feo, por decirlo así, y extorsionaban a todo el mundo. Entonces mucha gente empezó a emigrar y las escuelas también empezaron a disminuir automáticamente. Con la erradicación muchas escuelas se cerraron. Cuando se acabó la coca se acabó todo. Quedamos solos, en la vereda llegamos a ser cuatro familias nomás.

¿Qué consecuencias tenía en el día a día de la comunidad vivir en zona de control de la guerrilla?

Era prohibido tener celular, para quien tenía un celular era pena de muerte. Si salías mucho, pensaban que estabas llevando información: para el ejército, que estábamos trayendo; para la guerrilla, que estábamos llevando. El estar aquí siempre ha sido un conflicto. Tienes que estar muy centrado, ni para allá ni para acá. Debe ser siempre así. Y aún hoy en día uno evita. No tengo nada con los excombatientes, yo les saludo, los trato, todo igual, muy bien, pero en lo posible trato de ni ir para acá ni para allá. Sigo en mi rol, de docente, nada más. De mamá y listo, nada más. La gente siempre en las ciudades critican: “Ah, es que la gente allá son guerrilleros”. En mi barrio en Bogotá nos decían que éramos guerrilleros porque vivíamos en el Llano. Les decía: “no, nada que ver”. El hecho que yo esté allá no quiere decir que yo sea guerrillera. Yo les decía: “yo no soy ni de allá ni de acá. Yo soy de Boyacá”.

¿Y cómo se vivía el conflicto desde la escuela? ¿Cuál es el rol que juega el docente en zona rural en medio del conflicto armado?

¿Aquí? Pues un poquito complicado, porque una como docente no puede hablar de política. Limitarse a lo que le corresponde y nada más. Tú no puedes opinar. Lo que sí me pareció muy bueno, en el caso de la guerrilla, es que siempre manifestaron que ellos con la educación no se metían, ni con la religión tampoco. Pero aquí se trabaja con las uñas. Porque el ministerio de educación nos exige unos parámetros, pero no nos dan herramientas. Puedes mirar mi biblioteca, mis libros, están comidos por los gorgojos. Hay algunos que tú los abres y ya no puedes leerlos de lo dañados que están. Y aquí una no es solo docente, es multiservicios: eres psicóloga, mamá, educadora, aseadora, bibliotecaria, vigilante —tienes que vigilar que no se te vayan a perder los equipos, porque sino te los cobran—.

A lo largo de más de 20 años ha sido profesora de muchas generaciones de niñas y niños de la zona. ¿Cómo vivía, como docente y como madre, la marcha de jóvenes a la guerrilla?

¿Qué cambios ha visto en la escuela a raíz del proceso de paz?

La mentalidad de las niñas y niños. Primero porque aquí ya no juegan a los vaqueros, ni a los guerrilleros, ni que yo soy policía, ni nada de eso. Ya piensan en el fútbol, hablan mucho de James, de Falcao… Tienen otra perspectiva. Antes, la meta de muchos de ellos era tener 14 o 15 años, y cuando ya tenían fuerza para coger un fusil, buscar dónde estaba la guerrilla e irse. Hoy en día, ya no. No hablan nada de eso, ya no tienen nada que ver con la guerrilla; la palabra guerrilla ya no la conocen. Dicen: “hay fiesta donde los excombatientes”, ya no dicen tan si quiera guerrilla: “esta noche hay gallos donde los excombatientes”. Tú les preguntas a ellos qué son los excombatientes y, créeme, no tienen ni la más remota idea. No saben qué son las FARC porque no las vivieron. Saben que aquí hay una zona de distensión, que eran guerrilleros y que ya no lo son. Les va a quedar eso en su memoria, que estuvieron dentro de una zona de los acuerdos de paz y que a ellos les tocó la parte chévere. A nosotros nos tocó el conflicto, pero a ellos les tocó la paz. Y eso también es un cambio para las mamás y los papás, que ya no viven con esa incertidumbre de que “mi chino (niño) se fue pa’ la guerrilla”, y uno les mira allá llorando, con una tristeza… “ay Dios Santo, mi chinito se fue. Se me voló anoche”. Ya para mí, lo del proceso de paz, es algo muy positivo por esta región. Grandísimo.

Durante mucho tiempo se dejó de impartir Historia en las escuelas, ¿ahora se vuelve a enseñar?

Sí, nos salió la Historia como algo obligatorio. En mi época, uno miraba Sociales y miraba Historia, por separado. Y esa materia había desaparecido. Ahoritica nos la obligaron. Ahí toca explicar: por qué surgieron las guerrillas, qué pasó con ellas hasta el proceso de paz, todo lo que es parte ya de nuestra historia. Yo, gracias a Dios, la viví y mis hijos también la están viviendo, y es algo muy bueno. Por ejemplo, anoche pasó un helicóptero volando bajito por aquí; hace más o menos 10 años eso no podía pasar. Si venía una avioneta de esas era el bombardero, se escuchaba el cielo lleno de aviones. ¿Y ves que anoche no? Entran, salen, descargan, como si nada, ¿ves la diferencia? Esa es la historia que hay que contar ahora, la época que estamos viviendo.

¿Se está notando la implementación del acuerdo en el día a día de la comunidad?

¿Ha tenido consecuencias también en su familia?

Sí. Ahoritica, cuando empezó el proceso de paz, mi hijo nos dijo que quería ser suboficial (del ejército) y yo:

—¡Ay, no! ¿Usted no sabe dónde estamos?

—Sí, mamá, pero yo quiero ser suboficial del ejército.

Le dije a mi marido:

—Ya nos tocó irnos de acá.

Menos mal que se hizo el proceso de paz, él entró a la academia militar y se graduó. Ya está trabajando. Y en diciembre vino —la gente sabe que él es suboficial—, y vino y fuimos al río, estuvimos pescando, incluso jugó a fútbol con los guerrilleros, echamos un baño, comimos sancocho, todo normal. No solamente mi hijo, mi vecina también tiene un hijo suboficial, otra amiga también tiene uno. Pero en otra época los chicos no hubieran podido estudiar eso: o nos hubieran matado o nos hubiera tocado irnos. Entonces, ¿ve cómo la paz sí ha cambiado la mentalidad? Hay muchos chicos que han salido de esta región, han estudiado, han ido a las universidades. La juventud ya no se quedan solamente aquí en el campo, enfocándose en la coca o en la guerrilla. 

¿Y qué le está faltando a esta paz?

Todavía falta mucho. Por ejemplo, ahoritica tenemos mucho desempleo, oportunidades laborales como tal, no hay. De la salud, se habló en un principio que iba a quedar un puesto de salud dotado de doctor y una enfermera, medicamentos, cosa que no ha pasado —y que ni pasará, yo creo—. Ya eso quedó como quedó. Las vías, pues nos están haciendo un arreglito de paño de agua tibia, porque cuando entre el invierno, que llueve día y noche, las carreteras quedan terribles, y otra vez volvemos al mismo caos. Y la biblioteca móvil que nos dieron (un proyecto del ministerio de Cultura que llegó con la implementación del acuerdo de paz), muy bonita, muy hermosa… cuando estaba abierta yo llevaba a mis chicos allá. Pero ahora está cerrada. Y quién sabe por cuánto tiempo más va a estar cerrada; todo ese material se está perdiendo allí.

¿Cómo es la relación de la comunidad con las personas excombatientes de las FARC-EP?

Tenemos una barrera. No sé si son ellos o somos nosotros, pero ellos tienen su pueblo allá y nosotros, acá. Al principio estuvo muy chévere, porque hacían muchos partidos de fútbol, se integraban mucho, muchos bailes, actividades culturales, muy chévere; pero todo eso se ha ido perdiendo. Otra cosa que ha cambiado es que al principio venía mucho la Universidad Nacional, la Distrital, todas esas universidades se la pasaban acá. Y ahoritica, no hay nadie. Todo eso fomentaba que ellos se culturizaran más, y nos lo transmitieran también a nosotros. Pero como ya no hay presupuesto… Y existe además una gran incertidumbre, porque dicen que solo hasta este año es que tienen comida (el apoyo económico y la manutención de los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación – ETCR donde se agruparon las FARC reciben apoyo durante los dos primeros años del proceso, y vence en agosto de 2019), y ahí la pregunta: ¿Y ahí qué? ¿Para dónde? ¿Cómo van a hacer? Muchos de ellos sé que no van a volver a las armas porque ya tienen otra mentalidad. Unos han estudiado, otros ya tienen hasta empresas, pero muchos aún están como en el limbo. ¿Y qué van a hacer? Porque ellos estaban enseñados a un ritmo de vida allá, y aquí en la vida civil es otro. Y el problema más grande que yo veo es que nosotros estamos en el medio, como comunidad.

Esta entrevista se ha realizado en el marco del proyecto documental Voces de Vereda, financiado por la Unión Europea y el proyecto Frame, Voice, Report!, del Ayuntamiento de Barcelona y de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo mediante la Beca DevReporter de Lafede.cat

 

No te pierdas la primera entrevista de esta serie: “Mientras siga el hambre, la necesidad y la pobreza absoluta, no se acabará nunca la guerra en Colombia”

Consulta aquí todo el Especial: Proceso de Paz en Colombia

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Iris Aviñoa

Nací en Barcelona. Soy periodista especializada en Relaciones Internacionales y Comunicación para la paz. He trabajado de periodista en medios de comunicación catalanes, como la Agencia Catalana de Noticias (ACN), y también como investigadora, en la Escuela de Cultura de Paz de Barcelona (ECP). Viví tres años y medio en Colombia, donde trabajé como docente universitaria en la Facultad de Comunicación Social para la Paz, de la Universidad Santo Tomás; entre diciembre de 2016 y enero de 2018 trabajé como observadora internacional para la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia (UNVMC), acompañando los procesos de paz con las FARC-EP y con el ELN. En la actualidad dirijo el proyecto documental ‘Voces de Vereda’, que muestra el impacto del proceso de paz en una pequeña comunidad del oriente colombiano.


One comment

  • Lucía PáramO Bermúdez

    14/06/2019 at

    No es un articulo que de cuenta REAL de lo que ha pasado en Colombia luego del llamado proceso de paz. No por entrevistar a unas cuantas personas, como en el articulo se afirma, se puede generalizar.

    Reply

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