15/10/2019 BARCELONA

Entrevista a Diana Forero, excombatiente de las FARC

Diana Forero imparte un curso sobre resolución de conflictos a líderes comunitarios [Foto realizada por Iris Aviñoa].


“No quiero que me encasillen con la etiqueta de desmovilizada toda mi vida”

Diana Forero es una apasionada de las matemáticas. También es una enamorada del flamenco, y dice que algún día quiere aprender a cantar como Lola Flores. Tiene una risa contagiosa y desprende vitalidad. Diana se unió a la guerrilla de las FARC con 23 años, y logró huir 11 años y medio después, acompañada de su hijo recién nacido y de su marido. Volvió a la casa de sus abuelos, la más antigua del barrio, que construyeron hace 52 años, los mismos que cumple el conflicto entre la guerrilla más vieja del continente americano y el gobierno colombiano. Diana es una excombatiente, aunque tras 6 años en el proceso de reintegración, tiene clara una cosa: no va a ser una desmovilizada toda la vida. Ahora cuenta su historia para tratar de luchar contra la estigmatización que asegura sufren las 50.000 personas desmovilizadas en el país, que como ella se esfuerzan día a día por salir adelante.

¿Por qué decidió unirse a las FARC?

Diana Forero en una jornada con víctimas del conflicto armado [Foto cedida por Diana Forero].
Diana Forero en una jornada con víctimas del conflicto armado [Foto cedida por Diana Forero].

Por diversos factores. Las personas no se van por una sola cosa para un grupo armado. En mi caso yo no conocí a mi papá y mi mamá me abandonó recién nacida; no tuve un núcleo familiar estable, me criaron mis abuelos y crecí pensando que no era responsabilidad de nadie y que tampoco tenía responsabilidad con nadie. Me fui a los 16 años para Bogotá a estudiar a la Universidad Nacional, porque era muy buena estudiante a pesar de todo. Hay gente que dice: “¿cómo siendo inteligente se fue para allá?” Pues porque hay muchos tipos de inteligencia, era inteligente para las cuestiones académicas pero carecía por completo de inteligencia emocional. No sabía cómo tratar a las personas y no sabía cómo quererme a mí misma, tenía muchos problemas psicológicos, derivados del haberme sentido sola casi toda la vida. Estudié Ingeniería Civil, y me tocó muy duro porque estudiaba y trabajaba, a pesar de que tuve un préstamo de la universidad no alcanzaba a pagar todas mis cuentas, faltaba mucho a clase y el último semestre perdí muchas asignaturas, y con eso perdí el cupo de la universidad. Al año siguiente murió mi abuelo y ahí me acabé de sentir desamparada en el mundo, sentí que mi vida no tenía ni rumbo ni fin. Este sentimiento me llevó a buscar una salida. Pensaba que ya que mi vida no tenía sentido iba a hacer que mi muerte sirviera para algo. Y me fui a buscar a la guerrilla.

¿Había también una motivación ideológica?

Sí, sentía que iba a hacer algo que valía la pena, creía que los ideales de la guerrilla eran válidos y que luchaban por el bienestar común de las personas. Si el sistema no tenía respuestas para alguien como yo que no tenía familia y no tenía apoyo de nadie, significaba que las cosas estaban mal formuladas y quería cambiarlas. Y me fui para Caquetá porque escuché que la guerrilla estaba concentrada en esa zona porque iban a empezar los diálogos del Caguán. Me dejaron esperando en un caserío, y a los días me recogieron y me preguntaron: “Lo pensó mejor?” Y dije: “Sí, estoy decidida, me voy con ustedes”. Me quedé ahí en el bloque oriental un año y medio, pero cometí una grave indisciplina, me insubordiné contra un mando de escuadra, me sancionaron y me trasladaron al otro lado del país, al Valle. Estuve con ellos un año en el bloque móvil Arturo Ruiz y al año esta unidad se iba para otra parte pero yo no aguantaba la caminata porque tenía una lesión en la rodilla. Me dejaron en el comando que opera en el Tolima y Huila. Y ahí duré 8 años. Primero estuve en la emisora del comando, mi trabajo consistía en hacer mezclas de sonido y edición de audio; y después de eso en la guardia de Jerónimo, donde dictaba cursos de cartografía. Les enseñaba a los muchachos a ubicarse en el terreno, a dibujar croquis muy básicos, a entender un mapa; también hacía alfabetización, les enseñaba a leer, a escribir, las operaciones básicas. En esos 8 años hice muchas cosas pero casi todas relacionadas con un computador, ese era mi trabajo.

Diana Forero en una jornada con víctimas del conflicto armado [Foto cedida por Diana Forero].
Diana Forero en una jornada con víctimas del conflicto armado [Foto cedida por Diana Forero].

¿Cómo era la relación con sus compañeros?

En parte era tensa, porque había temas que no se podían tratar con los compañeros. Si uno estaba aburrido de la guerrilla no lo podía decir porque podían traicionarte y decirle al comandante. Hubo un caso de un muchacho muy joven que murió porque la propia compañera [sentimental] lo sapeó, dijo que se iba a escapar y lo detuvieron, le hicieron un consejo de guerra y lo mataron. No confiaba del todo en nadie. Pero sí, claro, uno tiene amigos. Tenía una compañera, la tigra, la quería mucho, me salvó la vida las dos veces que me accidenté. También me hacía amiga de los niños porque me daba pesar verlos allá. Recuerdo a Andrés, le decían la chirgua porque era muy flaquito y larguito, tenía 13 años cuando le conocí. Había sido maltratado, pasó hambre y se fue para la guerrilla por pura y física hambre, por no aguantar más malos tratos. Traté de enseñarle cosas: a manejar el computador, la radio, el gasto del economato, para que no lo llevaran a luchar; pero siempre lo llevaban, y una vez el Ejército lo mató en una emboscada. Tenía 16 años, era un niño, no tenía por qué haber pasado todo lo que pasó. Pero lamentablemente hay muchos niños así allá, y la mayoría mueren antes de completar la mayoría de edad.

¿Cuántos años estuvo en la guerrilla?

Once y medio.

¿En qué momento empezó a pensar en abandonarla?

Cuando esa clase de cosas empezaron a pasar, cuando empezaron a morírseme los niños. Antes de Andrés se murió otra niña, tenía 16 años también. Le llamaban Tania, era increíblemente bella, no solo por fuera sino también por dentro. Yo le llamaba mi reina, porque parecía una reina de belleza. Nos bombardearon el 3 de enero de 2009 y mi reina estaba durmiendo en una caleta cercana. Como a la 1 y media de la mañana escuché un zumbido que me despertó, eran las bombas que venían cayendo. Alcancé a gritar. Cayeron todas alrededor, como a 3 o 4 metros. Escuchaba a los demás heridos gritando, pero no escuchaba a la reina. La llamaba pero no me contestaba, y pensé que había salido. Unos muchachos se devolvieron a buscarla y al cabo de un rato volvieron con la noticia de que la había despedazado una bomba. Fue muy triste, me dio muy duro. Ese mismo día nos tocó salir río arriba porque el ejército desembarcó. Cuando salimos un niño se nos extravió. Le decíamos el general pucheque, tenía 13 o 14 años, pero llevaba como 6 años andando con la guerrilla. Se crió allá, era un niño sin papá ni mamá que andaba rodando por un caserío vendiendo alguna vaina y pasó la guerrilla y le dijo que dejara de trabajar y se uniera a ellos. A él le parecía muy divertido porque, a pesar de tener que andar mucho y cargar pesado, tenía muchos amigos y jugaba casi todo el tiempo. Se perdió y se fue a esconder a una casa, pero los soldados lo vieron y le dispararon. No le dejaron ni acercarse, si le hubieran dejado acercarse habrían visto que era un niño. Tres días duramos por el río arriba llevando los heridos en camilla. Y me fui pensando toda la vida que habían dejado de vivir esos niños. Nunca conocieron lo que fue en realidad la vida, nunca fueron felices. Vinieron a este mundo a sufrir nada más. Y dije no: yo tengo que salir de aquí y vivir, no solo por mí sino por mi reina, por Andrés y por pucheque, y aprovechar y hacer todo lo que ellos no pudieron hacer. En ese momento decidí que tenía que huir, que no podía seguir desperdiciando mi vida.

¿Se escapó en ese momento?

No, sólo lo pensé pero no dije nada a nadie. En esos días mandaron otras unidades para ayudarnos tras el bombardeo y entre ellos llegó el que ahora es mi marido. Llevamos juntos desde entonces, más de 7 años. Y como al mes me di cuenta que estaba embarazada. Él se puso muy feliz pero nos tocó esconder el embarazo unos meses.

¿No permiten tener hijos a los combatientes?

No, hay planificación obligatoria, y si de todas maneras te quedas embarazada y se enteran en los primeros meses te obligan a abortar. Casi no hay hijos de combatientes rasos; de comandantes hay algunos. Lo escondimos 3 meses y medio, pero no pudimos esconderlo más tiempo porque yo me encontraba muy mal. Mandaron a un médico que confirmó que estaba embarazada. Cuando el comandante se enteró me amenazó con matarme. Yo empecé a temer por mí vida y la de mi hijo, y me tomé la libertad de escribirle una carta a Alfonso Cano, que era el jefe de Estado Mayor Central. Nunca lo llegué a conocer, lo vi por televisión nomás, pero por reglamento todos los combatientes teníamos derecho a escribir a los jefes. Cano contestó a los 15 días diciéndole a mi comandante que si me pasaba algo le haría responsable a él y que me tenía que dejar en una finca para que me cuidara el resto del embarazo y garantizarme la comida y las cosas básicas.

Diana Forero imparte un curso sobre resolución de conflictos a líderes comunitarios [Foto realizada por Iris Aviñoa].
Diana Forero imparte un curso sobre resolución de conflictos a líderes comunitarios [Foto realizada por Iris Aviñoa].

Así que me dejaron en una finca con unos civiles, que debían responder por mí. Me dio pesar con ellos, la señora temblaba como una hoja, me tenía miedo al principio. Pero al cabo de unos días vio que yo me levantaba antes que ella, que prendía el fogón, hacía el tinto, le daba de comer a las gallinas y cuando ella se levantaba ya tenía la casa barrida, y poco a poco se fue amañando conmigo. Hablábamos mucho, y me preguntaba por qué estaba allá, qué pensaba hacer con mi hijo, si no me daba pesar dejarlo; incluso un día me dijo que si no tenía con quién dejarlo ella me lo cuidaba. Era muy buena la señora. Tenía dos niños, uno se llamaba Johan y el otro Sebastián, por eso mi hijo se llama Johan Sebastián. [se emociona] A mí me da pesar con ella porque a veces pienso que de pronto le hicieron algo por volarme.

¿No ha sabido nada de ellos?

No. Tengo una gratitud eterna con ella, y cuando por fin haya paz quiero ir a verla.

Cuando mi hijo tenía como un mes y medio me llamaron y me dijeron que subiera hasta cierta parte del camino y que mi marido iría hasta allá a conocer al niño. Él venía con un solo escolta. Al muchacho le dijeron que me daban dos días para dejar al niño por ahí y devolverme a la guerrilla.

Esa noche yo le dije a mi marido: “yo anochezco pero no amanezco porque yo no voy a dejar a mi hijo solo, y si usted quiere ver crecer a su hijo vámonos. Y, si no, pues con mucho pesar lo dejo, porque primero mi hijo y segundo mi hijo y de últimas mi hijo”.

Me vine como a la una y media de la mañana, y a los 15 minutos sentí un ruidito, era él que me venía siguiendo. La desconfianza es tal que si usted le dice a otro “vámonos”, el otro no le dice de una que sí, por eso él esperó a ver si era verdad que me iba a ir. Uno allá no confía ni siquiera en su pareja. Él pensaba que yo le estaba poniendo una trampa para hacerlo matar. Porque estas cosas pasan allá, es triste.

¿Cómo fue la huida?

Duramos dos días corriendo, fue duro esa madrugada porque nos tocó tirarnos al río y pasar con el niño en los hombros. La noche siguiente nos quedamos a dormir donde una amiga y a las 4 de la mañana salía una buseta para Bogotá. Cuando nos fuimos a subir nos parecía que todos tenían cara de soldados, de milicianos, teníamos mucho miedo, pánico. Nos vinimos para Bogotá, a las afueras nos bajamos y esperamos un carro que viniera para esta región, llegamos a las 2 de la mañana del otro día. Cuando tocamos a la puerta mi abuela no nos conoció. Se dio cuenta que era yo porque miró al niño, que es igual que yo de pequeña, y por eso me reconoció. Entramos y se puso muy feliz, me preguntó si nos habían dejado venir y yo le dije que no.

¿Le había dicho que se iba para la guerrilla?

No, ella se dio cuenta al cabo del tiempo. Yo vine a la casa a despedirme, la abracé y le dije que se acordara siempre que yo la quería mucho pero no le dije para dónde me iba. Y con el tiempo, al ver que no aparecía empezó a averiguar y la gente le dijo que yo me había ido para la guerrilla, eso fue un martirio para ella. Duramos 4 días encerrados en esta casa porque nos daba miedo salir. Con la ayuda de los vecinos nos convenció para que nos entregáramos. Y tenía razón, nos decía que nosotros teníamos dos enemigos: el gobierno y “esa gente”, y que tocaba tener uno solo al menos. Y nos entregamos.

Diana Forero en una jornada organizada por la ACR [Foto cedida por Diana Forero].
Diana Forero en una jornada organizada por la ACR [Foto cedida por Diana Forero].

¿Cómo ha sido su proceso de reintegración?

Por un lado complicado, porque uno no tiene muchos conocimientos sobre la vida en comunidad; allá se manejan unas dinámicas diferentes donde todo es obligación, órdenes que cumplir; aquí uno no cumple órdenes, una se manda sola, y es más difícil ser libre que estar obligado. Pero llevo 6 años de proceso y me ha ido bien. Hice un curso en el Sena sobre Gestión de Talento Humano y empecé un pregrado de Psicología, estoy ya en 7º semestre. Desde hace 2 años y medio trabajo para la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), donde apoyo a personas desmovilizadas en proceso de reintegración en su capacitación para la entrada al mercado laboral, los motivo para que avancen en su proceso y además sensibilizo a las personas de la comunidad sobre la necesidad de reconciliarnos como país, los motivo para que vean que es posible cambiar y ser productivo a la sociedad, pues yo soy la muestra de eso.

¿Y la acogida por parte de la sociedad?

Complicada. Volví a encontrar a mis compañeros de colegio de hace 20 años, fui a una reunión de exalumnos en 2010 y llevé a mi marido y mi hijo. Les conté qué había pasado, ellos no sabían nada, y hubo unos que me recibieron bien, que me felicitaron, que me impulsaron para que siguiera adelante, y otros que no me volvieron ni a hablar, que me juzgaron muy duro, y que me siguen juzgando muy duro ahora que el país está tan polarizado.

He tenido más apoyo de las víctimas que de la población en general. La mayor parte de la gente que está en contra del acuerdo es gente que no ha conocido de cerca la guerra. Las víctimas son más generosas, son más proclives al perdón que la gente que sólo ha visto la guerra por el televisor. Es muy fácil hacer la guerra con hijos ajenos.

¿Cuáles son los principales retos que enfrentan las personas que inician el proceso de reintegración?

Uno de los más grandes es la estigmatización. Se dice que los guerrilleros somos todos unos asesinos. Yo sé que uno allá no es una hermanita de la caridad, que estamos armados. Pero hay mucha gente que dura muchos años en la guerrilla y nunca hace nada de eso. Yo por ejemplo, nunca maté a nadie. Nunca. Mi marido duró casi 16 años y tampoco. La gente se piensa que somos una especie de demonios, y que hay que quemarnos en la hoguera como en la Santa Inquisición. En esto también tiene mucho que ver la religión y el sesgo político que han empezado a imprimir en sus seguidores los políticos de ahora, han empujado a la gente hacia el odio y la intolerancia. ¿Que uno cometió un error? Sí. Pero eso no tiene porque marcarlo de por vida. ¿Yo soy una excombatiente? Sí, pero no pienso ser una desmovilizada toda mi vida. Voy a ser una profesional, me estoy preparando para eso, voy a ser una líder comunitaria, voy a trabajar por la gente, y cada paso que doy es pensando en eso. No quiero que me encasillen con esa etiqueta toda mi vida.

¿Qué consejo les da a los guerrilleros que tras la refrendación del Acuerdo de Paz iniciarán el proceso de reinserción a la sociedad?

Que hagan un proceso serio y responsable, que no vayan a defraudar al país, porque somos muchas personas que nos la estamos jugando por respaldar el proceso y hay mucho más en juego que sus propias vidas. Está en juego la credibilidad de la comunidad desmovilizada del país, que ha sido duramente estigmatizada, rechazada y juzgada por personas que no analizan las circunstancias que llevaron a estas personas a delinquir. Que no vayan a jugar con la confianza del país.

¿Qué piensa del actual Acuerdo de Paz?

Pienso que el contenido de los Acuerdos posibilita cambiar muchas cosas que han estado mal formuladas desde el principio en el país y cuyo ajuste podría mejorar las condiciones de todos los colombianos, sobre todo de los más vulnerables. Lo que sí veo difícil es que el país ideal que está pintado en los Acuerdos se haga realidad. Tiene que haber mucha voluntad política y mucha voluntad de las personas que históricamente han manejado el país. Hay gente que dice que los Acuerdos son una transición al comunismo y que nos vamos a convertir en Venezuela… ¡Por favor! El trasfondo básico de los Acuerdos es socialdemócrata y no hay comunismo por ningún lado. La socialdemocracia procura normas para la convivencia de las personas, y establece que esas normas estén dictadas bajo principio de equidad y de igualdad de oportunidades, y eso es lo que pregonan los Acuerdos, no hay nada más. Que haya políticos tendenciosos y malintencionados que hayan querido mostrar un espejo que no es para que las personas se asusten, sí. Lamentablemente a eso juegan muchos aquí, a sembrarle miedo a la gente.

¿Cómo se combaten los prejuicios, el miedo y la polarización que han acompañado hasta ahora el proceso de paz?

Diana Forero en una jornada organizada por la ACR [Foto cedida por Diana Forero].
Diana Forero en una jornada organizada por la ACR [Foto cedida por Diana Forero].

Es difícil, la única forma es mandarlos a leer, pero somos un país que no lee. Es por eso que somos fácilmente manipulables, somos un país ignorante. La pereza nos gana. Pienso que hay que hacer más pedagogía de paz en este país, es urgente. No sé bajo qué punto la gente piensa que puede haber un mejor Acuerdo. No están derrotados, se sentaron ahí por su voluntad a negociar para tratar de resolver el problema con el Gobierno, y nadie va a negociar para perder. Me parece peligroso que se juegue a hacer creer a la gente que se puede llegar a un mejor Acuerdo. Históricamente en todos los acuerdos de paz del mundo las partes han tenido que ceder, si no la cosa no funciona. Lo que pasa es que los colombianos estamos tan habituados a la violencia que estamos acostumbrados a resolver todo así, por la ley del más fuerte. Así no se arregla nada, así solo se complican las cosas. Lo dice alguien que vivió la guerra y que la conoció de cerca.

¿Qué lecciones saca de su experiencia?

Que los conflictos nunca se van a poder arreglar a las malas; que a las malas solo se complican las cosas porque se crean dolores, rencores, más motivos para seguir peleando. Creo que tenemos que educarnos para aprender a convivir y dejar de matarnos unos a otros. Este es un país que en 300 años de historia no ha conocido un día de paz. Desde que en 1830 sacamos a los españoles seguimos matándonos unos con otros.

¿Qué retos vienen tras el plebiscito?

Lograr llevar a cabo la transformación, implementar los cambios que los Acuerdos plantean. Muchas de las cosas acordadas ya están en la Constitución del 91 y nunca se han implementado. Uno de los principales retos es que esto no se quede en letra muerta, que se lleve a cabo, porque estas transformaciones del Estado son necesarias para que la sociedad avance hacia un mejor futuro para todos.

¿Cree que las FARC se van a desmovilizar en su totalidad?

Yo creo que se van a desmovilizar casi en su totalidad. Se olvida una cosa y es que en las FARC la disciplina es muy estricta, y si dicen nos vamos a entregar, es que nos vamos a entregar. No hay la opción de un “yo no quiero”. Tal vez lo habrá pero será muy escaso. Nadie se atreve a desafiar al Estado Mayor Central, es como si fuera Dios. Allá no hay disidencias.

¿Era habitual que la gente se escapara?

Sí, pero si te cogían te mataban. O lo logras o mueres.

¿Tiene ganas de ver a sus compañeros?

A la tigra, ojalá esté viva. Y a otro niño que le decíamos niño jetas. Los que fueron más cercanos a mí y me ayudaron más, esa clase de gente que me daba la mano para levantarme sí quisiera volverla a ver. Pienso mucho en qué será de ellos y si seguirán vivos, y en que ojalá puedan salir y ser libres como hemos sido nosotros y tener una vida como la que nosotros llevamos.

¿Cómo es su vida ahora?

No tenemos una vida de lujos, por lo general nos toca vivir con muchas privaciones. Compramos una muda de ropa una vez cada año, porque tenemos apenas para los gastos básicos. Nos toca trabajar muy duro. Pero sin embargo es una buena vida, porque no hay felicidad más grande que despertarte y que tu hijo esté al lado y te agarre a besos. Eso no lo compra nada ni lo paga nada.

¿Le han contado algo a su hijo?

Diana Forero en una jornada organizada por la ACR [Foto cedida por Diana Forero].
Diana Forero en una jornada organizada por la ACR [Foto cedida por Diana Forero].

No. Una vez yo estaba dando una charla en una universidad y él estaba jugando con sus juguetes y pensaba que no me estaba escuchando, pero cuando salimos de la charla me dice: “Mami, ¿o sea que tú me defendiste de los malos?”. “Sí papi, podríamos decir que sí”.  Y dijo: “Es que tú eres mi superhéroe”. Lo que pasa es que yo no le he explicado que su mamá era de los malos. ¿Cómo le explico eso? No sé, creo que dentro de un tiempo podrá ir entendiendo las cosas.

¿Y al resto del mundo, por qué le explica su historia?

Porque quiero que la gente juzgue menos a las personas como yo, que vean que somos personas de carne y hueso. Lo hago por los 50.000 compañeros [entre personas desmovilizadas de la guerrilla y grupos paramilitares] que están en el resto del país. Quiero que la gente vea que somos personas que tenemos miedo, necesidades, que cometimos errores y que los aceptamos y pedimos perdón por ellos y que estamos dispuestos a vivir una vida de esfuerzo por salir adelante. Que estamos luchándola todos los días como ellos.

Esta es una entrevista sin ánimo de lucro.

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Iris Aviñoa

Nací en Barcelona. Soy periodista especializada en Relaciones Internacionales y Comunicación para la paz. He trabajado de periodista en medios de comunicación catalanes, como la Agencia Catalana de Noticias (ACN), y también como investigadora, en la Escuela de Cultura de Paz de Barcelona (ECP). Viví tres años y medio en Colombia, donde trabajé como docente universitaria en la Facultad de Comunicación Social para la Paz, de la Universidad Santo Tomás; entre diciembre de 2016 y enero de 2018 trabajé como observadora internacional para la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia (UNVMC), acompañando los procesos de paz con las FARC-EP y con el ELN. En la actualidad dirijo el proyecto documental ‘Voces de Vereda’, que muestra el impacto del proceso de paz en una pequeña comunidad del oriente colombiano.


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