15/11/2019 BARCELONA

“La paz no se construye de la noche a la mañana, es un proceso en construcción”

Este especial sobre el proceso de paz en Colombia muestra las historias de vida de distintas comunidades rurales situadas en el corazón del oriente colombiano, una región que acogió, tras la firma del Acuerdo de Paz en noviembre de 2016, una de las 26 Zonas Veredales de Transición y Normalización (ZVTN), donde se llevó a cabo la primera fase de la reincorporación a la vida civil de los excombatientes de las FARC.



 

Como parte del proyecto documental Voces de Vereda, hemos hablado con algunas personas de estas comunidades, protagonistas directas del proceso de paz actual y también de las más de cinco décadas de conflicto armado, a través de su día a día, recuerdos, anécdotas, sueños y planes de futuro.

“Participé en las filas guerrilleras como integrante de FARC durante 20 años. A finales de enero de 2017 me desplacé con el resto de compañeros y compañeras de mi Frente a la Zona Veredal Transitoria de Normalización ubicada en la vereda de La Cooperativa [municipio de Vista Hermosa, Meta]. Ese mismo año formé parte del Mecanismo de Monitoreo y Verificación (MM&V) tripartito, que se creó para acompañar la primera fase de la implementación del Acuerdo. Hoy sigo viviendo en la zona veredal, a la que llamamos ETCR Georgina Ortiz, con mi compañera y mi hija.”

Después de años de lucha armada en la guerrilla, le tocó formar parte del MM&V, en el que representantes de FARC-EP, de las fuerzas de seguridad del país y de la Misión de la ONU en Colombia compartieron el día a día, monitoreando la primera fase de la implementación del Acuerdo de paz. ¿Cómo vivió esa experiencia?

Fue una experiencia muy importante. Era muy fresco el proceso, hacía por ahí un año y medio que se había terminado la confrontación a tiros, y ahora tener que encontrarnos grupos que en su momento hicieron sus batallas por diferencia de pensamiento o de ideologías, lo impacta a uno. Si yo primero disparé el fusil contra estas personas, ¿ahora me toca tener que tenderles la mano? Y no es tenderles la mano por rencor ni pensando: “a estos manes los voy a saludar por hipocresía, pues ya me tocó”. No, porque se tenían que empezar a abrir los lazos de confianza, esos lazos de compañerismo entre seres humanos, esos lazos de hermandad; de decir, no solamente los tiros son los que arreglan las situaciones, eso tenemos que arreglarlo ya con el diálogo, con la presencia, con darnos la mano, y por qué no tomarnos unos whiskys?

¿Qué recuerda de los primeros días?

Al comienzo había un cierto grado de desconfianza: “esa gente qué va a decir, ¿qué van a empezar a hablar a espaldas de nosotros?”. Y quizás ellos pensarían lo mismo: “ahora los de FARC qué van a decir? ¿Estarán de acuerdo con nosotros o no? ¿Qué tal en algún momento nos saquemos la rabia y ya no sean tiros sino trompadas, o golpes?”. Pero esos momentos no se nos presentaron y pienso que, a nivel nacional, de todos los mecanismos no se presentó ninguna situación de esa índole. Y entonces uno dice: “parece que la vaina sí quiere cuajar”. Como que ese problema de rencor, del revanchismo, de mirar al otro diferente por su manera de pensar, de mirar al otro como enemigo, se va cortando, y entonces ya se van generando lazos de confianza, hasta que llegó el momento en el que empezamos a compartir todos. Cada uno de nosotros aprendimos de ellos y quizás ellos aprendieron de nosotros.

¿De qué hablaban con los representantes de la policía y del ejército integrantes del MM&V?

Uno de los objetivos de la primera fase de la implementación del Acuerdo de paz era la dejación de armas por parte de las FARC, como paso previo a la reincorporación a la vida civil. ¿Recuerda el día en que dejó su arma?

Sí, fue algo impactante, incluso hubo compañeros que soltaron lágrimas por su arma; yo también las solté. Si uno tiene sentimientos llora por lo que quiere y por lo que estima. Y uno portando un arma por 20 años, le pesa en la conciencia tener que depositarla ahí, ¿no? Porque son 20 años. De pronto, aquellos que duraron dos años, cinco años [en las FARC], no fue mayor cosa la situación; pero en mi caso, que duré 20 años en la vida armada, pues repercutió mucho en mi conciencia y me llevó a pensar muchas cosas. Y sí, hay momentos en que uno se acuerda del fusilito, y del arma con que uno andaba y que lo llevó para todo lado, y uno con ella… y hay momentos que debido a las falencias que ha tenido el proceso uno dice, bueno pero si yo hubiera tenido esto, seguramente las cosas no se hubieran presentado así. En los primeros días, en las primeras semanas, estábamos en verdad muy decaídos. Pero la motivación era continuar con la pedagogía de por qué el proceso, por qué la dejación de armas, por qué no podemos hacer una política con armas.

En este paso de la vida armada a la vida civil, ¿han perdido algo por el camino?

Hemos perdido un poco la forma de convivencia en la selva con los compañeros, porque quizás las cosas allá eran más dinámicas, había un poco más de unión, de trabajo en colectivo; pero esas costumbres se van perdiendo. Aquí [en el espacio territorial] convivimos en sentido colectivo, pero está prevaleciendo más el individualismo, porque ya cada quién, de acuerdo al momento que se le esté presentando, está pensando en su futuro.

Y habrá otras cosas que se habrán perdido, y que se seguirán perdiendo con el transcurso del tiempo; que se pierden quizás no en el tiempo sino más bien en el espacio; en el tiempo perduran en la conciencia, porque uno se acuesta y se pone a pensar cosas y a recordarse del pasado, incluso de las fiestas que hacíamos en la guerrilla, los bailes, incluso también el combate. Porque así como se sufría, se gozaba en armonía; si se sufría el dolor de otra persona también era posible rescatarlo. Y otra cosa que se perdió son los compañeros que se quedaron en el camino de la lucha armada, que no alcanzaron a llegar a estos espacios…pues eso también, como que toca la conciencia.

¿Y qué han ganado con el proceso de paz?

Pues por ahora estamos viviendo un momento un poco más pasivo, porque no tenemos que correrle a la aviación, no tenemos que estar pensando el soldado está allí, mañana se nos puede presentar aquí, esta noche nos pueden asaltar. Por el momento, al parecer, el ciclo de vida se nos alarga un poquito; porque en la lucha armada uno no sabe en qué momento pueda perder la vida. ¿Qué otra cosa se ha ganado? Bueno pues que ahora tengo una hija. Se lo agradezco a este proceso. Aunque no lo llamo proceso de paz porque no se ha hecho, la paz no se construye de la noche a la mañana y menos en una confrontación como la nuestra, que fueron más de 50 años. Para remediar el dolor de las familias de 50 años, en tres años o en cinco, es difícil. Es un proceso de paz en construcción.

Esta entrevista se ha realizado en el marco del proyecto documental Voces de Vereda, financiado por la Unión Europea y el proyecto Frame, Voice, Report!, del Ayuntamiento de Barcelona y de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo mediante la Beca DevReporter de Lafede.cat

No te pierdas el resto de entrevistas de esta serie:

“Mientras siga el hambre, la necesidad y la pobreza absoluta, no se acabará nunca la guerra en Colombia” y “Antes la meta de muchos jóvenes era irse a la guerrilla, hoy en día ya no saben qué son las FARC”


Consulta aquí todo el Especial: Proceso de Paz en Colombia

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Iris Aviñoa

Nací en Barcelona. Soy periodista especializada en Relaciones Internacionales y Comunicación para la paz. He trabajado de periodista en medios de comunicación catalanes, como la Agencia Catalana de Noticias (ACN), y también como investigadora, en la Escuela de Cultura de Paz de Barcelona (ECP). Viví tres años y medio en Colombia, donde trabajé como docente universitaria en la Facultad de Comunicación Social para la Paz, de la Universidad Santo Tomás; entre diciembre de 2016 y enero de 2018 trabajé como observadora internacional para la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia (UNVMC), acompañando los procesos de paz con las FARC-EP y con el ELN. En la actualidad dirijo el proyecto documental ‘Voces de Vereda’, que muestra el impacto del proceso de paz en una pequeña comunidad del oriente colombiano.


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