07/06/2026 MÉXICO

Infocracia y democracia

El_Impacto_de_la_Tecnología_en_la_Sociedad

Vivimos en sociedades más informadas que ninguna otra en la historia y, sin embargo, la desconfianza hacia las instituciones democráticas no cede. Todo aquello que en otra época se asumía como infraestructura compartida se discute hoy con la misma facilidad con la que circula un rumor. Es una paradoja que merece ser detenida: ¿por qué el acceso masivo a la información, lejos de fortalecer la deliberación pública, parece estar erosionándola?

Estas notas toman como punto de partida la lectura de Infocracia (2022), de Byung-Chul Han, para pensar esa pregunta. No pretenden agotarla, pero sí ofrecer un marco que ayude a ordenar algunas intuiciones sobre cómo el régimen de la información transforma las condiciones de la vida democrática.

La propuesta de Han

Han plantea que asistimos a un tránsito histórico: del régimen disciplinario al régimen de la información. El primero operaba sobre los cuerpos y procuraba moldearlos mediante la coerción, la vigilancia exterior y la amenaza del castigo. El segundo opera sobre las voluntades y procura captarlas mediante la seducción, los datos y la modulación afectiva.

“Ya no son el dolor y la tortura, sino el entretenimiento y el placer, los medios de dominación” (Han, 2022, p. 31), escribe Han. La vigilancia ya no se impone desde fuera; se interioriza, se acepta, se celebra.

En este escenario, la política se vuelve «telecracia»: gestión de imágenes, ciclos cortos de atención, dramaturgia digital. El ciudadano queda capturado como espectador y, en ese mismo gesto, privado de la distancia que le permitiría deliberar y contradecir.

“La comunicación digital provoca una reestructuración del flujo de información, lo cual tiene un efecto destructivo en el proceso democrático” (Han, 2022, p. 44).

Esa es la tesis que Han despliega a lo largo del libro.

De la captura a la pasividad

El régimen informacional no necesita disciplinar porque consigue captar. El usuario produce datos voluntariamente, comparte sus afectos y se entrega a las plataformas con la sensación de estar ejerciendo libertad. Lo que recibe a cambio es un entorno calibrado para mantener su atención, no para estimular su juicio. Han habla de toques sutiles para orientar el comportamiento: una arquitectura de incentivos que opera por debajo del umbral de la decisión consciente.


La consecuencia política es clara: Los enjambres digitales no son colectivos políticos, son agregados despolitizados.

“Se producen zombis del consumo y la comunicación, en lugar de ciudadanos capacitados” (Han, 2022, p. 44). La diferencia importa, porque la democracia requiere ciudadanos, no audiencias. Requiere personas dispuestas a hablar, a contradecir y a sostener desacuerdos sin convertirlos en guerra.

La generación de los ocho segundos. Fuente: Lamarea.

La crisis del escuchar

Una de las intuiciones más fértiles del libro es la conexión que Han establece, siguiendo a Hannah Arendt, entre la crisis democrática y una crisis del escuchar. Sin la presencia del otro, recuerda, “mi opinión no es discursiva, no es representativa, sino autista, doctrinaria y dogmática” (Han, 2022, p. 46). Si hablamos de una «crisis de la democracia», en consecuencia, hablamos de “una crisis del escuchar” (Han, 2022). Y el discurso democrático tiene una exigencia precisa: “el discurso requiere separar la opinión propia de la identidad propia” (Han, 2022, p. 47). Es decir, exige la disposición a que la propia idea sea cuestionada sin sentir que lo cuestionado es uno mismo. Quienes no logran hacerlo viven cada desacuerdo como una amenaza identitaria, y el debate se vuelve estructuralmente imposible.

Fuente: Pexels.

La personalización algorítmica trabaja en sentido contrario a esa exigencia. Devuelve al usuario un eco amplificado de sus propias convicciones, depura el entorno de la fricción que toda deliberación requiere y refuerza, según Han, una atomización y narcisificación de la sociedad que termina haciéndonos sordos a la voz del otro. Pero el diagnóstico del autor es más radical aún: “no es la personalización algorítmica de la red, sino la desaparición del otro, la incapacidad de escuchar, lo que provoca la crisis de la democracia(Han, 2022, p. 50). La formulación es importante porque corre el foco: el problema no es únicamente técnico, sino antropológico.

Lo que se pierde no es un mecanismo de discusión, sino la disposición misma a habitar una conversación incómoda.


Racionalidad sin comunicación

Hay una consecuencia menos visible de este desplazamiento. Cuando el discurso es sustituido por el procesamiento de datos, la racionalidad subsiste, pero se separa del ejercicio verbal. Calcula sin deliberar, optimiza sin contrastar, predice sin escuchar. Han advierte: “esta racionalidad será accidental si no va acompañada de la capacidad de aprender de los fallos, de la refutación de hipótesis y del fracaso en las intervenciones” (Han, 2022, p. 59). Es una observación de fondo.

Aprender exige equivocarse; equivocarse exige exponerse al juicio de otros; exponerse exige tiempo y comunidad. Una racionalidad puramente informacional, encerrada en sus propios circuitos, pierde justamente esa disposición a corregirse.

De la información a la palabra responsable

Aquí el argumento da un giro decisivo. Más información no produce más verdad: produce más sospecha. “Cuantas más informaciones distintas recibimos, mayor es la desconfianza. En la sociedad de la información perdemos esta confianza básica. Es una sociedad de la desconfianza” (Han, 2022, p. 82). Y conviene precisar el matiz: lo que se cuestiona ya no es la fuente, que podría ser evaluada y contrastada, sino la narrativa misma, la posibilidad de que exista un relato compartido sobre lo que ocurre.

Han distingue con precisión que “la información es aditiva y acumulativa. La verdad, en cambio, es narrativa y exclusiva” (p. 82). La verdad requiere tiempo, contexto y encadenamiento; la información se acumula en flujos paralelos que no se resuelven en sentido. “Hoy estamos bien informados, pero desorientados” ((Han, 2022, p. 83): la frase resume con economía un fenómeno que cualquiera puede reconocer en su experiencia cotidiana. Y los números, por sí solos, no devuelven sentido: las cifras acumuladas sin una narrativa que las ordene acrecientan la incertidumbre en lugar de reducirla.

En este terreno se produce la erosión más grave. “La mentira solo es posible cuando la distinción entre la verdad y la mentira permanece intacta” (Han, 2022, p. 74), escribe Han. Cuando esa distinción se debilita, ya no se trata de mentir o de decir la verdad: todo flota en un mismo plano de plausibilidad. “La digitalización debilita la conciencia de los hechos y de la facticidad, incluso la conciencia de la propia realidad” (Han, 2022, p. 81). El vacío de sentido que así se abre tiende a llenarse con microrelatos. “La crisis narrativa conduce a un sentido de vacío de sentido, a una crisis de identidad y a una falta de orientación. Las teorías de la conspiración como microrelatos proporcionan aquí un remedio. Se asumen como recursos de identidad y significado” (Han, 2022, p. 85). No son creídas porque sean ciertas; son adoptadas porque organizan el mundo.

Fuente: Picryl.

Frente a este escenario, Han recupera una distinción antigua y luminosa: la que existe entre la isegoría —el derecho de todo ciudadano a expresarse— y la parresía, la palabra valiente que se compromete con la verdad y asume el riesgo de decirla. “Quienes se manifiestan con valentía, a pesar de todos los riesgos que ello comporta, están ejerciendo la parresía” (Han, 2022, p. 87), recuerda. Y precisa la exigencia que esta palabra impone al discurso democrático: “las afirmaciones deben resistir frente a posibles contraargumentos y encontrar el asentimiento de todos los posibles participantes en el discurso” (Han, 2022, p. 83). Sin esa exigencia, la isegoría deriva en una libertad de enunciación desligada de los hechos. La parresía, en cambio, genera comunidad: “el juego de poder debe mantenerse en el marco de la parresía” (Han, 2022, p. 88).


Este es, quizá, el punto más exigente del libro. Lo que la infocracia degrada no es únicamente la calidad de la información disponible, sino la cultura de la palabra responsable. Y sin palabra responsable, la libertad de expresión termina confundida con una licencia para enunciar cualquier cosa, mientras los datos y las cifras —que por sí solos no dictan nada— se convierten en ornamento de afirmaciones no sostenidas. A esta degradación se suma una transformación más profunda: la conversión de los valores humanos —observa Han— en valores económicos y comerciales (Han, 2022, p. 84). En ese horizonte, la parresía, que no rinde dividendos, encuentra cada vez menos lugar.

La infocracia no opera en el vacío

El régimen informacional que describe Han no incide del mismo modo sobre todas las democracias. Sus efectos son contextuales. En sistemas con instituciones consolidadas, mediaciones partidarias funcionales y tradiciones deliberativas asentadas, la infocracia avanza con cierta resistencia: encuentra contrapesos, requiere más esfuerzo y deja huellas más visibles. En democracias frágiles —marcadas por crisis de representación, mediaciones partidarias colapsadas y desconfianza institucional acumulada—, el régimen informacional no crea la desconfianza: opera sobre un sustrato que ya la contiene y la potencia.

En esos contextos, los mecanismos que Han describe alcanzan una intensidad particular. La erosión de la distinción entre verdad y mentira no parte de cero, sino de una experiencia histórica que ha vuelto verosímil casi cualquier sospecha. Los microrelatos conspirativos encuentran un terreno preparado para funcionar como recursos de identidad política. La crisis del escuchar se superpone a una crisis de representación previa, más estructural, y ambas se refuerzan.

Pensar la infocracia como un fenómeno homogéneo lleva a sobreestimar la novedad del problema y a subestimar las condiciones locales que lo agravan o lo amortiguan.

El diagnóstico de Han es global; sus efectos políticos son situados.

Una nota metodológica

Vale la pena distinguir, finalmente, entre los efectos estructurales que describe Han y las operaciones deliberadas de desinformación. Coexisten, pero no son lo mismo. La infocracia no lo explica todo: explica el terreno sobre el cual ciertas operaciones se vuelven especialmente eficaces. Confundir ambos planos lleva a respuestas inadecuadas: tratar como problema técnico lo que es cultural, o como problema cultural lo que requiere intervención política específica.

Escuchar y decir verdad

Si la crisis democrática es, en parte, una crisis del escuchar y, en parte, una crisis de la palabra responsable, su reconstrucción no se agota en reformas institucionales —aunque las exija—. Pasa también por recuperar dos disposiciones que la infocracia desactiva con eficacia: la voluntad de habitar una conversación con quien piensa distinto y el coraje de decir lo que es, aun cuando incomode. Ninguna de las dos se decreta. Ambas se cultivan lentamente, en los espacios donde todavía es posible practicarlas: una clase, una redacción, una sobremesa, una conversación.

Referencia

Han, B.-C. (2022). Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, trad.). Taurus.

¿Quieres recibir más explicaciones como esta por email?

Suscríbete a nuestra Newsletter:


Valeria

Politóloga fascinada por los sistemas: cómo coordinan múltiples actores cuando gestionan recursos, cuáles son las reglas formales e informales que operan, cómo la gobernanza se juega en territorios del Sur Global. Trabajo con metodologías cuantitativas aplicadas y realizo consultorías en este marco. Me gusta dotar de carácter mis pensamiento en ideas escritas. Lo que realmente me importa es traducir esa complejidad técnica en análisis accesibles. En UNEX, redacto, comunico y exploro las preguntas que permiten entender cómo funcionan realmente los procesos de coordinación entre actores.


Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.