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El viejo continente ha dicho que no a la guerra, pero la realidad es que Europa está más fragmentada que nunca.
La actual crisis comenzó con el bloqueo del estrecho de Ormuz, el 28 de febrero de 2026, como respuesta tajante de Irán ante los ataques efectuados de manera conjunta por Estados Unidos e Israel. En las semanas siguientes, la región se convirtió en un nuevo escenario de fuego cruzado, con misiles balísticos, drones y proyectiles. Sin embargo, la crisis no se limita al campo militar: la escalada entre Trump y el régimen llevó a varios líderes del mundo a inquietarse por el impacto financiero y energético que implica el bloqueo a nivel global.

Si bien el cierre del estrecho afecta el comercio de distintas naciones, Irán fundamenta la medida en el principio de soberanía y la aplica solo a los aliados de Occidente en la actual crisis, al tiempo que ofrece tarifas especiales de paso para países como China, cuya gran parte del comercio atraviesa esa vía. Es en este sentido que la presencia de Europa comienza a resonar con fuerza en la comunidad internacional.
El continente se ha visto profundamente afectado por el conflicto de Ucrania y su prolongación en el tiempo, principalmente por los recursos energéticos que Rusia brindaba a la región y por la amenaza que ello implica para su estabilidad. Esa dependencia energética resultaba vital para muchos países. Por eso, Medio Oriente se convirtió en una alternativa para acceder a mejores precios de mercado, tanto en gas natural como en petróleo o crudo. Sin embargo, con el bloqueo del estrecho, Europa vuelve a quedar ante una crisis energética a gran escala para la que no estaba preparada.
A casi un mes de iniciada la crisis, muchos líderes europeos hoy se ven acorralados por un viejo y recurrente “amigo”: Estados Unidos. El presidente Donald Trump expresó recientemente su intención de contar con el apoyo del viejo continente para recuperar el estrecho y poner fin a la crisis, y agregó que se trata de un problema que afecta de manera directa y principal a Reino Unido, España, Francia, Italia, Alemania e, irónicamente, China.

Las tensiones entre Europa y Washington se profundizaron tras las declaraciones de varios dirigentes. Entre ellos, Pedro Sánchez fue tajante en España al afirmar que el país no se va a involucrar en ninguna guerra junto a Estados Unidos. La alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, y vicepresidenta de la Comisión Europea, Kaja Kallas, rechazó y condenó cualquier guerra infundada que no respete el Derecho Internacional, y llamó a los países a resolver la crisis por vías diplomáticas. El Reino Unido, por su parte, declaró que evitará una participación directa en el conflicto; sin embargo, desde Londres se autorizó que Estados Unidos utilice sus bases militares para ejecutar ataques contra objetivos iraníes en el estrecho de Ormuz, incluidas las instalaciones en Inglaterra y Diego García, con el objetivo de neutralizar la capacidad de misiles que bloquean la navegación comercial de la región, por donde circula cerca del 20% del petróleo global. Francia, por otro lado, ha orientado su accionar hacia Chipre, que fue otro de los objetivos atacados por el régimen iraní en las últimas semanas. Desde Alemania se sostuvo que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no tiene nada que ver con la OTAN y que no existe un mandato como tal para desplegar a la alianza, como aseguró Trump al descalificarla. El mensaje es claro: esta no es la guerra de Europa.
Si bien el estrecho de Ormuz queda fuera del ámbito de actuación de la OTAN, en la práctica los intereses europeos resultan directamente afectados por el alza en los precios de los combustibles y por las dificultades logísticas en la ruta comercial tras el bloqueo.
El plano geoestratégico plantea una nueva dinámica. Hoy, los países europeos no quieren verse arrastrados una vez más por los caprichos de Washington. Algunos analistas hablan de una Europa sumisa ante los pedidos de Trump, particularmente Reino Unido, que tras su salida del Brexit en 2020 se refugió en las reservas norteamericanas para evitar una crisis económica y financiera aún mayor. Otros hacen un diagnóstico más profundo y justifican “la falta de entusiasmo” como una decisión racional, teniendo en cuenta que el bolsillo europeo está en números rojos y no podría solventar otro conflicto a gran escala que ni siquiera cuenta con un plan de salida.

En un nuevo giro en la relación entre el viejo continente y Estados Unidos, desde el lado europeo se resisten a las presiones de Donald Trump para reabrir el estrecho. En su lugar, se debate la posibilidad de desarrollar una misión naval para proteger a los barcos mercantes como una iniciativa propia de Europa, orientada a buscar soluciones diplomáticas.
El fuego cruzado en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz, en definitiva, abrieron una puerta sensible para la región. Pero la crisis es transversal y, en momentos de tensión, se caen las máscaras. La realidad es que hoy estamos ante un Trump que busca validar acciones militares “preventivas”, frente a viejos amigos que deciden darle la espalda y no ser parte de su juego, ya sea por conveniencia o por falta de recursos. Estamos siendo testigos de la fragmentación de una Europa que se creía consolidada.
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