11/05/2026 MÉXICO

“La grieta”: el sistema que solo Argentina perpetúa

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Artículo de opinión

El mundo avanza y, sin embargo, Argentina parece mantenerse obstinada en el juego del enemigo, como si se tratara de un niño, de uno de esos que no afrontan su paso a la adultez. Ese niño, en un principio rebelde y carente de enemigo, visualizó en la España más católica al diablo, marcando en sí mismo, a partir de ese primer episodio, un estímulo patológico que impide el avance lógico hacia la adultez.

Pese a resultar cansadora para gran parte del mundo racional, la discusión constante, perpetuada en un sinsentido cada vez mayor que hunde en el precipicio cualquier tipo de avance, encuentra en Argentina una enfermiza orientación hacia esto que, lamentablemente, parece no tener solución.

Si bien parece ser un problema abstracto y desapegado de la realidad, la grieta es la escisión de un pueblo que recae en el cortoplacismo para solucionar sus problemas constitutivos. Todo esto es propulsado por una clase política que, sin proponer nada, se dedica a denostar al teórico “enemigo”, hasta llegar al punto cúlmine de olvidar dónde está parada, generando un clima que normaliza esta atrocidad. Esta desorientación de la clase política es adrede, ya que le sirve para su perduración, una perduración que tapa su clara incapacidad para ejercer un puesto que no le corresponde. Esa perduración, que en cualquier otra sociedad sería identificada, en Argentina fue tan bien planeada que no logra ser desarticulada. No logra desarticularse porque, justamente, quien se encuentra desorientado es el pueblo, que, carente de la instrucción necesaria para distinguir el sistema, se ve obligado por esa misma clase política a defenderla a muerte. Este pueblo cree comprender la política del país, pero no entiende que su conciencia política fue hábilmente cautivada por esta élite política.

Vista aérea de la Plaza del Congreso y sus inmediaciones, Buenos Aires, Argentina. Fuente: Wikimedia Commons.

Es preciso, para una mayor comprensión, clarificar las dos arenas que presenta el país. La primera, la palaciega, enfrenta egos y no problemas: es el mayor éxito de una élite que, si se la lanzara a la arena de la realidad, se perdería en el más desesperante día a día. Esta puede o no resultar extremista, pero logró implantar en el pueblo una arena popular que realmente formó una grieta. No importa qué orientación tengan los partidos del momento: la polaridad es tan fuerte que no logra establecerse un justo medio. Los partidos no siempre representan una antítesis entre sí; hay muchos puntos que quizás convergen, pero la obnubilación le niega a la arena popular la posibilidad de comprenderlo. La estigmatización, esa primera barrera, no logra ser superada e impide el desarrollo dialéctico.

Alienando a un pueblo que no sabe por qué no avanza, pese a tener literalmente enfrente suyo una de sus principales causas.


La consecuencia más próxima y grave de esta enajenación es que se constituyó un pueblo que lucha por políticos y no por ideas. La pregunta es siempre: “¿A quién votaste?”, y no “¿Qué votaste?”. No se termina de comprender lo peligrosa que es esta situación. Al no defender ideales, no se está ocupando de la proyección del país; los ideales son lo que realmente mueven su desarrollo.

“Ser” de un partido político en Argentina es estar detrás del caudillo que lidera la organización, del líder de turno, hasta llegar al punto de nombrar a los partidos a partir de su caudillo y no de sus ideas. No se defiende el justicialismo, se defiende el peronismo; no se defiende el populismo, se defiende el kirchnerismo. La vitalidad de un país radica en las ideas, en los proyectos, no en las personas. No se puede dejar morir un país por el fallecimiento de un simple actor.

Old Buenos Aires. Fuente: Flickr.

Las últimas elecciones reflejan justamente este punto. Se habla de un triunfo de Milei y de una derrota aplastante del kirchnerismo y, como consecuencia de esta individualización, se confirma la consecuencia que aquí se expone: «la grieta».

La tercera vía no logró penetrar la homogeneidad argentina. Tampoco consiguió exteriorizarse del todo de los dos frentes que la sofocan, con personajes que no logran ofrecer una alternativa a los dos arcaicos modelos dominantes.


Este problema, como puede verse, se petrificó más que la propia Constitución. En un país democrático, que alienta el respeto a las minorías, encontramos una exacerbación de dos propuestas contrapuestas que desprecian los puntos medios.

Sarmiento, de alguna manera, logró atisbar esto al querer establecer una república de notables que realmente se preocupara por el bienestar general y enseñara a la barbarie el camino de la prosperidad. Pero, otra vez, no duró más de un mandato. Hoy, 160 años después, el panorama es el mismo.

Obelisco de Buenos Aires. Fuente: Pexels.

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Federico Muller

Soy estudiante de Relaciones Internacionales y Ciencia Política, con una marcada vocación por la comunicación estratégica y el análisis político. Cuento con experiencia como columnista radial y redactor, donde aplico mi perfil trilingüe para conectar la política local con las tendencias globales de forma clara y técnica.


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