29/09/2020 BARCELONA

Mirar hacia otro lado. Migración y asilo en tiempos de pandemia

Imagen: ACNUR.
No existe una sola dimensión ni engranaje de nuestras sociedades cuyo funcionamiento no haya sido alterado por el alcance de la pandemia. El desarrollo de los acontecimiento ha puesto de manifiesto que los colectivos más desfavorecidos económicamente son los que sufren con mayor crudeza las terribles consecuencias sanitarias y sociales que el virus deja tras de sí.

 

Las personas migrantes y solicitantes de asilo, colectivos especialmente vulnerables debido al desamparo jurídico que conlleva su situación, han puesto durante la pandemia a las sociedades occidentales frente al espejo al jugar simultáneamente un doble papel en la percepción pública, como ‘carga inoportuna’ y como ‘pieza esencial’.

Esta discordancia no es novedosa ni mucho menos, pero la pandemia ha agudizado notablemente la desprotección de estos colectivos, trasladando de nuevo esta contradicción como sociedad a un lugar destacado en el debate público.

Por un lado, hemos comprobado que el inmigrante juega un rol fundamental en sectores socioeconómicos esenciales como el sector sanitario, el cuidado a los mayores, el sector servicios, el sector agrícola, la construcción, etc. Es bien conocida la importancia del personal sanitario latino en Estados Unidos y en España, así como en el circuito de producción y distribución alimentaria en prácticamente cualquier estado occidental.

Cuidan de los enfermos y de los mayores. Nos proporcionan el alimento que consumimos. En numerosas ocasiones, en situación irregular y en unas condiciones precarias que a veces rozan la esclavitud, llegando a desenlaces tan trágicos como el de Eleazar, el temporero nicaragüense fallecido en Murcia por un golpe de calor.

Por otro lado, esa misma persona inmigrante que desarrolla estas actividades y sobrevive en nuestras sociedades de manera precaria –en condiciones infrahumanas, en muchas ocasiones– convive a diario con el murmullo de fondo del discurso nacionalista anti inmigración. Una narrativa que vive una nueva época dorada, viendo cómo el mantra político de su discurso cala en algunos sectores ciudadanos.

Como consecuencia, muchos gobiernos se niegan a habilitar las vías legales de regularización y de solicitud de asilo amparadas por el Derecho Internacional. Esto es algo que estamos presenciando con preocupación, tanto en Europa como en el continente americano.

Podemos encontrar numerosos ejemplos de ello: las protestas de los migrantes en el CETI de Melilla por el hacinamiento y la reclusión, el incesable goteo de muertes en el mediterráneo central, la criminalización de la labor de salvamento y rescate de las ONG, los ataques xenófobos a campos de refugiados en Grecia…

Esto ocurre en Europa. En Estados Unidos, las terribles condiciones que ya sufrían las personas migrantes en los centros de detención también se han visto considerablemente deterioradas por la pandemia, mientras el propio presidente abandera el discurso anti inmigración y relaciona la transmisión del virus con la llegada de inmigrantes. El sondeo reciente publicado por la OIM realizado en México y América Central, Efectos de la COVID-19 en la población migrante, revela cómo las personas migrantes establecidas o en tránsito han sufrido importantes efectos negativos en su nivel de ingresos económicos y tienen más oportunidades de ser engañadas o explotadas en su búsqueda de empleo.

 

¿Cómo queremos tratar a los migrantes como sociedad?

 

La migración es un fenómeno natural, universal y que ha jugado un papel fundamental en el desarrollo de las diferentes culturas humanas a lo largo de la historia. La arqueología y la antropología nos demuestran con insistencia que la interacción pacífica entre pueblos y culturas ha sido históricamente  un motor para el desarrollo recíproco a muchos niveles: cultural, tecnológico y de conocimiento, económico, etc.

En la actualidad, la libre y rápida circulación global de información, capitales, conocimientos, bienes y servicios ha dejado de lado a las personas. Concretamente, a las personas que buscan un lugar para vivir con una seguridad, unos recursos y una dignidad que sus lugares de nacimiento no les permite disfrutar –habida cuenta de que prácticamente ningún país imponía restricciones al turismo con anterioridad a la pandemia–.

Como bien señala Noah Harari, existe un debate abierto en torno a la migración que involucra a los propios migrantes y a las sociedades receptoras. Y sociedades emisoras, quizá añadiría. No está demás analizar la posible responsabilidad de la sociedad receptora en los motivos que llevan al migrante a abandonar su país.

La argumentación nacionalista ha sustituido la carta del racismo por la del “culturismo”. Si bien los debates se desarrollan en torno a las ideas de respeto y asimilación de las normas y valores de las culturas receptoras, existe además un componente que el discurso nacionalista no nombra, pero que juega un papel fundamental. Como demuestra la generalización del turismo en las sociedades actuales, la libre circulación está también ligada a criterios económicos.

La aporofobia (‘Fobia a las personas pobres o desfavorecidas’, según la RAE) es sin duda un factor de peso que conduce a algunos sectores de la sociedad a abrazar posturas anti inmigración. Existe, por tanto, un importante factor Norte-Sur en lo que respecta a la restricción de la movilidad humana.

No obstante, en el contexto de este debate, se ha impuesto un marco discursivo muy favorable a la argumentación nacionalista. La capacidad de este discurso para marcar la agenda mediática y política en muchas sociedades receptoras se ha visto inevitablemente reflejada en sus políticas de migración y asilo.

La securitización y la externalización de las fronteras, es decir, la concepción de la frontera como un muro de contención ante los flujos migratorios y el desplazamiento de la gestión de las fronteras hacia el Sur, es la tónica general en gobiernos de todo el mundo.

Si bien es cierto que los estados rara vez han recibido con los brazos abiertos a inmigrantes y solicitantes de asilo, durante las últimas décadas los grandes conglomerados empresariales del sector de la seguridad, del sector armamentístico y del sector de la construcción han conformado una multimillonaria industria del control migratorio alrededor de los gobiernos.

Este proceso se ha visto acompañado por un creciente desinterés de los gobiernos en reforzar las capacidades e infraestructuras de acogida y regularización, lo cual se ve plasmado en Estados Unidos y la Unión Europea en sucesivas disminuciones de presupuestos para la gestión migratoria.

Esta deriva previa a la pandemia se ha visto acelerada por la reacción de refuerzo de la vigilancia sobre las fronteras que el impacto del virus ha desencadenado en todos los estados, y la paralización de los procesos de regularización, lo que deja a las personas migrantes en un limbo legal.

 

El derecho de asilo, en entredicho

 

El derecho de asilo, a diferencia de la movilidad por motivos económicos, se ha mantenido generalmente al margen de este debate principalmente por cuestiones humanitarias. La Convención de Ginebra y la creación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados han sido uno de los pocos puntos de amplio consenso internacional entre estados en el ámbito de la movilidad humana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el concepto de Refugio cobraba un papel relevante en Europa, aun con sus limitaciones.

El multilateralismo lleva años siendo desafiado por una serie de estados poderosos. Ante ello, ni las Naciones Unidas ni ACNUR o ninguna otra organización supranacional tienen el poder o el presupuesto para alterar significativamente esta dinámica nacionalista que ha provocado que muchos gobiernos hayan suspendido de facto o por omisión el derecho de asilo.

Como resultado, las personas solicitantes de asilo pasan a encontrarse en una situación de absoluta desprotección, fuera de un Estado de derecho que les ampare, con las consecuencias humanitarias que estamos viendo.

El Pacto Mundial sobre Migración (The Global Compact on Refugees) ha sido promovido por la ONU para fomentar la gobernabilidad global de la migración. Si bien el esfuerzo va dirigido en la dirección correcta, su carácter no vinculante y el actual desarrollo de los acontecimientos, hace desconfiar a muchos de su eficacia.

 

¿Qué tipo de sociedad queremos ser?

 

La migración es un fenómeno que no va a desaparecer por mucho que se le quiera poner freno. Es probable que los flujos migratorios a nivel global aumenten como consecuencia de la crisis climática y los conflictos derivados de ella.

No solo es contraproducente tratar de contener la movilidad humana, sino que hemos de ser lo suficientemente inteligentes como sociedad para no desaprovechar las ventajas intrínsecas a la migración para las partes implicadas: mejora de las condiciones de vida para las personas migrantes, dinamización y desarrollo en las naciones receptoras, y envío de remesas y conocimientos a las naciones emisoras.

El fenómeno tiene un alcance global y, por tanto, la respuesta ha de ser multilateral. Las políticas migratorias y de asilo siempre han estado principalmente influidas por los intereses nacionales, pero es el momento de pararnos a reflexionar si queremos sentar las bases de unas sociedades cerradas que miran hacia otro lado cuando personas en busca de una vida mejor llaman a nuestra puerta, o si nos esforzamos en seguir buscando la manera de gestionar de manera humana el fenómeno migratorio.

Por el momento, estamos optando por mirar hacia otro lado.

 

 

Esta es una reflexión sin ánimo de lucro

 


 

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WEBINAR – Migración y Asilo en tiempos de pandemia

Publicada por United Explanations en Sábado, 5 de septiembre de 2020

 

 

Javier Hernando

UCM e IBEI Alumni. Sociólogo, especializado en asuntos internacionales, migración y políticas de desarrollo. Comunicador y adicto a Internet. Ocupo mi tiempo como director de United Explanations y escribiendo en diversos medios. Intento explicar lo que ocurre en el mundo a través de la lógica económica y la política internacional. [email protected]


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