18/06/2021 BARCELONA

Las negociaciones entre israelíes y palestinos: ¿la última oportunidad para la paz?

Este mes de agosto se han retomado las negociaciones de paz entre Israel y Palestina. Aunque sea esta una buena notícia, hay varias razones que llevan a pensar en un fracaso. ¿Por qué?

Tras tres años en vía muerta, el pasado miércoles 14 de agosto se reactivaron las negociaciones para la paz entre representantes israelíes y palestinos. Finalmente, tras años de incansable trabajo en el tema, el Secretario de Estado de EEUU John Kerry ha conseguido que ambas partes se sienten a conversar de nuevo. No obstante, hay que tener en cuenta que el contexto político de la región ha cambiado mucho desde 2010: las Primaveras Árabes han hecho que Israel haya perdido su más fiel aliado en la región, el Egipto de Hosni Mubarak, mientras que el escenario de Guerra civil en Siria ha conllevado un plus de inestabilidad en la zona. Paralelamente, ambos gobiernos han perdido poder: el Palestino, ante Hamás; el Israelí, ante el declive demográfico y el creciente poder de los colonos, lo que a su turno contribuye a debilitar a la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

La debilidad creciente de Israel

El plan de partición de las Naciones Unidas de 1947, que se materializó en la resolución 181 (que nunca se llegaría a aplicar), preveía la partición del entonces mandato británico de Palestina en dos Estados: uno de mayoría judía, que ocuparía cerca del 54% del territorio, incluyendo la práctica totalidad del desierto del Néguev, mientras que el resto del territorio (el 46%) era otorgado a los árabes. Tan sólo los primeros aceptaron la resolución. El futuro Estado de Israel tenía mucho territorio a ganar, los árabes[AR1] tenían mucho que perder.

Las sucesivas guerras, siempre ganadas por Israel, no han hecho más que consolidar el territorio del estado judío, incluso aumentándolo. El enquistamiento del conflicto ha radicalizado a ambos bandos. Las ideologías antaño hegemónicas, el nacionalismo árabe y el sionismo laborista, han ido perdiendo peso en favor del islamismo radical de Hamás, quien no persigue la creación de un estado árabe independiente, sino la creación de un emirato islámico en la orilla oriental del Mediterráneo. Y por otro lado, el nacionalismo derechista del Likud, heredero de la tradición sionista del revisionismo, que considera que Judea y Samaría (la actual Cisjordania) pertenecen a Israel por mandato divino, promoviendo su colonización.

Ahora bien, ambos fenómenos (la radicalización política y la colonización de territorio) no pueden desligarse de la creciente debilidad geopolítica israelí. Es más, deben de entenderse como una reacción a ésta. La tasa de crecimiento de la población judía de Israel, incluyendo las elevadísimas tasas de fecundidad de los judíos ultra ortodoxos o jaredíes (quien suelen tener una media de 5 a 10 hijos), es mucho menor a la de los palestinos y los ciudadanos árabes-israelíes.

Si sumamos a este hecho sumamos un saldo migratorio muy inferior al de hace años vemos que, mientras la guerra territorial está a punto de ser ganada por Israel, puede que quien se haga con la victoria demográfica dentro del estado judío de Israel sean los árabes y, en menor medida, los judíos ultraortodoxos, que no reconocen como legítimo al Estado de Israel. En este sentido, el periodista Lluís Bassets apuntaba recientemente que el mérito no corresponde tanto a la escasa fortaleza de los palestinos como a la creciente debilidad de los israelíes.

Y aunque Israel siempre haya ganado la guerra en términos militares, podría ser precisamente la negativa de la derecha israelí a aceptar un Estado palestino viable quien facilite aún más lo que, con el tiempo, podría acabar siendo su epitafio, acabando con la hasta ahora hegemonía judía del Estado de Israel.

Panorama de las negociaciones

Junto con la presión de unos EEUU cada vez más irritados, puede que sea esta la razón que, después de años de oposición, motivara al halcón Benjamin Nethanyahu a aceptar la negociación de un estado palestino. Ahora bien, sus premisas de partida parecen a priori inaceptables para la ANP: un Estado desmilitarizado bajo medidas de seguridad firmes asumidas por el ejército israelí que reconozca al Estado judío de Israel, que no incluya bajo sus fronteras a Jerusalén Este y que disponga de unas fronteras inferiores a las de 1966.

Durante la última ronda de negociaciones, en 2008, Ehud Olmert ofreció a Mahmud Abbas el 93,7% de Cisjordania, anexionando a Israel los asentamientos, a cambio de un 5,8% de territorio israelí, como también un túnel para conectar Gaza con Cisjordania y la cesión de los lugares sagrados de Jerusalén a un comité internacional. En 2000, Ehud Barak llegó a ofrecerle a Yaser Arafat el control de Jerusalén Este. Ambas ofertas fueron rechazadas por sendos líderes de la ANP.

Se prevé, aparentemente, un fracaso de las negociaciones con unos actores con posiciones aún más radicalizadas que en otras ocasiones. No obstante, la negociación ha sido encargada a Tzipi Livni, ministra de Justicia y principal dirigente de Hatnuah, el partido más abierto de los que actualmente forman el gobierno israelí. De hecho, el actual gobierno israelí está compuesto por un abanico de partidos laicos que va del centro a la extrema derecha, y está fuertemente dividido por la cuestión. El mes pasado, por ejemplo, varios ministros del gobierno –e, incluso, del partido del premier– votaron en contra de la excarceración de 104 prisioneros palestinos. Por parte de la ANP, Abbas ha enviado a Saeb Erekat, quien participó también en las conversaciones de paz durante los años noventa.

En definitiva, el fracaso de las conversaciones de paz parece predeterminado por la creciente radicalidad de ambos lados, que después de sesenta-y-cinco años de conflicto son cada vez más reacios a la negociación. Sin embargo un acuerdo de paz podría ser un mal menor para Israel. También para Para Palestina, pero sobretodo para un Estado judío cuyo poder militar crece de forma inversamente proporcional a su poder demográfico.

Foto de portada: Acuerdo de paz entre Israel y Palestina

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Marcel Planagumà

Barcelona, Catalunya. Licenciado en Ciencias Políticas (UPF) y Máster en Comunicación Política y Social (URL). Actualmente soy el responsable de comunicación del Col·legi de Politòlegs i Sociòlegs de Catalunya (Colpis), y anteriormente he sido asistente de investigación en temas europeos en CIDOB y becario de comunicación en la Fundació CatDem. Apasionado de la política, me encanta la política comparada como herramienta para comprender y mejorar nuestro sistema político. También me interesan el mundo de los think tank y la comunicación electoral, es decir, la cocina de la política. Mi email de contacto es [email protected]


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