27/09/2021 BARCELONA

Los colonos israelíes: viviendo en el límite (Parte I)

Uno de los principales obstáculos que se erigen en el camino hacia la paz entre palestinos e israelíes es el dilema de los asentamientos israelíes, cuyos habitantes, los colonos, son en su gran mayoría familias que por centenares aceptaron trasladarse y crear una comunidad en colonias construidas en un territorio que, de acuerdo con la Resolución 181 adoptada en 1947 por la Asamblea General de Naciones Unidas y a textos posteriores, pertenece al (todavía utópico) Estado palestino.

Uno de los principales obstáculos que se erigen en el camino hacia la paz entre palestinos e israelíes es el dilema de los asentamientos israelíes, cuyos habitantes, los colonos, son en su gran mayoría familias que por centenares aceptaron trasladarse y crear una comunidad en colonias construidas en un territorio que, de acuerdo con la Resolución 181 adoptada en 1947 por la Asamblea General de Naciones Unidas y a textos posteriores, pertenece al (todavía utópico) Estado palestino. Se estima que hoy en día alrededor de medio millón de judíos viven como colonos en los más de 140 asentamientos ilegales (declarados así por la Corte Internacional de Justicia) levantados por Israel en Jerusalén Este y Cisjordania.

La historia de los colonos israelíes

Podría decirse que la presencia de judíos antes del siglo XX en Palestina era residual. Con el surgimiento del sionismo, un gran número de grupos de inmigrantes judíos se trasladaron e instalaron allí. El toque de gracia (aparte, evidentemente, de la ignominiosa Declaración Balfour de 1917) fue dado en 1947, cuando la recién creada Organización de las Naciones Unidas aprobó la partición histórica que dividió Palestina entre un 55% del territorio para los judíos y un 45% para la población árabe, a pesar de que la población judía representaba el mero 6% de la población. En 1948, Israel proclamó su condición de Estado independiente, sin por lo tanto definir sus fronteras, que tras la guerra de 1947-1949 hicieron abarcar el 78% de la tierra. Un porcentaje que, sobre todo tras la Guerra de 1967, no ha dejado de aumentar hasta nuestros días. Una de las consecuencias de la Guerra de 1967 fue la creación de lo que judíos llaman el “Gran Jerusalén”, que se expandió al incluir las áreas circundantes de Cisjordania donde había menos población palestina. Los israelíes hicieron de esta “nueva” Jerusalén su capital. Desde entonces, Israel ha establecido varios asentamientos ilegales en la “Gran Jerusalén”, creando así artificialmente una mayoría judía.

Colonos Israelíes en 1925
Colonos Israelíes en 1925

También fue después de la Guerra de los Seis Días cuando un enorme número de ciudadanos israelíes, henchidos de gloria, comenzaron a presentar solicitudes para ocupar la tierra capturada en la contienda: el este de Jerusalén, Kfar Etzion, cerca de Belén, la ciudad antigua de Hebrón… Todos los territorios que entraban en el lote subastado habían sido, en algún momento, asentamientos judíos históricos y estaban por lo tanto íntimamente conectados con la Biblia. Era la tierra, la gente decía, que no debe nunca ser devuelta. Por otro lado estaban el valle del Jordán, los Altos del Golán capturados en Siria y la península del Sinaí y la Franja de Gaza tomadas de Egipto. Por razones de seguridad, esta era la tierra que no podía ser devuelta. No ocurría así con los asentamientos en Samaria, al norte de Cisjordania. Una proporción nada desdeñable de árabes vivían en lugares como Ramallah, Nablus y Tulkarem, y los dirigentes políticos vieron la zona como moneda de cambio con la que podrían empujar a Jordania a firmar un tratado de paz.

Un estatus incierto

Resulta paradójico señalar que los colonos viven en los asentamientos en virtud de un contrato de alquiler a largo plazo, contingente a cualquier futuro acuerdo de paz. Esta es la condición que todos los colonos deben acatar. Independientemente de que sean conscientes o no de ello, o de que estén o no de acuerdo con ello, la realidad es que no tienen estatus de residentes permanentes y son incapaces de cambiar su condición o la titularidad de la tierra. A partir de la década de 1970, y conscientes de su precaria situación, los colonos israelíes recurrieron a técnicas utilizadas por los pioneros sionistas de los años 1920 a 1940. Primero sembraban “hechos sobre el terreno”, es decir, se instalaban en los territorios correspondientes, y luego conseguían el permiso oficial que reconocía a sus comunidades. Muchas veces, fueron los propios colonos, gracias a sus grandes dotes de organización y logística, quienes jugaron un papel clave en todo lo relacionado con las actividades de asentamiento que el gobierno protestaba y sancionaba, aunque la mayoría de las veces únicamente de facto. Los primeros esfuerzos en este sentido se habían visto frustrados por los gobiernos de Golda Meir y Yitzhak Rabin. De hecho, el primer Primer Ministro de Israel, David Ben Gurion, rechazó el mantra “Eretz Yisrael” en 1948, alegando que prefería el pueblo (en un territorio más pequeño) a todo el país (con sus numerosos habitantes árabes). Pero, gracias en particular a la presión ejercida por Ariel Sharon y el entonces ministro de defensa Shimon Peres, Yitzhak Rabin finalmente cedió y permitió que los colonos se quedaran. Ese fue el principio del fin, y el resto es historia. En la actualidad, el 40% de Cisjordania resulta inaccesible para los palestinos, que no están autorizados a residir en esas zonas ni en sus alrededores, y a los que tampoco se permite viajar a través de las zonas de seguridad en torno a los mismos (la “ciudad fantasma” de Hebrón es un espeluznante ejemplo de ello).

La vista desde Ni'lin,  tres kilometros  de la linea verde
La vista desde Ni’lin,
tres kilometros
de la linea verde

Lo primero que debe apuntarse es que se les llama asentamientos, pero en realidad se trata de verdaderas ciudades y no de pequeñas poblaciones habitadas por decenas o centenares de colonos, que también existen pero no ocasionan, por así decirlo, mayor problema. Son asentamientos como Ariel o Maale Adummin los que, construidos por razones políticas y no urbanísticas o habitacionales, los que causan mayores dilemas a gobierno y políticos moderados israelíes. Los asentamientos de Ariel y Qedumin, por ejemplo, están construidos sobre el acuífero de la montaña occidental, directamente en el centro de los distritos agrícolas del norte de Cisjordania, mientras que Maale Adummin o Har Homa forman un cinturón alrededor de los barrios palestinos de Jerusalén Este, aislando así los barrios musulmanes ocupados del resto de Cisjordania.

El porqué de las colonias

Es interesante señalar que la construcción de asentamientos fue impulsada no únicamente por motivos ideológicos, sino también con una motivación económica, especialmente en los casos de asentamientos cuyo establecimiento vino acompañado de la asignación de generosas prebendas destinadas a atraer a colonos con la promesa de una mejor calidad de vida. Las colonias son un negocio al que nadie está hoy en dia dispuesto a renunciar. De acuerdo con cifras del Ministerio del Interior israelí, los colonos reciben un 22% más de ayudas que el resto de ciudadanos con carencias socioeconómicas. Se estima además que la política de colonias le ha costado a Israel aproximadamente 7.500 millones de euros. Efectivamente, y de acuerdo con una encuesta llevada a cabo por B´Tselem, el Centro israelí de información sobre derechos humanos en los Territorios Ocupados, tres cuartas partes de los colonos confiesan que no se fueron allí por motivos religiosos. Querían una casa subvencionada y unos servicios públicos preferentes. Muchos consideran que las fronteras son seguras, hay buenos colegios y médicos y que, además aunque no exclusivamente, se respira el verdadero alma israelí, sin la contaminación de otras costumbres. 360.000 colonos (75%) son ultra ortodoxos pero los extremistas sin embargo representan en realidad una minoría de los colonos, y en teoría no deberían ser suficientemente significativos en número como para ser capaces de oponerse a una acción gubernamental. No obstante, su influencia política y simbólica es desproporcionada – así como su voluntad de defender sus convicciones hasta el final, lo que alarma incluso a las fuerzas armadas de Israel. Y si bien la mayoría de los seis millones de ciudadanos de Israel se oponen a los asentamientos ilegales, pocos se muestran convencidos de que será un día posible lograr su evacuación y posterior demolición.

[notice]No te pierdas la segunda parte de este artículo en el siguiente enlace[/notice]

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Itxaso Dominguez

Itxaso Domínguez de Olazábal. Licenciada en Derecho y especializada en Derecho de la Unión Europea y relaciones internacionales, tras trabajar en Egipto se convirtió en una amante de la región y todo lo que en torno a ella gira. Idealista convencida, europeista irremediable, en constante aprendizaje. Escribe para Miradas de Internacional y algunos medios egipcios y tiene un blog personal, Discovering MENA and other thoughts.


2 comments

  • Javier

    12/08/2013 at

    Lo primero que debe apuntarse es que se les llama asentamientos, pero en realidad se trata de verdaderas ciudades y no de pequeñas poblaciones habitadas por decenas o centenares de colonos, que también existen pero no ocasionan, por así decirlo, mayor problema….

    Decir que no ocasionan mayor problema, es como apoyar la acción impune de Israel cuando, al crear los llamados outputs, envía a decenas de militares para defender a los colonos…

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