21/10/2021 BARCELONA

Los colonos israelíes: viviendo en el límite (Parte II)

Uno de los principales obstáculos que se erigen en el camino hacia la paz entre palestinos e israelíes es el dilema de los asentamientos israelíes, cuyos habitantes, los colonos, son en su gran mayoría familias que por centenares aceptaron trasladarse y crear una comunidad en colonias construidas en un territorio que, de acuerdo con la Resolución 181 adoptada en 1947 por la Asamblea General de Naciones Unidas y a textos posteriores, pertenece al (todavía utópico) Estado palestino.

Los palestinos persiguen el reconocimiento de un Estado definido por las fronteras que existían entre Israel y Cisjordania, controladas en su mayoría por Jordania antes de la Guerra de los Seis Días. Ante la rigidez de Israel y la política mencionada de faits acquis, sin embargo, cualquier proceso de paz tendrá que hacer referencia a ajustes que tengan en cuenta las zonas donde grandes concentraciones de colonos viven ahora. Esa tierra se intercambiará por la tierra en el lado israelí de la frontera, que se destinará a Palestina. Esa es la principal novedad a la que se refiere la renovada Iniciativa de Paz recientemente aprobada por la Liga Árabe y anunciada a bombo y platillo por norteamericanos y catarís. El problema es que por lo menos 160.000 colonos estarán fuera de los bloques que van a ser objeto de mercadeo con Israel, dejándolos en teoría a la deriva – un archipiélago de comunidades en pleno  mar de Palestina. Muchos de ellos no se irán sin poner resistencia. “La gente habla de resistencia violenta cuando se evacuaron los asentamientos en Gaza”, dice Dani Dayan, ex-presidente del Consejo Yesha, la organización política de los colonos y asesor personal de Binyamin Netanyahu, refiriéndose al desalojo de 2.005 colonos ordenado por el entonces primer ministro Ariel Sharon y llevado a cabo por el ejército israelí.

Si creen que desalojar a 8.000 personas en Gaza era difícil, esperen a que traten de desalojar a 160.000.

Es por ello que muchos se muestran convencidos de que los asentamientos en Cisjordania son “irreversibles”. Ordenando su desalojo por la fuerza, alega el representante, “se rompería la columna vertebral de la sociedad israelí, y ningún Primer Ministro israelí mínimamente responsable está dispuesto a hacerlo”. Al menos no sin pagar un alto precio. Centenares de colonos israelíes dan por descontado que los sucesivos gobiernos de coalición israelí seguirán en deuda (y por lo tanto obligado a plegarse a sus exigencias) con pequeños partidos de derecha pro-asentamientos, así como con partidos religiosos que se muestran cada vez más comprometidos con la idea de que Israel debe ocupar todo el territorio.

Dejando a un lado los más de 200.000 israelíes que viven en las partes de Jerusalén capturadas a Jordania en 1967, se considera que los 300.000 colonos israelíes repartidos a lo largo y ancho de Cisjordania pueden ser divididos en tres categorías principales: aquellos que simplemente optaron por una mejor calidad de vida (unos 150.000), que se encuentran en asentamientos muy cercanos a la Línea Verde, lo suficientemente como para aprovechar las generosas subvenciones del Gobierno y vivir en casas que no podrían pagar en el propio Israel; los nacionalistas (tal vez 20.000), la mayoría de entre ellos más bien seculares que ven la ocupación del territorio como una contribución al estado; y los patriotas religiosos (aún más nacionalistas) que comparten una visión histórica y bíblica de Israel que ansían recuperar. Son estos últimos fanáticos religiosos los que no cesan de crecer en número y en intensidad. De la docena que se instaló por primera vez en algunas zonas consideradas por su versión de la historia como anteriormente judías, por ejemplo Hebrón y Gush Etzion, hoy en día albergan a alrededor de 130.000 personas. Su tasa de natalidad es cuatro veces mayor que la de los colonos seculares, y su compromiso, tanto con la fe como con los preceptos de sus rabinos, es inquebrantable. Basándose en el espíritu pionero sionista original, se han atrincherado en el territorio y se ven a sí mismos como defensores de una cabeza de playa judía contra los árabes que ellos consideran siempre hostiles y violentos (de hecho, no les gusta usar el término “palestinos” que en cierto modo socavaría su argumento) y en contra incluso de su propio gobierno. Se aferran a la idea de que en unas décadas habrán construido una mayoría religiosa judía sobre toda la antigua Palestina, y ya no habrá entonces lugar para un Estado palestino.

Colonos activistas
Colonos activistas

¿En qué sentido se dirige la argumentación de estos últimos colonos? Un informe del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas afirmó en enero de este año que los asentamientos israelíes violan los derechos humanos y que por ello podrían ser enjuiciados por crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional (el reconocimiento el pasado diciembre del estatus de Palestina como miembro no observador de Naciones Unidas despertó grandes esperanzas al respecto). Sin embargo, una gran mayoría consideran que se encuentran en su país, y se vanaglorian de su patriotismo. Como se ha señalado, estos colonos son hoy en día uno de los mayores y más poderosos movimientos políticos del panorama israelí. Muchos de ellos confiesan en privado que no hay cabida para la solución de dos estados y que, en realidad, están satisfechos con el status quo. Aquellos colonos sí que reconocen, no obstante, que los objetivos de ambos pueblos son irreconciliables, ya que se basan en narrativas completamente incompatibles, y a fin de cuentas los dos se disputan el mismo territorio.

 Argumentos irreconciliables

Una de las líneas que sigue su razonamiento reza así: “todo lo que cojamos seguirá siendo nuestro tras las negociaciones”. La antigua Palestina es la tierra prometida de los judíos, “la tierra bíblica de leche y miel”, y por tanto la extensión natural del hoy territorio israelí. Dios entró en su pacto con Abraham y le prometió ese área para el pueblo elegido, los judíos. Estos patriotas afirman vivir en el corazón mismo de Israel, en Judea y Samaria, que el mundo llama Cisjordania. Según ellos, la distinción que realiza el resto del mundo es meramente legal y no se ajusta a la realidad histórica, en la que la frontera natural coincide con la orilla oeste del rio Jordan. Ellos por lo tanto tienen el derecho político y moral de vivir y construir en aquellos territorios, actividades que nada tienen que ver con imperialismo y expansionismo. Consideran que la simple mención de los asentamientos es un mero pretexto de los palestinos para no negociar. La construcción de asentamientos es además necesaria por motivos de seguridad, ante el temor de ser aniquilados por los Estados árabes que les rodean, o incluso por Irán. Los asentamientos se erigen entonces como solución, ya que refuerza su seguridad. Creen que la paz llegará cuando la percepción de Israel sea que no puede ser ya derrotado. Los asentamientos no son por consiguiente un obstáculo para la paz, sino todo lo contrario: fortalecen la percepción de sentirse parte de un país fuerte y por lo tanto de sentirse más cercanos de la paz. Ante los frecuentes ataques de la comunidad internacional, rechazan por completo el argumento de la ilegalidad, y alegan que las Convenciones de Ginebra (artículo 49 del Cuarto Convenio sobre la prohibición de “deportaciones, traslados y evacuaciones” y artículo 47 sobre la “intangibilidad de derechos de las personas”) no se aplican a los territorios ocupados (fue muy útil para ellos el Informe Levy, casualmente redactado por Alan Baker, colono en Jerusalén)

una red separa a los palestinos de los colonos en la ciudad antigua de Hebron
una red separa a los palestinos de los colonos en la ciudad antigua de Hebron

Por lo que respecta a la versión palestina, ninguna negociación podrá salir adelante mientras que no se paralice totalmente la construcción de asentamientos y se decida cuál será el futuro de los colonos, incluso mediante el principio de los land swaps. Alegan en todo momento para ilustrar su argumentación que la ubicación de estos asentamientos es particularmente relevante, ya que su mantenimiento hará la solución de dos estados prácticamente imposible de lograr, eliminando cualquier conexión entre Jerusalén Este, que ellos también consideran su capital, y Cisjordania. Además, y este es un punto que no conviene olvidar, la existencia de asentamientos israelíes compromete la seguridad de palestinos, como demuestran los continuos ataques que unos colonos autorizados a llevar armas llevan a cabo contra palestinos, incluyendo niños (un ejemplo aquí). Y por último pero no menos importante, no son pocos los que afirman que los palestinos llevan sufriendo décadas de una situación equivalente al apartheid sudafricano, en la que se ven privados de derechos humanos básicos y desprovistos de recursos indispensables. Al fin y al cabo, la construcción de asentamientos no es más que una forma de dividir territorialmente a los palestinos, de impedir la creación y/o de interrumpir sus infraestructuras y de negarles esa seguridad que estos supuestos patriotas tanto ansían. Edward W. Said afirmó que “no se puede victimizar a alguien simplemente porque se fue víctima una vez – tiene que haber un límite”. El límite está fijado en numerosas Resoluciones de tanto el Consejo de Seguridad como la Asamblea General de Naciones Unidas.

[notice]No te pierdas la primera parte de este artículo en el siguiente enlace[/notice]

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Itxaso Dominguez

Itxaso Domínguez de Olazábal. Licenciada en Derecho y especializada en Derecho de la Unión Europea y relaciones internacionales, tras trabajar en Egipto se convirtió en una amante de la región y todo lo que en torno a ella gira. Idealista convencida, europeista irremediable, en constante aprendizaje. Escribe para Miradas de Internacional y algunos medios egipcios y tiene un blog personal, Discovering MENA and other thoughts.


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