31/05/2020 BARCELONA

Haredim: ¿Quiénes son los jaredíes?

Recientemente, la comisión gubernamental que encabeza Yakov Peri, aprobó una propuesta de ley, que pretender derogar en 2017 uno de los privilegios que los jaredíes (más conocidos como ultraortodoxos) habían mantenido desde la fundación del Estado de Israel: la exención de incorporarse al Tsahal (Fuerzas de Defensa de Israel). Antes de examinar las razones y consecuencias de esta decisión hagamos un poco de historia.

Recientemente, la comisión gubernamental que encabeza Yakov Peri, aprobó una propuesta de ley, que aun debe ser aprobada en sede legislativa, no exenta de polémica, al pretender derogar en 2017 uno de los privilegios que los jaredíes (más conocidos, de modo genérico, como ultraortodoxos) habían mantenido desde la fundación del Estado de Israel: la exención de  incorporarse al Tsahal (Fuerzas de Defensa de Israel). Antes de examinar las razones y consecuencias de esta decisión, hagamos un poco de historia. ¿ Pero quiénes son los jaredíes?

Se trata de un movimiento relativamente reciente, nacido al calor de la industrialización europea del siglo XIX. Con el inicio de la época contemporánea, la desaparición del Antiguo Régimen, junto con un fuerte desarrollo industrial, hicieron que las barreras a la integración y el ascenso social se volvieron más débiles y permeables. Esto permitió la aparición de una nueva clase social de judíos integrados en los estados seculares donde se encontraban; pero, al mismo tiempo, surgieron movimientos aislacionistas que no aceptaban esta asimilación e integración en un estado liberal, y no reconocían más autoridad que la Torah. Su observancia de la ley judía es tan estricta que no aceptan ninguna adaptación del judaismo a las necesidades contemporáneas; y su nombre, proveniente de la palabra hebrea Harada (temor), puede traducirse libremente por “aquellos que tiemblan ante Dios”.

La II Guerra Mundial supuso un gran golpe para estas comunidades, que a pesar de las numerosas pérdidas humanas lograron rehacerse en otros países y, más tarde, en el recién creado Estado de Israel. Los beneficios del estado de bienestar y la educación gratuita, además de una combinación de crecimiento económico sostenido y un aumento de las donaciones para la red de Yeshiyot, unidos a la altísima natalidad de los jaredíes, llevaron a una rápida recuperación de este grupo. Además, una extensa red de Kollels (una especie de instituto de estudios avanzados en estudios rabínicos y talmúdicos) garantiza que el aprendizaje de la Torá continue incluso después de casados, pagando a los estudiantes una especie de estipendio y, a su vez, impidiendo que a la realidad social externa y se vea obligado a salir de su entorno para ganarse la vida.

¿Cómo viven? ¿Son un único movimiento?

6944863563_d4f16e6693[1]Los jaredíes viven habitualmente en comunidades mayoritaria o exclusivamente habitadas por otros jaredíes, siendo su contacto con el mundo exterior muy limitado; no sólo con los no judíos, sino también respecto a judíos no jaredíes. Su característica vestimenta negra les hace fácilmente reconocibles y les separa del resto de la sociedad. Debido a que cuentan con un sistema educativo propio, en que se da poca o nula importancia a asignaturas “laicas”, y consagran casi todo su tiempo a estudios religiosos, es excepcional el jaredí que llega a poseer algún tipo de certificado académico. La mayoría de los hombres se dedica al estudio continuo de la Torá, que es lo que otorga reconocimiento dentro de sus comunidades, y son las mujeres las que generalmente trabajan para sostener el hogar.

Aunque la apariencia exterior haga pensar que se trata de un movimiento monolítico, existen diferentes corrientes en su interior que discrepan en asuntos ciertamente fundamentales. De hecho, si bien la mayoría se define como antisionistas, un grupo minoritario constituido por los sefardíes y alguna de las múltiples corrientes jasídicas se declaran activamente sionistas.

El rechazo a la modernidad o al trabajo asalariado, es otro factor en que los jaredíes en Israel y los del resto del mundo difieren. Los jaredíes de la Diáspora, además de los estudios religiosos en las Yeshivot (Centro de estudios de la Torá y el Talmud), suelen aprender algún tipo de oficio y formar parte de la población activa del país en que se encuentren. La comunidad, con aportaciones de sus miembros, se ocupa del sostenimiento de un cierto número de eruditos, totalmente dedicados al estudio de la torá. Por contra, los jaredíes de Israel, se escudan en la obligación de estudiar permanentemente la Torá para mantener su aislamiento, cuando, visto el ejemplo de sus correligionarios y la propia historia, nada les obliga a una observancia tan estricta.

Su entrada en política ha sido limitada, pero clave para formar gobiernos, siendo Agudat Israel, que concurre a las elecciones con Degel HaTorah (Bandera de la torá) desde 1992, bajo el nombre de Yahadut HaTorah (Judaismo Unificado de la torá), el partido más representativo. Sin embargo, esta participación no obedece tanto a un reconocimiento del Estado y profundo compromiso político con la sociedad israelí, sino más bien a la necesidad de obtener fondos para sostener sus siempres crecientes necesidades. El Shas (Asociación Internacional de Sefardíes Observantes de la Torah), fundado en 1984, y miembro desde 2010 de la Organización Sionista Internacional, representa la vertiente ultraortodoxa sefardí. Aunque inicialmente fue más moderado respecto al conflicto con los territorios palestinos, su posición se ha ido radicalizando.

¿Cuál es el problema?

209362485_ff8a40253d[1]Por un lado, la portentosa tasa de natalidad de estas comunidades. A día de hoy representan un 10% de la población total del país, cifra que puede incrementarse dramáticamente, toda vez que hoy uno de cada cuatro escolares es jaredí. Esto les ha permitido ganar una gran influencia política para lograr sus demandas, pero al mismo tiempo les ha convertido en una carga cada vez mayor para un Estado que se ve obligado a mantener a una creciente población inactiva que aporta poco o nada a la economía productiva. Hasta cierto punto, esta situación deriva de las múltiples concesiones hechas hasta ahora, incluyendo la exclusión del servicio militar, que ha creado una sociedad cerrada e impermeable al mundo exterior en el propio seno de Israel.

Pero existe un segundo problema de fondo, esta vez desde el lado jaredí: el mantenimiento de la identidad. Aunque pueda parecer un contrasentido, vivir en un estado judío no les ayuda a sentirse más integrados. ¿Por qué? Mientras se encontraban en la Diáspora, viviendo en estados donde ellos eran una minoría más, no tenían que demostrar nada. Los otros ya eran tan diferentes a ellos mismos que no había conflicto identitario posible. Pero en un estado donde la mayoría comparte en mayor o menor grado sus mismos valores y sentido de la existencia, pierden aquello que les hace únicos y especiales, y buscan un modo de crear distancia, aislándose.

La incorporación al Tsahal de los jóvenes jaredíes, es vista para la mayoría de los israelíes como la última oportunidad de ponerles en contacto con otros judios e intentar abrirles las puertas del mercado laboral y convertirles en ciudadanos útiles. Pero, por el lado contrario, los jaredíes temen precisamente perder su identidad y que sus jóvenes sean “contaminados” por este contacto en ambiente abierto y secular.

¿Qué pasará?

Se discuten aún detalles de la ley como la edad a la que los jaredíes podrían ser llamados a filas o el tipo de tareas que realizarían dentro del ejército. La edad tiene su importancia, pues se proponen los 22 años, edad a la que la mayoría están ya casados y, al menos teóricamente, con su identidad consolidada, para su entrada en el ejército. Las excepciones planteadas, 1800 alumnos especialmente dotados, seleccionados de entre todas las yeshivot para continuar con su estudio a tiempo completo de la Torá, no han aplacado los ánimos ni las protestas de los jaredíes, que se sienten traicionados e indignados.

Se trata de una cuestión delicada que combina el temor por la continuidad del Estado de Israel con el temor a la pérdida de su identidad de una porción de sus ciudadanos, que vive como si fuera ajeno al mismo. Habrá que llegar a acuerdos, pero posiblemente la permisividad y concesión de beneficios sin contrapartida (integración) se han terminado ya.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro

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Jose Luis Lopez

Valencia, España. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración y experto universitario en Prevención y Gestión de Crisis Internacionales. Fui becario del departamento de política internacional de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES). Fotógrafo aficionado y lector voraz. Siento un profundo interés por la historia, no sólo la que sucedió, sino la que se imaginó y nunca llegó a ser, así como las fantasías utópicas y distópicas. Email: [email protected]


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