08/04/2020 BARCELONA

Kerry y la ‘independencia económica’ de Palestina, el nuevo intento de la diplomacia estadounidense

La diplomacia estadounidense volvió a prestar atención al conflicto árabe-israelí en el Foro Económico Mundial del pasado 26 de Mayo con un plan para la reactivación económica de Cisjordania. El secretario de estado John Kerry instó a Simon Peres y Mahmud Abbas, ambos presentes entre la audiencia, a que reanudaran las negociaciones para alcanzar la paz. ¿Conseguirá la economía lo que no han logrado 60 años de diplomacia?

El secretario de estado estadounidense, John Kerry, desveló en Jordania, a pocos días de cumplirse 46 años del fin la Guerra de los Seis Días, una nueva propuesta para reactivar la economía palestina. Se trata de un plan económico que, según su impulsor, sentaría las bases para una independencia económica palestina y que permitiría al futuro Estado “emanciparse y caminar en solitario”.

La propuesta, nacida de la iniciativa privada de empresarios palestinos e israelíes, contempla una inversión de unos 3.100 millones de dólares en Cisjordania y con ello pretende aumentar su PIB en un 50% en tres años, reducir en dos tercios el paro y aumentar un 40% el salario medio. Uno de los principales puntos del plan es garantizar la independencia energética a través del uso de las reservas de gas natural existentes frente a las playas de Gaza y de potasio del Mar Muerto, y la construcción de una central eléctrica en Yenín (al norte de Cisjordania). El plan también contempla inversiones extranjeras en el sector privado palestino que permitirían reducir la gran dependencia que tienes esta economía de los donantes internacionales. El ex-Primer Ministro británico Tony Blair, hoy propietario de la consultaría Tony Blair Associates, lideraría el grupo de empresarios dispuestos a invertir en Cisjordania.

Diplomacia estadounidense en acción

Estados Unidos, en tanto que potencia con intereses estratégicos y económicos en la zona, ha sido parte de muchas de las negociaciones e intentos de paz en este conflicto, que, desde la Segunda Guerra Mundial, es el mayor y más permanente factor de inestabilidad para Próximo y Medio Oriente y también para el conjunto de la comunidad internacional.

Es el caso de los acuerdos de Camp David de 1978, con los que Egipto e Israel firmaron la paz; o los Acuerdos de Oslo de 1993, los primeros entre el estado de Israel y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) y que resultaron con la creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Más recientemente, en 2002, el llamado Cuarteto –formado por la UE, Estados Unidos, Rusia y Naciones Unidas- presentó la Hoja de Ruta para la Paz. Esta dejaba de lado las cuestiones más controvertidas del conflicto –cuestión de las fronteras, estatus de la ciudad de Jerusalén, retorno de los refugiados palestinos- ya que pretendía abordarlas en posteriores fases. Sin embargo, la Hoja de Ruta no pasó de la primera fase, pues las partes incumplieron las condiciones iniciales para seguir avanzando. De forma parecida sucedió en 2010, cuando Obama llamó a Netanyahu y Abbas a negociar de nuevo. En esta ocasión, Hilary Clinton lideró las conversaciones en Sharm-el Sheik (Egipto) que, una vez más, cayeron en saco roto.

¿Qué hay de nuevo?

En esta ocasión, el plan estadounidense pone el foco en la economía, quizás debido al cúmulo de fracasos políticos y diplomáticos que el proceso de paz acumula hasta la fecha. A pesar del entusiasmo con el que el propio Kerry presentó el plan, “el más valiente y ambicioso desde los acuerdos de Oslo” según él mismo, la propuesta dista mucho de ser una solución definitiva al conflicto, pues el plano económico es insuficiente para abordar la complejidad del mismo.

El contenido del plan estadounidense es bastante impreciso y limitado en su alcance. En primer lugar, la mayoría de medidas contempladas, requieren el consentimiento y cooperación de Israel, como es el caso de la explotación de las reservas de gas natural existentes frente a las playas de la franja de Gaza, cuyas aguas territoriales están hoy controladas por Israel. Esto implica que, incluso en el caso de que Israel aceptara el plan, un cambio en su política podría bloquear todo el plan de inversiones. Por otro lado, si bien es cierto que la economía palestina es extremadamente dependiente de la ayuda internacional, ese no es su único problema. El bloqueo ejercido por Israel (particularmente en Gaza), es uno de los principales impedimentos para la creación de nuevos negocios, por la dificultad del acceso a materiales, materias primas y mercado; por no hablar de las restricciones al movimiento de personas en los Territorios Palestinos Ocupados, que tantos inconvenientes generan en la vida diaria de sus habitantes.

Así pues, la inversión económica por sí misma es insuficiente -no deja de ser paradójico que se pretenda la ‘independencia económica’ sin acabar con el control de Israel sobre los Territorios Ocupados. Son necesarios cambios políticos e institucionales que den respuesta a las demandas Palestinas (estado propio, retorno de los refugiados) e israelíes (seguridad del estado). En esta línea, Mahmoud Abbas reaccionó a la propuesta con prudencia, declarando que los procesos económicos no pueden sustituir a los procesos políticos.

Iniciativa Árabe para la Paz, segunda oportunidad

Existe, estos días, otra iniciativa paralela al plan económico de Kerry. En mayo, el Emirato de Qatar propuso rescatar la Iniciativa Árabe de Paz, presentada ya en 2002 por Arabia Saudí en la Cumbre la Liga Árabe de Beirut. A diferencia de la Hoja de Ruta y al actual plan de Kerry, esta iniciativa pretendía ser una solución global al conflicto y abordaba los elementos centrales sobre los que gira el mismo. Planteaba el reconocimiento de Israel por parte de los países árabes a cambio de la retirada de éste a las fronteras previas a la guerra de 1967 y el establecimiento de un Estado Palestino con capital en Jerusalén Este. La Iniciativa también recogía el derecho al retorno de los refugiados palestinos. Qatar retoma ahora esta propuesta incluyendo una nueva cláusula: propone mantener las fronteras actuales a cambio de una cesión equivalente de tierras de Israel a los palestinos.

La UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Próximo, tiene registrados alrededor de 5 millones de refugiados, aunque el número real es mayor. Se calcula que más de 520.000 colonos habitan hoy en Cisjordania.

En 2002, el contexto resultó no ser el más adecuado: en plena segunda Intifada, los países árabes no consiguieron alcanzar un acuerdo sobre la iniciativa saudí e Israel la rechazó tajantemente. Algunos analistas, como Robert Danin, apuntan a que hoy en día el contexto es más favorable y permitiría avanzar sobre la base de este documento, siempre y cuando los países árabes adopten un enfoque común e Israel se muestre receptivo y dispuesto a negociar. De momento las reacciones han sido moderadas. El Primer Ministro israelí Simon Peres ha calificado la propuesta como una ‘oportunidad estratégica’ y Tzipi Livni, experta en procesos de paz anteriores y ministra de Justicia de Israel, la ha recibido positivamente, igual que John Kerry. No obstante, el primer ministro israelí Netanyahu no ha valorado públicamente el documento.

Lo cierto es que, independientemente de los grandes planes y discursos pronunciados en relación al conflicto, tanto las grandes potencias occidentales como los países árabes han demostrado una gran falta de voluntad política para ponerle fin. En el caso de Estados Unidos y la Unión Europea, se trata más bien de una cuestión de hipocresía (sus discursos apuntan a unas cosas y sus hechos a otras).

Estados Unidos ha mantenido siempre una postura más próxima (cuando no idéntica), a la israelí. Votó en contra de la adhesión de Palestina como Estado observador en la ONU a finales de 2012. En la Unión Europea, España, Francia, Italia o Portugal votaron a favor, mientras que países como Alemania o Reino Unido se abstuvieron. Rusia y China apoyaron la resolución.

Tanto Estados Unidos como la UE han tratado tradicionalmente el asunto como un conflicto entre partes iguales, cuando la superioridad económica, militar y política israelí es evidente y es utilizada constantemente (con toda impunidad internacional), para desgastar al pueblo palestino, siempre bajo el pretexto de mantener la propia ‘seguridad’, la principal obsesión de Israel. En este sentido, Rashid Khalidi, en su conferencia en Amman el pasado 29 de Mayo, afirmó que cualquier solución al conflicto pasa por el hecho de que Israel abandone el permanente rol de víctima y acepte su parte de responsabilidad en el problema.

En el caso de los países árabes, su diferencia de opiniones en el conflicto les hace incapaces de actuar de forma unitaria como un conjunto regional de peso con influencia política en la comunidad internacional. Esto, sumado a la actual división entre la ANP de Abbas (en Cisjordania) y Hamas (en Gaza) hace que el camino a recorrer sea aun muy largo para el lado árabe. Una Palestina unida, capaz de definir una estrategia y objetivos propios es un elemento imprescindible en cualquier proceso de paz.

 Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

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Amàlia Torres

Barcelona (1986). Licenciada en Ciencias Políticas por la UPF y Máster en Relaciones Internacionales en IBEI. Me interesa todo lo relacionado con el desplazamiento forzado y la protección internacional. He trabajado con poblaciones desplazadas y refugiadas en España, Jordania y Haití, donde resido actualmente. Me apasiona la música y la lectura. Me gusta viajar, la playa y las largas conversaciones de bar con [email protected] [email protected] [email protected]


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