03/07/2020 BARCELONA

Pugna por el poder en el Golfo Pérsico: ¿EE.UU. e Irán se dirigen a la guerra?

Qasem Soleimani junto con Abu Mahdi al-Muhandis. Imagen: Fars News Agency vía Wikimedia Commons.
Durante la madrugada del 3 de enero de 2020, EE.UU. eliminó al General de División y Comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán, Qasem Soleimani, una de las personas más poderosas del país. El ataque representa la mayor agresión contra Irán desde la Guerra Irak – Irán. Te explicamos qué quiere conseguir Estados Unidos con esta operación, por qué ninguno de los actores está realmente interesado en una escalada del conflicto y a dónde nos puede llevar esta tensa situación.

Durante la madrugada del 3 de enero de 2020, EE.UU. eliminó, mediante un ataque con drones de combate, al General de División y Comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán (IRGC en adelante), Qasem Soleimani. La agresión, llevada a cabo en las inmediaciones del aeropuerto de Baghdad (Irak), fue comandada por el Departamento de Defensa de EE.UU. y coordinada desde el Pentágono, bajo orden presidencial directa del actual titular de la Casa Blanca, Donald Trump.

En el ataque, además del General Soleimani, fueron eliminados Abu Mahdi al-Muhandis, comandante de Kataib Hezbollah —Brigadas del Partido de Dios, un movimiento paramilitar chií operativo en el territorio de Irak— y líder de las Unidades de Movilización Popular —“organización paraguas” de las milicias chiíes iraquíes—, y miembros clave de Hezbollah, movimiento político-armado presente en Líbano y Siria.

Este ataque representa no sólo una violación del Derecho Internacional sino que, en el marco de la dinámica de conflictividad que mantienen EE.UU. e Irán desde mediados del año 2018, el asesinato de un oficial de alto rango de un Estado soberano constituye, en sí mismo, un acto de guerra y la acción más agresiva llevada a cabo contra Irán en años. Con esta acción, Washington ha eliminado al segundo o tercer elemento más relevante de la República Islámica después del ayatollah Ali Khamenei, pues Soleimani, en tanto que Comandante de la Fuerza Quds, era el máximo responsable de las operaciones exteriores clandestinas de la IRGC —lo que, de facto, es una posición de poder en el entramado político-institucional iraní superior a la ostentada por el propio Ministro de Exteriores y, en ocasiones, superior a la del Comandante en Jefe de la Guardia Revolucionaria; cargo actualmente ocupado por el General de División Hossein Salami.

Las claves del ataque: ¿Por qué EE.UU. ha matado a Qasem Soleimani?

Comprender las razones de una acción concreta es inviable si ésta se observa de forma aislada. De tal manera, es necesario analizar el ataque en perspectiva, observando los acontecimientos inmediatamente anteriores al mismo. Así pues, ¿cuáles son los elementos clave que han motivado el ataque contra el Comandante de la Fuerza Quds?

La actual dinámica de conflictividad entre Washington y Teherán tiene, de entre muchos factores, dos elementos especialmente relevantes: las dos principales “armas” que ambos gobiernos utilizan para ejercer presión a la contraparte. En este sentido, EE.UU. utiliza las sanciones económicas como medio de estrangulación del régimen, buscando provocar una desestabilización político-social en la República Islámica. Por su parte, Irán utiliza los conflictos proxy para reducir el poder de Washington en Oriente Medio, atacando los intereses de sus aliados regionales e incrementando y afianzando el poder de sus propios satélites en el área. De esta forma, las estrategias de estos dos actores se basan, por el lado estadounidense, en la guerra económica y, por el lado iraní, en la guerra asimétrica.

En base a estas estrategias, en las últimas semanas, los acontecimientos clave en el conflicto EE.UU. – Irán han sido los siguientes:

  1. Las sanciones económicas impuestas por Washington contra Irán han empezado a provocar el efecto deseado; a saber, protestas generalizadas que cuestionan el gobierno de Teherán y que han forzado al régimen a imponer una política de dura represión contra una potencial estructuración de una disidencia organizada.
  2. Lo anterior ha dado incentivos a Irán para ahondar en su estrategia de presión hacia EE.UU., la guerra asimétrica. De tal manera, mediante la Fuerza Quds, Teherán ha incentivado protestas favorables a los intereses chiíes en Líbano e Irak; ha incrementado las capacidades de las milicias chiíes de Basra (Irak) —desde donde se inició el ataque coordinado, mediante drones de combate y misiles balísticos, contra las instalaciones petrolíferas de Aramco (Arabia Saudí)—; y ha generado ataques sobre personal militar y diplomático estadounidense en Irak.
  3. Dado que el principal desincentivo de EE.UU. para realizar acciones que representen una escalada en la conflictividad con Irán era, precisamente, la posibilidad de que Teherán desestabilizara los escenarios regionales sobre los que tiene incidencia; si esto ya está ocurriendo, Washington ha perdido incentivos para no provocar dicha escalada. Lo que se ha traducido en la eliminación del dirigente de la fuerza responsable de la guerra asimétrica, el General Soleimani.

Qasem_Soleimani en el deserto de Siria (Junio2017). Imagen: Tasnim News Agency vía Wikimedia Commons.

Las causas últimas: ¿Qué hay detrás del actual conflicto entre EE.UU. e Irán?

La llegada de Donald Trump a la presidencia de EE.UU., en el año 2017, provocó que la política exterior de la Casa Blanca respecto al régimen iraní volviera a la beligerancia. En esta línea, Washington abandonó el JCPOAJoint Comprehensive Plan Of Action (Acuerdo Nuclear Iraní) — en mayo de 2018, alegando que sólo se reincorporaría al Acuerdo si Irán se comprometía a cumplir con una nueva exigencia: poner fin a su programa de misiles balísticos y al intervencionismo regional. Mientras, ante este escenario, la retórica del régimen iraní —especialmente la de su vertiente político-religiosa, encabezada por el ayatollah Ali Khamenei, Líder Supremo del país— derivó también en un retorno a la agresividad, amenazando incluso con abandonar por completo el JCPOA, en la línea seguida por EE.UU.

Dicho Acuerdo siempre fue visto, desde Washington, de forma instrumental: constituía una herramienta para frenar el máximo factor desestabilizador del equilibrio de poder regional presentado por Irán en las últimas décadas, el programa nuclear. Sin embargo, el régimen chií, aprovechando la explosión de conflictos derivados de la llamada Primavera Árabe, comenzó, en el año 2012, una agresiva política de proyección de poder basada, principalmente, en cuatro ejes clave:

  1. Utilización de la guerra asimétrica mediante el desarrollo de conflictos proxy, a través de actores aliados como Hezbollah, Ansarallah (nombre oficial del movimiento Houthi de Yemen) y las milicias chiíes iraquíes, o de la presencia directa de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, en Siria, Yemen e Irak.
  2. Desarrollo de un programa de misiles balísticos de rango intermedio, los Sajjil-3, con capacidad para alcanzar objetivos a una distancia de 3.000-5.500 km y con propulsión por combustible sólido, lo que los hace más difícilmente interceptables.
  3. Desarrollo de un avanzado programa de ciberguerra.
  4. Instauración de una amplia presencia militar de la Guardia Revolucionaria en el área del Golfo Pérsico, con el objetivo de obtener capacidad de injerencia en el tráfico de petróleo global mediante el control o la amenaza sobre el estrecho de Ormuz.

La posterior conclusión exitosa del JCPOA (con el consiguiente desahogo económico derivado del levantamiento de las sanciones), en el año 2015, y el recrudecimiento de la conflictividad en las últimas fases de las guerras de Siria y Yemen permitieron la acentuación de esta política, especialmente en lo referente a los puntos 1 y 2. Por consiguiente, la amenaza nuclear dejó de ser el principal factor desestabilizador, presentado por Irán, del equilibrio de poder regional; lo que restó la utilidad instrumental buscada por EE.UU. en el JCPOA.

De esta manera, la política de proyección de poder iraní, al eliminar la utilidad del Acuerdo Nuclear para EE.UU. —en tanto Teherán había encontrado otras maneras para desestabilizar el equilibrio de poder en Oriente Medio—, provocó el inicio de la confrontación entre EE.UU. e Irán, lo que se tradujo en la fractura del JCPOA y la aplicación de la “política de máxima presión” por parte de la Administración Trump. Esta política, caracterizada por la acción unilateral —sin tener en cuenta los perjuicios potenciales para actores aliados—, la utilización de una retórica belicista y el ejercicio de presión económica para obligar a la contraparte a negociar en términos beneficiosos para EE.UU., ha conllevado la imposición de las máximas sanciones económicas jamás aplicadas al régimen de Teherán, que afectan, principalmente, a sus sectores financiero, industrial y energético, dañando gravemente su capacidad de exportación de petróleo y gas natural, ejes clave de su economía.

La racionalidad de la vía negociadora: ¿Por qué ninguno de los dos actores está interesado en escalar el conflicto?

Aún con la dinámica de conflictividad actual entre Washington y Teherán, ninguno de los dos actores está interesado en ahondar en la misma. Por un lado, EE.UU., mediante la “política de máxima presión” no sólo no ha conseguido revertir la política de proyección de poder iraní sino que la ha acentuado, provocando un mayor incremento de su poder regional mediante victorias en los conflictos proxy —los aliados de Teherán están reforzando y expandiendo su poder en Yemen (vía Ansarallah), Siria y Líbano (vía Hezbollah), e Irak (vía las milicias chiíes de la provincia de Basra, en el sudeste del país)—; la aceleración del programa de misiles balísticos; el despliegue militar de la Guardia Revolucionaria en el Golfo Pérsico, que da capacidades a Irán para resistir agresiones estadounidenses y afectar al flujo petrolífero global; y mediante el incremento de sus amenazas en relación al programa nuclear, haciendo que el país vaya des-observando paulatinamente los términos del Acuerdo.

De tal manera, sabiendo de las capacidades militares, incidencia regional, y determinación del régimen de Teherán, EE.UU. conoce los riesgos de una intervención militar directa contra Irán. Por tanto, mantener o incrementar la actual línea de conflictividad sólo podría reportar costes para Washington, principalmente en dos materias:

  1. Mayor expansión de las capacidades de los proxies de la República Islámica en la región.
  2. Posibilidad de que una escalada armada representara el bloqueo del estrecho de Ormuz.

Por otro lado, el régimen de los ayatollah es consciente de sus vulnerabilidades económicas. Aunque Teherán ha iniciado diversas políticas para prevenir una grave desestabilización política y económica, el país se está viendo afectado por los efectos de las sanciones impuestas por EE.UU. Dicha desestabilización puede derivar en una crisis política que, a través de una revuelta generalizada, puede poner en peligro la estabilidad de la República Islámica. En este sentido, teniendo en cuenta el factor denominado youth bulge, y que el país posee un 21% de población joven, las probabilidades de que la situación económica resultado de las sanciones internacionales derive, en el medio plazo, en una grave inestabilidad político-social que ponga en riesgo el sistema liderado por Ali Khamenei son motivo de preocupación para el régimen; algo que se demostró en el discurso del Líder Supremo en el último Nowruz, en el que apelaba a la resistencia de los jóvenes frente a una situación adversa derivada de las injerencias extranjeras.

De tal manera, ambos actores ven sus intereses perjudicados por la continuación de la dinámica de confrontación actual, por lo que están más interesados en abrir una vía negociadora que en mantener dicha tendencia —negociación que debe darse en el marco diplomático principal ya establecido, a saber, el relativo al JCPOA—. Así, un escenario de conflicto armado (de mayor o menor escala) entre EE.UU. e Irán es un futuro menos probable que un escenario de vuelta a las negociaciones en el marco del Acuerdo Nuclear.

Competencia política e irracionalidad de Estado

A pesar de lo anterior, la dinámica de conflictividad ya iniciada puede condicionar este escenario más probable hacia un futuro de mayor conflictividad entre Washington y Teherán. Dado que dicha dinámica se estructura principalmente en una competencia indirecta en las áreas de conflicto proxy, si los aliados de ambos actores inician una escalada armada, EE.UU. e Irán se verán forzados a intervenir en favor de sus respectivos proxies, teniendo más incentivos para competir que para cooperar.

Manifestantes iraníes queman una bandera estadounidense. Imagen vía Wikimedia Commons.

Como se ha señalado anteriormente, la continuación de la guerra económica de EE.UU. sobre Irán ha obligado a Teherán a responder mediante su principal herramienta de presión hacia Washington: la desestabilización de los aliados de la Casa Blanca mediante el aumento de la beligerancia de sus proxies regionales, lo que representa una estrategia de guerra asimétrica enfocada a reducir el poder y capacidades de Washington en Oriente Medio. De tal manera, este ciclo de presiones ha desembocado, precisamente, en la alimentación de la conflictividad en los escenarios proxy; lo que es el principal desencadenante potencial de una ruptura de la “tendencia racional” hacia la vía negociadora.

Ahora bien, ¿la respuesta de EE.UU. ha sido proporcionada? Expresado de otra manera, ¿es el asesinato de Qasem Soleimani una contestación racional a la reacción iraní a la presión económica? En la Esencia de la Decisión, el politólogo estadounidense Graham T. Allison, a través de un análisis pormenorizado del proceso de toma de decisiones en la Crisis de los Misiles de Cuba (1962), concluyó que, en ocasiones, las decisiones gubernamentales pueden no ser el resultado de un análisis en clave de interés nacional sino que hay otros factores explicativos. Entre ellos, lo que el académico denominó el “Modelo de la Política Gubernamental”, que explica cómo algunas decisiones del Estado serían el resultado de una dinámica de competencia interna entre los stakeholders clave al frente del mismo.

En este sentido, en los últimos meses, se ha podido observar cómo el aparato institucional estadounidense podría encontrarse capturado en una situación en la que este modelo resultaría explicativo. Hechos como la cancelación de ataques aéreos sobre bases de misiles iraníes en respuesta al derribo de un dron estadounidense en el espacio aéreo de la República Islámica, en el verano de 2019, o la permanencia de algunos soldados en los campos petrolíferos del noreste de Siria, después de la orden de retirada total de efectivos del territorio, en el otoño del mismo año, demuestran un pulso permanente entre el Ejecutivo de la Casa Blanca y el Departamento de Defensa.

El Pentágono —tendente a analizar las situaciones en clave de interés nacional y no partidista— ha probado ser un actor capaz de presionar lo suficiente como para influenciar las líneas político-militares adoptadas desde la Casa Blanca, actuando como agente “pacificador” en el conflicto EE.UU. – Irán, además de haber tenido injerencia en las decisiones tomadas respecto de otros escenarios. Como se ha indicado, en términos del interés del Estado, una escalada armada contra la República Islámica no es favorable a Washington, posición que se ha encargado de defender el máximo organismo militar estadounidense. Sin embargo, dado que Donald Trump llegó a la presidencia con un fuerte discurso anti-iraní y en previsión de las elecciones presidenciales del próximo noviembre de 2020, grandes acciones de efecto como la eliminación del Comandante de la Fuerza Quds sí responden al interés del candidato a la reelección, pues convencen a su base electoral.

Así, conforme se aproximan dichas elecciones es más probable que, en la dinámica de competencia interna entre los stakeholders de máximo rango del entramado político-institucional estadounidense, ganen las posiciones de Donald Trump. En otras palabras, el ‘politiqueo’ basado en el interés partidista puede condicionar más las decisiones tomadas desde Washington que el interés nacional de EE.UU. De tal manera, dando contestación a la cuestión inicial de este apartado, el asesinato de Qasem Soleimani no es una acción proporcionada ni racional en el proceso de conflictividad que mantienen EE.UU. e Irán, atendiendo al interés del Estado; no obstante, en base al interés electoral de la Administración Trump, el ataque sí es una actuación racional.

 

El enfrentamiento que está por venir

La acción llevada a cabo por EE.UU. constituye un acto de guerra. Como se ha señalado al inicio, el ataque representa la eliminación de uno de los elementos clave de la República Islámica y la mayor agresión contra Irán desde la Guerra Irak – Irán (1980-1988). De tal manera, una reacción por parte de Teherán es segura, de lo contrario se estaría estableciendo un precedente de no-respuesta ante un acto de guerra; algo que debilitaría la imagen regional de Irán y que, por tanto, en base al interés del Estado, obliga al régimen a reaccionar en consecuencia. En este sentido, la República Islámica se encuentra en una encrucijada:

  1. Si la racionalidad del Estado se impone, dado que su interés es responder a la agresión recibida y, al mismo tiempo, no generar una escalada armada con EE.UU., el régimen podría tomar acciones contra los aliados regionales de Washington (por ejemplo, contra Arabia Saudí o Israel); en la línea de la competencia indirecta ya establecida en los escenarios de conflicto proxy.
  2. Si la racionalidad del “Modelo de la Política Gubernamental” se impone, dado que el régimen de los ayatollah es dependiente de la fuerza de la Guardia Revolucionaria para sobrevivir y que es posible que el Cuerpo exija acciones contundentes, Teherán podría decidir responder con una acción directa contra fuerzas estadounidenses (por ejemplo, atacando los efectivos desplegados en la Operación Centinela o alguna de sus bases militares del Golfo Pérsico).

No obstante, más allá de la posibilidad de escalada en el corto plazo, las soluciones al conflicto entre EE.UU. e Irán pasan por explorar las raíces de dicha conflictividad. Por un lado, la competencia regional entre los principales poderes de Oriente Medio —atravesada por cosmovisiones distintas en el plano religioso, social y estatal—, es decir, entre Egipto, Israel, Arabia Saudí, Turquía e Irán; y la injerencia que las grandes potencias internacionales tienen en ella buscando obtener un dominio regional que aumente su poder internacional. Por otro lado, la aplicación permanente, por parte de Washington, de una política imperialista especialmente incisiva en la región y fundamentada en los siguientes principios, desde los años ’80:

  • Doctrina Carter: Eleva el control de EE.UU. sobre el Golfo Pérsico a un asunto de seguridad nacional, por lo que, cualquier intento de control, por parte de un agente externo, sobre la zona se verá como un ataque a los intereses vitales del país y, en consecuencia, EE.UU. usará la fuerza militar para defender su posición en la región.
  • Doctrina Bush Jr.: Eleva explícitamente la seguridad energética de EE.UU. a un asunto de seguridad nacional, y hace que los preceptos de la “guerra preventiva” sean aplicables a cualquier amenaza a dicha seguridad.

Atendiendo a estos problemas de origen, la pacificación interna de Oriente Medio requeriría que se produjesen ciertos procesos históricos vividos en otras regiones del mundo. Por ejemplo, de darse procesos similares a la Paz de Westfalia, que puso fin a las “guerras de religión” (Guerra de los Treinta Años y Guerra de los Ochenta Años) en la Europa pos-medieval, o al Congreso de Viena, que puso fin a las Guerras Napoleónicas en la Europa decimonónica, se atenuarían las divisiones regionales en los planos de la cosmovisión enfrentada y la competencia por la hegemonía regional.

Por otro lado, respecto a la conflictividad generada desde el exterior, en la que EE.UU. tiene un papel preponderante, se pueden observar algunas oportunidades: la posibilidad de que en los próximos años se produzca una transición energética global —o, al menos, occidental— puede hacer de los hidrocarburos una fuente de energía menos relevante y, por tanto, acabar con el interés de Washington en los recursos de Oriente Medio. En segundo lugar, la posibilidad de que se produzca una transición de poder global, mediante el auge de China, trasladaría el principal eje de conflictividad mundial al área de Asia-Pacífico, principal escenario de enfrentamiento entre Beijing y Washington.

 

 

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Lluis Torres

Barcelona, España. Politólogo especializado en Relaciones Internacionales graduado por la Universidad Pompeu Fabra. Actualmente trabaja en Amnistía Internacional Cataluña, dónde también realiza labores de activismo en el grupo de incidencia política. Anteriormente, co-impulsó diversos proyectos de cooperación en los campos de refugiados de Grecia. Sus líneas de interés se centran en temas relacionados con la conflictividad y la seguridad global, la economía política y el desarrollo internacional.


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