29/05/2020 BARCELONA

Las claves políticas y estratégicas de la crisis de Ucrania

En la actual crisis de Ucrania se yuxtaponen los intereses geopolíticos de tres de las grandes potencias mundiales, Rusia, la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos. Aunque la atención mediática y política se ha centrado en Ucrania tras las protestas del “Euromaidan” del pasado noviembre, la realidad es que la crisis viene de mucho antes e implica directamente a Rusia y las potencias occidentales. La crisis ha desembocado en un conflicto abierto entre las autoproclamadas Repúblicas Populares en Donetsk y Luhansk. Según estimaciones de la ONU ya han muerto aproximadamente 4.000 personas y el actual alto el fuego es muy frágil. De no resolverse por vías políticas sostenibles, la crisis en Ucrania tiene el potencial de convertirse en un conflicto congelado similar a los del Cáucaso.

La propaganda y acusaciones cruzadas han sido una constante, incluyendo la filtración de varias conversaciones telefónicas entre mandatarios que pone de relieve la participación de los servicios de inteligencia internacionales y las vulnerabilidades de Ucrania en el ámbito de la ciberseguridad. La única forma de entender la magnitud del conflicto es analizando los intereses geopolíticos y estratégicos de las grandes potencias como Rusia y Estados Unidos.

La cuestión energética

El estado actual de Ucrania está reconocido, entre otros, por el Memorando de Budapest firmado en 1994. El Memorando es más bien una declaración política, sin embargo las Partes Contratantes (Reino Unido, EE.UU. y Rusia) acuerdan respetar la independencia y soberanía de las fronteras de Ucrania al mismo tiempo que evitarán el uso de la fuerza o coacción económica para su propio interés. A pesar de este acuerdo político, la tensión en el sector energético ha sido una constante entre Rusia y Ucrania. Las disputas sobre deudas y precios de tránsito del gas han adquirido, cada vez más, un tinte político y ponen de relieve una inestable interdependencia entre Rusia y la UE.

Red de gaseoductos Rusia – Europa

Ahora las diferentes potencias buscan diversificar mercados y fuentes que a largo plazo supondrá una pérdida de peso geoestratégico de Ucrania como país de tránsito. Alemania se ha asegurado una conexión directa a través del Mar Báltico con el llamado Nord Stream cuya construcción terminó en el año 2012. Otro proyecto hermano que buscaba evitar el territorio ucraniano, llamado South Stream, se ha encontrado ahora con la última crisis y todo apunta a que será paralizado tanto por motivos legales como políticos. A su vez éste proyecto competía con el ya extinto Nabucco, que buscaba reducir la dependencia del suministro ruso. No obstante, las negociaciones trilaterales (Rusia, UE, Ucrania) llegaron a un acuerdo a finales de octubre y parece que el suministro de gas está asegurado al menos para este invierno. También hay que destacar que la dependencia del suministro ruso varía enormemente dentro de la propia UE incluso independientemente de las importaciones de gas licuado.

Hasta seis Estados Miembro dependen íntegramente del suministro de gas ruso y otros seis tienen una dependencia superior al 50%. Por su parte Rusia ha firmado varios acuerdos energéticos con China por lo que se convertirá en el máximo importador de gas ruso.

La arquitectura de seguridad internacional

Otra clave para entender el contexto geopolítico que pesa sobre Ucrania es la expansión de la OTAN y la UE frente a los nuevos modelos institucionales con los que Rusia pretende contrarrestar la influencia occidental: la OTSC (Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva) y la OCS (Organización de Cooperación de Shanghai), en materia de seguridad y defensa por una lado, y la EurAsEC (Comunidad Económica Euroasiática) en el ámbito económico.

El actual orden internacional, comenzó a dibujarse tras la disolución de la URSS. Entonces se abrió el debate sobre cómo crear una “Europa unida”, sin líneas divisorias, pero los avances unilaterales de la UE y la OTAN en la década de los 90 comenzaron a causar recelo en el Kremlin. Por una parte la OTAN comenzó a incorporar antiguos países del Pacto de Varsovia y ya en el año 2008 comenzó el debate sobre el posible acceso futuro de Ucrania y Georgia, ambas antiguas repúblicas soviéticas. Francia y Alemania se posicionaron en contra de esta expansión, aludiendo tanto los límites naturales de la Alianza como las tensiones que generaría con Rusia. Ucrania se alineo como país neutral en su declaración de independencia de 1991 y este status tuvo que reafirmarse en 2010 para evitar tensiones con Rusia sobre el posible acceso a la OTAN, aunque desde su independencia Ucrania ha cooperado con la OTAN tanto en el diálogo político como en maniobras y misiones militares.

Expansión cronológica de la OTAN

En un contexto en el que dejó de existir el orden de bloques, el carácter defensivo de la OTAN se reconstituyó introduciendo las “operaciones fuera de área” en sus conceptos estratégicos, alterando la arquitectura de la seguridad internacional en favor de una posición hegemónica para los Estados Unidos. La intervención de la OTAN en Kosovo sigue siendo motivo de debate en este sentido: ¿intervención humanitaria o violación del derecho internacional? Por otro lado la UE, entonces conocida como Comunidad Europea, también comienza a redefinirse en una década convulsa. Los Criterios de Copenhague fueron un acuerdo muy básico que sirvió para ofrecer la integración en la arquitectura comunitaria a los antiguos estados del Pacto de Varsovia, proceso que culmina en 2007. Las reformas y avances de ambas instituciones se entendieron con alarmismo en Rusia, que veía como pasaba de potencia mundial a verse cada vez más aislada del orden internacional.

La tensión entre Rusia y Occidente se materializó de forma más evidente en la pasada década, con la intervención rusa en el conflicto de Georgia y la suspensión de dos tratados internacionales que fueron fundamentales para la seguridad internacional en las últimas décadas: el Tratado Anti-Misiles Balísticos (ABM) y el Tratado de Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE). La suspensión del Tratado ABM abrió las puertas al desarrollo del nuevo escudo anti-misiles territorial bajo el mandato de George Bush, mientras que la suspensión de facto del Tratado FACE supone el fin de los intercambios de información y observadores militares.

En esencia, un gran cúmulo de tensiones junto con avances sobre lo que Rusia considera que es su zona de influencia natural (Ucrania y Cáucaso), ayuda a explicar en gran medida por qué Putin ha llegado al extremo de desplegar tropas en la península de Crimea. Por otra parte niegan una intervención militar rusa en el este de Ucrania a pesar de las frecuentes acusaciones. Mediante acciones contundentes y no-convencionales Putin parece buscar reafirmarse ante su electorado al mismo tiempo que se abre paso en el escenario internacional, aunque los métodos están generando mucho alarmismo en la comunidad internacional y especialmente en determinados países vecinos. El fuerte factor militar reaviva los miedos de la Guerra Fría y es que, aunque con matices, hay un importante paralelismo. El conflicto ucraniano se ha convertido en una proxy war un fenómeno que lleva ocurriendo desde la segunda mitad del siglo pasado. Es decir, un tercer país se convierte en el escenario de enfrentamiento entre potencias mundiales que se disputan posiciones hegemónicas. Rusia mantiene demandas legítimas en cuanto a la gestión y estructura del orden internacional, pero el continuo uso de medios militares –como la presunta invasión de aguas territoriales suecas o espacios aéreos de varios países europeos– ofrece más oportunidades al aislamiento de Rusia que de precipitar un cambio sostenible en el orden internacional.

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Carlos Girona Eadie

Madrid, España. Grado en "Politics & Contemporary European Studies" (Sussex University) y Máster en Política Internacional (UCM). Alumno del XXVIII Curso de Observadores para Misiones de Paz (Escuela de Guerra del Ejército de Tierra) y stagiaire en el Subcomité de Seguridad y Defensa del Parlamento Europeo (2014-15). Especial interés por asuntos de seguridad, defensa y política exterior de la UE.


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