05/04/2020 BARCELONA

Lo barato sale caro: Magaluf, Barcelona y las consecuencias del turismo

Lo que los números esconden.

Visto el asombro suscitado por las imágenes de este verano, se ha vuelto a escuchar con fuerza el discurso moralista de la degeneración, la crisis de valores o lo perdidas que están las generaciones jóvenes que ven sus vacaciones como un espacio de locura y desenfreno en vez de un tiempo de tranquilidad y descanso. Esto es simplificar demasiado y descontextualizar los problemas de las causas que los generan, por omitir otros factores que intervienen en los procesos.

Las estadísticas tienen interpretaciones relativas, y si se analiza el número de llegadas, de pernoctaciones, la estadía media o el número de plazas hoteleras se puede llegar a conclusiones muy diferentes, escogidas a consciencia. Según datos oficiales Mallorca recibió en 2013 9,5 millones de turistas, de los que la mitad tenía entre 15 y 44 años.

Es en este grupo en el que podemos situar lo que ha hecho saltar las alarmas sobre los riesgos inherentes de un turismo desbocado. Sí, el turismo trae trabajo y dinero. ¿Pero a qué precio?

La pregunta de partida entonces sería la de si hay oferta porque hay demanda o viceversa. Si bien en los estudios se suele hablar del “perfil del turista”, lo cierto es que es difícil establecer un prototipo tan esencialista que incluya todos los “perfiles de turistas”, y resulta más sencillo y hasta efectivo fijarse en el producto que los atrae.

Por ejemplo, los paquetes que incluyen vuelo, hotel con media pensión y una ruta de bares guiada por un animador con el objetivo declarado de emborrachar a sus clientes hasta que pierdan el sentido (no es casualidad que la empresa que más publicidad ha recibido tras el caso Mamading sea Carnage, “matanza” en castellano).

La calle Punta Ballena, centro neurálgico del "turismo de borrachera" en Magaluf [Fuente: Wikimedia]
La calle Punta Balena, centro neurálgico del “turismo de borrachera” en Magaluf [Fuente: Wikimedia]

Las empresas que los ofrecen son extranjeras, y por lo general propietarias de los locales a los que llevan a sus clientes, un negocio redondo. Y si no, poseen la fuerza como para establecer relaciones comerciales con cadenas de infraestructura más sólida que un negocio local, alienando el lugar y empujándolo al monocultivo turístico.

Si bien no es el asunto que nos atañe, preocupa pensar en los significados ocultos tras el desafío de las veinte felaciones express a cambio de barra libre. No me cabe ninguna duda de que los interesados en estudios de género tendrán material de sobras para escribir. Pero si bien se duda de si esto era parte de la ruta ofrecida o iniciativa personal de la sedienta chica, las alarmas saltaron al ver a qué punto puede llegar la oferta cuando existe la demanda de un producto que satisface necesidades hedonistas que recuerdan al vanagloriado Springbreak americano: beber, drogarse y follar si el cuerpo aguanta.

Por lo tanto, el perfil del turista que acude a Magaluf es, simple y llanamente, el de una persona joven que por estar lejos de su casa y saber muy bien a lo que va, refuerza el modelo económico de la zona, pues compra lo que se le ofrece, y contribuye a la desaparición de los locales que no quieran ser parte del frenesí. La demanda moldea la oferta, pues aunque cada local puede permitir o prohibir las prácticas que más le convengan, el sexo en público nunca había sido el mayor de sus problemas por estar asociado al pudor y a la vergüenza al pertenecer a la esfera privada, dimensión difuminada por la distancia y el anonimato.

Pero ante el revuelo suscitado hay que destacar que Magaluf es sólo un nombre, y si la ansiada y prometida regulación llega a cambiar algo (se dice que pese a las multas y a la orden de cierre, todo sigue igual en Magaluf), las empresas involucradas buscarán otro pueblo que necesite impulsar su economía con inversiones extranjeras.

Probablemente la regulación buscará poner parches a las consecuencias de un problema mucho más profundo, que no será reconocido por las dificultades que entraña reestructurar la economía insular y articularla de dentro hacia fuera.

Barcelona, Terra nullius:

En Barcelona, la situación no es tan diferente: la ciudad es más grande y goza de mayor reputación internacional gracias a la playa y a las ferias, congresos y festivales, que sumados al patrimonio histórico, cultural y hasta futbolístico, diversifican los pull factors. Barcelona recibió en 2013 unos 7.5 millones de visitantes, con una distribución de edades similar a las del turismo mallorquín, y, aunque el indiscutible componente cultural atraiga a familias enteras y adultos de todas las edades, pasan medianamente desapercibidos ante el sonoro turismo de borrachera.

Turismo de Borrachera
Los turistas que últimamente se dejan ver desnudos sin pudor por el barrio de La Barceloneta (Barcelona) [Foto tomada por un vecino]

Además, la cultura es la gran baza con la que se apela al llamado ‘turismo de calidad’, aunque esto contraste fuertemente con que Barcelona sea el destino número uno de los vuelos low-cost o con que el objetivo para los próximos años sea llegar a los 10 millones anuales.

Así las cosas, las recientes protestas ciudadanas contra el turismo indiscriminado son una respuesta fácilmente comprensible, pues cualquier ciudad que reciba una población flotante de entre cuatro y diez veces su población cada año verá su estructura económica inevitablemente alterada. En la Barceloneta, los vecinos denuncian entre muchas otras cosas la desaparición de negocios locales y su sustitución por grandes cadenas de minimarkets, el aumento de precios y la desintegración de los vínculos comunitarios que conforman “el barrio” en beneficio del consumo turístico.

Puesto en el mismo plano, toda da pie a pensar que las leyes y los Planes de Usos decretados por los ayuntamientos sin contar con las asociaciones vecinales (desde la Ley de Ascensores de 2005, derogada en 2011, hasta la de agrupación de apartamentos de uso turístico en bloques exclusivamente dedicados a este, pasando por el proyecto de la Marina Port Vell para yates de lujo) tienen un objetivo muy claro, conocido técnicamente como gentrificación, y que bajo el eufemismo de la revitalización desplaza a su población original y la sustituye por una de mayor poder adquisitivo.

Ahora, si bien la abundancia de apartamentos turísticos y la opacidad de su operación contribuyen fuertemente al proceso de desintegración social, sucede lo mismo que en Magaluf. Además de ser una respuesta natural y desesperada a la eclosión de la burbuja inmobiliaria, su proliferación es consecuencia directa de la promoción turística y la demanda sin límites que se ha generado. La ofensiva del Ayuntamiento sólo responde a los intereses hoteleros (no se deja de construir hoteles en Barcelona) y a la recaudación de los mismos, más que a escuchar a la población local.

El discurso del civismo también parece ser una parte activa de todo esto, pues las ordenanzas de 2007 y sus sucesivas actualizaciones fueron promulgadas en muchos casos para controlar los efectos del turismo masivo, aunque sus sanciones (por beber cerveza en la calle, por circular en bicicleta o caminar a torso desnudo, por ejemplo) afectan principalmente a la población local.

Las quejas de la población barcelonesa, y ya no sólo de los habitantes de barrios saturados de turistas, radican en el hecho de que ya no se legisla para ellos, sino sobre ellos; el problema es, por tanto, de representatividad política y no tanto de moralismos sobre la desnudez, apartamentos turísticos o sexo oral a cambio de alcohol, que son en definitiva las consecuencias de un problema más serio que se refleja en la creciente distancia entre ayuntamientos y habitantes, entre decisiones y afectados.

Conclusión: lo barato sale caro.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

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Kenneth Ledgard Weiss

Historiador y Antropólogo, amante de la música, la lectura y los idiomas, le apasionan el estudio de los impactos sociales y el eterno debate sobre cómo la sociedad y el individuo se influyen mutuamente. Ha trabajado en el sector turístico, como profesor, traductor, y en defensa de la Libre Expresión. Tras un recorrido cíclico entre España, Chile y Perú, vive actualmente en Barcelona donde prosigue su carrera en investigación.


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