21/10/2021 BARCELONA

El último dictador de Europa

Se llama Aleksandr Grigórievich Lukashenko, y es el último dictador de Europa. Su reino se llama Bielorrusia y esta en el corazón de Europa, frontera con sólidas democracias como Polonia, Letonia y Lituania. Lukashenko desde hace 18 años priva a sus ciudadanos de los derechos democráticos más básicos. Sin embargo, la situación de este país es prácticamente desconocida en Europa. ¿Cuáles son las razones de esta ignorancia? Y ¿por qué no ha habido transición democrática en Bielorrusia?

“Estamos de camino al hospital. La policía ha parado nuestro coche. Parece que nos vayan a detener. Esto es como una película de Hollywood. (Los policías) nos empujan contra el coche. ¡Estamos en el suelo! (…) ¡Me están pegando en la cara! ¡Me tuercen el brazo!”.

Con estas palabras la periodista Irina Khalip documentaba en directo en una entrevista telefónica a una emisora radio rusa su arresto y el de su marido Andrei Sánnikov, candidato a la presidencia de Bielorrusia y opositor a la dictadura enmascarada del presidente del país, Aleksandr Lukashenko. Es también la secuencia con la que comienza el documental Europe’s Last Dictator de Mathew Charles y Juan Luis Passarelli, producido por Guerrilla Pictures.

Una de las protagonistas principales de la película es Irina Bogdanova, hermana del detenido Andrei Sánnikov. Después del arresto de su hermano, Irina ha luchado sin tregua por su liberación, hasta que el pasado mes de abril el gobierno cedió a las presiones internacionales y accedió a liberarle junto con otro prisionero político, el periodista Dmitri Bondarenko.

El documental, presentado por sus directores en el ámbito del IX Festival de Cine y Derechos Humanos de Barcelona, pone de manifiesto una realidad que a menudo se desconoce: en Bielorrusia, en el corazón de Europa, al lado de sólidas democracias europeas como Polonia, Letonia y Lituania, prospera una dictadura despiadada que priva a sus ciudadanos de ejercer los derechos democráticos más básicos.

Una crónica anunciada

¿Qué pasó el 19 de diciembre de 2010 cuando la pareja Sánnikov-Khalip fue detenida junto con unas 600 personas más? Aquel día, miles de ciudadanos se habían concentrado en la plaza de la Independencia en Minsk, capital de Bielorrusia, para protestar por el presunto fraude ocurrido en las elecciones presidenciales celebradas unos días antes, en las que Alexander Lukashenko, presidente del país desde el año 1994, fue reelegido con el 80% de los votos. La manifestación discurría de forma esencialmente pacífica, hasta que se produjeron algunos ataques a edificios gubernamentales. Fueron casos aislados. Según la oposición, los responsables de estos actos violentos eran agentes secretos instigados por el gobierno. Las imágenes grabadas aquel día corroboran esta versión, ya que en ellas se ve claramente como los propios manifestantes forman cadenas humanas para impedir cualquier tipo de violencia.

A pesar de la evidencia, los cuerpos de seguridad bielorrusos cargaron contra la muchedumbre y dispersaron a los manifestantes. Los organizadores de la manifestación fueron detenidos y acusados de instigar disturbios masivos. Como consecuencia de la dura represión policial, siete de los nueve candidatos presidenciales de la oposición, al igual que varias decenas de manifestantes, acabaron en el hospital o en la cárcel.

La manifestación de diciembre de 2010 no fue un caso aislado. En los últimos años han sido varias las concentraciones pacíficas que han terminado siendo el escenario de la dura represión gubernamental, especialmente tras las tres últimas elecciones presidenciales. Un ejemplo de esto son las llamadas ‘protestas silenciosas’, en las que los opositores se reúnen en los lugares céntricos de sus ciudades sin pancartas ni banderas, sólo aplaudiendo o haciendo sonar al unísono las alarmas de sus teléfonos móviles. Estas manifestaciones, convocadas a través de las redes sociales, comenzaron a principios de junio de 2011 y hasta la fecha han provocado el arresto de 2000 activistas, según afirma la organización bielorrusa para los derechos humanos Viasna.

¿Qué fue de la transición democrática en Bielorrusia?

Las conocidas como “revoluciones de colores”, que empezaron en Serbia con la caída de Slobodan Milosevic, acabaron modificando radicalmente el panorama político del espacio post soviético. Estas revoluciones tuvieron en común una serie de factores, como la presencia de líderes autoritarios con un consenso popular en descenso, una coyuntura internacional favorable, el respaldo de actores internacionales (Estados Unidos sobre todo) a la sociedad civil del país, y el llamado “efecto bola de nieve”, es decir, la influencia positiva y de contagio de las revoluciones ocurridas en países vecinos.

Sin embargo, y a pesar de este efecto de contagio, las revoluciones ocurridas en Serbia en 2000, en Ucrania en 2004 y en Moldavia en 2009 no provocaron una respuesta similar en Bielorrusia. De hecho, en las elecciones presidenciales celebradas en 2001, 2006 y 2010 Lukashenko arrasó en las urnas con mayorías abrumadoras.

¿Cuáles son las causas que han determinado este fracaso? Yauheniya Nechyparenka, colaboradora del International Rescue Committee de Estados Unidos, afirma que el factor determinante hay que buscarlo en la relación con Rusia. El actor regional hegemónico ha sido el obstáculo insalvable que ha impedido una transición democrática en las tres últimas elecciones en Bielorrusia. Los precios bajos del gas ruso y los préstamos opacos y carentes de cualquier condicionalidad democrática, acabaron por jugar a favor del régimen autocrático de Lukashenko. De esta forma, el presidente logró camuflar la realidad y presentar a los ciudadanos bielorrusos un diagnóstico de crecimiento económico estable y de igualdad social, ambos factores determinantes para la población a la hora de decidir el sentido de sus votos.

En opinión de Taras Kuzio, conocido académico ucraniano, esta dependencia de Rusia, lejos de ser sólo económica, también es cultural. En Bielorrusia nunca se desarrolló una identidad étnico-cultural con anterioridad a su incorporación ala URSS. El régimen soviético borró los últimos trazos de identidad bielorrusa, y su posible recuperación fue boicoteada y bloqueada por Lukashenko, quien impulsó un referéndum en 1995 para convertir el ruso en lengua oficial del Estado y reinstaurar los símbolos nacionales de la era soviética – la bandera roja y verde con un escudo de armas en vez de la bandera blanca y roja que simbolizala Bielorrusia independiente.

La conclusión que se deriva de esto, según Taras Kuzio, es que la identidad “soviético-bielorrusa” promovida por Lukashenko, basándose por su propia naturaleza en la nostalgia del pasado, no puede en ningún caso ser el motor de una reforma política y económica de matriz democrática.

Quizás sea importante destacar que, a pesar de tener factores en común, cada revolución de colores difirió considerablemente en sus actores, motivaciones y consecuencias. Por ello, es muy difícil situar la peculiar situación política bielorrusa en un marco teórico pre-establecido.

El análisis de Nicolás de Pedro, investigador del Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona (CIDOB), sobre la replicabilidad de las revueltas árabes en Asia Central bien podría extenderse al caso de Bielorrusia: “Los motivos [para una revolución] existen y los actores también, pero al igual que sucedía en los países árabes antes de las revueltas, la fuerza de los primeros y la capacidad de los segundos están por descubrir.”

El Comité Electoral Central de Bielorrusia declaró a Lukashenko ganador en las elecciones presidenciales de 2010 con el 79,6% de los votos. En realidad, es muy difícil determinar exactamente el porcentaje real de los votos que el actual Presidente recibió. El informe de los observadores electorales de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) destaca que – lejos de cumplir con los parámetros democráticos – las elecciones de 2010 se caracterizaron por la falta de independencia e imparcialidad. El abanico de las preferencias de voto indicadas por las encuestas pre y post electorales varía muchísimo, desde el 79,1% de EcooM, un centro sociológico en teoría independiente pero directamente relacionado con el gobierno, al 40,2% de SOCIUM, un centro ucraniano reputado más independiente.

A pesar de estas divergencias, se puede apreciar cómo Lukashenko sigue liderando las preferencias de voto de los ciudadanos bielorrusos. Andrew Wilson, catedrático de la Schoolof Slavonic and East European Studies de Londres, nos recuerda[1] que si bien Lukashenko tiene un control aun más estricto que el presidente ruso Vladimir Putin sobre los medios de comunicación y el proceso electoral, por otro lado él también, al igual que Putin, ganaría igualmente cualquier elección libre, si decidiera convocar una.

Saber es poder

Hace unas semanas publicamos un post sobre Bielorrusia, único país en Europa donde la pena de muerte sigue vigente. El post se abría con una pregunta: ¿qué sabemos de Bielorrusia? Esta misma pregunta parecía plantear el documental Europe’s Last Dictator, evidenciando que la mayoría de los ciudadanos europeos no pueden ni imaginar la realidad política de este país. Esta ignorancia generalizada se debe a la poca cobertura mediática que se le dedica a Bielorrusia en Europa, a pesar de haber sido durante muchos años el conducto principal de Rusia a Occidente y de seguir teniendo una importancia estratégica notable.

Dar a conocer, opinar, hablar, escribir y en definitiva, difundir la realidad bielorrusa entre la sociedad civil europea es el mecanismo que con mayor eficacia puede fortalecer la lucha contra la dictadura de Lukashenko. A pesar de esto Bielorrusia sigue siendo un país ignorado por los medios de comunicación extranjeros. Ahora más que nunca la sociedad  bielorrusa necesita el apoyo de la sociedad civil internacional, porque es  imprescindible para hacer que actores como la Unión Europea y Estados Unidos presionen todavía con más fuerza para que el respeto de los derechos humanos sea condición ineludible a la hora de relacionarse con la última dictadura de Europa.

“Ésta es una explicación sin ánimo de lucro”

 


[1] Andrew Wilson (2011), Belarus: The Last European Dictatorship, YaleUniversity Press.

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Eleonora Tafuro

Lecce, Italy. I come from a small town in the very south of Italy, but I've been living abroad for 7 years. I graduated in European Studies and I have a MA in International Relations from IBEI (Barcelona). I'm currently working as a junior researcher at FRIDE in Brussels. Couldn't live without music, movies and travelling. [email protected] / Twitter: @eleonoratafuro


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