18/02/2020 BARCELONA

Aviso para navegantes: el euro, la UE y la crisis económica

La Unión Europea está siendo amenazada. Los estados miembros de la eurozona se están viendo superados por la presión de los mercados de capitales. Una reflexión sobre el euro, la UE y la actual crisis económica.


La crisis económica en Europa

La Unión Europea está siendo amenazada. Sus estados miembros, y más concretamente los pertenecientes al euro, se están viendo superados por la presión de los mercados de capitales. El Eurogrupo, al carecer de una auténtica unión fiscal como contrapartida a la ya existente unión monetaria, es incapaz de ofrecer una respuesta preventiva, colectiva y organizada a los males que la acechan. Pudiendo solo responder ad hoc a las embestidas virulentas de los mercados financieros.

Resultaría ingenuo a estas alturas pensar que los mercados no han puesto al euro en su punto de mira. Y lo están atacando por su flanco más débil: los países mediterráneos más Irlanda, el “latino del norte”. La elección de estos estados no es aleatoria, sino que es consecuencia de sus debilidades estructurales y de los excesos que han venido acometiendo durante los años de bonanza y de expansión del crédito. Un estado de bienestar social ficticiamente mantenido a base de crédito barato por unas economías fuertemente endeudadas que habían crecido en los últimos años generando burbujas en determinados sectores (como el inmobiliario en España e Irlanda), que inexorablemente habían de caer. Aún así, ¿quién habría vaticinado que estas economías se encontrarían con la peor crisis económica internacional de los últimos 60 años?

La actitud de los gobernantes europeos

Ante esta situación, los gobernantes europeos se quejan y reniegan del poder que los mercados han adquirido, y como estos últimos les obligan a acometer políticas impopulares que perjudican las prestaciones sociales, y por ende, repercuten negativamente en el nivel de vida de sus ciudadanos. No obstante, aunque correcto, este argumento parece más bien una excusa por parte de nuestros gobernantes ante la falta de voluntad política para tomar las riendas de la situación  y acometer los cambios de fondo necesarios.

A mi entender, existe en Europa una falta de amplitud de miras frente al momento de transición histórico en que nos hayamos inmersos; el de nuestra pérdida de relevancia en la política mundial. Los europeos, que hicimos saber a la humanidad de la redondez del globo terráqueo y lo interconectamos para el futuro, estamos siendo apeados del vagón que ha de guiar la gobernanza de este nuevo mundo globalizado. Y lo peor no es este hecho en concreto, sino que nos estemos apeando por decisión propia al ser incapaces de defender una posición común, o lo que es lo mismo, unos intereses propiamente europeos. En este sentido, la crisis estaría actuando a modo de catalizador de las carencias europeas, sacando a la luz la precariedad del proceso de integración que  desde los años 50 estamos llevando a cabo.

Y es que en los últimos años, ha existido la percepción tácita entre las élites europeas, así como entre gran parte de la opinión pública, de que el proceso de integración europeo no tenía marcha atrás. De que éste siempre había salido fortalecido y revigorizado tras situaciones apremiantes que lo ponían en la cuerda floja, y que la tendencia era a seguir aumentando paulatinamente el grado de integración. No obstante, ¿esta percepción está basada en hechos y factores reales o, por el contrario, existe la posibilidad de que la tendencia se invierta tras esta crisis?

La UE como respuesta a la crisis

La clave estaría en dilucidar el estado real desde el cual Europa se enfrente a la crisis actual. Es decir, si la UE y sus estados miembros realmente defienden unas normas y valores compartidos que los unen y dan sentido al proyecto común de integración que es la UE. O si por el contrario, se van a dejar arrastrar por las viejas recetas del proteccionismo, la desconfianza y los acuerdos de mínimos, que harían que Europa retrocediese hacia estadios previos al actual.

La evolución de la crisis de deuda en España, y las decisiones que se tomen al respecto se presentan como el puntocrítico para esclarecer dicha cuestión. En el hipotético caso de que España tuviese que acudir al mecanismo de rescate -un fondo de estabilización financiera acordado entre la UE y el FMI que asciende a 750.000 millones de euros y que serviría para rescatar a aquellos estados europeos que sean incapaces de acudir al mercado a refinanciar sus deudas-, como ya lo han hecho Irlanda y Grecia, y de que este mecanismo tuviese los fondos necesarios para salvar a España de la quiebra (algo que el actual Fondo de Estabilidad Europeo no garantiza), el proyecto europeo estaría asomándose peligrosamente al precipicio. Que esto no ocurra requiere acuerdos valientes dirigidos, no solo a crear este tipo de mecanismos de rescate en momentos de crisis, que ya se está viendo que son insuficientes para calmar a los inversores y que éstos restituyan su confianza en el euro, sino a fortalecer el gobierno económico, fiscal y presupuestario del Eurogrupo. Y es que, una moneda común sin control presupuestario y fiscal que armonice los presupuestos nacionales de los 16 países que la componen bajo una unión fiscal, está abocada al fracaso en el largo plazo, como la crisis actual está evidenciando peligrosamente.

Aún así, para poder progresar hacia esta mayor integración se requieren gobernantes lo suficientemente audaces para saber transmitir a sus ciudadanos el por qué de esta necesidad. Líderes como Merkel y Sarkozy, presionados por sus respectivos electorados, se muestran reacios a ceder soberanía en este tipo de ámbitos presupuestarios. Y argumentan que podría repercutir negativamente en sus respectivas economías debido a los mayores costes de financiación que les podría suponer estar ligadas bajo una misma gestión centralizada a economías de menor credibilidad y solvencia.

La conclusión

En resumen, a los mecanismos de rescate que se pusieron en marcha para frenar los efectos devastadores de la crisis, deberían seguirle políticas decididas a dotar de mayor poder y control a instituciones comunitarias supranacionales con la suficiente autoridad para coordinar y regular los distintos presupuestos nacionales de los estados pertenecientes al euro. De no prosperar dichas reformas, la unión monetaria carecería de un mecanismo de control serio y riguroso, abocando al euro a una vida errante que lo podría arrastrar incluso a su desaparición. Lo que se llevaría tras de sí al proyecto europeo mismo, es decir, a la UE, los estados miembros, y sus ciudadanos con ellos.

Una UE que profundizase en su integración económica sería, por el contrario, una UE políticamente fortalecida para adquirir una voz más sólida y legítima a nivel mundial. Podría así defender unos intereses genuinamente europeos, adquiriendo más influencia en una política mundial donde el ascenso imparable de potencias como China, India, Rusia, y Brasil está alterando la hegemonía occidental vigente (con EEUU a la cabeza) desde el fin de la segunda guerra mundial.

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Mikel Gastelu-Iturri

Durango, España. Licenciado en Economía, Master en Relaciones Internacionales, especialidad en Gobernanza Global y Política Exterior Europea. Empezó su trayectoria profesional como consultor en proyectos financieros y posteriormente adquirió experiencia en organismos e instituciones públicas en Bruselas, Los Ángeles y Washington. Es un apasionado de la política y de las relaciones internacionales.


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