Un simpatizante de Donald Trump sostiene un cartel de apoyo que reza "La mayoría silenciosa está con Trump" [Foto vía politico.com].

Tras la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el resto de mundo reflexiona sobre el futuro de la democracia en Occidente y el ascenso del populismo. Cuando cayeron las dictaduras en Europa y se restablecieron las democracias, la extrema derecha quedó relegada a una presencia casi inexistente en las instituciones. Sin embargo, la última década se ha caracterizado por la preocupación por el ascenso del radicalismo, que además ha encontrado, por primera vez en la democracia, el apoyo electoral de parte de la población, llegando a formar parte del ejecutivo en los respectivos países.

Es el caso del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia que, tras la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos, lo celebró sentenciando que “lo que pasó en Estados Unidos no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo”. Por otro lado, el padre de la presidenta del partido y fundador del mismo, Jean Marie Le Pen, vaticinaba entusiasmado: “Hoy Estados Unidos, mañana, Francia”.

Ahora, toda Europa mira hacia Francia esperando los resultados de las elecciones presidenciales del próximo mayo y, teniendo en cuenta que la intención de voto del Frente Nacional no ha dejado de aumentar desde el año 2008, algunos temen que pueda darse un escenario similar al de Estados Unidos.

Gráfico que muestra el auge de la extrema derecha en Francia desde 1976 hasta el año 2015 [Foto vía RTL.fr].

Gráfico que muestra el auge de la extrema derecha en Francia desde 1976 hasta el año 2015 [Foto vía RTL.fr].

En Francia, como en la mayoría de los casos que nos encontramos por Europa, los expertos coinciden en que el origen de este panorama es la crisis económica. Sin embargo, encontrar una respuesta para la consolidación del populismo en Europa no es tan simple. Cada país cuenta con una realidad compleja con sus propias variables económicas, sociales, históricas y políticas que conforman el tejido del país. Mientras que la integración de los inmigrantes es aun una asignatura pendiente que está comenzando a pasar factura en todos los países de la Unión, en Francia nos encontramos el problema más agudizado. Francia parece estar descubriendo el origen de todos sus males en los fallos y carencias de sus políticas de integración. Discriminación, segregación, guetización de barrios y existencia de barrios dormitorio. Estos problemas de integración unidos a una crisis económica y un país fuertemente nacionalista pueden hacer comprender el triunfo del mensaje racista de Marine Le Pen.

Si existe un denominador común en el discurso de los extremismos de derecha, tanto en Europa como en Estados Unidos, es la responsabilidad de los inmigrantes de todos los problemas que aquejan al país.

Aunque para parte de la población pueda resultar difícil de explicar el auge de un discurso basado en el pasado y en la intolerancia, nos encontramos con diversos factores no sólo económicos, sino también culturales. Esta oposición a la inmigración, en sociedades más diversas desde el punto de vista étnico, responde al deseo de algunos sectores de que su país “vuelva a ser como antes”. Así surge un odio hacia lo diferente y una nostalgia por un mundo que nunca existió ni va a volver.  También hay que entender, de acuerdo con el economista Kaufmamn, que el populismo viene a romper la creciente homogeneidad de los discursos políticos. Con el fin del comunismo, los partidos se fueron acercando en cuestiones económicas y ahora sus diferencias tienen que ver con una división cultural.

Desde luego, los discursos populistas se expanden por toda Europa. Así, podemos hablar de Amanecer Dorado en Grecia, la Liga Norte o Fuerza Nueva en Italia, el Partido de la Gran Rumanía en Rumanía, los Demócratas Suecos, el partido de Verdaderos Finlandeses, el Partido Popular Danés en Dinamarca y, en Croacia, el Partido Croata de los Derechos Puros. Todos ellos se caracterizan por defender programas xenófobos, antieuropeístas, contrarios a la inmigración y, algunos de ellos, abiertamente fascistas.

A esta lista hay que añadir fenómenos como el Brexit de manos del ex líder del UKIP, Nigel Farage, que defendía un discurso de nacionalismo excluyente, un fuerte rechazo a la inmigración, y la salida del Reino Unido de la Unión Europea, algo que finalmente se ha conseguido. También se comenta el ascenso del partido xenófobo Alternativa para Alemania en los próximos comicios regionales del país germano, o el auge en Holanda del Partido para la Libertad, que actualmente se sitúa en segunda posición en las encuestas de cara a las elecciones de 2017.

Mapa que muestra todos los partidos que forman parte de la corriente de populismos de extrema derecha en Europa [Foto vía Herodóto. El blog de Ciencias Sociales y Pensamiento].

Mapa que muestra todos los partidos que forman parte de la corriente de populismos de extrema derecha en Europa [Foto vía Herodóto. El blog de Ciencias Sociales y Pensamiento].

Sin embargo, los casos más controvertidos y comentados son los de Austria y Hungría, quizá porque sus discursos pueden ser, en ocasiones, más radicales que los de los países anteriormente mencionados y porque las ideas que proclaman abogan a una vuelta atrás. En Hungría nos encontramos con el partido antisemita y antigitano denominado Jobbik (“los mejores” en húngaro), tercera fuerza política del país. Este partido ha llegado a afirmar en sus discursos que entre sus objetivos estaban la creación de campos de internamientos para la población gitana, eliminar el sufragio universal o celebrar un referéndum sobre la permanencia de Hungría en la Unión Europea. Por otro lado, en Austria, el candidato ultraderechista, xenófobo, populista y euroescéptico del Partido de la Libertad ha hecho una campaña electoral marcada por un fuerte discurso xenófobo e islamófobo en el que se resaltaba el orgullo de ser austríaco y la tolerancia cero a lo diferente y a la inmigración.

En general, el panorama político en Europa es delicado. Si bien es cierto que no podemos saber cómo van a evolucionar estos fenómenos, sí que se está produciendo una consolidación de la extrema derecha europea en las instituciones y un aumento en su intención de voto. Ahora, tras las elecciones estadounidenses, su análisis y discurso vuelve a estar en el punto de mira. Mientras unos apuestan por una mayor radicalización y ascenso de estos partidos, otros hablan de un posible efecto anti-Trump que influya entre la población.

De lo que si podemos estar seguros es de que el ascenso de la extrema derecha y las diversas formas de populismo no sólo se debe a una crisis económica, sino que también responde a una crisis política y cultural. El sentimiento entre la población con respecto a la política de los distintos países europeos es de hastío. A veces nos encontramos, como en Estados Unidos, que una gran parte de la población no encuentra ninguna opción política deseable porque no sienten que la clase política defienda realmente sus derechos ni ofrezca soluciones. Es ahí donde un discurso transgresor, directo y agresivo, que rompe con todo lo anteriormente dicho, se hace oír y llega a la población.

Es obvio que las democracias occidentales y europeas deberían preguntarse qué están haciendo mal y volver a interesarse por lo que la población necesita, porque es esa apatía hacia la política la que los nacionalismos salvajes y los discursos radicales aprovechan para hacerse un hueco, un hueco que cada vez es más amplio.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.



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