
Europa alguna vez fue el centro del mundo. Allí se encontraban las principales potencias, las cuales trazaban fronteras, escribían los tratados más relevantes y definían quién ganaba y quién perdía la guerra. Pero, después de 1945, el mapa cambió. Estados Unidos y la Unión Soviética comenzaron a competir por el poder, y Europa fue relegada a un segundo plano. Esa historia ya la sabemos, pero lo que está ocurriendo hoy es un triste reflejo de lo que comenzó en aquella época.
Actualmente, el mundo arde en cada región, con conflictos que se extienden desde Medio Oriente y Europa del Este hasta el Caribe y África subsahariana. Sin embargo, la realidad es que la aparición de conflictos suele acarrear la demostración de poder de las principales potencias.
En esta lógica, pudimos ver cómo Donald Trump estuvo jugando el rol de mediador en cada conflicto que cobró relevancia en 2025. E incluso fue protagonista de algunos de ellos —si nos situamos en Venezuela o en el conflicto con Irán—, pero movía sus cartas de manera estratégica para dar a conocer que no le interesa el conflicto en sí, sino el respeto y el poder.

Asimismo, otros actores intentaron cobrar relevancia en la política global, aunque no lograron alcanzar su objetivo. Esos actores son aquellas potencias europeas que, en su momento, supieron marcar agenda en el sistema internacional, pero esas épocas quedaron en la historia.
Europa ya no es lo que solía ser. Lo intenta, pero su rol en el mundo ha pasado a ser el de escenario, no el de protagonista. Naciones como Francia trataron de ubicarse en un puesto notable, presentándose como abanderadas de la causa palestina. Emmanuel Macron jugó a ser quijote, pero, cuando llegó el momento de demostrarlo, París se frenó: aún hoy, estando en pleno momento de reconstrucción luego de la devastadora guerra, no hay una embajada francesa en Ramala, no hay tratados bilaterales y no hay nada más allá de un discurso. Sí, es cierto que envió toneladas de ayuda a la Franja de Gaza (comida), lo cual es más de lo que muchos hicieron, pero eso no la convirtió en su vanguardia, ni tampoco su discurso sobre reconocer a la nación musulmana como Estado independiente llevó a que otras naciones lo siguieran. Es más, en su momento Trump se mofó de Macron al decir que su pronunciamiento no le interesaba ni a los palestinos.

Estos actos, que parecen menores o burlescos, en realidad reflejan que Francia no es el líder que su eximperio solía ser. Incluso esto se repite en el conflicto de su aliado: Ucrania. Desde 2022, Europa ha prometido ayuda “hasta el final”, y lo cierto es que esa ayuda existe, pero a cuentagotas. Un paquete de dinero aquí; un envío de municiones allá. Nada comparable con lo que recibe Rusia de sus aliados. Corea del Norte manda soldados y China e India sostienen la economía rusa a pesar de las sanciones occidentales. Por eso, el mismísimo Zelensky lo resumió en una polémica frase: “lo que llega desde Europa son palabras vacías”.
De igual manera, Europa no tiene por qué ayudar. Es decir, no está obligada a hacerlo ni tampoco se pretende que sea el héroe de la historia, pero ella misma comenzó una partida con cartas muy bajas, ya que otro caso en el que pudimos ver el declive del peso político europeo ocurrió en septiembre de 2025, cuando Rusia violó el espacio aéreo de la OTAN en Polonia y Estonia. En ese momento, el mundo quedó a la espera de la respuesta europea. Incluso muchos analistas afirmaron que Putin había tomado esa acción con una clara intención: medir la reacción de la Alianza. ¿Y cuál fue su respuesta? Reuniones entre ministros y pronunciamientos de discursos. Nada más. El ministro alemán Boris Pistorius respondió claro ante la ONU: no caerán en “la trampa de escalada” rusa, ya que consideró que esta provocación no debía contestarse con más violencia. Sin embargo, lo que para unos fue prudencia, para otros se tradujo como miedo porque, si la Alianza ni siquiera responde a violaciones directas de su territorio, ¿qué mensaje está dando?

El mundo supo tener un gran respeto por la OTAN, ya que se creía que un conflicto contra uno de sus miembros implicaría un conflicto contra todos ellos. Sin embargo, lo que no se había tenido en cuenta es que ese famoso artículo 5 no especifica los términos de la defensa colectiva, sino que queda “a consideración de cada nación”, por lo que ese miedo a entrar en guerra contra todos esos estados es una hipérbole: si Montenegro fuera atacado, eso no implica que EE.UU. iría en su auxilio y batallarían codo a codo.
Quizás el problema es estructural.
Europa quiere ser árbitro en Palestina, garante en Ucrania y muro de contención frente a Rusia; todo eso mientras su estabilidad política y económica pende de un hilo y su músculo militar cada vez está menos entrenado. Por eso, sus gestos terminan en lo simbólico: declaraciones, reconocimientos diplomáticos y conferencias de prensa.

De todos modos, hay una realidad que no debemos olvidar, y es que los europeos vivieron las dos peores aberraciones de la historia. Fueron el centro de todas las calamidades y persecuciones ocurridas en las dos grandes guerras, por lo que su miedo a repetir la historia es justificación suficiente para entender que entrar en otro conflicto a gran escala sería su última opción. Sin embargo, esa huella imborrable convive con un deseo de volver a las buenas épocas, no permitiéndole al viejo continente aggiornarse y, a largo plazo, volver a ser el centro del escenario internacional.
