22/01/2026 MÉXICO

“El retorno de lo sagrado”: la religión como clave de las Relaciones Internacionales contemporáneas

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Durante buena parte del siglo XX, la disciplina de las Relaciones Internacionales se edificó sobre un axioma fundamental: el avance de la modernidad implicaría un declive inevitable de la religión como fuerza política.

La teoría de la secularización -convertida en el paradigma dominante dentro de las ciencias sociales- postulaba que procesos como la racionalización burocrática, la consolidación de los Estados modernos, el desarrollo científico y el progreso económico conducirían, de manera casi lineal, a una pérdida de centralidad de lo religioso. Según esta perspectiva, a medida que las sociedades se modernizaban, la religión iba quedando confinada al ámbito privado, perdiendo su capacidad de influir en la vida pública, las decisiones colectivas y la política internacional.

Tanto la academia como los organismos responsables de diseñar políticas públicas desplazaron a la religión del núcleo del análisis político, asumiendo que su papel en la escena global estaba destinado a desvanecerse.

Las principales corrientes de nuestra disciplina reforzaron esta omisión. El realismo, centrado en la distribución del poder y la competencia interestatal, relegó a la religión al plano secundario frente a las capacidades materiales de los Estados. El liberalismo privilegió el estudio de las instituciones, la interdependencia económica y la gobernanza global, lo que lo llevó a asumir que la política internacional avanzaría de manera natural hacia procesos de secularización. Incluso el constructivismo -más atento a las identidades, normas y significados compartidos- tendió a subordinar las creencias religiosas a identidades nacionales más amplias y estables.

The role of religion in globalization.

Durante décadas, la religión fue interpretada como una excepción histórica, una anomalía analítica o un vestigio premoderno cuya relevancia estaba destinada a desaparecer.

El retorno de lo religioso en la política global.

Sin embargo, la realidad internacional terminó por desmentir ese diagnóstico. La religión no solo persistió, sino que se consolidó como un factor central para comprender dinámicas políticas, sociales y culturales de alcance global. Mucho antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, ya podían observarse señales inequívocas de que lo religioso seguía articulando legitimidades, identidades colectivas y movimientos transnacionales con capacidad real de incidencia en la política internacional. La creciente visibilidad del fenómeno religioso tras el 11-S no inauguró el problema: más bien obligó al sistema académico y político occidental a prestar atención a procesos que venían gestándose desde hacía décadas.

Ejemplos históricos abundan. La Revolución Islámica de Irán, en 1979, evidenció que un movimiento de inspiración teológica podía no solo movilizar a amplios sectores sociales, sino también reconfigurar un Estado y alterar de manera duradera los patrones geopolíticos regionales. El conflicto libanés, desde mediados de los años setenta, mostró cómo las identidades religiosas podían entrelazarse con rivalidades sectarias, dinámicas internas de poder y la intervención de actores regionales y globales. La disolución de Yugoslavia, aunque impulsada por nacionalismos de diversa naturaleza, activó componentes religiosos que contribuyeron a cristalizar límites identitarios entre serbios ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes. A su vez, desde la independencia de India y Pakistán, las tensiones indo-pakistaníes han estado profundamente marcadas por la asociación entre comunidad política y adscripción religiosa, convirtiéndose en uno de los conflictos más persistentes y sensibles del sistema internacional contemporáneo.

A estos ejemplos puede añadirse el ascenso del sionismo religioso en Israel desde la década de 1970, la expansión global del cristianismo pentecostal y evangélico, y la creciente relevancia política de movimientos religiosos en África subsahariana y el sudeste asiático.

Todos estos procesos anticipaban un escenario que desafiaba abiertamente el paradigma secularizador, aun cuando las principales teorías de las Relaciones Internacionales no los incorporaran de manera sistemática en sus marcos analíticos.

El 11 de Septiembre: punto de inflexión.

En ese contexto, el ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 funcionó como un punto de inflexión. La magnitud simbólica y política del ataque evidenció que actores religiosos transnacionales podían incidir en la seguridad internacional de manera directa, estratégica y global. El terrorismo inspirado en discursos religioso-políticos se convirtió en un tema central de la agenda mundial, y la comunidad académica se vio obligada a plantearse una pregunta que había evitado durante décadas: ¿cómo estudiar la religión como fenómeno político sin reducirla a irracionalidad, fanatismo o mera excepción histórica?

El giro disciplinar que siguió fue profundo. Se revitalizaron los estudios sobre religiones comparadas y política global, se multiplicaron los análisis sobre el islamismo político, y la dimensión religiosa comenzó a incorporarse en teorías de conflicto, gobernanza global, diplomacia pública y construcción identitaria. La religión pasó a concebirse no como un vestigio del pasado, sino como una forma contemporánea de articulación de sentido en contextos de globalización acelerada, desigualdad, crisis de representación y transformaciones culturales.

La influencia político-social en el mundo.

No obstante, el retorno de lo religioso en la escena internacional no se limita al ámbito de la seguridad ni al terrorismo. Hoy la religión opera como fuente de legitimidad política, factor de cohesión social, instrumento de movilización colectiva y recurso de soft power. La creciente influencia del cristianismo evangélico en diversos países lo ilustra claramente. En Estados Unidos, el voto evangélico se consolidó como uno de los bloques electorales más disciplinados y decisivos -condicionando tanto la política interna como ciertos aspectos de política exterior, por ejemplo en torno a Israel, los programas internacionales de salud reproductiva y el financiamiento de iniciativas vinculadas con derechos sociales-, lo cual contribuyó en buena medida al ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca en dos oportunidades. En Brasil, la “bancada evangélica” adquirió un peso institucional y electoral significativo, influyendo en debates públicos y en la orientación política de gobiernos recientes, y proyectándose como un actor con capacidad de incidencia en asuntos nacionales y regionales, brindando apoyo decisivo a Jair Bolsonaro.

Mezquita- Fuente: Public Domain Pictures.

A su vez, en África, Centroamérica y partes de Asia, el crecimiento de iglesias evangélicas y pentecostales ha transformado de manera significativa el paisaje social y político. Estas organizaciones no solo cumplen funciones religiosas, sino también educativas, asistenciales y comunitarias, lo que les otorga una capacidad considerable para moldear comportamientos electorales, formular demandas políticas y configurar preferencias en materia de política exterior. Su influencia -heterogénea pero creciente- se ha convertido en una variable que ningún análisis serio de las Relaciones Internacionales puede ignorar.

El Vaticano y la diplomacia religiosa.

Otro caso paradigmático de poder religioso en la política global lo constituye el Vaticano. La Santa Sede posee una de las diplomacias más antiguas y extendidas del mundo, cuya influencia -sustentada principalmente en el soft power- se expresa en su capacidad para establecer marcos normativos, intervenir en procesos de mediación y orientar debates éticos de alcance global. La figura del Papa Francisco amplificó este impacto mediante una agenda que combina justicia social, defensa del medio ambiente, crítica a la desigualdad y llamados sistemáticos a la paz. Encíclicas como Laudato Si’ o Fratelli Tutti se han convertido en documentos de referencia para gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y organismos multilaterales, reflejando la plena vigencia del liderazgo religioso en la gobernanza global contemporánea.

Fuente: Pixnio.

Religión y geopolítica más allá del cristianismo.

Más allá del cristianismo, la religión continúa siendo un factor geopolítico relevante en múltiples regiones. Las tensiones entre Arabia Saudita e Irán están atravesadas por una disputa por el liderazgo religioso del mundo islámico, con implicancias regionales que se extienden desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo. En India, el ascenso del nacionalismo hinduista redefine la política interna y proyecta nuevas orientaciones en materia de política exterior. En Rusia, la Iglesia Ortodoxa funciona como un instrumento simbólico para legitimar decisiones estratégicas y para construir una narrativa identitaria orientada hacia su “extranjero cercano”. En China, la gestión estatal de las religiones forma parte de un modelo que combina control interno con proyección internacional, orientado a preservar la estabilidad y modelar una imagen global favorable, una dinámica que ni siquiera el Vaticano ha podido soslayar.

Todos estos casos evidencian que la religión no explica por sí sola los procesos internacionales -ni debe ser sobredimensionada-, pero constituye un elemento indispensable para comprender dinámicas de poder, identidades, legitimidades y discursos que influyen en la acción estatal y en la movilización social. La religión interactúa con factores políticos, económicos y culturales; sin embargo, su capacidad para generar sentido y organizar comunidades la convierte en una variable especialmente poderosa en contextos de incertidumbre y transformación.

Nuns with candles. Fuente: Pxhere.

Conclusión.

En este escenario, la disciplina de las Relaciones Internacionales ya no puede sostener el antiguo paradigma que relegaba la religión a una esfera privada irrelevante para la política global. El mundo contemporáneo demuestra que lo religioso sigue siendo un componente activo y dinámico, que se adapta a la globalización tanto como la desafía; que convive con la modernidad en lugar de desaparecer ante ella; y que articula identidades capaces de movilizar a millones de personas.

Comprender las dinámicas internacionales del siglo XXI requiere, necesariamente, reincorporar la religión como categoría de análisis. Ignorarla implica renunciar a explicar una dimensión fundamental del comportamiento político, social y estratégico a escala global. Lejos de ser un vestigio del pasado, la religión es hoy un elemento constitutivo del presente internacional. El desafío para la academia y para los responsables de políticas públicas consiste en estudiarla con rigor, sin prejuicios y con la profundidad que demanda un fenómeno que continúa configurando el orden mundial contemporáneo.

Fuente: Pxhere.

De Ruba Leonel

Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Católica de Salta (UCASAL). Se desempeña como profesor adjunto adscripto y como vicedirector del Instituto de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de dicha institución. Ha sido investigador, editor y coordinador en diversos think tanks y centros de estudios, donde desarrolló proyectos de análisis y producción académica. Es autor de múltiples artículos académicos y de divulgación publicados en medios y revistas especializadas. Actualmente desarrolla líneas de investigación centradas en Medio Oriente y el Magreb, así como en el impacto de la religión en la política y la sociedad contemporánea.


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