
El pasado 28 de octubre, Río de Janeiro fue escenario de la operación policial más letal en su historia reciente. Más de 2.500 agentes civiles y militares ingresaron a las favelas de Complexo do Alemão y Complexo da Penha, en el norte de la ciudad, para desarticular la facción criminal Comando Vermelho. El operativo dejó al menos 119 muertos —entre ellos cuatro policías— y reavivó el debate sobre el uso desmedido de la fuerza, la militarización de la seguridad pública y la desigualdad estructural que atraviesa a las comunidades más vulnerables de Brasil.
A una semana de la intervención policial más letal en la historia de Río de Janeiro, el director de la Cátedra Brasil de la Universidad Diego Portales analiza cómo las favelas reflejan décadas de abandono estatal, violencia estructural y poder del narcotráfico.

“Es una sociedad donde todavía existe una suerte de performance castigadora, y como la desigualdad sigue siendo brutal, ese castigo lo siguen recibiendo los negros. Entonces, la represión tiene un patrón, y ese patrón tiene un origen colonial”.
Las esquirlas del operativo que dejó al menos 119 muertos (incluidos 4 agentes) aún pesan sobre la ciudad. A una semana del asalto que despertó a la metrópoli del carnaval entre balas y humo, Brasil ha visto cómo ciudadanos en todo el país han salido a marchar contra la violencia policial. El debate sobre los límites del Estado en su lucha contra el narcotráfico se ha intensificado, y una nueva herida en las favelas —esos barrios históricos, muchas veces desprovistos de control estatal y abandonados a su suerte— ha vuelto a dejar al descubierto las fracturas del tejido social brasileño.
El gigante sudamericano atraviesa una tragedia que, como en años anteriores, ha marcado profundamente la historia de sus favelas. Una combinación de narcotráfico, abandono estatal y violencia estructural ha dado lugar a lo que la Pastoral Carcelaria de Brasil calificó como una “masacre”, una verdadera “herida abierta en el tejido social”. Pero, ¿cómo se explica que estas dinámicas se perpetúen a lo largo del tiempo y cuáles son sus raíces históricas? Para responder a estas preguntas, United Explanations conversó con Cristián Castro, historiador y director de la Cátedra Brasil de la Universidad Diego Portales (UDP), especialista en la historia de América Latina y en el papel de las poblaciones afrodescendientes en la configuración social del país.
P. Desde una mirada histórica, ¿qué revela este episodio sobre las fracturas sociales y raciales que arrastra el país?
R. El tejido social brasileño tiene su origen en el periodo colonial, cuando las plantaciones masivas de azúcar en el nordeste obligaron, entre comillas, a la importación de personas esclavizadas desde África. Esto marcó la demografía, las relaciones sociales, raciales y las dinámicas de poder de Brasil desde entonces. Cada cierto tiempo, episodios como este nos revelan que esa larga problemática social y racial sigue ahí. Y si bien se han hecho cosas para tratar de igualar un poco esa desigualdad estructural, todavía estamos lejos de tener soluciones.
P. ¿Y hasta qué punto las masacres policiales en las favelas son continuidad de la violencia estructural que Brasil nunca ha resuelto desde la esclavitud?
R. Las masacres policiales se han instalado cada cierto tiempo en Brasil. La policía militarizada —que tienen los distintos estados— lamentablemente tiende a utilizar estas crisis de seguridad para realizar una suerte de redadas brutales que tienen que ver con la necropolítica; es decir, cómo la muerte se utiliza como una forma de apaciguar ciertas tensiones en un mundo que ve en lo negro el origen primigenio de la inseguridad, la delincuencia y el narcotráfico.
La policía ve en estos episodios una oportunidad para aplicar lo que el filósofo Achille Mbembe denomina “necropolítica”.
Y, claramente, cuando uno piensa en una favela en Brasil, si bien existen personas de distinta etnia u origen racial, hay una inmensa mayoría que son negros, mulatos, no blancos. Entonces, aunque existe una pequeña dimensión democratizadora —que hay gente que no necesariamente es negra—, la inmensa mayoría lo es, y la mayoría de la población afrobrasileña está ligada a su pasado esclavista.
Desde la esclavitud se instaló una desigualdad estructural que todavía persiste en las favelas.

“Las milicias de las favelas tienen armamento incluso superior al de los militares”
El pasado 28 de octubre, en los barrios de Complexo do Alemão y Complexo da Penha, en la zona norte de Río de Janeiro, 2.500 agentes civiles y militares lanzaron la operación más masiva en años contra la facción Comando Vermelho, con el objetivo de desarticular su red de tráfico de drogas y retomar el control de territorios que llevan años bajo su influencia.
Pero la intervención dejó un saldo trágico sin precedentes: el Gobierno del Estado de Río de Janeiro reportó 119 muertos, mientras que la Defensoría Pública de Brasil, institución legal del Estado, elevó la cifra a 132 fallecidos. Minutos después de la balacera comenzaron a difundirse en redes sociales numerosos videos que mostraban los cuerpos de las víctimas. El elevado número de fallecidos ha generado críticas y preocupaciones de organizaciones como Human Rights Watch, que exigen que las autoridades brasileñas lleven a cabo “una investigación exhaustiva e independiente sobre las decisiones que llevaron a un operativo policial desastroso en Río de Janeiro, que resultó en más de 100 muertes”, y que “las familias de las víctimas merecen verdad y justicia”.
P. ¿Por qué las políticas de seguridad pública en Brasil parecen reproducir patrones de represión antes que de integración social?
R. Es una pregunta muy interesante, y tiene que ver con la esclavitud. Para que la esclavitud funcionara —en particular en naciones como Brasil, donde la mayoría de la población era negra y una minoría blanca ostentaba el poder—, parte de la dinámica de su éxito como orden social y económico dependía del castigo a los esclavos que se salían de la norma fuera brutal y público.
Había una suerte de performance pública del castigo.
Cuando uno observa cuadros coloniales de Bahía u otros lugares ligados al pasado esclavista —Río de Janeiro también—, se nota cómo se castigaba a los esclavos en la plaza pública porque ese castigo disciplinaba al resto de la población.
Entonces, es una sociedad donde todavía existe esa suerte de performance castigadora, y como la desigualdad sigue siendo brutal, ese castigo lo siguen recibiendo los negros. La represión tiene un patrón, y ese patrón tiene un origen colonial.

P. ¿Qué responsabilidad histórica tienen las instituciones judiciales y políticas en la perpetuación de estas dinámicas?
R. La responsabilidad histórica de las instituciones judiciales y políticas es clara, porque no se ha hecho lo suficiente para que la nación y sus miembros sientan que pertenecen a una sociedad donde todo el mundo tiene la misma oportunidad, el mismo acceso a la justicia y a la policía. Se entiende que solo algunos pueden o tienen el derecho a vivir con tranquilidad.
Se construye, entonces, esta imagen de que las favelas son un espacio donde el Estado brasileño no entra,
y eso es producto de una larga relación de desdén, donde se da por perdido el territorio porque allí viven mayoritariamente afrodescendientes.
P. ¿Cómo se explica históricamente que el crimen organizado haya alcanzado tal nivel de poder en Río de Janeiro, al punto de controlar territorios enteros?
R. Es interesante porque, si uno se remonta al origen de la primera favela en Brasil, verá que tiene que ver con soldados que volvían del trabajo en el norte del país, a quienes se les había prometido una solución habitacional. Sin embargo, el Estado no respondió. La favela surge cuando las personas se hacen cargo de una promesa incumplida del Estado: entregar vivienda para todos o habilitar espacios donde vivir con tranquilidad. Ante la falta de respuesta estatal, se toman un terreno. Ese es el origen de la primera favela. Ese origen refleja un Estado incapaz de garantizar las condiciones básicas a todos los miembros de la nación. Cuando existen desigualdades estructurales con raíces coloniales y raciales, esas diferencias se perpetúan.
La favela es, así, la cristalización de ese mundo paralelo donde el Estado ya ni siquiera puede entrar, porque históricamente se construyó una suerte de autonomía.
En ese vacío de poder —donde el Estado no tiene control y el poder judicial tampoco tiene mucho alcance— aparece el mundo narco, que empieza a construir una economía moral, un acuerdo tácito en el que los pobladores ya no responden a un Estado ausente, sino a quienes imponen su versión del orden. La favela es, entonces, la cristalización de esa ausencia estatal, con orígenes coloniales y raciales que se han perpetuado.
P. ¿Cómo puede el Estado combatir a grupos criminales extremadamente violentos sin reproducir la lógica de la violencia que dice combatir?
R. Como te decía, estos espacios de autonomía ya se han ido consolidando hasta tal punto que, cuando uno va a Brasil —yo estuve hace poco, en marzo— y escucha hablar del Comando Vermelho, nota que en la prensa ya se utiliza abiertamente la palabra “terrorista”, porque eso permite justificar más cosas también. Pero, por otro lado, tampoco están mintiendo (…).
Ese es el origen de estas lógicas en las que las organizaciones criminales ligadas a algunas favelas entienden que sus armas también pasan por causar escozor en la sociedad. Y, sumado a lo lucrativo del narcotráfico, comienzan a formarse milicias internas que poseen armamento incluso superior al de los militares. Son capaces de contar con armas antiblindaje, con poder de fuego comparable al del propio ejército, y además con organización de tipo guerrillera (…).
Los episodios que estamos viendo ahora son el reverso de la moneda: no necesariamente es una cosa o la otra. A veces se complementan. Hay periodos de guerra abierta, como este, y otros de negociación. Por eso es muy difícil —como tú bien dices— combatir estos grupos criminales sin entrar en lógicas de guerra. Pero, como también subyace en las preguntas, esto es algo histórico. La solución pasa por repensar esta suerte de contrato social que tiene Brasil.
Sin embargo, eso es muy difícil, porque tenemos políticos que, no solo en Brasil sino en todas partes, funcionan con agendas de corto plazo. Lo más relevante para ellos es ganar la próxima elección, más que asegurar los próximos 200 años de su país.
Hay un choque entre las dinámicas de política inmediata y las necesidades de largo plazo.
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