
Desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia en 2013, Venezuela atraviesa una crisis profunda marcada por colapso económico, migración masiva, represión política y una fuerte dependencia del petróleo. En ese marco, Estados Unidos adoptó una línea de confrontación prolongada, articulada por sanciones económicas, acusaciones de “narco-estado” y, recientemente, una importante movilización militar en la región. Según el monitor de conflictos del Council on Foreign Relations, la confrontación entre EE. UU. y Venezuela aparece entre los principales focos de inestabilidad en América Latina.

En agosto de 2025, la Casa Blanca autorizó a diversas agencias de inteligencia para que pudieran actuar contra los cárteles de la droga en América Latina, incluyendo a aquellos con vínculos con el régimen de Maduro, presunto líder del Cártel de los Soles. Posteriormente, se produjo un despliegue naval significativo en el Caribe frente a las costas venezolanas. Este conjunto de movimientos fue interpretado por analistas como una demostración de fuerza cuyo alcance va más allá del combate al narcotráfico, sino de una lucha contra un régimen antidemocrático y constante violador de los derechos humanos de su pueblo.
El régimen venezolano, por su parte, respondió de modo beligerante. Maduro denunció que las maniobras estadounidenses constituyen un intento de cambio de régimen velado, que la movilización naval era la mayor amenaza en este continente en los últimos cien años. En paralelo, impulsó maniobras de la Milicia Bolivariana y reforzó su discurso de soberanía nacional como defensa ante una posible intervención exterior.
No obstante, al mismo tiempo de esta escalada pública, emergen gestos de negociación que complican la narrativa simplista de choque frontal. En los primeros meses de 2025 se registraron vuelos de repatriación de ciudadanos venezolanos desde los EE. UU., luego de acuerdos entre Washington, Caracas y países intermedios. Esto sugiere que parte de la élite venezolana buscó, o aceptó, canales de diálogo o cooperación bajo presión.
A estos gestos se suman rumores cada vez más insistentes sobre funcionarios dentro del propio aparato chavista que estarían negociando discretamente con intermediarios estadounidenses. Según medios regionales, algunos miembros del régimen podrían estar buscando garantías personales o inmunidad judicial a cambio de colaborar en la entrega de información sensible o en la futura salida de Maduro. Estas versiones cobraron fuerza luego de que Estados Unidos mantuviera vigente la recompensa de hasta 50 millones de dólares por información que conduzca a la captura o procesamiento del mandatario venezolano, un incentivo que podría estar generando divisiones internas.
Un conflicto persistente y una cooperación cada vez más colindante, ¿las causantes de la caducidad del régimen chavista?
La clave de lo que podría considerarse una “cooperación” radica en el terreno de los servicios de inteligencia, migratorios y en sanciones selectivas. Se revelaron acuerdos entre los EE. UU. y países de la región para la detención o deportación de presuntos miembros del grupo venezolano Tren de Aragua, que el gobierno norteamericano vincula al narcotráfico y al régimen de Maduro. Algunos de los deportados fueron parte de una negociación más amplia que incluyó intercambio de prisioneros con Caracas.
Desde la perspectiva estadounidense, esta vía de negociación le permite explotar fisuras en el régimen venezolano sin comprometerse a una intervención terrestre de alto costo. Según un artículo del portal especializado “War on the Rocks”, los ataques y el despliegue naval tienen un efecto sobre Rusia y China, que han apoyado al gobierno venezolano, y, por tanto, implican un componente geopolítico mayor.
Sin embargo, la dimensión interna del conflicto se volvió más visible en los últimos meses. Diversas fuentes coinciden en que sectores del ejército venezolano y del aparato civil han comenzado a distanciarse del núcleo más leal a Maduro, preocupado por el aislamiento internacional y las sanciones personales impuestas por Estados Unidos. Algunos analistas interpretan esta tendencia como una señal de desgaste dentro del régimen, donde la supervivencia personal empieza a pesar más que la lealtad ideológica.

Pero, ¿realmente está Venezuela al borde del fin del régimen de Maduro? A primera vista, la respuesta es no. El régimen conserva elementos esenciales de supervivencia como el control sobre las fuerzas armadas, el apoyo de Rusia y China, y un aparato interno que supo adaptarse a los embates externos. Aun así, hay señales de desgaste. El aislamiento internacional, el declive económico y la presión migratoria constituyen un deterioro acumulativo.
Una grieta en el núcleo de poder
Un factor que podría precipitar una crisis mayor es precisamente la cooperación secreta entre Estados Unidos y actores internos del régimen de Maduro. Si Washington logra fragmentar el núcleo de poder mediante incentivos individuales, o si ciertos mandos militares y económicos perciben que su continuidad está en riesgo, podría abrirse una ventana de transición política. Este tipo de escenario no implicaría una caída abrupta, sino una transición negociada impulsada desde dentro, donde la disidencia interna y la presión externa convergen.

Hechos como la liberación de ciudadanos estadounidenses retenidos en Venezuela, negociada por intervinientes tanto venezolanos como estadounidenses, o los mecanismos de deportación de venezolanos desde EE. UU. que involucran al propio gobierno de Maduro, no son meros gestos diplomáticos. Estas acciones abren canales de comunicación que podrían ser aprovechados en futuras negociaciones discretas. En este marco, la cooperación encubierta podría transformarse en una herramienta para acelerar la fragmentación del régimen, especialmente si Estados Unidos mantiene su estrategia de recompensas y sanciones personalizadas.
Sin embargo, cabe destacar que los costos de una transición mal gestionada serían enormes. Una operación militar que se entromete en los asuntos internos y en la soberanía de otro país no solo carece de viabilidad práctica, como se pudo observar en el siglo pasado con la intervención al régimen de Manuel Antonio Noriega en Panamá, sino que podría fortalecer al régimen en la narrativa de resistencia antiimperialista. Asimismo, las acciones de Estados Unidos ya han sido objeto de críticas de organismos de derechos humanos, que advierten sobre posibles violaciones del derecho internacional y soberanía nacional.
Más allá de la intervención militar: la estrategia de fragmentación
El futuro político de Venezuela dependerá de la capacidad del régimen de mantener su cohesión interna y del grado de éxito de la estrategia estadounidense para generar divisiones desde dentro. La combinación de sanciones, recompensas y canales de negociación encubierta configura un tablero incierto, donde la cooperación silenciosa de ciertos actores podría convertirse en el detonante más efectivo para un cambio de poder.
“Cuando la supervivencia personal empieza a pesar más que la lealtad ideológica”
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