06/12/2021 BARCELONA

Poder militar europeo, ¿avanzar solos o mal acompañados?

Se avecina un nuevo panorama internacional en materia de Seguridad y Defensa si, finalmente, la UE consigue superar su dependencia con los EE.UU. y apostar por una fuerza militar común. Esto requerirá no solo el consenso unánime de sus Estados miembros, sino el reforzamiento de sus ideales europeos.

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La llegada de los Talibán a Afganistán no solo ha supuesto una conmoción a nivel internacional sino que, además, ha reabierto un viejo anhelo europeo basado en la necesidad de instaurar una fuerza militar común. La motivación que entraña esta propuesta invocada por el Alto Representante de la Unión para Política Exterior y Seguridad Común, Josep Borrell, es alejarse de la dependencia militar que mantiene con Estados Unidos (EE. UU). Una clara ejemplificación de dicha dependencia la encontramos en la precipitada evacuación de los colaboradores europeos de Afganistán, que conllevó a la petición al gobierno estadounidense de facilitar su acceso al aeropuerto de Kabul, al carecer de una fuerza de seguridad europea para llevar a cabo estas misiones.

No obstante, esta necesidad de contar con una fuerza militar de acción rápida no es algo repentino que haya surgido a raíz del conflicto afgano, simplemente ha constatado la urgencia de materializarla. Desde las instituciones europeas son conscientes de la dificultad que entraña, dados los frustrados intentos que se han hecho con anterioridad, de poner en práctica los acuerdos que se alcanzan en materia de seguridad común y defensa.

Evidenciando dicha ausencia de practicidad encontramos el acuerdo para la creación de Grupos de Combate de la UE en 2005, que nunca han sido utilizados. En 2016, se llevó a cabo un Plan de aplicación en el ámbito de la Seguridad y la Defensa, que pretendía mejorar la respuesta rápida de la UE ante crisis mundiales y establecer una cooperación reforzada de los Estados miembros en estos ámbitos. En 2017, a fin de impulsar la utilización de estos Grupos de Combate, se alcanzó un acuerdo para sufragar conjuntamente sus gastos de despliegue. La  última propuesta fue planteada en mayo por 14 Estados miembros, apoyados por Josep Borrell, remarcando de nuevo la necesidad de contar con una fuerza de respuesta rápida, que consistiría en un cuerpo de acción rápida de 5000 militares, el Grupo de Combate y una fuerza rotativa en espera para la UE cada seis meses. La propuesta espera ser aprobada en enero de 2022.

Todo ello nos lleva a preguntarnos, ¿Qué ha cambiado para que ahora sea urgente llevarla a cabo? Pues bien, la postura de EE.UU. ante los conflictos internacionales, donde su presidente Joe Biden ha declarado que se desentenderá de cualquier guerra que no ataña a los intereses estadounidenses, ha servido como revulsivo para que la Unión Europea asuma su responsabilidad y actúe de forma autónoma, lo que le permitirá desarrollar estrategias propias y afines con sus intereses. Pese a que Josep Borrell manifestó que esta propuesta no va en contra de la OTAN ni de la alianza de EE.UU.-UE, no es menos cierto que varios Estados miembros han mostrado su disconformidad con la actuación unilateral y precipitada que mostró el ejecutivo norteamericano en Afganistán.

Esta situación ha provocado que varios gobiernos europeos sientan que se menosprecia a la UE y que no se le considera aliado, sino subalterno de las decisiones estadounidenses. No contando con voz ni voto, los Estados europeos son meros observadores de lo que acontece a nivel internacional. Como reafirmación de esta teoría encontramos el reciente acuerdo “AUKUS” entre EE.UU., Reino Unido y Australia, con el que se pretende desarrollar una asociación en materia de seguridad para contener el dominio de China en la región del Indo-Pacífico.

Dicho acuerdo, negociado a espaldas de la UE, supone una muestra más de que EE.UU. juega por y para sus intereses, y no da ningún tipo de importancia a su relación con Europa. Le es indiferente el perjuicio económico que pueda acarrear, pues el gobierno australiano ha rescindido el contrato suscrito con Francia en 2016, para la construcción de 12 submarinos diésel a cambio de submarinos nucleares estadounidenses.

Esta estrategia estadounidense debe servir a la UE para impulsar su autonomía estratégica y actuar en materia de política exterior y de defensa como un ente único con capacidad de decisión, que no requiera el beneplácito de ningún otro país. No obstante, el mayor enemigo de la Unión es su propio funcionamiento interno, pues requiere alcanzar unanimidad entre los Estados miembros, misión hasta ahora fallida. Existen reticencias entre algunos de ellos, como los países Bálticos y del este, principalmente Polonia, cuya seguridad estatal con respecto a Rusia depende de la OTAN y EE.UU., por lo que temen que, de triunfar la propuesta de una fuerza militar común, la OTAN o EE.UU. decidan revocar su seguridad en el país.

La otra opción que se baraja es la creación de coaliciones de países voluntarios para cada intervención militar. De esa forma, se evitaría obligar a los países que no quieran acudir. Sin embargo, también requeriría la unanimidad de todos los Estados miembros, incluso de aquellos que no participasen. Pese a la complejidad que supone alcanzar un acuerdo, la UE podría acudir a una de las posibilidades que contempla el Tratado de Lisboa, como la utilización de “pasarelas” para aprobar por mayoría cualificada, materias contempladas bajo la unanimidad. No son pocos los motivos que tienen los Estados miembros para llegar a un consenso, la realidad ha demostrado que se necesitan y que solo se tienen a ellos mismos.

 

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Paz Ramírez Rodríguez


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