29/11/2020 BARCELONA

La extinción de las especies

Fotocomposición de la portada del libro [Foto © Editorial Anagrama].
'La extinción de las especies' es la historia de unos personajes cuya trayectoria gira alrededor del Museo de Historia Natural de Washington y que lucharán no sólo por mantener sus recorridos vitales intactos sino también por defender el legado de lo que ellos consideran más preciado —sean éstos los fósiles de especies extintas, las obras de arte o las tribus primitivas—. Narrada con una falsa simplicidad e inocencia, Diego Vecchio planteará en la novela una suerte de mundos posibles y una propia teoría de la evolución. 'La extinción de las especies' es un maravilloso relato sobre la evolución de la especie humana y la insignificancia del individuo delante la inexorabilidad de la Historia y del tiempo, con la consecuente importancia de la tradición, la herencia y la identidad siempre de trasfondo.

La extinción de las especies, Diego Vecchio. Barcelona: Editorial Anagrama, 2017. 179 páginas.

La extinción de las especies, escrita por Diego Vecchio, autor argentino residente en París, fue la novela finalista del prestigioso Premio Herralde de Novela 2017. El jurado formado por Gonzalo Pontón Gijón, Marta Sanz, Jesús Trueba, Juan Pablo Villalobos y la editora de la Editorial Anagrama, Silvia Sesé, decidió otorgar la 35º edición del Premio a la novela República luminosa, de Andrés Barba. Pese a la indudable calidad de la novela de Barba, que cuestiona de forma magistral la teoría del buen salvaje, centraremos esta reseña en la novela de Vecchio; un original pastiche histórico-científico que atrapa desde el inicio con una prosa exquisita el lector.

Diego Vecchio y Andrés Barba el día del fallo del XXXV Premio Herralde de Novela [Foto © Maria Teresa Slanzi vía Editorial Anagrama].

Desenmarañar la trama de La extinción de las especies es descubrir qué convierte esta novela en algo tan singular y atractivo: lejos de trazar una estructura ortodoxa que describa la historia de unos personajes, Vecchio narra una historia sobre museos y, en especial, la historia —ficticia— del Museo de Historia Natural de Washington. Así, aunque Vecchio guie la historia mediante un narrador en tercera persona omnisciente y los canales que utilice para ello sean las vivencias de los distintos personajes, el lector pronto descubre que éstos sólo son importantes en relación al desarrollo de la historia del museo. Como si este último fuera en sí mismo una especie, se nos narra cómo fue concebido, cómo nació y empezó a funcionar, qué hijos tuvo y, finalmente, su declive y final reestructuración: un renacimiento.

La novela está estructurada en siete partes —y 140 capítulos breves—, la primera de las cuales es llamada ‘La Herencia’, y no por casualidad. Durante toda la novela, hay una idea base que se repite: todo crecimiento es fruto de una extinción anterior, todos somos una construcción de la herencia de algo ya extinguido. Así pues, no es de extrañar que Vecchio nos explique cuál es el origen del Museo y cuál fue su concepción: una herencia otorgada por James Smithson, Duque de Northumbria, a la ciudad de Washington —cabe recordar que el Reino Unido, patria del Duque, es a su vez el alma mater de los EE.UU.

La segunda parte, ‘Historia Natural’, introduce a uno de los personajes claves en la historia del museo: Zacharias Spears, su primer director. Confundiendo su voz con la del narrador, Spears protagoniza uno de los momentos más exquisitos del libro elaborando una maravillosa teoría de la evolución. Esta termina con un brillante ejercicio irónico de Vecchio, como no podría ser de otro modo, con «el animal más perfecto de todos los que habían existido hasta entonces, destinado a convertirse en amo y señor del mundo», es decir, el hombre. Una teoría de la evolución que aunque guarde parecido con la de Darwin, como bien señala J. Ernesto Ayala-Dip en El País – Babelia, «ante un libro como el de Vecchio, uno sólo tiene que inclinarse ante la importancia de la digresión, borgiana por momentos», y no fijarse en su rigurosidad científica.

Vecchio urde un delicioso pastiche sobre las pasiones y procederes humanos y la insignificancia de un solo individuo o una sola sociedad frente a los miles de años de historia de la humanidad.

Si con Spears vivimos el primer esplendor del museo, con Annabeth Murphy Atwood, directora de la Galería de Bellas Artes y Retratos Nacionales —adscrita al Museo de Historia Natural— y archienemiga de Spears descubrimos cómo, a menudo, los descendientes riñen y se rebelan ante los progenitores. Aunque Spears y Atwood compartan una misma lucha —la de no olvidar el legado histórico—, Spears lo hace a través de la ciencia, mientras que Atwood lo hace a través del arte.

El quinteto de protagonistas importantes lo cierran Eleanor Sullivan, secretaria de Spears —que tiene una relación de amistad que «ninguna palabra era capaz de nombrar con exactitud» con Atwood— y Benjamin Bloom, un exmilitar reconvertido en antropólogo que, de tanto estudiar las tribus primitivas americanas para derrotarlas en el campo de batalla, acaba conociéndolas y amándolas a su manera. Bloom es el director de otro de los hijos del Museo de Historia Natural: el Museo de la Vida Primitiva.

Es en la sexta parte, ‘Sociedades primitivas’, dónde Bloom explica —de un modo tan similar como poco riguroso científicamente hablando al de Spears— las diferentes peculiaridades sociológicas que los antropólogos han ido encontrando en distintas tribus primitivas, estableciendo una reflexión de fondo sobre el papel del progreso en la historia y los beneficios y perjuicios que éste ha causado.

Así, Vecchio va desarrollando una deliciosa creación de mundos y de comportamientos humanos posibles ya que, como el narrador apunta: «los usos y costumbres de las sociedades primitivas mostraban como un espejo, a quien quisiera y supiera contemplar, la imagen de lo que el hombre fue en los albores […]. Solo así podríamos saber, de una vez por todas y para siempre, quiénes éramos, de dónde veníamos y hacia dónde íbamos.» O como así reza el título del capítulo 100, «Los etnólogos avanzan en el espacio, retrocediendo en el tiempo.»

El Museo de Historia Natural de Washington, institución que inspira la trama de ‘La extinción de las especies’ [Foto © Smithsonian Institution vía tripsavvy].

El libro termina con Vecchio reflexionando sobre el papel de los museos: «el museo es una serpiente glotona, con boca pero sin ano, capaz de tragar y conservar, en su estómago de cristal, piedras, plantas marchitas, animales muertos, esqueletos, monedas antiguas, arte.» Y lo pone de relieve a través de un hilarante listado de equipamientos absurdos, como es el caso del ‘Museo de los Museos’ o del ‘Museo de las Obras de Arte que no estaban destinadas a ser expuestas como obras de arte en un Museoque remite a la cuestión de la hiperbólica cantidad de museos y la poca utilidad social que algunos de éstos aguardan.

Además, el escritor argentino también apunta que «ineluctablemente el tiempo transforma al mundo en ruina. Nada entero sobrevive. Del pasado, solo quedan polvo y piedras. Los recuerdos no son más que restos, cuanto más precisos, más falsos.» El tiempo es una dimensión inexorable y la extinción de las cosas no puede ser frenada; la implacabilidad del curso de la Naturaleza y la existencia de un tiempo, una Historia, que avanza, es ineluctable. Podemos concluir que justamente debido a esta razón, la novela no está enmarcada en un espacio temporal concreto —aunque pueda adivinarse que se desarrolla alrededor de comienzos del siglo XIX.

Vivimos, pues, «sumergidos en un mundo que es puro ruido» y en el que debemos encontrar el sonido adecuado que escuchar. Este libro, que funciona de Museo de la Evolución Humana, en un gran ejercicio antropológico, convoca la idea de que «la destrucción es la condición de posibilidad de la creación.» Esto es, para evolucionar, hay que hacer sacrificios; cada ser humano es, en el fondo, el resultado de un proceso evolutivo de millones de años. No es en balde, tal como manifiesta la última frase de la novela, que «el presente es el museo del futuro.»

El autor del libro, Diego Vecchio [Foto © Marc Llibre vía Editorial Anagrama].

En cuanto a los aspectos técnicos de la obra, cabe destacar la tensión que Vecchio consigue mantener a lo largo de toda la novela pese a la presunta simplicidad con la que es narrada. En un texto con muy poca presencia de diálogos, el narrador es como un cuentacuentos que, con una aparente neutralidad y mediante un aire entre fantástico y épico, impregna los sucesos y la misma historia de un matiz inocente pero irreversible. Una historia que se desarrolla con una perfecta linealidad, sin sacudidas pese a los cambios de escenario o de personajes principales.

Analizando la estructura, veremos que los capítulos se sirven de unos párrafos más bien cortos que despliegan cada uno una idea base muy clara. En estos, Vecchio presta mucha atención a los procedimientos que los personajes desarrollan y utilizan y a la consecuencialidad de los hechos. En otras palabras, la prosa de la obra se basa en una exposición racionalizada y muy bien argumentada de las situaciones. Así, se podría leer el libro como una especie de cuaderno de bitácora: un cuaderno de notas meticulosas y descritas al detalle que se van sucediendo una tras otra hasta conformar un manual de instrucciones de cómo leer la evolución humana.

Buscando de entre las costuras, de entre los límites de la trama y las anécdotas que para otros podrían ser superfluas, Vecchio urde, en un aparente y equívoco tono neutro e inocente, un análisis antropológico cargado de una alta dosis de sátira.

Para Diego Vecchio, como para Barba, no hay teoría del buen salvaje: los humanos compiten entre sí, aunque con unas formas más sofisticadas, como son el ansia de poder y de acumulación —mediante el coleccionismo y la taxonomía—, la política o la justicia. Pero al revés que en el caso de República luminosa, no hay nada de inquietante en ello, tampoco nada de dramático, Vecchio solamente lo constata: la sociedad humana está construida sobre un enjambre de estructuras y mecanismos de poder que el autor naturaliza a la perfección en el desarrollo de la trama.

Por su parte, los personajes son presentados como animales en el sentido positivo del término: son individuos que luchan por su supervivencia y se adaptan constantemente a nuevos medios, luchan para evitar el olvido de un legado o herencia y tienen curiosidad para entender cómo y por qué funciona el mundo. Todos experimentan un crecimiento personal —siempre con otros personajes que les apoyan en su evolución—y, además, acceden a cotas de poder por propios méritos: en el pastiche de Vecchio sí hay lugar para la meritocracia real.

La extinción de las especies es un análisis antropológico apasionante, que explora una suerte de mundos posibles y utópicos con el objetivo de que el lector se vea reflejado en ellos. La obra es también una reflexión sobre la importancia de los museos y las ciencias humanas, de la función social del arte y de los restos arqueológicos para explicarnos quiénes somos, confrontándola con el papel preponderante del progreso tecnológico y científico en la actualidad. En definitiva, Vecchio urde un delicioso ejercicio novelístico sobre las pasiones y procederes humanos y la insignificancia de un solo individuo o una sola sociedad frente a los miles de años de historia de la humanidad.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Ferran Muñoz Jofre

Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración, cursa actualmente un máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. La política y la cultura han sido siempre sus focos de interés, como demuestra su experiencia laboral como becario en distintas instituciones culturales y empresas del mundo editorial barcelonés. El voluntariado no asistencialista y la educación en valores como herramientas de transformación social, así como la preservación no excluyente de las identidades y el feminismo, son sus más firmes convicciones.


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