11/08/2020 BARCELONA

Facebook y su hundimiento bursátil

Facebook sufrió un tremendo varapalo en su salida a Bolsa en 2012, desde entonces trata de recuperarse. La red social mantiene un enorme conflicto sin resolver: cómo explotar su enorme potencia comercial sin extralimitar la privacidad de sus usuarios.

Salimos a la venta

No es extraño que una empresa, cuando decide salir a bolsa, salga con su precio un poco inflado. Al fin y al cabo, en una oferta pública de venta lo que uno espera es ganar dinero, bien sea para expandirse, enriquecerse o ambas cosas. Facebook decidió que valía 104.000.000.000 dólares, un precio que jamás había visto empresa alguna que se estrenara en bolsa, en este caso, el Nasdaq. Así, el 17 de mayo del 2012, el precio de salida para la empresa afincada en California era de 38 dólares la acción, que fruto de la excitación general rápidamente llegó a 45. Fue un espejismo.

Prudente o no, un inversor debe decidir cuando multiplica el número total de acciones por su valor, si la compañía que le interesa es barata o cara. Habitualmente, el precio de la acción no sólo responde al valor “real” de la empresa, sino a las expectativas de la misma, es decir, su potencial. Si hoy usted cree que la más saneada y exitosa empresa del mundo no valdrá nada mañana, ya está marcando el precio de su acción. Y Facebook, para algunos, con un galopante incremento de usuarios que ya sobrepasa las 1.000 millones de cuentas, tenía/tiene un potencial ilimitado.

Realizada por el becario Paul Butler en 2010, la imagen muestra las conexiones entre usuarios de Facebook a nivel mundial. Nótese el enorme vacío “disponible” en China, de 1.300 millones de habitantes. Foto: marcbel vía Flickr

¿Por qué ilimitado?

A nadie se le escapa que una red social es una gigantesca base de datos, llena a rebosar de información personal de sus usuarios, pues el objetivo es ofrecer, como en el caso de Facebook, un “espacio personal” a los mismos. El usuario medio no muestra su número de tarjeta de crédito ni su teléfono, pero sí cuelga qué quiere y qué no. Subir fotos personales, compartir enlaces, realizar comentarios de contenidos, chatear con amigos/conocidos/desconocidos, y clickear varias veces a la semana en un icono que indica que algo le “gusta”. Es decir, que para un comercial o un departamento de marketing acceder a dicha base de datos, o por lo menos saber que existe, es un sueño hecho realidad. El potencial de 1.000 millones de cuentas que, con diverso rango de privacidad, cuelga información pertinente de sus gustos y necesidades, supone seguramente la herramienta comercial y publicitaria más apetitosa de la historia del libre comercio. Y para muchos, el potencial que trae ese grupo de redes sociales en el que también está Twitter o LinkedIn, ha acabado por formar (y quizás reventar) una nueva burbuja. Pero esa información personal, resulta ser… personal.

Ridículo

Al poco tiempo de estrenarse en el parqué, la acción se hundió hasta los 17,55 dólares, perdiendo un 46% de su valor original y dañando seriamente la reputación de la compañía. Todos los analistas (y las “Casandras” antes de que saliera a bolsa) coinciden en cuál ha sido/es el problema para explicar el fracaso bursátil de Facebook: no saber explotar ese potencial.

¿Gana dinero Facebook? Mucho, gracias a la publicidad que como cualquier usuario comprobará, aparece en la página animando al usuario a “clickar” o marcar con un “me gusta”. Ahora bien, ¿gana todo el dinero que “debería” ganar? La respuesta rotunda es no. Las cuentas de los usuarios son gratuitas y “así seguirá siendo”, pero el dinero de los usuarios nunca ha sido el objetivo de los principales inversores, sino sus datos personales. Sigue habiendo un enorme dilema que aún no tiene respuesta: qué se puede hacer con los datos de los usuarios (el auténtico Dorado de la red social) sin violar la privacidad de los mismos. Además, da la casualidad que la primera preocupación de los usuarios de Facebook no es el spam, la adicción a la web, los grupos discriminatorios, bullying o contenidos inapropiados; es la privacidad de sus datos.

Por poner un ejemplo, Apple puede anunciarse en Facebook y contabilizar en su cuenta oficial a cuántos usuarios les “gusta” Apple. Sin embargo, Apple no puede acceder a los millones de usuarios que estén pensando en comprarse un portátil cool o un iPad, y por tanto pierde la posibilidad de bombardear con ofertas a los indecisos. No puede rastrear en el “muro” de un posible cliente comentarios como “mi Samsung no va bien”, o “me gustaría un iPhone con los colores del Barça”. No puede saber a qué usuarios les gusta gastar dinero en pijadas y cuales andan cortos de pasta… Facebook no puede vender ilegalmente la información privada, luego pierde la posibilidad de ganar un dineral. De momento, en vez de ser un pozo de “sabiduría” para las marcas interesadas, no es más que una web popular donde colgar anuncios aleatoriamente. 

Zuckerberg, solicitado por el presidente de los Estados Unidos junto con otros líderes del sector, en 2011. Nadie ha pasado por alto la enorme influencia en política y comunicación que sigue manteniendo la red social. Foto: Pete Souza

Recientemente Facebook inauguró un nuevo sistema de patrocinios, además de incrementar los banners. Aparte de los anuncios clásicos en el lateral de la pantalla, si un usuario desea dar especial relevancia a sus posts (por aquello de que los vean por encima de los demás) sin coste alguno puede “patrocinarlo”, acompañando entonces dicho post de un anuncio publicitario. Lo cierto es que no deja de ser dar palos de ciego. Diversas revistas de economía como The New Economy o Capital en España, señalan que los usuarios “criados” con internet, suelen tener una “excepcional” habilidad para ignorar spam y cerrar rápidamente ventanas y anuncios molestos. Facebook sigue sin dar solución a su problema relevante: cómo explotar esos “me gusta”.

El futuro

No ayudó en absoluto que accionistas fundadores de Facebook, y que ya no trabajaban en la empresa, vendieran inmediatamente sus acciones para forrarse. Menos explicación tiene que el propio Zuckerberg y empleados vendieran una gran suma de las mismas al poco tiempo de estrenarse en el parqué. Algunos analistas dicen que el jovial fundador y aún al mando de la compañía, Mark Zuckerberg, pecó de ingenuo, creyendo quizás que un inversor no iba a apreciar del mismísimo jefe un “toma el dinero y corre”. En bolsa por lo general es muy mala señal que un empresario venda la participación de su propia compañía, pues no deja de transmitir una sensación de falta de confianza en la misma. No importa cuánto entusiasmo ponga en el potencial humanitario de su empresa (como red social de referencia para la Primavera Árabe), o cuántas modificaciones haga en su perfil de usuario, Zuckerberg tuvo que desmentir que fuese a seguir vendiendo parte de su accionariado, al menos durante un tiempo.

Conviene aclarar, a cualquiera que no esté familiarizado con los mercados, que Facebook sigue y va a seguir cotizando en bolsa. Si remonta o no el vuelo es harina de otro costal. Aquellos que aún crean en el potencial de la red social, pueden hacer cábalas y comprar. A febrero de 2013, la acción está a 27 dólares.

            Ésta es una explicación sin ánimo de lucro 

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John Galt

Alicante, España. Arquitecto e inversor. A ello hay que añadir una lista de intereses demasiado larga.


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