25/11/2020 BARCELONA

España e Iberoamérica a 200 años de ‘la Pepa’

Doscientos años después de la Constitución de 1812, que vinculaba los territorios ‘hispanos’ de ambos continentes, ¿En qué punto se encuentran las relaciones entre España e Hispanoamérica? ¿Cómo han evolucionado a lo largo de estos dos últimos siglos? ¿Cuál es el papel de una España fuertemente debilitada en un contexto de crisis económica y política que pone en solfa el proyecto europeo?

La Pepa como puente entre España y América

“La Nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios”. Así reza el artículo 1º del capítulo primero de la Constitución promulgada el 19 de marzo de 1812 en el oratorio de San Felipe Neri de la Isla de León. Hace poco más de doscientos años, los territorios de la Monarquía Española se dotaban de la primera Constitución de nuestra Historia, conocida popularmente como La Pepa. Acosados en España por la Grand Armée de Napoleón y en América por los movimientos insurgentes que cuestionaban la primacía política de los españoles peninsulares sobre los criollos, la labor conjunta de los diputados de ambos hemisferios dotaba de realismo a ese anhelo de unidad.

De los alrededor de trescientos diputados “gaditanos”, unos sesenta eran españoles americanos. Procedentes entre otros lugares de La Habana, Ciudad de México, Lima, Caracas, Bogotá o Buenos Aires, estos diputados tuvieron que sortear mil peligros hasta arribar a Cádiz, capital de la España libre del dominio napoleónico. En sus valijas traían las reclamaciones que en esos momentos planteaban las clases dirigentes de sus países de origen: igualdad de derechos entre peninsulares y criollos en el gobierno de América y libertad para comerciar con otros mercados mucho más atractivos, como el del Reino Unido o el de los Estados Unidos.

En pocos años, sin embargo, mucho cambiaría el panorama. En 1814, finalizaba la Guerra de la Independencia con el regreso de Fernando VII al trono, mientras los independentistas americanos decantaban la balanza a su favor. La inestabilidad política del Trienio Liberal (1820-1823), en que se restituye La Pepa, acelera los acontecimientos en el Nuevo Mundo. Para 1826, toda la América Española es independiente, salvo Cuba y Puerto Rico.

Años de cañoneras y emigrantes

Tras tres décadas dedicadas a restañar las heridas, los gobiernos del periodo 1856-1868 emprenden una serie de campañas militares con el fin de recuperar para España el prestigio perdido a nivel internacional. Las aventuras de México (1861-1862), Santo Domingo (1861-1865), Chile, Perú y Ecuador (1865-1866), no sirvieron sino para desgastar las relaciones con la América Hispana. La Guerra de los Diez Años (1868-1878) contra los rebeldes cubanos, mostró las dificultades de la metrópoli para retener a su colonia más rica y la solidaridad que entre los hispanoamericanos despertaba la lucha por la independencia de Cuba.

Esta dinámica condujo al llamado Desastre del 98, cuando España pierde Cuba y Puerto Rico a manos de los Estados Unidos, y pone fin a una presencia de cuatrocientos años en América. Sin embargo, los españoles siguieron cruzando el charco. Se calcula que entre 1882 y 1935 llegaron a Iberoamérica unos 4,7 millones de españoles, principalmente a Argentina, Cuba, Venezuela, Uruguay y Brasil.

Enfriamiento entre las dos orillas

En lo político, las estrechas relaciones del primer tercio del siglo XX se ven interrumpidas por el estallido de la Guerra Civil en España. A pesar de la presencia de varios miles de brigadistas hispanoamericanos en el Ejército Republicano, la mayoría de gobiernos americanos se limitó a mostrar sus simpatías hacia uno u otro en función de su color político. Sin embargo, México apoyó decididamente la causa republicana, al no reconocer al régimen de Franco, al tiempo que acogió a unos 30.000 exiliados. Las relaciones diplomáticas entre ambos países no se retomarían hasta 1977.

Durante la dictadura, los países hispanoamericanos enfriaron sus relaciones con España, al menos hasta mediados de siglo, lo que incluso afectó al flujo migratorio. Por la menor necesidad de mano de obra y el temor a un contagio del enfrentamiento político ibérico, la llegada de españoles se vio sujeta a mayores controles y restricciones, hasta prácticamente desaparecer hacia 1960. Fue entonces cuando la emigración viró hacia Europa, principalmente hacia Francia, Alemania y Suiza.

Solo Perón (Argentina), Trujillo (Rep. Dominicana) y Pérez Jiménez (Venezuela) mostraron abiertamente su apoyo a Franco. Durante los difíciles años de la autarquía (1939-1955), España importó alimentos de Argentina y ‘exportó’ emigrantes canarios y gallegos a la Rep. Dominicana y Venezuela. Las relaciones con el resto de países hispanos, al menos con la mayoría, se mantuvieron pero en un bajo perfil. La retórica nostálgica del pasado imperial del régimen franquista, se contradecía con el escaso peso de España en la región.

Transición hacia la democracia y el reencuentro

Con la muerte de Franco y el inicio de la transición hacia la democracia, las relaciones entre España e Hispanoamérica experimentaron una profunda revalorización, especialmente en lo político. La relativamente pacífica Transición Española fue adoptada como referente por los demócratas de los países que fueron víctima de la Operación Cóndor. En 1983 la Agencia de Cooperación Iberoamericana (embrión de la AECID), organizó en Madrid el “Encuentro en democracia”, al que asistieron más de cien personalidades españolas e hispanoamericanas del mundo de la política, la cultura, la economía y la ciencia. Algunos de ellos, serían los futuros presidentes de países en transición, como el argentino Raúl Alfonsín.

La condición de país puente entre Europa e Hispanoamérica, jugó a favor de España de cara a su ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986. Sin embargo, el ámbito comercial era el punto débil de las relaciones entre ambas orillas. La diplomacia española defendió la necesidad de estrechar lazos con los países hermanos de América. En 1991, se reunía en Guadalajara (México) la primera Cumbre Iberoamericana. La conmemoración del quinto centenario del descubrimiento, en 1992, volvió a situar con fuerza a Iberoamérica en la agenda exterior española.

De la “conquista” económica a la pérdida de influencia, pasando por la migración

Durante el gobierno del PP (1996-2004), la liberalización de los mercados iberoamericanos y una clara vocación de expansión comercial, facilitó la implantación de multinacionales españolas en aquella zona. Las finanzas, las telecomunicaciones, los hidrocarburos y el turismo fueron los principales ámbitos de inversión. Sin embargo, acciones como el rápido apoyo al golpe de Estado de abril de 2002 contra Chávez, la constante condena del régimen de Fidel Castro o el intento de convencer a algunos países de la región de apoyar la invasión de Irak en 2003, enrarecieron las buenas relaciones con algunos países.

En el terreno social, el desplome de algunas economías de la zona y el boom económico español sustentado en el ladrillo, llevaron a centenares de miles de iberoamericanos a emigrar a España, invirtiendo de ese modo la dirección del flujo migratorio que había dominado hasta mediados del s. XX.

Con el segundo gobierno del PSOE (2004-2011), a pesar de algunas iniciativas positivas como la posibilidad de conseguir la nacionalidad española a los descendientes de exiliados por la Guerra Civil y el franquismo, se asistió a una pérdida considerable de influencia política de España en la zona. El acercamiento a los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Cuba, rompió con la línea diplomática de los veinte años anteriores. En el terreno económico, la crisis desencadenada en 2008 mermó considerablemente la capacidad de ejercer influencia económica. La ausencia de numerosos Jefes de Estado en la Cumbre Iberoamericana de 2011, puso de manifiesto que España había perdido peso en una región clave para sus intereses.

En época de crisis, volvemos a mirar a América

Con el regreso del PP al poder en diciembre de 2011, los acuciantes problemas internos han primado sobre la actividad exterior. Sin embargo, no ha faltado la polémica. Recientemente, el Gobierno argentino ha expropiado la mayor parte de las acciones de Repsol en YPF, hasta adueñarse del 51%, y en Bolivia el gobierno ha nacionalizado la filial de Red Eléctrica de España. Sin entrar en las intencionalidades de ambos gobiernos, el evidente deterioro de la marca España, fruto de la crisis, parece haber sido un acicate para Cristina Fdez. de Kirchner y Evo Morales.

No obstante, el Gobierno español sigue apostando por Iberoamérica como uno de los factores de recuperación de la economía y el prestigio perdidos, en base a dos ejes fundamentales: fortalecimiento del papel de puente entre ésta y Europa, y zona prioritaria de inversiones para las PYMES españolas, que deben ir reemplazando a unas multinacionales cada vez más cuestionadas y, a tenor del crecimiento económico iberoamericano, quizás menos necesarias para el desarrollo de la región.

Por otro lado, el flujo migratorio se ha invertido de nuevo. España ha vuelto a ser un país de emigrantes, que se dirigen a Europa e Iberoamérica. Incluso teniendo en cuenta que algunos de los ciudadanos españoles que se han instalado en la región son inmigrantes nacionalizados que retornan a sus países, baste mencionar dos ejemplos. Desde 2007, la presencia de españoles en Perú ha aumentado en un 54%, y en Brasil en un 25%. Además, son miles los que anualmente emigran a países como México, Chile o Argentina.

Sin embargo, a diferencia de lo que acontecía algunas décadas atrás, hoy en día España no pierde mano de obra no cualificada, sino miles de jóvenes preparados, en los que el Estado y las familias han invertido miles de millones en su educación, que hallan en una región en crecimiento la posibilidad de un desarrollo profesional que su país les niega insistente y dramáticamente.

Aunque españoles ya no somos los de ambos hemisferios, y el proyecto panhispánico de la Constitución de 1812 ha fracasado en buena medida, los lazos históricos, culturales, de sangre y económicos entre ambas orillas del Atlántico, se hallan revigorizados. En un contexto como el actual, en el que España es un actor discutido en un proyecto tan discutido y discutible como es el europeo, quizás convendría no perder de vista el puente trazado por trabajadores y pequeños empresarios españoles. A veces pareciera que España está unida a América por el Océano Atlántico y separada del resto de Europa por los Pirineos.

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