25/11/2020 BARCELONA

La ALBA, ¿cooperación Sur-Sur o integración regional?

Que es el ALBA? Su objetivo estratégico es el desarrollo de una estrategia petrolera (Petrocaribe y Petroamérica) para establecer un proyecto alternativo de integración al ALCA. Con ello se pretende promover un sistema multipolar para equilibrar la pretensión hegemónica estadounidense.

La crisis del regionalismo neoliberal

En los noventa, la integración latinoamericana empezó a seguir estrategias que enfatizaban la liberalización comercial; se reactivaron los procesos de integración centroamericano, andino y caribeño, y se lanzó el Mercosur. No obstante, desde mediados de la década, una crisis afecta a dicha integración. El debate acerca de la conveniencia, la racionalidad, el contenido y los objetivos de la integración económica y el regionalismo como estrategia política es una muestra de ello. Al mismo tiempo, se abre un nuevo ciclo político de gobiernos de izquierda y de liderazgos regionales que promueven una mayor autonomía de la región en el sistema internacional y, particularmente, respecto a Estados Unidos.

En este nuevo período observamos, por un lado, la intensificación de las opciones externas; acuerdos con Estados Unidos, la Unión Europea y Asia. Por otro lado, han surgido nuevos proyectos como la UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas), y la ALBA (Alianza Bolivariana de los Pueblos de América).

Fundamentos políticos e ideológicos de la ALBA

A raíz del triunfo de Hugo Chávez en el referéndum revocatorio de 2004, su política exterior se vuelve más proactiva, ideologizada y de fuerte carácter presidencial. El presidente aboga por el “socialismo del siglo XXI” que, además, va a desarrollarse en una coyuntura favorable debido a los altos precios del crudo. Es, en ese contexto, donde se plantea como objetivo estratégico desarrollar una estrategia petrolera (Petrocaribe y Petroamérica) y establecer un proyecto alternativo de integración (ALBA). La I Cumbre tuvo lugar el 14 de diciembre de 2004 con la participación de Cuba y Venezuela. A partir de 2006 y hasta 2009 se fueron sumando Bolivia, Nicaragua, Dominica, Honduras, Ecuador, San Vicente y Granadinas y Antigua y Barbuda. El proyecto bolivariano pretende promover un sistema multipolar para equilibrar, así, la pretensión hegemónica estadounidense y presentarse como una alternativa al proyecto norteamericano del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas).

La ALBA se presentó como un nuevo esquema de unión entre los pueblos cuyo objetivo pasa por construir un bloque de poder sudamericano. A ese propósito, Caracas buscará convertirse en una potencia energética mundial y articular iniciativas de integración energética con sus vecinos. Se persigue una integración que promueva el comercio justo, eliminando las asimetrías y buscando el equilibrio de las partes; basándose en los principios de cooperación, complementariedad, solidaridad y reciprocidad, así como en el respeto de la soberanía de cada país.

En lo referente a la integración económica, la ALBA resulta ambigua; el rechazo a la apertura comercial intragrupo[1] por considerarla neoliberal, deja sin contenido real al proyecto. Asimismo, tiene una posición ambivalente hacia Mercosur, la CAN o UNASUR, pues los cuestiona, pero no llega a rechazarlos; pretende “trascenderlos”. A la hora de suprimir o reducir aranceles en el seno de la ALBA o el TCP[2] sus miembros han respetado las obligaciones contraídas en sus respectivos acuerdos regionales. En materia comercial se ha recurrido a mecanismos de trueque y de compensación, que no requieren divisas. Así, pese a su retórica integracionista, la ALBA es el resultado de una “diplomacia de cumbres”, y pese a su discurso integracionista, constituye principalmente un marco de cooperación Sur-Sur basado en una aproximación ideológica más que en una complementariedad económica, inimaginable sin el petróleo venezolano.

La ALBA y sus instrumentos

Podemos identificar seis ejes en dicha cooperación: 1) el energético, basado en Petrocaribe y otros acuerdos bilaterales; 2) el social, que sostienen, sobre todo, los médicos cubanos en Venezuela (Misión Barrio Adentro) y en Bolivia, así como la Operación Milagro, con más de 700.000 operaciones oftalmológicas a pacientes de distintos países, (miembros o no de la ALBA). A ello se le suman iniciativas de alfabetización y cooperación cultural y deportiva; 3) el económico, a través del comercio de compensación, la creación de empresas mixtas y empresas “grannacionales»; 4) las infraestructuras, ligado al eje energético; 5) las comunicaciones, a través de TeleSur y el cable submarino Cuba-Venezuela; y 6) el financiero, con el Fondo ALBA y el Banco de la ALBA (BA)[3]. En junio de 2007 el I Consejo de Ministros de la ALBA aprobó el diseño de este último, y su Acta de Constitución fue aprobada en enero de 2008. Este comenzó a operar con un capital de 2.000 millones de dólares y un capital desembolsado de unos 1.000 millones. Chávez propuso fusionar el Fondo Petrocaribe para incrementar la capacidad de crédito. Sus objetivos pasan por apoyar a las transacciones intra y extra ALBA, respaldar a las empresas “grannacionales”, y llevar a cabo proyectos de desarrollo.

Luces y sombras del proyecto

Más allá de sus rasgos comunes, la ALBA  encuentra una competidora en el espacio suramericano: UNASUR[4]. Las diferencias aparecen respecto a su liderazgo, alcance, orientación política e ideológica, y viabilidad. La ALBA no parece capaz de articular los consensos que exigiría un proyecto de integración factible debido a su fuerte orientación ideológica, y es difícil de sostener con el voluntarismo político y los recursos (limitados) que Venezuela pueda desplegar. Cabe destacar que la mayoría de los países del Caribe miembros de Petrocaribe no lo son de la ALBA, debido al sesgo ideológico y a la desconfianza sobre el carácter hegemónico de Caracas.

Los planteamientos y acciones de Venezuela reflejan, por un lado, que existe una oferta de desarrollo alternativo socialista. Sin embargo, ¿tiene Caracas la capacidad de promover estos cambios? Desde los comienzos, la ALBA se ha enfrentado a dificultades y ha acumulado decepciones, tanto internas (el referéndum sobre la reforma constitucional), como externas (las resistencias de algunos países a sumarse al proyecto o el fracaso del Gran Gasoducto Suramericano). Con todo, desde finales de 2008, la crisis económica global y la caída de los precios del crudo minan los márgenes de actuación de Caracas.

Venezuela es el único gran país latinoamericano que terminó 2010 en recesión frente a un crecimiento del 6% de media en la región. El deterioro del tejido productivo, la dependencia y el endeudamiento externos disminuyen el crecimiento potencial aumentando la posibilidad de nuevas crisis. La economía se mantiene gracias a los altos precios del petróleo, sector que desde su nacionalización se ha convertido en un instrumento gubernamental.

¿Qué efecto tendrá todo ello en la política exterior del país? Quizá observemos una reformulación hacia posiciones más moderadas que ayuden a encauzar la integración sudamericana por la vía del consenso, más a través de UNASUR que de la ALBA. En cierta forma, ese parece se el resultado de la Cumbre de La Moneda en 2008[5] o de la respuesta inédita y rápida de UNASUR frente a la rebelión de la policía ecuatoriana contra el presidente Rafael Correa. Allí demostró que puede resolver sus problemas sin la intervención de Estados Unidos, pues el respaldo de UNASUR tuvo mucha más repercusión que la de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Si bien la mayoría de las propuestas trazadas por la ALBA han sido reelaboradas en el marco de UNASUR, éstas han dado a la integración suramericana un perfil político y social más marcado, dando paso a visiones más progresistas.

El futuro de la integración regional en América Latina. ¿UNASUR?

Cambio, volatilidad, incertidumbre, son palabras que no pueden faltar en el análisis del escenario internacional actual. Cómo conciliar necesidades internas con posibilidades externas es y será un ejercicio complejo. Las naciones sudamericanas necesitan hoy reconsiderar cómo se relacionan entre sí y con el resto del mundo. El continente se halla dividido yse enfrenta a un dilema esencial: si la integración regional sigue centrada en una agenda básicamente comercial, se volverá irrelevante; si, por el contrario, se basa en una integración fuertemente ideologizada, se corre el riesgo de la desintegración (¿como es el caso de la ALBA?). Así, parece que la “solución” pasa por reorientar la integración hacia una agenda de políticas comunes de apoyo a la transformación productiva y la competitividad internacional, a promover la estabilidad y la gobernanza democrática o a la provisión de bienes públicos regionales. Habrá que abandonar la visión de las decisiones nacionales y ubicarlas como decisiones supranacionales.

UNASUR, en particular, puede ser un espacio regional funcional a esa agenda. Sin embargo, su diseño y evolución también revelan que todavía queda camino por recorrer en la construcción de consensos imprescindibles para un proyecto regionalista, empezando por conciliar los intereses de Brasilia y Caracas. Veremos cómo evoluciona el panorama integracionista latinoamericano y si la diplomacia petrolera de Caracas es suficiente, especialmente tras las elecciones del país en 2012.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro


[1] Los intercambios entre los países, constituyen únicamente el 13% de sus exportaciones totales y menos del l% de sus exportaciones agregadas. Aunque puedan aumentar, su potencial es pequeño. Su significado es mayor en el ámbito social y político, como símbolo de oposición a los Tratados de Libre Comercio. Con este modelo es difícil promover la transformación productiva y las mejoras de eficiencia y competitividad que la región requiere.

[2] El Tratado Comercial de los Pueblos que integra a Bolivia, Cuba y Venezuela, constituye un conjunto de acuerdos de comercio compensado basado en las ventajas comparativas de cada economía.

[3] http://www.bancodelalba.org/

[4] https://www.unitedexplanations.org/2011/03/25/brasil-aspiraciones-y-limitaciones-de-un-lider/

[5] El 15 de septiembre de 2008 fue convocada una Cumbre Extraordinaria en Santiago de Chile por la presidenta, M. Bachelet, tras varias iniciativas venezolanas, a raíz de la crisis política y la escalada de violencia que se inicia en Bolivia en agosto de 2008, tras el triunfo del presidente Evo Morales en el referéndum revocatorio. Bolivia y Venezuela denunciaban la existencia de tramas golpistas, impulsadas por los opositores y por Estados Unidos. Los intereses de resolver el conflicto pasaban por la estabilidad del país vecino, de la región, así como la seguridad en el suministro de gas. Venezuela planteó inicialmente la reunión de una manera más ideologizada, pero los condicionamientos de Brasil permitieron forjar el consenso regional que explica el éxito de la mediación de UNASUR.

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Marta Pérez

Vive en Barcelona, donde estudia un Posgrado en migraciones contemporáneas. Licenciada en Economía, se especializó con un Máster en Relaciones Internacionales – Políticas y programas de Desarrollo. Ha trabajado en consultorías de España y Londres en gestión y evaluación de proyectos europeos durante 4 años. Además ha realizado voluntariados con refugiados en Londres, con la British Red Cross y otras ONGs. Interesada en migraciones, asilo y la protección de los más vulnerables. Le gusta la buena comida, viajar y aprender, siempre.


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