27/05/2022 MÉXICO
Alonso Navarro15/12/2021
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La muralla verde se presenta como el proyecto bandera de África con el cual se busca detener el avance de la desertificación de las tierras hacia el sur del Sahara, generar puestos de trabajo, evitar grandes movimientos migratorios y combatir el cambio climático. Una idea buena, pero, ¿pretenciosa?

Una tormenta de problemas… y también de arena

El Sahel o Sáhel (pronunciado con “h” gutural, normalmente «Sajel», de modo similar a «Sajara» para Sahara) es una zona ecoclimática y biogeográfica del norte del continente africano. Verán, tal región colinda con el gigante desértico del Sahara. En especial, en esta zona, la degradación y desertificación de la tierra son las mayores causantes de la pobreza, migración y sobre explotación de los recursos naturales.

El avance del desierto o desertificación se refiere pues a un proceso geológico/ecológico mediante el cual la tierra por diferentes factores se va secando, haciéndose árida e infértil. ¿Qué factores lo causan? El conocido calentamiento global es un factor, aumenta la temperatura y hace insostenible las condiciones de vida de plantas y animales, aunado a ello, las casi inexistentes precipitaciones fluviales rompen el ciclo de vida de las plantas y, como consecuencia estas a su vez, el de las precipitaciones, un círculo vicioso que se termina expandiendo al Sahara.

Como resultado, conseguir cosas tan simples como agua y comida se convierten en barreras al desarrollo del Sahel, afectando las principales actividades económicas como la agricultura y ganadería, ya que el avance del desierto acaba con el terreno fértil  para las comunidades de la región. Es por estas condiciones imperantes en la región y los problemas que acarrea para el continente que nace la iniciativa de la Muralla Verde del Sahel.

El precedente, la inspiración y la pionera

Esta iniciativa se inspiró en un movimiento, el de Wangari Maathai, el Movimiento Cinturón Verde (GBM por sus siglas en inglés). Maathai, primera mujer keniana en tener un doctorado, ser profesora universitaria y  ganadora del premio nobel de la paz en 2004, fundó en 1977, bajo el auspicio del Consejo Nacional de mujeres de Kenia, el Movimiento Cinturón verde como una respuesta a las necesidades de las mujeres kenianas en zonas rurales las cuales reportaban que los arroyos se secaban, la accesibilidad a la comida era cada vez más precaria y se debía caminar largos trechos para conseguir madera para combustible o cercas. Maathai junto al apoyo de todas las mujeres que aprendieron sobre reforestación gracias a ella, logró plantar 47 millones de árboles en su natal Kenia.

La muralla que divide lo que viene de lo que será

Entonces, con tal precedente y similitudes en su problemática es entendible el por qué de esta iniciativa con una idea tan simple, plantar árboles. Una gran muralla de 8000 kilómetros de largo y 15 kilómetros de espesor que atraviesa once países y trata de crear una maravilla natural en base al trabajo del hombre. Estamos hablando de uno de los proyectos bandera de África, la Gran Muralla Verde del Sahel, lanzado en el 2007 por la Unión Africana. Se compone por el  esfuerzo no solo de los países que forman parte de la región del Sahel (Burkina Faso, Chad, Djibouti, Eritrea, Etiopía, Mali, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal y Sudán),  sino involucrando a un total de 20 países bajo el liderazgo de la Agencia Panafricana para la Gran Muralla Verde. Se ha logrado movilizar 8 mil millones de dólares con el apoyo de los países involucrados en la iniciativa y también de distintas organizaciones internacionales como la Unión Europea (UE), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Banco Mundial y la Convención para combatir la Desertificación de las Naciones Unidas.

Imagen obtenida de earth.org

Como todo gran proyecto, la creación de esta muralla obedece a ciertos objetivos. La ambición principal es que para 2030 se hayan restaurado 100 millones de hectáreas de tierras degradadas, absorber 250 millones de toneladas en emisiones de dióxido de carbono y crear 10 millones de empleos verdes. Es claro que la creación de puestos de trabajo es un objetivo fundamental; pero también se busca incrementar la seguridad alimentaria de millones de personas en el Sahel y crear en la región una conciencia de resistencia contra las crecientes temperaturas en la zona.

Las comunidades que habitan la región del Sahel son parte fundamental del proyecto, ya que es gracias a ellas que se pueden plantar los árboles. Su participación, además de detener la desertificación, les ofrece la oportunidad de trabajar en empleos ecológicos cumpliendo así uno de los objetivos, generar empleos. Como parte de esta participación se destacó dos técnicas. La primera se trata del cultivo en terrazas: se usa cuando se cultivan los árboles o plantas necesarias en cerros o montañas, plantado terrazas graduales construidas en las pendientes a fin de minimizar la erosión y pérdida de agua. La segunda es una técnica propia de la región del Sahel y más específicamente de Burkina Faso a la que se conoce como  Zai: consiste en cavar pozos poco profundos en la tierra durante la temporada de lluvias para capturar las escasas precipitaciones y concentrarlas en las raíces de los cultivos.

 

Técnica Zai

Por último, el otro elemento de importancia así como lo son las personas, los árboles que se plantan, los cuales deben cumplir con dos condiciones fundamentales: ser capaces de sobrevivir al medio ambiente desértico y ser utilizables para los medios de vida de la gente en las poblaciones. Las especies más comunes que se pueden encontrar en la Gran Muralla Verde son la Acacia senegal, el datilero del desierto (Balanites aegyptiaca) y la ciruela india (Ziziphus mauritiana).  La idea científica detrás de estos árboles y su plantación es que a futuro las hojas caídas de estos sirvan de compost y consecuentemente la generación de más árboles sin intervención del hombre. Una muralla auto sustentable.

Un gigante verde que avanza muy lento

El primer avance a mencionar es la metodología sobre la plantación de árboles. Verán, la simplicidad de la idea de plantar árboles en realidad no es nada ingenioso. Tal como menciona Chris Reij, especialista en el manejo sostenible de suelos: Si todos los árboles que fueron plantados en el Sahara desde los 80s hubieran sobrevivido, esto luciría como el Amazonas… podemos decir que el 80% de los árboles plantados han muerto.

Principalmente los arboles eran plantados en zonas poco habitadas y alejadas de las comunidades y tal como menciona en la estrategia actual de la Gran Muralla Verde líneas arriba, estas comunidades y sus propias técnicas ahora son tomadas en cuenta en el proceso de plantación y siembra.

 

La Convención de las Naciones unidas para combatir la Desertificación (United Nation Convention to Combat Desertification, 2020) rescata que en total el área de intervención de la GMV es de 156 millones de hectáreas siendo los países con mayor territorio intervenido: Níger, Mali, Etiopía y Eritrea. La misma Convención destaca los 5.5 mil millones de plantas y sembrados producidos por las comunidades en Etiopía; en Senegal los más de 18 millones de árboles plantados y 800 000 hectáreas de tierras restauradas; en Nigeria los 8 millones de árboles plantados y 1 396 trabajos creados; 2 000 hectáreas de suelos restaurados en Sudán; en Burkina Faso 16 millones de árboles plantados; 135 000 plantas plantadas en Mali; en Eritrea unos 129 millones de árboles plantados y, finalmente en Níger con 146 millones de árboles plantados.

Dentro de la esfera de los avances, el más importante y reciente se ha dado este 2021 durante la cumbre One Planet en la que se anunció el financiamiento mediante donaciones de 14 mil millones de dólares para la iniciativa del gobierno de Francia, el Banco Africano de Desarrollo y el Banco Mundial en un periodo de 10 años. Un apoyo importante considerando que la conclusión de la muralla se ha calculado en 33 mil millones de dólares.

¿El gigante verde está condenado a permanecer dormido?

La iniciativa de la Gran Muralla verde, desde sus inicios en 2007, ha restaurado en su conjunto 18 millones de hectáreas de tierra, el exacto 18% de la meta de 100 millones. Tomando en cuenta que la meta es a 2030, se necesita elevar el ritmo actual a 8.2 millones de hectáreas restauradas, un ritmo que parece inalcanzable dado que la región aqueja de problemas organizacionales, aunados a los ya mencionados económicos y sociales. También las cifras de “avance” que muestra la Convención contra la Desertificación varía si se presta atención a los detalles.


Elaboración propia en base a los datos encontrados en: Pan African Agency Of The Great Green Wall et al, 2020, 51-67

Notas: N/a: datos no disponibles, (1) y (4) hectáreas de dunas fijadas, (2) hectáreas de tierras degradadas convertidas en terrazas, (3) hectáreas cerradas y en regeneración natural asistida, (5) árboles plantados, (6) hectáreas de jardines multipropósito, (7) beneficiarios/as.
En el cuadro que acabamos de observar se intenta resumir al detalle los avances de la iniciativa, la manera y en cada país que se ha intervenido. Lo primero que salta a la vista es la disparidad de resultados: Burkina Faso y Niger tienes resultados coherentes en la cantidad de apoyo económico recibido; pero casos como el de Chad, Djibouti y sobre todo Mali son alarmantes por el elevado presupuesto y los pobres resultados. No se engañen por los resultados de Eritrea, el avance en hectáreas y plantaciones se debe a que la mayoría de su territorio está intervenido por la iniciativa, a diferencia del resto de países.
Los antecedentes del proyecto y lo que se espera de la iniciativa en el futuro son dos aspectos que tienen una distancia demasiado grande y, por lo que los datos indican, no es solo cuestión de dinero, considerando además que es lo que más tendrán en el futuro inmediato. El retraso en la estrategia inicial y el involucramiento de las comunidades y sus estilos de vida han desperdiciado tiempo precioso para alcanzar la meta (2030). Se ha transformado la idea inicial de la Muralla Verde, concentrándose en las zonas habitadas, pero al mismo tiempo, siendo la única forma de que el proyecto sobreviva y beneficie a la gente de la región proveyendo medios de vida y recursos, deteniendo la migración y los conflictos. No obstante, este gran proyecto ha mantenido vivo los denodados esfuerzos de muchos países del mundo que combaten el cambio climático.

Alonso Navarro05/11/2021
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El Estado al que llamamos Emirato Islámico de Afganistán ha sufrido un revés a los pequeños avances que venía alcanzando en los últimos 20 años respecto a su propia consolidación como un estado democrático. Ahora se ve sometido al gobierno talibán el cual es considerado un sinónimo de violaciones de Derechos Humanos y terrorismo internacional. 

 

Los combatientes talibanes toman el control del palacio presidencial afgano en Kabul. Tomado del portal de noticias France 24.

El enemigo de mi enemigo es mi…¿amigo?                

Desde los años 50s, Estados Unidos ha tenido importante interés en Afganistán debido a la creciente industria dedicada a la construcción de infraestructuras, además de desempeñarse como Estado tapón ante el avance de la Unión Soviética y el socialismo. Gran sorpresa fue que en 1978 la Revolución Saur, una revolución dirigida por el Partido Democrático Popular de Afganistán, impusiera un gobierno con características socialistas en Afganistán, y que al año siguiente, en 1979, efectivos del ejército soviético se establecieran en territorio afgano.

Es entonces cuando los Estados Unidos bajo la administración Reagan decide intervenir y, también, aquellos a quienes alguna vez llamaron “combatientes de la libertad”, los muyahidines o yihadistas. Los llamados combatientes de la libertad fueron la herramienta que los americanos utilizaron para convertir a Afganistán en el “Vietnam” de la Unión Soviética; y a cambio estos recibían los instrumentos necesarios -armas- para emprender su guerra santa contra los no creyentes, pues recordemos que un Estado socialista alienta el ateísmo. Nada más blasfemo para un Yihadista y, que a su vez, es la base de su discurso de liberación.

 

El camino al infierno está lleno de la satisfacción de mis intereses

“¡Lo hicimos!” eso debieron pensar los americanos cuando, en septiembre de 1988, las tropas soviéticas se retiraron tras una guerra de desgaste que no llegaba a su fin y que en el futuro sería señalada como una de las tantas razones de la caída de la Unión Soviética. El gobierno pro soviético cayó rápidamente al no contar con el apoyo de la URSS y, de ese modo, Afganistán vio su territorio convertido en terreno de una guerra civil entre la veintena de etnias que conforman su población a fin de llenar el vacío de poder.

Hagamos una pausa, Afganistán está compuesto por distintas etnias y cada una de ellas tiene una interpretación propia de la religión islámica. Existen otras diferencias culturales y sociales pero lo verdaderamente importante es la religiosidad. Una de estas etnias es la Pastún, cuna de los jóvenes estudiantes-guerreros instruidos en un islamismo fundamentalista y que luchan por el sueño de construir una utopía yihadista. Estos jóvenes son los talibanes.

 

Mira lo que hemos creado      

Tras años de guerra civil, en 1996, Afganistán vio la mayor avanzada militar hecha por una de las etnias beligerantes. Los talibanes, a través de una serie de operaciones y golpes militares, avanzaron hacia Kabul donde no encontraron resistencia alguna al ya haberse marchado las tropas gubernamentales. Fue así que se instaló por primera vez el Emirato Islámico de Afganistán, siendo incluso reconocido por los Estados Unidos.

Es cuando las violaciones a los derechos humanos iniciaron, en especial hacia las mujeres y niñas quienes sufrieron una invisibilización sistemática dentro de la sociedad afgana, aunque claro, no se intervino el país hasta aquel fatídico año 2001. El atentado a las torres gemelas por parte de Al Qaeda, grupo terrorista el cual operaba desde Afganistán, y la posterior negativa del gobierno talibán para entregar a los culpables fue la razón de la invasión americana y de la OTAN.

 

Parece que Afganistán necesita un poco más que libertad

Ahora bien, tomar el control de las principales ciudades como la capital Kabul y deponer al gobierno talibán en 2001 no fue algo difícil en realidad, estamos hablando de Estados Unidos y sus aliados después de todo. Sin embargo, los principales cuestionamientos se propiciaron con la instalación de una guerra asimétrica, dígase de los ejércitos más grandes y preparados del mundo contra la resistencia talibán en las zonas rurales.

La comunidad internacional y las potencias instaladas en suelo afgano eran conscientes de que no podían estar ahí para siempre, así que las esperanzas reposaban en una idea: el desarrollo. Como explicaría el ahora ex-jefe de Estado Ashraf Ghani en un TED talks, la clave se encontraba en la construcción de un Estado de derecho que garantice el gobierno de la ley, asegure los derechos básicos de sus ciudadanos, controle las finanzas internas, logre acuerdos internacionales y, principalmente, combata la corrupción.

Esta democratización que se intentó instalar en Afganistán se acompañó con misiones de los Estados Unidos y la OTAN, los cuales buscaban acabar con el terrorismo en la región y crear/preparar un ejército afgano capaz de defender su propio territorio.

 

¿Qué salió mal entonces?

Casi todo, el desarrollo humano traducido en su Índice de Desarrollo Humano (IDH) son cruciales para entender el nivel de prosperidad, acceso a servicios básicos, disfrute de derechos y la calidad de vida que hay en un país. Para el año 2001 ocupaba el puesto 174 de 178 países analizados, para el 2019 ocupaba el 170 de 189.

 

Gráfico sacado de: Calvillo, José. Afganistán: dos décadas de conflicto. 

 

 

Es relevante mencionar el índice de percepción de la corrupción, si bien el ahora ex gobierno de Ashraf Ghani ha hecho avances, lo cierto es que la corrupción aún afecta a los ciudadanos en cada aspecto de su vida. Aunado a esto, las tierras controladas por los talibanes son usadas para el cultivo de drogas (narcotráfico), y la situación de los campesinos que emplean es aún más penosa debido a que el 80% de los ingresos son recibidos sólo por los traficantes y procesadores de heroína.

Gráfico sacado de: Calvillo, José. Afganistán: dos décadas de conflicto.

 

“Ustedes tienen los relojes, nosotros el tiempo”

Proverbio afgano

Este proverbio explica la estrategia talibán. En la llamada guerra asimétrica los talibanes han cometido atentados terroristas en las principales ciudades y se han mantenido en pie de lucha en las provincias montañosas de difícil acceso que le significaban un dominio total de tales terrenos. Esta situación continua de conflicto junto a la incapacidad de la comunidad internacional y el propio gobierno afgano de solidificar un Estado, han afectado la seguridad de sus habitantes y han propiciado un Estado fallido. No importó cuántas tropas, de qué países fueran, o que tan bien instruidos estuvieran los soldados afganos; lo único que los talibanes hicieron fue esperar.

 

Tras veinte años en suelo afgano, los Estados Unidos se encontraron en la misma posición que sus antiguos contrincantes soviéticos. Terminaron cansados de sus muertos, de los miles de millones de dólares gastados, abatidos por un enemigo al que no han podido vencer y al que con el paso del tiempo han ido cediendo terreno. Es así que Obama en el 2016 empezó el retiro de tropas (Castro, 2018), luego, Trump y el acuerdo de Doha que se basaba en la promesa de no utilizar Afganistán como base para ataques contra los Estados Unidos; también, los talibanes negociaron con el gobierno afgano un futuro político para su país y, por último, la final ejecución del acuerdo por parte del presidente Biden.

 

A la fecha de la publicación de este artículo, el pueblo afgano, sus mujeres y sus niñas están solas ante el nuevo gobierno islamista, sometidos a la Sharia (llamémoslo un código de comportamiento basado en proverbios religiosos) interpretados de manera radical. Sin el tío Sam que intervenga y con la OTAN que no actuará a menos que EE.UU lo haga; con la indiferencia de otras potencias como China y Rusia que buscan rutas comerciales o influencia regional antes que defender los Derechos Humanos, el futuro que le avecina a los que no logren salir de Afganistán es oscuro y en el mejor de los casos, incierto. Existe un posible escenario bajo el ojo atento de la comunidad internacional: la presente posibilidad de que los talibanes, ahora en el gobierno, prefieran la diplomacia sobre el terrorismo. En tal caso, se abre camino para tomar acciones respecto a la situación humanitaria; sin embargo, esto depende de la palabra talibán la cual ha probado valer muy poco no habiendo mejor ejemplo que la situación actual.

Referencia

 

2.Castro, J. (2018). El eterno conflicto afgano: las mismas piezas en diferente posición sobre el tablero. En I. E. Estratégicos, Panorama Geopolítico de los conflictos 2018 (págs. 147 – 170). Ministerio de Defensa de España.