
Cada año, cuando comienza Wimbledon, el torneo de tenis más antiguo y prestigioso del mundo, ocurre algo que puede parecer extraño para quienes no siguen el deporte: todos los jugadores deben vestir casi completamente de blanco. No importa si las marcas deportivas lanzan prendas fluorescentes o si la moda apuesta por colores llamativos. En el césped del All England Club, las reglas parecen pertenecer a otro tiempo; desde vinchas hasta medias, todo debe ser blanco. La norma no es un simple capricho estético. En Wimbledon, el blanco tiene una historia ligada a la aristocracia británica, las diferencias de clase y una idea particular de elegancia que todavía sobrevive en pleno siglo XXI.
El origen: cuando sudar era vulgar
El origen de esta tradición se remonta al siglo XIX, cuando el tenis comenzó a practicarse entre las élites inglesas. En esa época, sudar en público era considerado algo muy poco refinado, especialmente entre las clases altas. Las manchas de transpiración visibles eran vistas como algo absolutamente vulgar, por lo que la ropa blanca se convirtió en una solución muy útil: disimulaba mejor esas marcas y transmitía una imagen de limpieza, estatus y sofisticación.
Una regla sin excepciones
Con el paso de los años, Wimbledon convirtió esa costumbre en una regla estricta. Actualmente, los jugadores deben vestir de blanco casi en su totalidad, incluyendo camisetas, pantalones, gorras y hasta zapatillas, con mínimas excepciones para pequeños detalles de color. La rigidez del código ha provocado situaciones insólitas. En 2013, Roger Federer tuvo que dejar de usar unas zapatillas con suela naranja porque incumplían el reglamento; no hay excepciones. Otros jugadores también debieron cambiarse antes de ingresar a la cancha por detalles considerados demasiado llamativos.

Más que tenis: la tradición como marca
La ventaja de Wimbledon es que vende algo más que tenis. Mientras otros Grand Slams adoptaron pantallas gigantes, shows musicales y una estética cada vez más comercial, el Grand Slam británico protege su imagen de tradición y antigüedad. Sus canchas con el césped perfectamente cortado, la presencia habitual de miembros de la realeza y el estricto protocolo forman parte de una identidad cuidadosamente preservada. Pero la tradición también generó críticas: algunos consideran que estas normas reflejan un elitismo anticuado y poco compatible con el deporte moderno y su búsqueda de inclusión. De hecho, recientemente el torneo flexibilizó parte del reglamento para las mujeres, permitiendo ropa interior oscura ante preocupaciones vinculadas al ciclo menstrual, un cambio impulsado por reclamos de las jugadoras.
Conservar el pasado como estrategia
En una época donde el deporte busca reinventarse constantemente en busca de nuevas audiencias o mejoras competitivas, Wimbledon hace exactamente lo contrario: conserva el pasado. Y seguramente gran parte de su éxito radica en ser el único gran torneo del tenis que lo hace. Más allá del tenis, el torneo británico sigue vendiendo la sensación de que algunas tradiciones todavía importan, y ganarlo sigue siendo el sueño de todo tenista.
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