19/04/2026 MÉXICO

Deporte y política: ¿neutralidad o ilusión?

Jugador y político en el estadio

Cuando Irán anunció su posible ausencia del Mundial 2026, reabrió una pregunta que la historia responde una y otra vez: la cancha nunca ha estado del todo fuera de la política. 

En medio de un creciente clima de controversia, el Mundial de Fútbol de 2026 —que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá— ha vuelto al centro del debate tras las declaraciones del ministro de Deportes de Irán, quien afirmó que el país no participará en el torneo. La decisión se sustenta en la ausencia de garantías suficientes para que los jugadores de la selección nacional compitan en condiciones seguras, especialmente en los encuentros programados en territorio estadounidense, país con el que Irán mantiene tensiones vigentes tras recientes acciones militares en la región.

A estas declaraciones respondió el presidente de EE.UU., Donald Trump, asegurando que el equipo iraní no debería participar «por su propia seguridad», lo que llevó a la FIFA a buscar alternativas negociando con México para que los partidos del equipo iraní se trasladen a ese país.

Esta situación reabre el debate sobre la verdadera neutralidad del deporte frente a las tensiones políticas globales y obliga a preguntarse si los eventos deportivos pueden mantenerse al margen de la política o si, por el contrario, las dinámicas sociales, económicas, culturales y geográficas condicionan inevitablemente su desarrollo.

 

Fútbol: no tan neutral como parece

A pesar de que la FIFA se declara en sus estatutos «neutral en materia de política y religión» e impone que las federaciones y confederaciones se acojan a esta norma, los actos de contenido político han sido una constante a lo largo de su historia.

Un recorrido histórico evidencia los serios cuestionamientos que ha enfrentado la FIFA por permitir que su evento más importante se celebre en países que vivían —o siguen viviendo— bajo regímenes autoritarios con serias deficiencias en materia de derechos humanos. Italia fue sede del Mundial en 1934 mientras era gobernada por el dictador Benito Mussolini. En 1978, el torneo se celebró en Argentina bajo una dictadura militar conocida por su brutalidad y por una extensa lista de crímenes de Estado; pese a que se planteó trasladar la sede a un país europeo, el entonces presidente de la organización mantuvo la decisión de realizarlo en el país sudamericano. Años más tarde, la elección de Rusia como sede para 2018 también generó controversia, no solo por el carácter autoritario del régimen, sino por la persecución a opositores políticos y el control sistemático de la prensa.


Italia 1934 — primer mundial bajo sombra autoritaria.

Fuente: Archivo fotográfico de Getty Images / dominio público histórico.

La neutralidad que proclaman organismos como la FIFA o el COI no es, en la práctica, más que una aspiración normativa que se ve constantemente desbordada por la realidad.

En años más recientes, Catar 2022 fue quizás el Mundial más cuestionado antes de su realización. Medios internacionales reportaron miles de muertes de trabajadores migrantes provenientes de países empobrecidos, contratados para construir estadios e infraestructura bajo condiciones climáticas extremas, con salarios bajos y escasa protección laboral. Más allá de esto, organizaciones de derechos humanos señalaron múltiples frentes problemáticos: las acusaciones contra el país por financiamiento del terrorismo islámico, las leyes y prácticas discriminatorias contra la comunidad LGBTIQ —donde la homosexualidad puede penarse con cárcel o muerte—, y el sistema de tutela masculina, que subordina legalmente las decisiones de las mujeres a la autorización de un familiar hombre.

Finalmente, poco después del inicio del conflicto entre Rusia y Ucrania en 2022, la FIFA y la UEFA anunciaron la suspensión de la selección rusa y sus clubes de todas las competencias organizadas por ambos organismos. Rusia apeló la decisión, pero no logró revertirla y quedó fuera del Mundial.

El caso de los Juegos Olímpicos

La tensión entre deporte y política tampoco es exclusiva del fútbol. Los Juegos Olímpicos tienen su propio historial de controversias, que se remonta al siglo pasado.


El ejemplo más citado son los Juegos de Berlín en 1936, que según la Enciclopedia del Holocausto no fueron solo un evento deportivo, sino también un escaparate de propaganda nazi.  Aunque países como Estados Unidos, Francia y Reino Unido consideraron boicotear el evento, este se celebró sin interrupciones.

Una vitrina para proyectar la imagen de un país unido y poderoso mientras se perpetraban crímenes sistemáticos contra la población judía y romaní.

Fuente: Archivo fotográfico histórico / Associated Press (AP), dominio público. La Puerta de Brandeburgo decorada con banderas nazis y los aros olímpicos durante los Juegos Olímpicos de Berlín, 1936.

A lo largo de los años, el Comité Olímpico Internacional (COI) también ha vetado la participación de delegaciones nacionales por razones de orden político.

En 1920, Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía no pudieron competir por haber integrado el bando perdedor en la Primera Guerra Mundial; en 1948, Alemania y Japón fueron excluidos por su papel en la Segunda. Sudáfrica estuvo vetada entre 1964 y 1992 a causa del régimen de apartheid, y Zimbabwe tampoco pudo participar en 1972 por sus políticas de segregación racial.

En los Juegos de Sídney 2000, el COI suspendió al Comité Olímpico Nacional de Afganistán debido a las restricciones impuestas por el régimen talibán sobre la participación de las mujeres en el deporte. Y más recientemente, Rusia y Bielorrusia fueron excluidas de París 2024 por su participación en la guerra contra Ucrania.

Otros actores aprovechan las competencias deportivas

Los eventos deportivos también han sido escenario de reivindicaciones políticas protagonizadas por los propios atletas y, en ocasiones, por actores externos.


En los Juegos Olímpicos de México 1968, los velocistas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, desde el podio de premiación, levantaron el puño con guante negro en el gesto conocido como el saludo del Black Power, en señal de orgullo y protesta ante la violencia racial que sacudía a Estados Unidos tras el asesinato de Martin Luther King. Décadas después, en 2020, el resurgimiento del movimiento Black Lives Matter llevó a numerosos deportistas estadounidenses a realizar gestos simbólicos similares: arrodillarse antes de los partidos, levantar el puño o portar camisetas con el nombre del movimiento. Fue un acto colectivo que trascendió disciplinas, aunque figuras como LeBron James se convirtieron en sus rostros más visibles.

Fuente: Associated Press (AP) / archivo histórico de dominio público.

En el terreno del fútbol, el partido entre Argentina e Inglaterra durante el Mundial de México 1986 trascendió el ámbito deportivo para convertirse en un símbolo de reivindicación nacional. Cuatro años después de la derrota en la Guerra de las Malvinas, el enfrentamiento —en el que Diego Maradona marcó el célebre gol con la mano que él mismo bautizó como «la mano de Dios«— fue vivido dentro y fuera de la cancha como una forma de revancha simbólica frente a Inglaterra.

No todos los usos políticos del deporte han sido pacíficos. En los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, el grupo palestino Septiembre Negro tomó como rehenes a deportistas israelíes con el objetivo de presionar por la liberación de prisioneros palestinos en cárceles de Israel, en un atentado que terminó con la muerte de once (11) atletas. En un registro completamente distinto, en 2013 los presidentes Juan Manuel Santos (Colombia) y Rafael Correa (Ecuador) intercambiaron las camisetas de sus selecciones nacionales como gesto simbólico de reconciliación diplomática, luego de las tensiones generadas por el bombardeo colombiano a un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano.

Cuando la cancha también es política

Tras este recorrido, resulta difícil sostener la tesis de que el deporte es un espacio verdaderamente neutral. A lo largo de la historia, los eventos deportivos han estado atravesados por tensiones políticas, decisiones institucionales y reivindicaciones sociales que reflejan con precisión las dinámicas del sistema internacional. El deporte convoca audiencias masivas, construye identidades nacionales y funciona como herramienta de soft power: por eso los actores políticos lo buscan, lo instrumentalizan y, cuando conviene, lo boicotean.

La neutralidad que proclaman organismos como la FIFA o el COI no es, en la práctica, más que una aspiración normativa que se ve constantemente desbordada por la realidad.

El caso de Irán y el Mundial 2026 no es una excepción ni una anomalía: es la confirmación de que la cancha, como cualquier otro espacio de la vida pública, nunca ha estado del todo fuera de la política.

Reconocer esto no implica deslegitimar el deporte ni reducirlo a un mero instrumento ideológico, sino entenderlo en su complejidad: como un fenómeno que refleja, amplifica y a veces transforma las tensiones del mundo en que ocurre.

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Luisa Fernanda Gutiérrez Arias

Internacionalista y magíster en derecho internacional con experiencia en investigación social.


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