22/01/2026 MÉXICO

Coerción sin guerra: EE. UU. y Venezuela en el nuevo orden del conflicto

Este artículo invita a reflexionar sobre los límites reales del poder en el sistema internacional contemporáneo y sobre cómo la coerción, más que la guerra, se ha convertido en el instrumento central de la política exterior. Comprender esta lógica resulta indispensable para interpretar no solo la relación entre Estados Unidos y Venezuela, sino las formas actuales de conflicto en el orden global.

Al 17 de diciembre de 2025, la relación entre Estados Unidos y Venezuela se ha convertido nuevamente en uno de los focos más sensibles de la política internacional hemisférica. El endurecimiento de la estrategia estadounidense bajo la presidencia de Donald Trump, expresado en medidas de presión económica, acciones navales y una retórica explícitamente confrontativa, ha reactivado un patrón de antagonismo que remite tanto a dinámicas históricas de la Guerra Fría como a modalidades contemporáneas de coerción estratégica. Sin embargo, interpretar esta escalada como el preludio inevitable de una guerra abierta constituye una lectura simplista y conceptualmente insuficiente.

Este artículo sostiene que el actual enfrentamiento debe comprenderse como una estrategia de coerción sin guerra, cuidadosamente calibrada para maximizar costos sobre el Estado venezolano sin traspasar el umbral de un conflicto convencional. En este marco, la tensión no apunta prioritariamente a una victoria militar, sino a la erosión progresiva de capacidades, legitimidad y márgenes de maniobra del adversario. La hipótesis central es que, en el corto plazo, la dinámica tenderá a estabilizarse en una zona de alta tensión controlada, donde la presión sostenida sustituye a la confrontación directa, aunque no sin riesgos de escalada involuntaria.

Nicolás Maduro durante su visita oficial a Brasil, Palácio do Planalto, Brasília, 29 de mayo de 2023. Foto: Ricardo Stuckert/PR. CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.

Desde una perspectiva sistémica, la relación entre Estados Unidos y Venezuela se inscribe en una lógica de asimetría de poder profundamente marcada. Estados Unidos actúa como potencia dominante en el hemisferio occidental, mientras que Venezuela, pese a su debilitamiento económico, conserva un valor estratégico significativo debido a sus recursos energéticos, su ubicación geográfica y su carga simbólica como caso de resistencia al orden regional promovido por Washington.

La política exterior estadounidense hacia Venezuela en 2025 no surge en el vacío. Se apoya en una larga tradición de intervención indirecta, sanciones económicas y presión diplomática, pero introduce un elemento distintivo: la utilización más explícita del poder naval y del control de flujos estratégicos como instrumento de presión. Esta modalidad no constituye una anomalía, sino una adaptación contemporánea de mecanismos clásicos de coerción, diseñados para operar por debajo del umbral formal de la guerra.

Del lado venezolano, la respuesta ha sido coherente con la lógica de supervivencia de un régimen bajo asedio. La centralidad del discurso de soberanía, la apelación a principios de no intervención y la búsqueda de respaldo político externo no persiguen tanto una victoria estratégica como la preservación del control interno y la legitimidad mínima necesaria para sostener el aparato estatal.

La confrontación adquiere un carácter prolongado, donde el tiempo se convierte en un recurso estratégico tan relevante como la fuerza material. La capacidad de sostener el esfuerzo bélico —política, económica y socialmente— pasa a ser determinante: ya no se trata solo de quién posee mayor potencia de fuego, sino de quién puede resistir más tiempo sin colapsar internamente.

Coerción estratégica y racionalidad del poder

Desde el punto de vista de la teoría realista, la conducta de Estados Unidos puede interpretarse como un ejercicio de poder coercitivo racional. La coerción, a diferencia de la disuasión, no busca prevenir una acción futura, sino modificar un comportamiento presente. Para ello, se apoya en la imposición de costos crecientes que hagan insostenible la posición del adversario sin necesidad de destruirlo militarmente.


En este marco, la ausencia de una invasión terrestre o de un ataque directo a gran escala no es una señal de debilidad, sino un indicador de cálculo estratégico. Una guerra convencional implicaría costos elevados: rechazo regional, crisis humanitaria de gran magnitud, erosión de la legitimidad internacional y el riesgo de involucrar indirectamente a otras potencias con intereses en Venezuela. La estrategia actual, en cambio, permite a Washington mantener la iniciativa, controlar el ritmo de la escalada y preservar la ambigüedad estratégica.

Al mismo tiempo, el enfoque adoptado revela los límites del poder hegemónico en el sistema internacional contemporáneo. Aunque Estados Unidos conserva capacidades materiales abrumadoras, su margen de acción está condicionado por factores normativos, políticos y reputacionales. La coerción sin guerra emerge así como una solución intermedia, eficaz en el corto plazo pero inherentemente inestable en el mediano.

2025 U.S. Strikes on Venezuelan Vessels” [mapa]. Encyclopædia Britannica, actualizado 17 de diciembre de 2025. https://www.britannica.com/event/2025-US-Strikes-on-Venezuelan-Vessels

Legitimidad y conflicto

Más allá de los cálculos materiales, el conflicto entre Estados Unidos y Venezuela se libra también en el plano simbólico y normativo. Cada actor construye una narrativa que busca legitimar sus acciones ante audiencias internas e internacionales. Para Washington, el énfasis en la seguridad, el combate al crimen transnacional y la defensa del orden regional cumple una función central de justificación política. Para Caracas, la apelación a la soberanía y a la resistencia frente a la injerencia externa constituye el núcleo de su identidad política.

Estas narrativas no son meros adornos retóricos. Desde una perspectiva constructivista, configuran marcos de interpretación que delimitan lo políticamente posible. Al endurecer los discursos, ambos actores reducen su margen de concesión explícita, lo que dificulta soluciones rápidas pero no excluye acuerdos indirectos o informales. La coexistencia de confrontación discursiva y pragmatismo estratégico es una característica recurrente de las crisis prolongadas.


Riesgos de escalada a corto plazo

En el horizonte inmediato —días, semanas y algunos meses— el escenario más plausible es la continuidad de una presión sostenida y selectiva, acompañada por señales ambiguas de apertura negociadora. Estados Unidos probablemente profundice las restricciones económicas y mantenga una presencia militar disuasiva, mientras Venezuela buscará resistir, diversificar apoyos y evitar provocaciones que justifiquen una escalada mayor.

No obstante, este equilibrio es inherentemente frágil. La historia de las crisis internacionales muestra que los conflictos gestionados bajo lógicas de coerción incremental están expuestos a errores de cálculo, incidentes no intencionales y dinámicas de escalada no planificada. Un choque naval, una mala interpretación de movimientos defensivos o un deterioro abrupto de la situación interna venezolana podrían alterar el cálculo racional de las partes.

Sin embargo, la probabilidad de una guerra abierta sigue siendo baja en el corto plazo. Los incentivos estructurales favorecen la contención: el costo de escalar supera el beneficio de cualquier victoria posible. Lo que emerge no es un camino hacia la resolución del conflicto, sino hacia su institucionalización como tensión permanente —un antagonismo gestionado, no resuelto—.

Captura del petrolero Skipper por fuerzas estadounidenses frente a Venezuela, 10 de diciembre de 2025. Imagen: Oficina del Fiscal General de EE.UU. / Departamento de Justicia vía AP.

La tensión entre Estados Unidos y Venezuela en diciembre de 2025 ilustra con claridad una de las transformaciones centrales de la política internacional contemporánea: la progresiva sustitución de la guerra convencional por formas híbridas de coerción estratégica. El poder ya no se ejerce únicamente a través de la ocupación territorial o la destrucción militar, sino mediante la gestión del tiempo, los costos y la legitimidad.

Lejos de anunciar un conflicto armado inminente, la actual escalada sugiere la consolidación de un escenario de presión prolongada, donde la guerra permanece como posibilidad latente, pero no como objetivo inmediato. En este marco, la racionalidad estratégica no elimina el riesgo, pero lo administra. El desenlace dependerá menos de decisiones espectaculares que de la capacidad de cada actor para sostener —o resistir— una confrontación que, precisamente por no ser guerra, puede resultar más duradera y corrosiva.

Desde una mirada académica, el caso estadounidense-venezolano confirma que, en el siglo XXI, el poder no ha perdido centralidad, pero sí ha modificado profundamente sus formas de ejercicio. Entender esta mutación es indispensable para analizar no solo este conflicto, sino la lógica más amplia del orden internacional actual.


Esta es una explicación sin ánimos de lucro.

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Luciana Morena Sarapura

Estudiante avanzada de la Lic. en Relaciones Internacionales. Becada por la Provincia de Salta. Diplomada en Política Internacional, Gestión Pública y Relaciones Internacionales, IA en Gestión Pública. Redactora en United Explanations, Politicly, Prisma Internacional. Redactora, Guionista y Comunicadora en Radio Agenda Global. Voluntaria en Oajnu y Techo Argentina. Becada por la fundación Ashoka.


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