05/12/2020 BARCELONA

El alto precio de proteger el medio ambiente
Graffiti que hace referencia a Berta Cáceres y la presa cuya construcción consiguió frenar [Fuente: Disoniador vía Pixabay].

Todos recordamos a Berta Cáceres, pero la triste situación del activismo medioambiental no termina con ella: en 2015 murieron 185 personas por los mismos motivos. Extorsión, amenaza y asesinato, a todo esto se enfrentan los defensores del medio ambiente alrededor del mundo, especialmente en América Latina.

El pasado mes de marzo, la premiada ecologista Berta Cáceres, activista hondureña, amanecía muerta en La Esperanza, al oeste de Honduras. Cáceres había ganado en 2015 el premio medioambiental Goldman, los Óscar para los activistas dedicados a la lucha por el medio ambiente.

Cáceres había logrado ganar este prestigioso Óscar ecológico tras reunir al pueblo lenca en la lucha contra la construcción de la represa de Agua Zarca. La ecologista indígena ganó notoriedad al conseguir, junto a los lenca —pueblo indígena hondureño y salvadoreño—, que la empresa encargada de la construcción parase las obras y se frenase la inversión de la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial.

A pesar de las constantes amenazas, Cáceres y otros activistas como Lesbio Urquía —asesinada cuatro meses después que su compatriota—, ambas miembros del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), siguieron luchando hasta el mismo día de su muerte. Sin embargo, sus compañeros continúan hoy esa lucha por la protección del medio ambiente en un país que ya se ha convertido en el más peligroso del mundo para activistas medioambientales.

Manifestación para pedir justicia en el asesinato de Berta Cáceres [Foto: Comisión Interamericana de Derechos Humanos vía Flickr]
Manifestación para pedir justicia por el asesinato de Berta Cáceres [Foto: Comisión Interamericana de Derechos Humanos vía Flickr].

Lo preocupante del asesinato de Cáceres es que las fuerzas armadas participaron en el asesinato. De hecho, su propio portavoz, Lenín Gonzales, afirmó, tras la captura de cuatro individuos, que dos de ellos estaban retirados de las fuerzas armadas. De los otros dos sospechosos, uno de ellos era Sergio Rodríguez, miembro de la empresa Desarrollos Energéticos, respaldada por la china Sinohydro —compañía a la cual Berta había logrado detener, frenando el proyecto de construcción del embalse de Agua Zarca en el río Gualcarque, sagrado para el pueblo lenca—. El otro, Geovanny Bustillo, había trabajado en una empresa de seguridad contratada por el mismo proyecto de construcción del embalse.

Por desgracia, Honduras no es el único país en el que la defensa del medio ambiente es una profesión de alto riesgo. Global Witness —ONG cuyo objetivo es el monitoreo del respeto por el medio ambiente— puso en el 2014 a Brasil y a Colombia en el punto de mira de los países más peligrosos para este tipo de activismo, con 29 y 25 asesinatos respectivamente. Les siguió, además, Filipinas con 15 muertes relacionadas con el medio ambiente.

Tal y como declaraba el conservacionista brasileño, Felipe Milanez, «la violencia se ha legitimado como una parte normal de la política. Informalmente, se ha vuelto “aceptable”. Tras diez años trabajando en la Amazonia, nunca he visto una situación tan mala».

De hecho, desde la Cumbre del Clima de Copenhague de 2009, cerca de 640 activistas han sido asesinadosprincipalmente en Latinoamérica y el Sudeste Asiático. Sin duda, 2015 ha sido el peor año para los activistas medioambientales del mundo ya que un total de 185 personas perdieron la vida por proteger a los pueblos y la naturaleza.

Incluso, según Bill Kyte, el encargado de campañas de Global Witness, «cada vez es más común que las comunidades que toman cartas en el asunto se encuentren en el punto de mira de la seguridad privada de las empresas, las fuerzas estatales y un mercado floreciente de asesinos a sueldo».

El activismo medioambiental nació de la necesidad de reaccionar frente al deterioro del mundo y de luchar contra el cambio climático. Su objetivo es, en última instancia, el de preservar la madre naturaleza y, por ello, en algunas regiones del mundo se ha vuelto más peligroso de lo imaginable.

Resta esperar a que pase este año para ver si continuaremos con los terribles índices de mortalidad para los activistas dedicados a la protección y, más importante aún, preservación del medio ambiente; y ver si finalmente los Óscar ambientales son un honor y reconocimiento a la labor bien hecha o una maldición y casi una sentencia de muerte para sus ganadores y los compañeros de éstos, por lo menos para el caso hondureño.

Manifestación contra el cambio climático en Lima [Foto: AC Labor vía WikimediaCommons]
Manifestación contra el cambio climático en Lima [Foto: AC Labor vía WikimediaCommons].

De hecho, Nelson García, compañero de Berta Cáceres, fue asesinado en días posteriores, por dos personas desconocidas, a lo que el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), denunció de manera pública. A su vez, Lesbia Yaneth Urquía, también compañera de Berta, fue asesinada a los cuatro meses de la muerte de Berta. Lo triste de esta situación no son sólo los actos en sí mismos sino que, según Global Witness, en la última década han muerto 114 activistas y la mayoría de estos crímenes han quedado impunes.

No deja de llamar la atención el caso de otra ganadora del premio, Ruth Buendía Mestoquiari, de origen peruano, cuyo éxito en la defensa de la selva amazónica al evitar la construcción de 15 hidroeléctricas y el desplazamiento de 24.000 nativos, no produjo para ella una situación de inseguridad, sino que, por el contrario, al ponerse bajo la lupa pública, ha logrado ser más reconocida su lucha en contra de las construcciones en la selva amazónica sin consulta previa a las poblaciones indígenas.

Por otro lado, esto no quiere decir que en Perú los activistas no corran ningún tipo de riesgo. De hecho, en el 2014, cuando el país fue sede de la cumbre mundial sobre el cambio climático organizada por la ONU, justo un mes antes de la misma, el activista contra la tala Edwin Chota y otros tres líderes Ashéninka eran asesinados.

Colombia tampoco es una excepción. A marzo de este año, según Ojo Público (medio independiente de origen peruano, con aliados en varios países, que busca identificar el asesinato de defensores del medio ambiente), ya había 13 asesinados en Colombia. Algo que empeora si, además, tenemos en consideración que muchos casos no serán identificados.

Refugiados del cambio climático (Alberta, Canadá) [Foto: ItzaFineDay vía Flickr]
“Refugiados del Cambio Climático”, en Alberta, Canadá [Foto: ItzaFineDay vía Flickr].

También llaman la atención dos aspectos que parecen ser un común denominador entre todos estos asesinatos. El primero es que la mayoría de estos hechos queden impunes. El segundo, que dichos defensores pertenezcan a poblaciones aborígenes.

En este orden de ideas, parecería haber una conexión entre la defensa del medio ambiente y quienes empeñan su vida en el activismo. Quizá, entre otras explicaciones, podemos encontrar el porqué son los aborígenes los que más tienden a luchar por el medio ambiente en su cosmovisión, pues ésta está sustentada a una creencia en la madre tierra como aquella que provee todo lo necesario para vivir.

Estos pueblos aún dependen de los recursos naturales para su supervivencia, lo que se puede ver mejor en cifras concretas que nos muestran, según la Universidad Autónoma de Barcelona, que el 80% de la biodiversidad del planeta está protegida por indígenas.

De esta manera, de poco o nada servirá que la ONU siga organizando la sede de la cumbre mundial sobre el cambio climático en países latinoamericanos con grandes extensiones naturales sujetos a una gran protección por la diversidad que albergan, si no generan algún tipo de mecanismo de aseguramiento para los mejores cuidadores del mundo, los activistas medioambientales.

Parte de dicho mecanismo podría, por ejemplo, empezar teniendo una parte restrictiva, y segundo, otra parte punitiva para aquellos países que no puedan o quieran proteger a aquellas personas que dedican su vida a la conservación de las riquezas naturales en cada uno de sus países.

En conclusión, la protección del medio ambiente, especialmente en Latinoamérica, debería considerarse como una profesión de alto riesgo y, por ende, al menos para el caso hondureño, es tanto un honor como un mal presagio recibir el premio Goldman.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Felipe Bocanegra

Bogotá, Colombia. Internacionalista de la Universidad del Rosario, actualmente Analista de Medios en Búho Media, encargado del análisis de medios en temas de Seguridad Nacional, Defensa, Armas Nucleares y Dinero en Política de Estados Unidos. Interesado en temas de actualidad internacional en general y más específicamente en el análisis de hechos que conciernen la seguridad internacional, sea este guerras, hambrunas, desastres naturales, entre otras.


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