08/04/2020 BARCELONA

Lo personal es político y lo político suele ser personal: diario de Ecuador

Tras el fuerte pesimismo respecto al futuro laboral que viven los jóvenes europeos, el autor de este artículo decidió mudarse a Ecuador. Pero para entender las contradicciones de la sociedad ecuatoriana, uno tiene que saber mirarse en su propio espejo, y eso es lo que os contamos en este texto.

Prácticamente para la gran mayoría de los intelectuales Europeos es un hecho que el viejo continente se desangra económica, social y, lo más importante, culturalmente. La vieja política abre paso a la nueva, sin embargo, las nuevas caras que emergen, al igual que sus predecesores, tienen tanto miedo a perder votos que eso que llaman «corrección política», simplemente adquiere nuevos estilos y formas. Mi generación, esa que se puede encuadrar en los nacidos durante los años ochenta, vivimos en Madrid, París o Londres, siendo testigos de importantes cambios políticos pero a la vez interiorizando —al menos en nuestro subconsciente— un precariedad económica que parece quedarse para largo.

Parafraseando al historiador británico Eric Hobsbawm, si un marciano hubiese venido en 2008 al continente europeo y ocho años después del comienzo de la «gran recesión», es decir, a día de hoy, volviese y hablase con los europeos de sus problemas diarios, seguramente dicho marciano se quedaría en shock y creería que la línea temporal se detuvo en 2008. En otras palabras, a pesar de las ilusiones despertadas por el surgir de nuevos movimientos político-sociales (primaveras árabes, 15M, Occupy Wall Street, Podemos, etc.), los treintañeros europeos vivimos golpeados por una realidad material y unas expectativas económicas tan paupérrimas que la frase de Karl Marx «los trabajadores no tienen nada que perder, salvo sus cadenas» emerge con fuerza doscientos años después.  Este triunfo cultural de las fuerzas del capital sobre las del trabajo, es decir, la implantación de un imaginario colectivo en la que una generación (la mía), asume que va a vivir peor —o mucho peor— que la de sus padres, se traduce, entre otras cosas, en el triunfo del aburrimiento. Es decir, haga un día de sol en Madrid o un día lluvioso en Londres, las conversaciones de los jóvenes suelen regirse por la misma temática: un fuerte pesimismo respecto al futuro laboral.

Mapa de ecuador [Foto: reservas.net]

Debido en parte a este «monótono pesimismo» que parece haberse instaurado en el viejo continente, o debido simplemente a un desgaste acelerado de neuronas después de pasarme tres años encerrado en una biblioteca haciendo la tesis doctoral, hace ocho meses que agarré las maletas y vine a Ecuador a trabajar como profesor en una universidad. A pesar de que desde hace años, en España los jóvenes izquierdistas, de una manera casi romántica, adulábamos a los gobiernos progresistas sudamericanos en sus luchas ideológicas contra el neoliberalismo, tuve la mala suerte de llegar a Ecuador con el presidente Rafael Correa sufriendo los niveles de popularidad más bajos desde que llegó al poder hace poco más de nueve años. La caída de los precios del crudo, la controvertida ley de medios de comunicación y la corrupción que arrastra el partido del propio Correa, Alianza País, aparece como un cóctel explosivo en la vida diaria de los ecuatorianos. Nada mejor que hablar con un taxista apenas cinco minutos para comprender el corpus ideológico del que está fabricado un anti-correista de la capital.

Correa es directo y, en la última etapa de su mandato, se la ha visto con cierta prepotencia a la hora de enfrentarse a sus adversarios políticos. El Quiteño, como bien dice el taxista, es precavido y evita la confrontación directa utilizando rumores que desacrediten al contrario —esto último no lo dice el taxista—. A esto hay que añadir las nuevas demandas de una clase media Ecuatoriana —hoy en día llega en torno al 40%— creada gracias a las políticas del propio Correa. A este nuevo sujeto político ecuatoriano ya no le sirve, una vez que alcanzada una posición económica privilegiada, un discurso político basado en el socialismo del siglo XXI y, más bien, aboga por posturas políticas más pragmáticas como, por ejemplo, una bajada de impuestos.

Sin embargo, para entender las contradicciones de la sociedad ecuatoriana uno tiene que saber mirarse en su propio espejo. Debido a que esta es mi primera experiencia en América Latina, antes de venir tenía la idea preconcebida de que a los españoles, debido a nuestro pasado colonial, se nos tendría cierta enemistad o, por lo menos, no seríamos recibidos como «hermanos latinos». Sin embargo, cuando solo llevaba un mes en Quito, caminaba por una de sus principales avenidas, la 12 de Octubre, y vislumbré un moderno edificio al más puro estilo Calatrava. Esta vez, a la ostentosidad que define el estilo del arquitecto español, se le añadía un curioso nombre, «Edificio 1492», y un más que curioso símbolo: la imagen de una de las famosas carabelas al mando de Cristóbal Colón. En apenas unos instantes el espíritu de Eduardo Galeano argumentando como «la historia de América Latina es la historia del despojo de los recursos naturales» se transformaba dando un giro de 360 grados. En ese preciso momento, no me quedó más remedio que asumir que ser español, de piel más blanca que el resto y decir palabras groseras como joder u hostia  no me iban a traer ningún disgusto durante mi estancia en Quito sino, más bien, todo lo contrario.

Para mi mayor sorpresa, al cabo de unos meses trabajando en la universidad, me di cuenta de que la famosa «hermandad latinoamericana» tampoco era lo que me había imaginado. Los profesores cubanos, que muchos habían venido a Ecuador debido a la falta de profesionales ecuatorianos que dispongan de un título de doctorado, provocaban entre la población lo que comúnmente conocemos como «recelos hacia al extranjero» y que los españoles tanto hemos practicado con población proveniente, por ejemplo, de Marruecos. Si a esto le añadimos el estigma que también sufren los colombianos en Ecuador, otra vez en niveles similares a la que sufren en España (la conexión prototípica entre Colombia y droga), vemos cómo lo occidental es lo moderno y lo moderno sigue siendo lo bueno.

¿Qué ha fallado entonces en estos nueve años de «revolución ciudadana» liderada por Rafael Correa? El respetado teórico en nacionalismos Benedict Anderson, estipula cómo las comunidades han de ser analizadas, no sobre si han sido construidas sobre cimientos auténticos o artificiales sino, por el contrario, el foco de la investigación debe ponerse sobre en qué manera los habitantes imaginan dicha comunidad o, en este caso, cómo los ecuatorianos imaginan su nación. 

Las transformaciones llevadas a cabo durante el gobierno de Correa recuerdan a la famosa frase expresada por el político español socialista Alfonso Guerra: «el día que nos vayamos a este país no lo va a reconocer ni la madre que lo parió». Ecuador, al igual que España durante el primer gobierno de Felipe González, ha vivido una etapa de crecimiento económico en la que un gobierno progresista ha acometido importantes reformas a nivel de infraestructuras (carreteras, hospitales, colegios…etc.). Sin embargo, al igual que la última etapa de González —en la que los casos de corrupción de su partido le acabaron asfixiándolo políticamente—, a los ecuatorianos ya no parece servirles los servicios públicos que ha brindado el gobierno de Correa.

En este sentido, recuerdo una clase a mis alumnos ecuatorianos en la que les pedía que analizasen qué cambios a nivel local habían vivido en sus respectivos barrios durante estos últimos nueve años de gobierno. Ellos fueron muy críticos incluso con los logros que se supone que se debían atribuir al gobierno de Alianza País. Aseguraban que en sus barrios se habían construido hospitales, pero que alguno de ellos no funcionaban o funcionaban mal, por la falta de médicos. Me decían también que se habían construido comisarías de policía para que hubiese más seguridad, pero que muchos de los policías eran corruptos y solo les protegían si les pagabas una comisión. Al final de la clase, cuando ya me quedaban pocos argumentos ideológicos para «convencer» a mis alumnos de que en estos últimos nueve años «no todo había sido tan malo», les pregunté si durante este tiempo el ciudadano de a pie, el ecuatoriano medio, había tomado cierta conciencia política en cuanto a lo que es y a lo que había aportado la revolución ciudadana. La respuesta a esto fue aún más tajante que la anterior: la gran mayoría estaban convencidos de que conceptos como «democracia directa» o el famoso «plan nacional para el buen vivir» eran simples lemas que a lo mejor algunos ciudadanos habían memorizado en su cabeza, sin embargo no habían llegado a enraizarse en la sociedad.

Jóvenes en Quito [Foto: Anthony Albright vía Flickr]

¿Significa esto que en estos nueve años la revolución ciudadana ha fracasado? Hace falta un simple análisis materialista para contestar con un rotundo no a esta pregunta. Recuerdo cuando, al poco tiempo de llegar a Ecuador, descubrí —debido a mi naturaleza de despistado— que se me había olvidado ponerme las debidas vacunas antes de salir de España. Sin mayor información, me eché a la calle, caminé y pregunté dónde estaba el hospital público más cercano. Tenía miedo de que me cobrasen mucho dinero por las vacunas, ya que acababa de llegar y aún no había cobrado allí mi primer salario. Cuando llegué al hospital, por supuesto, sin ningún tipo de seguro médico público o privado, me dijeron que las vacunas eran gratuitas y que, además, me iban a dar una tarjeta sanitaria en el acto para que estuviera aún más atendido en futuras ocasiones. Más tarde me informé que esas mismas vacunas (hepatitis, fiebre amarilla, etc.) cuestan de media entre treinta y cincuenta dólares en una clínica privada y la gente acude a ellas cuando simplemente no quiere hacer cola o cuando en algún momento se pueden acabar las dosis en los centros públicos.

Esta sanidad gratuita y universal, que no llega a los niveles de calidad que tenemos en España, es un motivo de orgullo para los ecuatorianos durante estos nueve años de gobierno de Rafael Correa. Lo mismo se puede decir de la mendicidad en las calles: puedo ser testigo que uno encuentra bastantes más personas en esta situación en el centro de Madrid —al menos antes de que empezaran los nuevos gobiernos del cambio— que en el centro histórico de Quito. Posiblemente, uno de los grandes éxitos del correismo haya sido la drástica reducción de los niveles de pobreza en Ecuador a través de la formación de una gran clase media. Sin embargo, como antes ya he expresado, esto provocó una contradicción entre el imaginario colectivo de una nueva clase media con un naturaleza despolitizada (como todas las clases medias) y con un comportamiento basado en la consumición de bienes y servicios y la realidad de un país en plena fase desarrollo social y económico.

Con este análisis a través de algunas experiencias que he vivido en Ecuador, reclamo la necesidad de mirar a los fenómenos sociales a través de la cotidianidad. Mi día a día en Quito, situada a 2850 metros de altura, transcurre entre el sol que te abrasa por las mañanas y las lluvias que suelen llegar por la tarde. En el barrio bohemio de Guápulo, donde vivo, los que no nos atrevemos a subir esas cuestas tan elevadas hacemos dedo y esperamos a que algún conductor bondadoso se apiade de nosotros al ver las gotas de sudor que recorren nuestras caras cuando solo llevamos la mitad de la cuesta subida. Sin embargo, los fines de semana, un sentimiento hedonista se apodera de mí, así como de otros colegas profesores europeos. Salimos a bailar y brindamos con cervezas por nuestra segunda adolescencia cuando en realidad simplemente experimentamos una libertad que antes no conocíamos.

En estas noches, los hombres Europeos despliegan sus encantos en las discotecas mostrando lo mucho que reniegan del pasado colonial a través de discursos en los que las mujeres ecuatorianas miran atentamente cómo el chico blanco de ojos verdes le dice lo lindo que es Ecuador. Por el contrario, las mujeres europeas no acaban de

El casco antiguo de Quito [Foto: Simon Matzinger vía Flickr]

llevar muy bien lo que aquí se conoce como el perreo o, en otras palabras, como un chico y una chica bailan reggaetón haciendo posturas sexuales de manera explícita. Es común, por lo tanto, oír a un español o italiano hablar de Ecuador como el paraíso terrenal. Con las mujeres europeas, como es lógico, no ocurre lo mismo. Eso que llaman igualdad de género y que en Europa ya está en el vocabulario de cualquier mujer no cuadra muy bien con el sometimiento implícito que conlleva bailar reggaetón.

Estos mecanismos culturales que operan día tras día en Quito, nos sirven para entender cómo, en cierta forma, la estructura de poder de la época colonial sigue vigente de una manera más delicada que entonces. El ecuatoriano se siente atraído, en parte, por cierto civismo europeo, pero sobre todo siente un fuerte deseo por un elemento occidental que supera cualquier tendencia ilustrada: la capacidad de consumir a gran escala. La diferencia con la época colonial es que el prototipo de europeo joven que viene a Latinoamérica para trabajar en una ONG y poder cambiar el mundo no siente ningún orgullo ni por el consumismo ni por los valores tradicionales de su viejo continente. Esto provoca una simbiosis en la que los unos quieren lo que otros tienen y viceversa. ¿Soy yo el académico pesado que ha venido a Quito a romper esta linda fraternidad? Espero y deseo que todos sigamos bailando y disfrutando con la pastilla azul, sería demasiado racional y aburrido despertarnos mañana habiendo ingerido la pastilla roja.

Esta es una opinión sin ánimo de lucro.

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Nicolas Buckley

Nicolás Buckley es profesor en la Universidad Metropolitana de Ecuador, y en la Universidad Central de Ecuador. También es investigador en Royal Holloway University of London.


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