26/11/2020 BARCELONA

Los Springboks, una espina para la Sudáfrica negra

Tras el fin del apartheid, el rugby sudafricano, élite mundial, no ha dejado de estar en el punto de mira como gran símbolo del afrikáner blanco. Tras distintos intentos de “homogeneizarlo”, llega la noticia de imponer antes del 2019 un 50% de jugadores negros.

La noticia, que no es la primera de esta índole, saltaba a finales de febrero del 2015: para el año 2019, los jugadores de la selección sudafricana “deberán” ser un 50% de raza negra. Por si fuera poco, de ese 50% deberán ser “negros africanos” *(ver pie de página) al menos un 30%. Cuotas similares deberán aplicarse en las competiciones locales, que ya cuentan con un cupo mínimo obligatorio de jugadores negros, y por supuesto a la afamada liga internacional Super Rugby, en la que participan 5 equipos sudafricanos frente a otros tantos de Nueva Zelanda y Australia. Se establece así un sistema de cuotas raciales, que quizá al resto del mundo podría parecerle de otros tiempos.

Springboks

Es evidente que el orgullo deportivo de los afrikáners – el grupo étnico que desciende principalmente de los colonos holandeses que empezaron a llegar al continente en el siglo XVII – es su selección de rugby. Conocidos como los Springboks (gacelas), son uno de los mejores equipos del mundo, similar a Alemania o Italia en el fútbol. Vigente el apartheid, Sudáfrica siempre fue una selección afrikáner.

Quizá con ciertos tintes de fábula épica, el libro de John Carlin “Playing the Enemy”, adaptado a película de éxito por Clint Eastwood como “Invictus”, narra lo que inmediatamente sucedió en el rugby sudafricano tras la abolición del apartheid. Sudáfrica iba a organizar el Mundial de 1995. Este evento era particularmente importante para los aficionados al deporte, pues Sudáfrica había sido continuamente vetada del rugby internacional por su racismo. El partido de Mandela, el ANC que representaba a la mayoría de su nación, era partidario de abolir los colores y los símbolos de los Springboks, reminiscencias del blanco opresor. Nelson Mandela en cambio tuvo la visión política de ser “indulgente”, aprovechando la excusa del rugby para sugerir a la población afrikáner, insegura de su futuro, que no iba a haber represalias sociales en la nueva Sudáfrica.

Sin embargo, tras la resaca del “épico” e “integrador” Mundial que ganó Sudáfrica y para desagrado del ANC (el único partido que ha gobernado la nación desde entonces), los Springboks han seguido siendo un equipo de afrikáners. Uno puede pensar que el organismo que dirige el rugby nacional, el SARU, sea receloso de admitir jugadores negros o de color, pero quizá la realidad sociológica, a la vista de los datos, probablemente sea más simple. Si uno comprueba la lista de convocados para la Copa de África de Naciones de fútbol del año 2015, encontrará apellidos como Sangweni, Nhlapo o Mabokgwane. En un partido jugado el 27 de enero de 2015, entre los 11 futbolistas sólo aparecía un jugador blanco. Generalizando, a los Xhosa y Zulú de Sudáfrica les enamora el fútbol; a los afrikáner, no. Con permiso del tercer deporte británico de la nación, el cricket, lo cierto es que a los afrikáners sólo parece interesarles “en serio” un deporte: el rugby.

La lucha de la gacela

Cabe tener en cuenta que, para horror de los que siguen identificando a los springboks con el apartheid, seguramente se trate de la selección deportiva más exitosa y popular del continente africano en el mundo entero. El ANC siempre quiso suprimir los símbolos de los afrikáners tras el apartheid, promoviendo emblemas más “integradores”, fueran los colores de la camiseta Springbok, verde y dorado, o el símbolo de su gacela. Se eligió la “king protea”, flor nacional, como nuevo emblema “integrador”. La flor empezó a formar parte obligatoria de las distintas disciplinas nacionales, siendo por ejemplo la selección de cricket, mayoritariamente blanca y habituada a las cuotas raciales, conocida como “las proteas”. Sin embargo, no tuvieron demasiado éxito tratando de imponerla en el rugby. En la camiseta, de una forma un tanto extraña, compartieron espacio la flor y la gacela, cada una en una punta. En el año 2004, la South African Sports Comission decidió que la gacela sólo podría estar en la camiseta; en las gorras y chándales sólo estaría la flor. Como anécdota, con tal de hacer la selección más atractiva para la población negra, se intentó introducir sin éxito un ritual pre-partido similar a la intimidante “haka” de Nueva Zelanda: una danza tribal africana, independientemente de que fuese Zulú o Xhosa. A día de hoy en 2015, los nuevos uniformes de Asics vuelven a mostrar sólo la gacela original, sin la flor “integradora”.

El emblema de la selección donde conviven el “símbolo afrikáner” con el “nacional”. A día de hoy el equipo vuelve a llevar sólo la gacela. [Foto: en.wikipedia.org]

Las cuotas

En Sudáfrica, sólo un 8’4% de la población es de raza blanca, y de ese porcentaje, el 61% es afrikáner, siendo el restante de origen británico principalmente. Por tomar una referencia, de los 36 jugadores que el entrenador convocó para los partidos internacionales a finales del 2014, aproximadamente un 25% de los jugadores convocados no eran blancos, una cifra que además resulta inusualmente alta. Igual que en otros países occidentales hay manifestaciones, a favor de incluir más mujeres en puestos directivos en empresas o en cargos de importancia política, aún por la fuerza, Sudáfrica ha intentado imponer jugadores negros en la selección de rugby desde 1995.

Existe una “vergüenza” palpable de no tener un número “aceptable” de jugadores no blancos, y las manifestaciones y críticas por parte de altos cargos políticos son continúas. El presidente de la SARU desde 2006, Oregan Hoskins, es el principal capitán del proyecto de discriminación positiva que intenta imponerse en el rugby nacional. Hoskins se quejó amargamente de que llevar al Mundial del 2007 a cinco jugadores “de color” y a un “negro” no era “aceptable”, a pesar de la victoria sudafricana.

Por aquellas fechas, el diario The Guardian sostenía que como parte de esta política de “imagen integradora”, se iba a correr el riesgo de sobreexponer a lesiones a jugadores negros de gran proyección, como por ejemplo la estrella Chiliboy Ralepelle. Por añadir un último ejemplo, el jugador negro Luke Watson, que aseguró en una ocasión tragarse el vómito cada vez que vestía los colores springboks, admitió en 2010 que había sido usado como “peón político”, siendo impuesto por Hoskins en la plantilla por su raza, y sin la aprobación del seleccionador nacional.

La discriminación positiva tiene sus defensores, pues éstos argumentan que a la larga permiten una mayor integración y normalización social, habitualmente de minorías. Se parte de la base de que debe haber una proporción “justa” entre las poblaciones, en este caso, profesionales. De hecho algunos economistas, como el mediático Tim Harford, transmitía en sus publicaciones estudios que demostraban que pudiendo seleccionar libremente a profesionales en base a estadísticas fidedignas, las personas podemos agravar la discriminación social de distintos grupos demográficos, aún sin esa intención.

Por otro lado, la discriminación positiva pese a sus intenciones, obvia la meritocracia y genera un profundo rechazo en gran parte de la población, especialmente de la que se espera se vuelva más tolerante. Retroalimenta prejuicios y el racismo. Sin mencionar ejemplos conocidos en países de Europa o Estados Unidos, se corre el riesgo de que alguien, por ejemplo, no vea a una persona de distinto sexo, constitución o raza como a un igual profesional, sino como a un “florero”: una imposición, un trato de favor o un compañero potencialmente menos preparado que otros profesionales similares a él.

Los políticos sudafricanos se excusan en que los sudafricanos negros no sólo piensan en fútbol, ya que hay más jugadores de rugby federados negros que blancos en el país, luego según ellos (y sin acusar a nadie abiertamente de racismo) “algo falla”. Sin embargo, no mencionan cuántos de dichos jugadores tienen la intención (o la oportunidad económica) de convertirse en profesionales, un problema del que en principio no son culpables los rugbiers afrikáners.

La selección sudafricana mayoritariamente afrikáner antes de un partido del pasado Rugby Championship 2014. [Foto: dispatchlive.co.za]

El futuro

El rugby es un deporte que a diferencia del fútbol, por ejemplo, lleva apenas dos décadas en proceso de profesionalización de todo el mundo. Por sus valores y su todavía intacto espíritu amateur, no sorprende el grado de proteccionismo del deporte y ciertas imposiciones que en principio, atentan contra el desarrollo del mismo como deporte de élite. Considerada la mejor liga del mundo, la SuperRugby de los tres gigantes del Sur no permite el libre tránsito de jugadores a otras naciones, viéndose obligados los profesionales a jugar sólo en su país. Si jugasen fuera, por ejemplo en Francia, donde se les paga más que en ningún otro país del mundo, renegarían de la oportunidad de jugar con sus selecciones. Parecido en Europa, Inglaterra tuvo que replantearse dicha política cuando algunas de sus estrellas preferían de todas maneras, buscar mejores oportunidades económicas en el país galo, dejando cojo al combinado nacional.

La SuperRugby, que se suele reconfigurar cada poco años, anuncia para 2016 un nuevo formato expansivo. Pretende crear una conferencias separada para Sudáfrica, a la que se añadiría un nuevo equipo, más otros dos de Argentina y Japón (estas dos últimas franquicias no tendrían capacidad real para competir); y al margen quedaría una conferencia que compartirían los grandes equipos de Nueva Zelanda y Australia. Para muchos aficionados, este planteamiento más las cuotas racistas que imponen jugadores negros, y que por ejemplo no existen en Australasia con los maoríes, pueden acabar devastando a unos clubes deportivos únicos en África. Un continente que no anda precisamente sobrado de reclamos deportivos para el resto del globo…

* Para quien no esté familiarizado con la realidad sudafricana, aclarar o generalizar que desde los tiempos del apartheid, han existido básicamente dos clases de no-blancos en el país: los “negros africanos”, un 80% de la población, y los “de color”, o lo que entenderíamos por mulatos o mestizos, que suponen un 10% de la población y se han visto (por parte de los afrikaners del Apartheid) como una raza intermedia superior. Curiosamente, la sociedad sudafricana negra sigue manteniendo esta clasificación racial.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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John Galt

Alicante, España. Arquitecto e inversor. A ello hay que añadir una lista de intereses demasiado larga.


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