01/06/2020 BARCELONA

Intervención en Siria: decidir entre lo malo y lo peor
Cartoon by Patrick Chappatte, published in the New York Times

Ana Almuedo27/02/201313min14700

 El pasado 12 de febrero la ONU publicó un informe en el que se apuntaba que los muertos en el conflicto sirio rondan las 70.000 personas; 1.000 de las cuales,  podrían ser niños. Tras ver las imágenes de las matanzas en Siria y de escuchar las desgarradoras historias que nos llegan desde allí, quedan pocas dudas de  que es necesario hacer algo para parar un baño de sangre que se cobra, cada día, la vida de  inocentes. Nos sentimos en la obligación moral de intervenir, para llevar a cabo la “responsabilidad de proteger”, pero ¿en qué consiste realmente esa responsabilidad de proteger y la intervención militar? Y siendo realistas, ¿Mejoraría una intervención militar en Siria, será capaz de mejorar la seguridad en el país o simplemente significaría poner un fin temporal a la violencia?

El mito de las intervenciones humanitarias

Lo primero que hay que dejar claro es que no existen intervenciones puramente humanitarias. Cada una de las intervenciones que la “comunidad internacional” ha llevado a cabo a lo largo de la historia se ha realizado después de un cálculo de intereses por parte de los actores que intervenían, aunque pudiera haber, además, razones humanitarias que justificaran la operación. De acuerdo con la definición académica de “intervención”, esta se llevaría a cabo cuando un estado fallido no es capaz de ejercer su soberanía dentro de su territorio. Llegados a este punto, la comunidad internacional tendría el deber de intervenir y proteger a los ciudadanos cuyos derechos han sido vulnerados.

Sobre el papel, sin embargo, es mucho más fácil que en la práctica. El primer problema está en la selectividad, pues, a nivel global, existen muchos casos de estado fallido y muchos regímenes autoritarios que justificarían una eventual intervención . Es materialmente imposible corregir todos estos casos, puesto que está fuera del alcance económico y personal de los países a los que está encomendada esta tarea, solucionar el conjunto de deficiencias humanitarias presentes en el mundo. Así, la comunidad internacional escoge los países en los que ha de intervenir, ¿por qué se intervino en Libia y no en Somalia? ¿O qué movió a la Administración a llevar a cabo la intervención en Iraq en 2003 para derribar al dictador Sadam Hussein que llevaba en el poder nada menos que desde 1979? El concepto de comunidad internacional se adecúa plenamente con el de Occidente, pues es la región que históricamente ha desarrollado más políticas intervencionistas. Rusia y China, países muy celosos del concepto de soberanía, se han movido durante las últimas décadas a través de otro paradigma.

Muchos podrían decir que hay casos en los que la intervención se hace apremiante y necesaria. En casos como en la matanza de Srebrenica, en Serbia, donde en sólo 5 días en junio de 1995 fueron asesinados 8 mil niños varones y hombres Bosnios-musulmanes a manos del general serbio Ratko Mladic, podría decirse que la intervención era necesaria y quizás, en muchos casos incluso, los resultados son positivos. Hay casos en los que los estados fallidos suponen una amenaza para la seguridad de los estados fronterizos, por lo que también se hace necesaria una intervención. Pero hay que tener en cuenta que la intervención ha de suponer un plan real, asequible y que contemple los posibles escenarios a corto, medio y largo plazo. La intervención ha de tener en cuenta las fuerzas locales y sobre todo un plan de reconstrucción del estado, porque lo importante no es ganar la guerra, sino garantizar una victoria durante la post-guerra; esta es seguramente la mayor lección que nos ha dejado Iraq.

Por último, y aún a riesgo de enarbolar “teorías post-colonización”, hay que tener en cuenta que la intervención es una práctica prácticamente imperialista, desde el momento en que la comunidad internacional se ve con el derecho de intervenir en un tercer estado que, bajo sus criterios, no merece conservar su derecho a la soberanía. No todas las comunidades están preparadas para desarrollar y mantener una sociedad democrática, e intentar imponerle el modelo de estado europeo puede suponer otra fuente de conflicto.

La intervención militar en Siria

Lo que empezó como una protesta pacífica, en la que los sirios salieron a la calle para pedir la caída del régimen y un mejor futuro para sus hijos, ha acabado convirtiéndose en una guerra civil que ha dividido los grupos sectarios de Siria. A día de hoy, las probabilidades de que el régimen deje el poder por iniciativa propia son altamente improbables. Ante esta situación, un seguido de esfuerzos diplomáticos se han puesto en práctica sin que estos hayan obtenido muchos resultados, por lo que aliados internacionales de ambos bandos del conflicto han decidido tomar parte: así, países del Golfo como Qatar y Arabia Saudí han armado a la oposición, suníes en su mayoría, mientras que la milicia libanesa Hizbollah e Irán han hecho lo propio con el régimen alawí, una rama del islam cercana al chíismo, confesión de ambos actores. En cualquier caso, el envío de armas a la oposición siria, sin embargo, es altamente arriesgado, pues se trata de un grupo no demasiado homogéneo y difícil de identificar. Una vez entregadas, es difícil saber dónde irán a parar realmente.

Otras opciones a considerar serían establecer una zona de exclusión aérea o la realización de ataques aéreos contra las zonas controladas por el régimen. No obstante, la naturaleza del conflicto ha hecho muy difícil el flujo de información , y las líneas fronterizas están siendo contestadas permanentemente por ambos bandos, cambiando constantemente. Incluso resulta difícil para las fuerzas en terreno asegurar dónde deben situarse exactamente. Otro método de intervención militar sería establecer corredores humanitarios, como el que se estableció en la matanza de Srebenica, que comportaría problemas similares. Establecer corredores humanitarios en Siria, donde las bolsas de civiles que se encuentran en peligro se encuentran principalmente en las grandes ciudades como Alepo o Homs, significaría un amplio despliegue de tropas y recursos. Es más, el mayor riesgo que puede suponer este escenario es que el liderazgo que se estableciera en estas áreas protegidas sería visto como aliado de las potencias extranjeras y tendría poca legitimidad en el sí de la población local, al igual que ocurrió al Congreso Nacional Iraqí en la década de los 90. En una región donde las especulaciones sobre conspiraciones extranjeras están a la orden del día, y a las que además el Presidente sirio Bashar al-Assad les de alas de forma oficial a la hora de apuntar a los responsables de la actual crisis, por lo que esta alternativa resulta poco aconsejable.

Sin títuloAntes de tener en cuenta la intervención militar en Siria, con las consecuencias que una operación de esta envergadura tendría para todas las partes, deberían explotarse el resto de alternativas posibles. Los pasos que han dado países europeos e incluso la Administración de Obama que reconoció el pasado mes de diciembre a la Coalición de la Oposición Siria como el representante legítimo del pueblo sirio, son avances en esta dirección. La presión contra el régimen y el aislamiento económico y político del mismo deben ser coordinados por toda la comunidad internacional. Se deben facilitar los medios a la oposición siria para que esta se coordine y sea capaz de articularse como una sola voz de manera legítima en frente del pueblo sirio. Además, la mejor salida del conflicto pasa por una solución pacífica, coordinada y negociada, para lo que se debe establecer una hoja de ruta para la transición política.

El delicado equilibrio que Siria juega en la región impide proponer una solución a corto plazo que no tenga en cuenta todo lo que hay en juego (divisiones sectarias, conflicto kurdo, el triángulo formado por el régimen Assad-Irán-Hizbollah en Líbano, por mencionar sólo algunos de los problemas a los que se enfrenta el conflicto sirio). La matanza que está sufriendo el pueblo sirio supone un reto moral y ético sobre qué debemos hacer para impedirlo. No obstante, hay que ser conscientes de que una intervención militar puede ser una solución a corto plazo que puede para la violencia, pero que no solucionará el conflicto. Es importante además tener en cuenta que estamos ante un conflicto étnico, y como tal, debe ser tratado con especial cautela para que una resolución del conflicto no deje excluida a ninguna de las minorías. Como en muchas otras ocasiones, la elección sobre intervención o no intervención no es elegir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor.

Ésta es una explicación-opinión sin ánimo de lucro

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Ana Almuedo

Sevilla, España. Mediterránea por elección, española de nacionalidad y libanesa por residencia. Llevo trabajando en temas sobre Oriente Medio, resolución de conflictos y derechos humanos desde 2010. Actualmente vivo en Beirut, Líbano, y escribo mi doctorado para la Universidad de Exeter en Reino Unido, sobre la transformación del conflicto y los movimientos sociales en Líbano. Sígueme en @anaalmuedo


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