27/02/2020 BARCELONA

¿Estamos ante una nueva crisis alimentaria a la vista?

Durante los años 2007 y 2008 tuvo lugar un espectacular aumento del precio de los alimentos desatando numerosas protestas en los países en desarrollo. En 2010 la historia se repitió con menor intensidad. Nuevos datos apuntan a que en los próximos meses podría tener lugar otra crisis de precios alimentarios. Dependerá de cómo se apliquen las políticas económicas.


¿Nueva crisis del precios de los alimentos?

La foto superior es una imagen de protestas derivada de la crisis alimentaria del año 2007 y 2008. Esos años fueron noticia porque hubo una fortísima escalada de los precios de los alimentos básicos. En 2010 volvió a haber un incremento de precios, sin tanta repercusión. Pero hay un riesgo enorme de que los titulares del año 2008 se vuelvan a repetir en estos próximos meses. La razón: la inesperada sequía en los principales países productores está haciendo que un año en que se preveían buenas cosechas y permitiera abaratar precios acabe siendo una causa de alarma global. Por ejemplo, Reuters informaba que el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, después de anunciar el mes pasado una disminución del 12% de su cosecha de maíz, añadía un nuevo recorte este mes del 15%. Los mercados financieros de futuros alimentarios, obviamente, están al alza.

No hace falta decirlo. Que la situación se convierta en una crisis alimentaria implica no sólo llevarse por delante numerosas familias a lo largo del planeta, sino poner entre las cuerdas países enteros donde la inflación es fuertemente dependiente del precio de los alimentos (sobre todo es el caso de los países menos industrializados). Para estos países, significará más presión para su política fiscal (muchos ya están subvencionando actualmente la importación de alimentos), al tiempo que puede implicar endurecer la política monetaria en un momento de bajo crecimiento (aumentar el tipo de interés para frenar la inflación). De seguir esta tendencia de precios, en pocas semanas pueden empezar a llenarse las calles de protestas en las ciudades del Sur. ¿Cuál será la atención que recibirá por parte de los medios de comunicación? Probablemente baja, al igual que la crisis alimentaria del 2008 desapareció rápidamente de los noticiarios al hacerse patente la crisis de las hipotecas subprime.

En este artículo nos centraremos en comentar brevemente 3 elementos de carácter económico que giran alrededor de este incremento agudo de los precios de los alimentos y que determinarán si terminará siendo una crisis o no, dejando a un lado las potenciales inclemencias climáticas, fuera del alcance de la política económica.

Los graneros se vacían: cierre fronteras?

Un representante de la FAO, la agencia de las Naciones Unidas para la alimentación, se ha apresurado a advertir a los países evitar llevar a cabo “malas políticas”, en declaraciones a Reuters. Estas malas políticas consisten sobre todo en intervenciones directas sobre el mercado de productos agroalimentarios en forma de prohibiciones a la exportación o aplicación de aranceles prohibitivos. Son acciones que muchos países ya aplicaron de forma unilateral durante la última crisis alimentaria del 2007-2008 en busca de proteger su mercado nacional pero con resultados totalmente contraproducentes. La FAO remata: “si estas políticas se repiten de nuevo, cualquier cosa es posible”, en referencia a que se pueden volver a darse situaciones tan graves como las del año 2008. De momento, sólo se han registrado declaraciones de políticos comprometiéndose a no hacer algo similar.

Una intervención directa en el mercado de este calado no hace más que empeorar la situación al reducir la disponibilidad de alimentos y aumentar mucho más el precio en los mercados internacionales. Provoca un panic buying, es decir, compras impulsivas a gran escala por temor a restricciones que no hacen más que distorsionar negativamente el mercado. Además, hace que sea un ambiente óptimo para que aparezcan especuladores a gran escala ya que los precios son muy volátiles, por no hablar de los mercados negros locales. Aquí, tanto la teoría como la realidad económica coinciden: una acción pensada para beneficiar a un país acaba teniendo consecuencias nefastas a nivel global cuando todos lo hacen descoordinadamente, afectando negativamente a los propios países impulsores. Otros tipos de regulaciones son posibles y la FAO tiene este rol.

Vistas las consecuencias que una mala política genera, parece más recomendable hacer lo que Barack Obama, auque se le acuse de oportunismo político: dar ayudas y compensaciones a los productores de maíz afectados por la sequía. Si lo hacen los demás países productores -al ver que se vacían sus graneros- el mundo podrá esquivar mayores escaladas de precios de los alimentos básicos.

La parte de culpa de los biocombustibles

La política energética es una de las principales preocupaciones de muchos países occidentales: muchos son dependientes del petróleo y, además, consumir combustibles fósiles contamina. Por lo tanto, la mayoría de gobiernos han lanzado políticas para intentar hacer más verde la energía. Los Estados Unidos lo han hecho con la Renewable Fuels Standard, mientras que la Unión Europea lo hace a partir de la estrategia Europa 2020. Uno de los objetivos de ambas normativas es que un 9% y un 10%, respectivamente de la gasolina consumida provenga del etanol. En el caso americano, esto implica que 4 de cada 10 mazorcas de maíz producidas se envíe a una refinería para convertirla en biocombustibles en lugar de destinarlo a la alimentación (estadísticas pre-sequía, ahora la ratio será mayor) .

Sea porque es obligación o sea porque destinar la cosecha a producir energía se paga mejor, el caso es que cada vez se destina menos producción agrícola a los mercados alimentarios (sea para consumo humano o para ganado). Es una tendencia tan alarmante que incluso el director general de la FAO, José Graziano da Silva, pidió explícitamente que Estados Unidos suspenda cautelarmente su política de biocombustibles para permitir “respirar” los mercados alimentarios. O al menos que flexibilicen sus objetivos ante aumentos del precio del trigo o de la soja. Viendo los potenciales resultados de estas políticas en situaciones como estas, es fácil preguntarse: ¿negligencia o inocencia? ¿No se previó que una política así tendría efectos perversos sobre las finanzas de los alimentos?

Adicionalmente, es curioso ver cómo, ante estos acontecimientos, el lobby ecologista y el lobby liberalista de Estados Unidos se ponen del mismo lado para denunciar estas políticas intervencionistas. Destacar, por ejemplo, una agresivo editorial del conservador Wall Street Journal titulado ‘Ethanol vs. the World ‘ donde, además de atacar el lobby de productores de etanol, encontramos frases como “el maíz es un ingrediente principal en esta combinación de poder político y amiguismo corporativo que es la política energética alternativa de EE.UU.” o “el etanol es un desastre de la mano del hombre que podría ser detenido si la EPA (la Agencia estadounidense de protección ambiental) o Washington se preocuparan de la salud humana tanto como se preocupan del poder político”.

La relación entre finanzas y alimentos: evitarán los bancos jugar con las commodities?

A partir de la crisis alimentaria del 2007-2008, tuvo lugar un intenso debate sobre el rol que había jugado el sistema financiero en todo ello. De hecho, un informe del Banco Mundial atribuyó parte de culpa a la “financialización” de los alimentos, es decir, considerar los productos agroalimentarios como bienes de inversión y sujetos a una especulación que presionaba los precios al alza.

En este punto, son los propios agentes financieros los que tienen la posibilidad de empeorar o aliviar la situación. Aquí juega un papel clave el riesgo reputacional que quieran asumir. Por ejemplo, el banco de inversiones alemán Commerzbank ha decidido eliminar la inversión en bienes agrícolas de uno de sus fondos de inversión, el ‘ComStage ETF Commodity EW Index’. Las commodities de trigo, maíz, azúcar y soja, cotizadas en el mercado de futuros, representaban el 25% de la cartera total de 140 millones de dólares (era un fondo relativamente pequeño), y ahora se centra únicamente en combustibles fósiles y metales industriales y preciosos. La acción de Commerzbank, que no ha sido el único banco en hacerlo, ayuda a que ésta vaya siendo una iniciativa más extendida en el mundo financiero.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

Artículo reproducido con el permiso de Ekonomicus. El artículo original (en catalán) se encuentra aquí.

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