24/02/2020 BARCELONA

La crisis global y el éxito de la distopía

"The hunger games", la trilogía escrita por Suzzane Collins, arrasa entre jóvenes y adolescentes. Una historia oscura que habla de niños soldado, hambre y control en un Estados Unidos postapocalíptico.


Todos los idealistas sueñan con la utopía pero ¿qué pasa cuando la historia transcurre en los términos opuestos a los que se dan en una sociedad ideal, es decir, opresora, totalitaria e indeseable?. Pues que tenemos una distopía o utopía negativa. La palabra en sí está en desuso y ni siquiera el diccionario de la RAE la recoge, pero seguro que a todo el mundo le suenan libros como “Un mundo feliz”, “1984”, “Farenheit 451” o ” La naranja mecánica”. Este año el género está más de moda que nunca.

The hunger games a touch of class blog

La responsable es la exitosa serie “Los juegos del hambre” y sus legiones de seguidores. Un pasado de guerras ha dejado los 12 distritos que dividen Panem bajo el poder tiránico del “Capitolio”. Sin libertad y en la pobreza, nadie puede salir de los límites de su distrito. Sólo Katniss Everdeen, una chica de 16 años, desafía las normas para conseguir comida. Sus principios se pondrán a prueba con “Los juegos del hambre”, espectáculo televisado que el Capitolio organiza para humillar a la población. Cada año, dos representantes de cada distrito serán obligados a subsistir en un medio hostil y luchar a muerte entre ellos hasta que quede un solo superviviente. Niños soldado, hambruna, un sistema totalitario, propaganda…elementos fáciles de reconocer en el mundo que nos rodea.

Vivimos una crisis global, financiera, de acceso al agua y alimentaria, donde las energías  baratas ven su fin cercano. El planeta sufre un agotamiento sin precedentes y el cambio climático es una realidad. Para el premio Nobel de Economía Paul Krugman la solución sería una invasión alienígena, algo que parece salido de la colección de tiras SciFi “Future Shocks” de Alan Moore.

Cada vez hay más en menos manos. “We are the 99%” –frente al uno por ciento que acumula la riqueza mundial- reza el lema de Occupy Wall St, elegido por los filólogos ingleses como la gran aportación lingüística del año por su profundo calado e incorporación al lenguaje cotidiano. 900 millones de personas no tienen acceso a agua potable y 1.800 al saneamiento y los expertos nos advierten de que la próxima gran guerra de este siglo se librará por el control del agua potable y de los alimentos.

Distopía en la paz. Utopía en la guerra

The clockwork orange anthony burgess

Por eso no resulta extraño este Renaissancede  la novela distópica. Desde la década de los 60 –con la publicación de “La naranja mecánica” de A. Burgess- no se veía algo así. Antes de la caída de las Torres Gemelas el interés por este género era de los más bajos del siglo. Pero tras los atentados no ha dejado de crecer. El 11S hizo saltar por los aires la promesa de un mundo mejor que la globalización traía bajo el brazo

Como relata el escritor franco-libanés Amin Maalouf en su nuevo libro “Disordered World”, “creíamos que la democracia se extendería gradualmente hasta abarcar todo el planeta, que las barreras entre los países caerían, que el movimiento de personas, mercancías, imágenes e ideas se desarrollaría sin obstáculos, marcando el comienzo de una era de progreso y prosperidad”.

Curiosamente los otros picos históricos coinciden con periodos prebélicos, de gran incertidumbre económica y fragilidad democrática como los años 20 y los 40 así como la década comprendida entre los 50 y los 60 con el inicio de la Guerra Fría y la división “a cuchillo” del mundo en dos bloques. Así que no resulta extraño que durante esa época compartiera protagonismo con el cine de propaganda anticomunista y el de “terror nuclear” ante el miedo a que alguien apretase el “botón rojo” en Washington o Moscú. En medio de una guerra la gente se abona a la utopía y sueña con finales felices, pero en el preludio triunfa la distopía.

Si la primera horneada distópica las tramas giraban en torno a los grandes acontecimientos acaecidos entre 1939 y 1960 y sus consecuencias –control y falta de libertad- en la segunda (1960-05) lo hacen sobre la identidad política y la preocupación por el medioambiente. La gran novedad de la tercera oleada radica en añadir el romance y captar a la mujer como lectora. Y quizás por eso “Los juegos del hambre” se haya convertido en la distopía más popular del siglo, solo superada por “1984”. Eso y otro factor clave: la incorporación de los jóvenes al género. ¿Por qué?. Simple: para la mayoría de los adolecentes no es un futuro del que ser advertidos, sino la realidad en la que viven.

Frente a los vampiros descafeinados de la saga “Crepúsculo” se impone un escenario más incierto, más oscuro, más inquietante. Y más reconocible. Con las democracias europeas a merced de los denominados “mercados”, la sensación cada vez más fuerte de que no son los políticos electos quienes toman las decisiones, el modelo del Estado de Bienestar contra las cuerdas y una tendencia vital cada vez más geek, la distopía se percibe como algo muy cercano.

Conflictos armados, niño soldado y hambre

“Los juegos del hambre” es un buen recurso para abordar con los adolescentes temas complejos. Katniss Everdeen –rebautizada por algunos como la “moderna Juana de Arco”- y sus compañeros podrían ser un movimientos de liberación nacional como los que surgieron durante los procesos descolonizadores en África y Asia tras la IGM en la lucha por la independencia. Y puesto que están obligados a sobrevivir matando también son la metáfora de los niños soldado. A pesar de las mejoras alcanzadas el informe mundial de 2008 reconocía que 24 países contaban con menores en sus ejércitos o fuerzas irregulares, muchas veces reclutados de forma forzosa. En el caso de las niñas lo son mediante violencia sexual sistemática. Juntos alcanzan la escalofriante cifra de los 300.000 según Amnistía Internacional que recuerda que estas acciones “son crímenes cometidos contra toda la comunidad internacional”.

Escena de la película wall-e

O el que da título a la trilogía, el hambre. Según la FAO, los países industrializados y emergentes tiran 222 millones de toneladas de comida, que es la producción agrícola neta de África subsahariana. En el Sahel la tercera crisis alimentaria de la década  amenaza la vida de millones de personas -en su mayoría niños- en diez países. Mientras, los fondos de alto riesgo juegan a la especulación alimentaria –además de a la financiera- acaparando toneladas de alimento  para encarecer su precio en el mercado, algo que sobretodo afecta a los países pobres. Un tercio de los ingresos de Goldman and Sachs procede de este sector. Para llamar la atención sobre este drama Oxfam America ha hecho coincidir con el estreno de la peli en Estados Unidos su campaña “El hambre no es un juego”.

Muchos padres se sorprenden del interés que ha despertado en sus hijos una historia tan oscura y en apariencia tan descorazonadora. Kay Sambell en su ensayo “Utopian and Dystopian Writing for Children and Young Adults” destaca que en las distopías juveniles  “hay una reticencia mayor a eliminar toda esperanza” mientras que en las adultas “la derrota final y el fracaso del protagonista son elementos fundamentales.”.  Para Sambell esta solución no tiene porqué ser la más correcta. “Se equivocan cuando se trata de dar una moraleja. Nuestros errores e ilusiones pueden conducirnos a la catástrofe pero y si –como suele pasar en las novelas distópicas infantiles- puede surgir de las ruinas una nueva y mejor forma de vida. ¿Sería  entonces el Apocalipsis una cosa tan mala?”.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Esther Ortiz

Madrileña, periodista de Acción Social, RSC y Gestión Cultural. Especialista en diseño de proyectos culturales, sociales y comunicacionales, así como de relaciones entre empresa y ONL como socios de acción y conocimiento. Me encantan los perros y Berlín es mi ciudad favorita. Le sigo la pista al Inspector Wallander; me emociona la voz de Robert Smith y aún sigo esperando que Ilsa no se suba a ese avión y se quede con Rick. Y cada día libro pequeñas batallas, logro pequeñas conquistas que hacen que me sienta un poquito Wonder Woman.


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