27/05/2018 BARCELONA

Gas, Estado y Guerra: la nueva diplomacia energética en el Mediterráneo Oriental

Explotación de un yacimiento gasístico israelí.
Los recientes descubrimientos de yacimientos de gas en el Mediterráneo Oriental pueden suponer un antes y un después en la región. No obstante, la naturaleza de este cambio está todavía por determinar: por un lado, podría tratarse de una bendición para el desarrollo, la cooperación y la gestión sostenible; por el otro, un motivo de disputa y un peligro medioambiental profundo para unas aguas en una situación ya de por sí delicada. Lo único que parece claro es que nos encontramos tan solo en el principio de la carrera energética de la región.

La Diplomacia energética no es fenómeno nuevo. Desde las crisis del petróleo de la década de 1970, poder, tensiones y política forman parte, inevitablemente, de la gestión de los recursos fósiles. No obstante, las tendencias demográficas y el consumo global sin precedentes han situado la energía y, en especial, el gas natural en el ojo del huracán geopolítico. Se espera que la demanda internacional de gas crezca alrededor de un 2% anual hasta 2040, según la Agencia Internacional de la Energía, lo que lo situará como la mayor fuente de energía a nivel global.

En este contexto, los recientes descubrimientos de gas natural en las aguas territoriales de Egipto, Israel, Líbano y Chipre acarrean, paradójicamente, implicaciones contradictorias: por un lado, podrían ser fuentes de atracción de capital extranjero e ingresos de exportación que revitalizarían las maltrechas economías de la región. Por otro lado, se multiplican las causas de tensiones en una región que, como señala, Kenneth Pollack, vive su situación más caótica desde las invasiones mongolas del siglo XIII. En ambos casos parece indudable que estos nuevos yacimientos conllevarán consecuencias profundas que cambiarán la realidad de la región del Levante.

La revolución gasística del Levante

La explotación gasística en el Mediterráneo Oriental tiene una corta historia que no ha hecho más que empezar. Los primeros descubrimientos marítimos se realizaron en 1969 en las costas de Alejandría (Egipto), pero no será hasta la entrada del nuevo milenio cuando se considere la región como un gran centro de explotación gasífera. Las complejidades administrativas y técnicas explican las tardías exploraciones que sólo se consideraron rentables con los recién elevados precios de la energía (llegando a los 120 dólares por barril en 2009). En total, se estima que podría haber entre 3.500 y 10.000 millones de metros cúbicos (bcm en sus siglas en inglés) de gas recuperable en la región, suficiente para cubrir las necesidades energéticas de la región y exportar gas suficiente para abastecer el sureste de Europa durante décadas.

Sin embargo, las exploraciones se desarrollaron de forma desigual en función del país en cuyas aguas territoriales se encuentra el gas. Así, entre los países con descubrimientos exitosos se encuentran Palestina, Chipre e Israel, siendo éste último el más activo en la exploración (anunció ya en 2009 y 2010 los descubrimientos de los yacimientos Tamar y Leviatán, con 282 y 622 bcm respectivamente).

Reservas de gas en el Mediterraneo Oriental [Fuente: Observatoire Méditerranéen de l’Énergie].

En el otro extremo, se encuentran casos como Siria o el Líbano. La Guerra Civil en Siria obligó al gobierno de Damasco a reconfigurar sus prioridades, y los acuerdos firmados con corporaciones rusas como SoyuzNefteGaz no han producido los avances esperados. El impacto de la inestabilidad en la explotación es aún más claro si se analiza el caso del Líbano, dónde todos los estudios apuntan hacia la existencia de grandes yacimientos en sus aguas territoriales, pero los procesos de licitaciones iniciados se han pospuesto hasta 5 veces desde 2013.

Como demuestra esta desigualdad, la optimización de los recursos de la zona no depende únicamente de criterios económicos y las decisiones políticas tendrán un gran rol en la gestión energética de la región. Decisiones que incluirán criterios económicos, pero también políticos, estratégicos y, con suerte, medioambientales.

Dos asuntos geopolíticos se muestran problemáticos para el desarrollo de los recursos gasísticos de la región: la delimitación fronteriza y el transporte del gas.

La delimitación fronteriza

Los yacimientos naturales no obedecen fronteras y se extienden por territorios de diversos estados, ello obliga a cooperar para su explotación. Las fronteras marítimas de la región, así como las terrestres, son motivo de disputas continuas y existen contiendas que pueden cambiar los derechos de uso de los yacimientos encontrados. El caso del Líbano e Israel parece el más problemático ya que mientras el Líbano se niega a reconocer la existencia de Israel, éste sigue oficialmente en guerra con el Líbano. Existe una zona litigada que podría contener hasta 340 bcm, lo que equivale al consumo de un país como España durante 12 años. Para completar la tormenta perfecta, las técnicas de extracción modernas de perforación horizontal (método que puede extraer recursos adyacentes a la plataforma) podrían permitir la extracción de los recursos israelís desde aguas libanesas y a la inversa.

Israel tiene la voluntad de convertirse en potencia exportadora con influencia en Europa, mientras el Líbano, que importa cerca del 100% de sus necesidades energéticas, ve el gas como una forma de reducir su alta deuda exterior (un 138% del PIB en 2015) y asentar su débil gobierno. En este sentido, diversas multinacionales han expresado su interés en acordar con el Líbano la exploración de sus territorios contiguos y disputados, ya que la explotación en Israel se hace de forma casi-monopolística por dos empresas norteamericanas, y todas quieren su parte del pastel.

Explotacion “offshore” (alta mar) de petróleo y gas.

No existen perspectivas positivas para la resolución del contencioso en el corto plazo ya que, según Khoury, ninguno de los instrumentos internacionales de resolución pacífica parece poder aplicarse en el caso concreto de la frontera marítima entre el Líbano e Israel: En primer lugar, el arbitraje internacional por parte de la Corte Internacional de Justicia es poco realista ya que ambos países deben aceptar llevar el caso a la Corte, lo que implicaría el reconocimiento del Estado de Israel por parte del Líbano. En segundo lugar, llevar el caso al Tribunal del Mar de Hamburgo es altamente improbable ya que Tel-Aviv no ha ratificado la Convención de Naciones Unidas que dota de poderes al Tribunal. Finalmente, las negociaciones directas parecen la única solución posible, pero es poco probable debido a la inexistente comunicación entre las partes.

No hay que olvidar que la disputa fronteriza no es cuestión únicamente entre Líbano e Israel. Los yacimientos chipriotas están sometidos a las mismas presiones debido al problema fronterizo con Turquía.

Guerra de gaseoductos

La situación geográfica de los yacimientos no es el único motor de conflicto. Encontrar mercado a los recursos gasíferos de la región se ha convertido en un asunto de interés nacional. Así, lejos de ser un aspecto técnico, el transporte requiere de decisiones políticas ya que implica grandes inversiones y normalmente atañe, como mínimo, a tres partes: el país donde las reservas se encuentran, el país por donde circula el gas, y el país importador. Las tres partes se benefician de la operación, aunque de forma desigual.

Esta desigualdad imposibilita un eficiente uso de los recursos ya que Oriente Medio se concibe como un juego de suma cero en que el beneficio de uno se entiende como una peligrosa circunstancia para los demás, y el gas es, sin duda, un recurso estratégico de importancia caudal. No es de extrañar pues que la mayoría de conflictos en la región tengan una dimensión energética (entre muchas otras), incluyendo las actuales tensiones entre Arabia Saudí y Qatar o la Guerra Civil en Siria.

En el caso de las reservas en el Mediterráneo Oriental, la explotación y exportación hacia la Unión Europea (UE) parece ser el máximo objetivo. Mientras que la UE busca alternativas para reducir su dependencia de Rusia (de alrededor de un 30% de sus importaciones), Israel ve en Europa grandes beneficios políticos y económicos. En este sentido, la explotación se convierte en una carrera para los estados de la región que saben que desarrollar sus infraestructuras de exportación les proveería de ingresos y socios internacionales fiables que están sedientos de nuevos mercados dónde diversificar.

Por otra parte, el gas no tiene tan sólo una dimensión económica. Como han demostrado las relaciones Rusia-UE, el gas genera lazos de dependencia que aportan capacidad de negociación internacional en otros asuntos, como podría ser el conflicto Israel-Palestina o la lucha contra el terrorismo.

Federica Mogherini y Benyamín Netanyahu. La UE podría importar gas de los yacimientos de Israel en un futuro muy cercano.

La voluntad europea de importar gas de la región es indudable, pero el transporte tampoco es un asunto unilateral y, a diferencia del petróleo, el gas requiere de grandes infraestructuras de transporte que actualmente no existen en el territorio. Han existido diversos proyectos de gaseoductos hacia Europa, principalmente vía Turquía, que parecen haberse frenado debido a las tensiones provocadas por la Guerra Civil Siria y las presiones rusas (que quiere seguir controlando el mercado europeo).

Las reservas de gas del Mediterráneo Oriental podrían abastecer el Sur de Europa durante décadas y reducir la dependencia rusa de la UE. No obstante, todo tiene un precio.

En este contexto, grandes proyectos de gaseoductos marítimos están siendo estudiados e incluso implementados. Es el caso del proyecto EastMed que pretende trasladar el gas de Chipre hacia Grecia y de allí a los mercados europeos, y que ya está siendo financiado por la UE como Proyecto de Interés Común. Israel ha iniciado fuertes presiones para que este proyecto se extienda hacia los yacimientos de Israel, principalmente el Leviatán, existiendo ya un acuerdo informal entre las partes. Esto le daría capacidad a Israel de actuar de forma unilateral en la región, ganar poder en Europa, y reducir la capacidad de otros estados como el Líbano de usar esos recursos.

El gran olvidado: la ecología política internacional

Al polvorín político se le suma un polvorín medioambiental. El mar Mediterráneo es ya uno de los ecosistemas con mayor presión medioambiental de nuestro planeta y los recientes descubrimientos podrían conllevar mayor estrés ecológico. La explotación gasífera o petrolera a mar abierto requiere de grandes infraestructuras de explotación y transporte que pueden ser objeto de accidentes, sabotaje o terrorismo.

Respecto a la explotación, las plataformas de extracción suponen construcciones invasivas en el entorno que en caso de accidente pueden crear desastres sin precedentes. El caso del Deepwater Horizon en el golfo de México es un buen ejemplo de estos riesgos. Por su parte, la construcción de gaseoductos no es necesariamente más segura, el Nord Stream, en el Mar Báltico está siendo objeto de controversia por sus altísimos riesgos medioambientales que podrían dañar el lecho marítimo de forma irreversible. La construcción de un gaseoducto que conectara los yacimientos con Israel o Europa es una opción que tiene riesgos asociados.

Finalmente, las plataformas de extracción, las navieras y los gaseoductos multiplican los riesgos de ataques terroristas o sabotaje, especialmente en una zona tan sensible. La importancia geoestratégica de estos recursos, junto con la tensión política asociada a la región, hacen que los riesgos de sabotajes y ataques terroristas sean ya una realidad. Un ejemplo es el gaseoducto árabe que une Egipto con Jordania y Siria, que ha sido interrumpido en 13 ocasiones después de la Primavera Árabe debido a ataques por parte de militantes del norte del Sinaí. Las infraestructuras costeras de Israel y el Líbano serían sin duda objetivo terrorista, una acción que tendría grandes consecuencias geopolíticas, pero también ecológicas.

Una rara ventana de oportunidad para la cooperación regional

La geopolítica gasística en el Mediterráneo Oriental tan sólo ha empezado su historia y su capacidad transformadora en la región no puede ser minusvalorada. Si fuera posible obtener una visión aérea de la situación y olvidásemos las peligrosas dinámicas regionales veríamos las notas positivas que suponen estos descubrimientos y cómo presentan fuertes incentivos para la cooperación. Esto se evidenció en el acuerdo firmado entre la compañía de electricidad palestina y las empresas israelíes explotadoras del yacimiento Leviathan en 2014, que buscaba proveer de electricidad a Cisjordania. Un acuerdo que beneficiaba a las dos partes, pero que tristemente Israel anuló aduciendo razones legales que, sin duda, tenían un trasfondo político. Un claro ejemplo de cómo el gas puede ser un aliado para la cooperación entre actores de la región, pero también de las dificultades que se encontrarán para que los criterios económicos superen a los conflictos políticos.

No obstante, las alianzas regionales se presentan como frágiles y con ciertas limitaciones debido a conflictos demasiado ‘enquistados’ o la participación de actores internacionales como Turquía o Rusia. Los incentivos de cooperación podrían convertirse en otra razón de conflicto en que el medio ambiente sufra, otra vez, el daño colateral.

Encontrar el equilibrio entre seguridad medioambiental y la satisfacción de las crecientes necesidades energéticas sigue siendo la cuenta pendiente a nivel global. En el caso específico de la región, la cooperación se hace un factor necesario y el medio ambiente debe formar parte de la ecuación en la toma de decisiones. Como se ha visto, una explotación y transporte unilaterales comportaría riesgos mayores y dificultaría una futura resolución de los conflictos persistentes.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro.

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Ramon Armengol


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