27/10/2021 BARCELONA

Joe Biden archivos - United Explanations

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La retirada de Estados Unidos de Afganistán ha abierto un sinfín de preguntas con respecto no solo a la influencia norteamericana en regiones tan alejadas de su territorio como Afganistán, sino sobre las capacidades reales del país americano como Estado hegemónico indiscutible en el sistema internacional. Sin embargo, presumir el declive norteamericano en la esfera internacional a partir de la anticipada retirada de Afganistán y calificarlo como una derrota en su política exterior sería un gran error que no deberíamos cometer. Se trata simplemente de una redefinición de intereses.

Luego de asumir su mandato el pasado 20 de enero de 2020, muchos analistas consideraban la victoria de Joe Biden como el retorno a una administración más moderada y menos confrontativa hacia sus principales aliados y hacia su antagonista en la esfera internacional: China. Sin embargo, hay un elemento que todavía persiste en la actual administración norteamericana, que hereda de su predecesor Donald Trump, y es una política exterior destinada a identificar a China como el principal enemigo de los valores norteamericanos.

La nueva doctrina de Biden tiene como eje primordial la distinción entre dos sistemas políticos antagónicos, representados por la democracia norteamericana y la autocracia china; un juego de suma cero que no puede mantener su coexistencia en la política mundial.

Es así que la administración norteamericana buscará solo cooperar en aquellas áreas donde se pueda manifestar un interés en común con China, como el medio ambiente, pero responderá enérgicamente en todos aquellos ámbitos donde presente oposición, en especial el económico, militar y tecnológico.

China, China y más China

Si bien los esfuerzos norteamericanos por controlar y detener a las amenazas del  terrorismo y de la yihad global fueron la piedra angular que definieron su doctrina de seguridad estos últimos 20 años, hoy sus preocupaciones giran en torno a la competencia con grandes potencias, como Rusia y China, en los diferentes dominios del sistema internacional.

De acuerdo al informe anual sobre amenazas mundiales a la seguridad nacional de Estados Unidos (en inglés ATA), confeccionado en abril de 2021, China representa el mayor desafío para la seguridad norteamericana y las normas internacionales de Occidente. Según el documento desclasificado, el interés del Partido Comunista Chino (PCCh) por expandir la influencia china implica socavar la seguridad económica y política norteamericana, fomentando nuevas normas internacionales basadas en el sistema autoritario chino. Si bien el informe no sugiere un enfrentamiento militar entre ambos países, sí considera una intensificación de la presencia china en las llamadas “zonas grises”, espacios geográficos donde conviven diferentes autoridades de poder delimitadas por el margen de la legalidad de un conflicto latente.

Durante estas últimas décadas, y producto de intensas políticas orientadas al desarrollo industrial chino y al crecimiento sostenido, el gigante asiático se permitió realizar los avances militares y tecnológicos necesarios para influir y forzar a regiones vecinas a aceptar las preferencias de Beijing, desde  su reclamo por la soberanía de Taiwán hasta la creciente tensión en la frontera con India y las intimidaciones a sus rivales en el mar meridional de China. Además, de acuerdo al documento, Beijing buscará  expandir su presencia político, económica y militar en el exterior a partir de la renombrada nueva ruta de la seda, desafiando los intereses económicos norteamericanos y la de sus aliados.

Así, consciente de la creciente amenaza del país  asiático, es que Biden ha decidido relocalizar sus esfuerzos en China, mirando, además, con atención a Rusia, y dejando atrás Afganistán.

Abandonar la guerra de Afganistán no implica la derrota estadounidense sino una redefinición estratégica de sus intereses de seguridad nacional. Terminar con lo que se conoce como la guerra ininterrumpida más larga de la historia norteamericana obedece a esta nueva apreciación de sus amenazas, lo cual requiere de una reorientación masiva de sus recursos, tiempo y esfuerzos hacia un enemigo cuya sombra se acrecienta a pasos inconmensurables.

Sin cooperación no habrá hegemonía

La retirada de Afganistán ha mostrado un factor de suma relevancia para pensar la política de seguridad nacional norteamericana y su relación con el resto del mundo en las siguientes décadas. Si bien Estados Unidos persiste como el único poder en el sistema internacional con la capacidad militar y la influencia política para determinar el curso de acción de las diferentes regiones del mundo, esa atribución resolutiva es cada vez menos absoluta y unidireccional. Biden, a diferencia de Trump, es consciente del gran costo económico, militar y político que implica sostener los intereses estadounidenses por fuera de sus fronteras nacionales sin la ayuda de sus aliados.

Nótese que, en el momento que se escriben estas líneas, Estados Unidos en conjunto con Reino Unido y Australia realizaron un histórico tratado de seguridad (Aukus) el cual supone un esfuerzo cooperativo para contrarrestar la influencia china en el Asia-Pacífico. El tratado, cuyo objetivo es la creación de submarinos a base de propulsión nuclear (más rápidos y más difícil de detectar) con el uso de tecnología estadounidense, ha sido motivo de diversas interpretaciones siendo incluso condenado por la embajada de China en Washington, acusando a los países de una “mentalidad de guerra fría y prejuicios ideológicos”.

Lo que se considera la mayor alianza militar-estratégica entre los países después de la segunda guerra mundial nos permite vislumbrar lo mencionado con anterioridad. Estados Unidos está decidido a contener la expansión China, pero para ello necesita de la ayuda internacional. Sin embargo, la necesidad de cooperación no implica priorizar acuerdos con sus históricos aliados (véase la situación y marginalización del bloque europeo  en el Aukus). Es por esto que debe mencionarse que

las próximas alianzas de Norteamérica no serán exclusivamente producto de su histórica relación con sus pares, sino  de la utilidad geográfica y política que representen estos para los intereses norteamericanos.

Si bien el caso afgano puede significar cierto costo político para la administración de Biden en la esfera doméstica y una derrota simbólica al excepcionalísimo norteamericano frente a sus aliados, [la retirada de Afganistán es solo el comienzo de una política orientada a  la  redefinición  de los intereses estratégicos-militares norteamericanos a mediano y largo plazo], donde se buscará  relocalizar sus esfuerzos y capacidades militares hacia enemigos cuya presencia representen una verdadera amenaza a sus intereses nacionales. Ese lugar lo ocupa hoy China.

 


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