
En teoría, todas las vidas valen lo mismo. En la práctica, algunas tragedias conmueven al mundo y otras pasan inadvertidas. A pesar de que la empatía es una capacidad innata, ésta no siempre emerge ante las crisis humanitarias, los genocidios o las guerras. Entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué algunas víctimas generan mayor interés internacional que otras? ¿Es cuestión de viralización o de conveniencia política?

La falsa igualdad emocional
Judith Butler planteó de forma totalmente cruda en su libro Marcos de guerra: las vidas lloradas (2009) que «No todas las vidas son igualmente reconocibles como vidas; no todas merecen duelo público». Esa frase tan corta pero para nada sutil es la que describe cómo funciona el sistema internacional.
Puede sonar agresivo para algunos e incorrecto para quienes eligen mirar hacia otro lado, pero la evidencia es innegable, ya que, sí, es verdad que Ucrania paralizó a Occidente en 2022, al igual que Israel devastó emocionalmente al mundo en 2023, y que este año Gaza despertó el más bravo de los gritos de auxilio. Sin embargo, de manera simultánea, otras tragedias ocurren y ocurrieron en el mundo, como en Yemen, Myanmar y Haití, pero éstas no obtuvieron la misma indignación, ni la misma solidaridad, ni los mismos titulares.
Muchos argumentan que crisis como ésas generan poco interés simplemente porque la gente no se entera. Pero esta justificación no se sostiene: durante más de 24 horas, prácticamente todos los noticieros locales e internacionales titularon «Sudán está atravesando la mayor crisis humanitaria del mundo». Un mes después, sin embargo, son escasos los medios que aún tratan el tema.
Acá la pregunta que se plantea es ¿por qué algunas tragedias conmueven más al mundo que otras?
Cómo se construye una víctima universal
No todas las víctimas tienen las mismas herramientas para ser vistas como tales. La producción del sufrimiento como algo visible depende de factores que exceden lo moral y entra en el terreno político. Siendo algunos de los más relevantes:
1. Proximidad cultural
Según Billig (1995), el «nacionalismo banal» hace que los individuos empaticen más con aquello que consideran parte de su «universo emocional». Por eso Europa reaccionó con fervor para defender a Ucrania —además de su proximidad geográfica y rivalidad histórica con Rusia—, pero África queda fuera del imaginario occidental. Las tragedias de Libia o Guinea Ecuatorial no despiertan ese reflejo europeo que los moviliza.
Sin embargo, lo curioso es que Medio Oriente debería haber corrido la misma suerte del olvido que su continente vecino. El conflicto palestino-israelí debería estar en un segundo plano. Pero cuando una de las naciones protagonistas cuenta con el amparo de Estados Unidos, la narrativa cambia. La geografía y la cultura no son, entonces, los únicos factores que garantizan la empatía.
2. Capacidad tecnológica
La posibilidad de transmitir imágenes en tiempo real convierte a ciertos pueblos en protagonistas del dolor global. Gaza, que ha sabido usar su capacidad de hiperconectividad para filmar su flagelo desde todos los ángulos posibles, produjo un impacto emocional que Yemen, sin esa infraestructura, nunca logró. La empatía se convirtió en arma narrativa.
Esto puede explicarse a través de la teoría del Agenda-setting y Priming mediático (McCombs y Shaw, 1972), que expone cómo los medios de comunicación nos dicen sobre qué tenemos que pensar. Las tragedias que el mundo ve masivamente son las que los medios priorizan: una especie de jerarquía de importancia que lleva al público a empatizar con algunos conflictos más que con otros.
Sin embargo, esa teoría resulta incompleta. La persecución de cristianos en Nigeria está recorriendo todas las pantallas, pero despierta poca emoción. Es una tragedia de la que todos estamos conscientes, pero pocas personas han protestado por este grupo golpeado con tanta violencia. No es comparable con las marchas que se hicieron a favor del pueblo palestino durante 2024. Por lo tanto, la viralización tampoco es la razón por la que el mundo empatiza.
3. Quién cuenta la historia y quiénes apoyan su versión
Si bien Zelenski supo construir un marco narrativo impecable, mostrándose como un guerrero en las filas ucranianas contra Rusia, su narrativa de víctima no habría despertado tanta ayuda internacional sin el respaldo de Estados Unidos.
Lo mismo ocurre con Gaza, que atraviesa una crisis humanitaria desde 2007. Recién en este último tiempo ha logrado despertar simpatía mundial, una vez que naciones como Francia e Inglaterra se posicionaron a favor. Sudán, en contraste, no goza de ese apoyo. Su tragedia no es práctica para las potencias que ya están gastando millones en los conflictos previamente mencionados.
Así llegamos al punto que quizás explica todo:
La practicidad del conflicto para las potencias
Haciendo un análisis de los conflictos que parecen tener mayor llegada, es verosímil concluir que un conflicto internacional toma relevancia cuando le es práctico a una potencia.
A Estados Unidos le sirve defender a Ucrania por cuestiones geopolíticas. Una de las regiones que Vladimir Putin busca controlar es Zaporiyia, donde se encuentra la central nuclear más grande de Europa. A Donald Trump no le conviene que su competencia armamentística se adueñe de ella ni que avance sobre Europa del Este.
Por otro lado, a Estados Unidos le es útil mantener presencia en el corazón de Medio Oriente. Antes de 1948, cuando Israel no existía, la potencia norteamericana carecía de grandes alianzas en esa zona estratégica y rica en recursos. Defender los ideales sionistas se convirtió entonces en el relato ideal para extender su influencia y colocar el conflicto palestino-israelí en su agenda.
El valor estratégico del sufrimiento: el caso de Sudán
Sabiendo que los factores recién mencionados son la clave para saber porqué algunas víctimas generan mayor empatía que otras en el plano internacional, se puede concluir que esa es la razón por la que Sudán no es el principal tema de agenda del escenario global. A pesar de estar atravesando la mayor crisis humanitaria del mundo, este caso parece no estar despertando la emoción que otros conflictos sí han tenido.

En términos teóricos, esto se explica a través del fenómeno de la “instrumentalización del sufrimiento” desarrollado por autores como Roland Bleiker, Emma Hutchison, David Rieff y Lilie Chouliaraki. Lo que afirman es que las tragedias conmueven internacionalmente solo cuando el sufrimiento puede ser traducido en valor político, diplomático o estratégico para actores con poder. Es decir, el dolor solo genera empatía global cuando éste le sirve a alguien.
La lógica es perfecta: Gaza toca la fibra más interna de las personas porque las potencias se han encargado de ello, ya que este conflicto, que de manera errónea se considera únicamente religioso, es en realidad un punto de inflexión geopolítico. Este dolor palestino le fue funcional no solo a su legitimidad, sino a la rivalidad entre Estados Unidos e Irán, a la disputa simbólica entre el Mundo Árabe y Occidente, a la narrativa del progresismo global y a la defensa del mundo libre que toma a Israel como el ejemplo de democracia oriental.
La viralización del dolor no alcanza: por qué el mundo elige a quién compadecerse
Las potencias tomaron eso y lo construyeron en la clave de su política exterior, significando titulares, mayor difusión de videos lamentables en los que se ven las hostiles condiciones de vida de los ciudadanos, y crearon una brecha en la que las personas tomaron bandos y asociaron a Palestina con la izquierda progresista – a pesar de ser todo lo contrario – y a Israel con la derecha liberal.
Es curioso que Franja de Gaza acarrea conflictos desde hace 70 años, pero recién en la segunda presidencia de Donald Trump junto con la asunción de político socialdemócratas en Europa es que el conflicto tomó tal protagonismo.
Pero, de igual manera, esto es positivo en cierto punto, ya que esa empatía hizo que los líderes del mundo acudieran al auxilio de civiles que no podían defenderse por sí mismos. Sin embargo, a las personas no les gusta vivir constantemente en la angustia, por lo que el mundo tiene ojos y oídos en Ucrania y Medio Oriente, pero dejan de lado otras crisis que merecen la misma atención, pero que la gente no escucha para no ahogarse en el sufrimiento ajeno.
La viralización del dolor no alcanza para despertar nuestra atención. En Sudán están ocurriendo masacres, pero como sus necesidades no se traducen en política de interés, entonces son apartados de la vista del mundo. Pueden estar en los titulares de los noticieros, pero hasta que una potencia no tome cartas en el asunto – que vayan más allá de un pedido de cese al fuego –, este conflicto seguirá cobrando vidas.
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