21/01/2021 BARCELONA

Carolina del Norte o la sociedad de los baños cerrados

La ley del Estado de Carolina del Norte que obliga a las personas trans a utilizar el baño de su sexo anatómico en lugar de su sexo sentido ha generado una gran contestación como norma que promueve la transfobia.

El pasado mes de abril el Estado de Carolina del Norte (Estados Unidos), aprobó la ley HB2, también conocida como the bathroom bill (ley de los baños), en la que se obliga a los usuarios de los lavabos públicos a utilizarlos en función de su sexo anatómico y no de su sexo sentido (se diferencia entre sexo anatómico y sexo sentido para identificar la discordancia entre el sexo asignado al nacer y aquél que la persona asume como propio, sin que ello implique un trastorno o enfermedad).

Esta ley discrimina así, a las personas trans e intersexuales en los colegios e instituciones públicas. Aprobada y puesta en vigor de forma fugaz por el gobernador republicano de Carolina del Norte, Pat McCrory, esta ley ha levantado una fuerte polémica a lo largo de todo el país por lo que refiere a políticas de discriminación y competencias jurídicas locales. No hay duda de que los baños públicos se han convertido en un campo de batalla político donde poner sobre la mesa uno de los pilares ideológicos de la sociedad estadounidense: los límites de la libertad para garantizar la igualdad –así, en abstracto–.

¿No puede haber igualdad si hay un lobo feroz en el bosque?

El Gobernador de Carolina del Norte, Pat McCrory. Fuente: graytvinc

Los modelos de identidad de género se han ampliado gracias a las luchas de diferentes movimientos sociales que cuestionan la rigidez de sus representaciones, pero, aún hoy, las personas trans e intersexuales nos enfrentan a nuestra forma de ordenar la realidad: lo que es posible y lo que no, lo que es vivible o invivible. Y cuando esto ocurre venimos respondiendo de dos formas: entenderlo como una anomalía o, sencillamente, vestirlo como una amenaza.

Este último truco, el del miedo, es el que diferentes sectores conservadores  en Estados Unidos están utilizando para bloquear los avances en materia de derechos LGTB mediante una campaña de lo más retorcida. Ante la inminencia del decreto de Charlotte –condado del Estado de Carolina del Norte– que pretendía garantizar el uso del lavabo a las personas en función de su sexo sentido, no solo se aprobó la HB2, sino que la norma contó con el apoyo de diferentes voces republicanas apelando al mito del asaltante del baño: aquel hombre que se hará pasar por mujer trans para colarse en el servicio y violar a las usuarias del mismo. Una maniobra que, sin duda, les funcionó bien hace un par de años cuando Houston trató de aprobar una ordenanza que prohibiera la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género.

Caperucita Roja y el lobo, grabado de Gustave Doré

El cuento del lobo feroz que se trasviste como la abuelita de Caperucita Roja es, sin duda, una astuta maniobra que cerca los límites de lo que puede hacerse o no apelando al miedo: “Disculpen pero no puedo garantizarle esos derechos porque pondría en riesgo a miles de mujeres”.  Pero, ¿de verdad consideran que esos hombres están esperando a que la ley cambie para agredir a una mujer? Sólo hace falta bucear entre la cantidad de informes, noticias y estadísticas al respecto de las violaciones a mujeres para darse cuenta de que el perfil de ”asaltante” es el menos frecuente pese a ser el más mediático. Quizás sea momento de recordar, entonces, que el lobo feroz puede que sea más cercano de lo que quisieran y más aceptado de lo que se muestra.

No desvíen la atención, la transfobia es una realidad

No hay duda de que la maniobra resulta perversa no solo porque revive el cuento del lobo feroz, un lugar común que tanta libertad de movimiento nos recorta a las mujeres, sino porque trata de desplazar del centro del debate un problema también latente: la violencia transfóbica. Y es que, como vienen denunciando muchas voces contrarias a la HB2, posiblemente sean las personas trans las que tengan más posibilidades de ser asaltadas en un baño público.

Estadística de asesinatos de personas transgénero. Fuente: Transgender Europe

Según los datos que maneja Transgender Europe, coordinadora europea de diferentes asociaciones que luchan a favor de la diversidad sexual y de género, se han registrado 2.115 asesinatos de personas trans desde enero de 2008 hasta abril de este mismo año en 65 países del mundo. Unas cifras que, sin duda, no son más que la punta del iceberg de unas violencias (escolares, laborales, en el espacio público, privado, …) que se disuelven en la cotidianidad más absoluta y, a menudo, por ello se mantienen invisibles.

A las distintas agresiones transfóbicas cabe sumar también el alto índice de intentos de suicidio que existe entre personas trans: en 2014 la American Foundation for Suicide Prevention y el Instituto Williams de la Universidad de California (Los Ángeles), revelaron una tasa de intentos de suicidio del 40% entre las personas transexuales. Unas cifras que sin duda responderán más a un asesinato social que a un suicidio, tal como denuncian las personas reunidas en la Plaça Sant Jaume de Barcelona en apoyo a Alan, el joven trans de 17 años que en diciembre de 2015 se suicidó tras años de acoso escolar. Paradójicamente, sin embargo, cuando los grandes medios de comunicación se hacen eco de casos como el de Alan lo hacen de forma alarmista, como si un episodio así fuera algo puntual y sorprendente, cuando quizás, como dice Miquel Missé, la pregunta a hacer es “cómo no pasa más menudo”.

Afortunadamente, las personas trans (a diferencia de las intersexuales), son cada día voces más visibles que ayudan a sumar argumentos contra la discriminación normalizada, como los tests de género que se llevan a cabo en las UTIG (Unidades de Trastorno de la Identidad de Género), y a ampliar la diversidad de tránsitos sociales y corporales posibles. Quizás por ello, el gobernador de Carolina del Norte haya encontrado más dificultades para sacar adelante la “ley de baños” que las que tuvieron sus compañeros republicanos de Houston unos años antes. Sin ir más lejos, solo el hecho de que las redes e incluso algunos Late Night Shows estadounidenses se estén haciendo eco de la polémica es síntoma de que algo está cambiando en nuestra forma de mirar la realidad. Quien sabe si con el tiempo las protestas consigan que no haga falta usar iconos con faldas a modo de cerrojo.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro. 

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Isabel Ferrandiz

Isabel Ferrándiz actualmente es doctoranda en Antropología Social y Cultural. Trabaja temáticas de masculinidades, cuerpo y sexualidades desde la Teoría Crítica Feminista. Cree en el papel de la divulgación y el activismo de base para remover empatías y conciencias.


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